miércoles, 29 de diciembre de 2010

Coloquio para la domesticación (o Las listas de fin de año)

Antes de empezar con la lista, es imperativo tener una conversación seria con nuestra pereza, inconstancia y débil voluntad. ¡Cuánto servilismo! ¡Cuánto nos han arrastrado! ¿No estamos hartos? Es demasiado. Es insoportable. Hemos sido sus esclavos, ¡es hora de emanciparnos!

¿De qué sirven los buenos propósitos sin disciplina para ejecutarlos sino para engañarnos a nosotros mismos y creer que podemos cambiar? ¿Para qué esforzarnos en desechar tan buenos y deliciosos malos hábitos? ¿Por qué perder la comodidad si se vive tan bien con ella? ¿Para superarnos? Si no estamos dispuestos a sacrificarnos, ¿para qué tanta algarabía con las listas de buenos propósitos en el nuevo año?

La pereza se desliza entre nuestro letargo, lo prolonga a su antojo y nos amarra a la cama esos quince minutos más por las mañanas. (Y así vamos perdiendo la vida.) ¡Ay, inconstancia! Tan fácil es darte cobijo. Porque es más cómodo no perseverar y solo cumplir  si nos da la gana… ¡Cuánta fuerza de voluntad!

¿Quién corre contra sí mismo para clavarse una espada? ¿Quién de nosotros traiciona su propia palabra? ¿Quién olvida su honor? Todos. Todos alguna vez lo hemos hecho. Nos es natural. ¡Cómo nos traicionamos! Volvemos jirones nuestras propias promesas.

¡Liberémonos! ¿Alguien se pronuncia? ¿Vamos a seguir ante tal dominación y perderemos todo aquello que podemos lograr? Por ahí alguno dijo «sí», pero luego lo exorcizaremos. Los demás se supone que gritemos con vehemencia: «¡No! ¡No nos dejaremos dominar!».

 «¡Eh!, tú, pereza, nos has gobernado por años, pero ahora será tu perdición. Reconocemos que bajo tus hechizos estuvimos prisioneros. ¡Cuánto gusto te dimos! ¡De cuánto nos privamos por tu causa!

»Y dirá uno: “Me levantaré por las mañanas y sudaré la gota gorda para perder estas setecientas libras de más que tengo, y no solo eso… Por fin leeré un libro completo”. Otro agregará: “¡No dejaré de ir a mis clases… ¡Y no vas a impedírmelo!”  Ya lo sabemos: somos ambiciosos, creés que pedimos demasiado, ¡pero no!

»Y vos, inconstancia, vas a someterte a nuestra voluntad porque así lo hemos decidido. No seremos más una veleta. “Terminaré mi curso de cocina, y si me intoxico… ¡No voy a frustrarme!”, dirá una. Y gritará otro: “¡Verás que no es una promesa más! Sí iré al gimnasio”.

»Voluntad, voluntad… ¡Serví de algo, por piedad! Sé fuerte, sé incorruptible, sé como Sansón cuando le creció de nuevo la melena… No te hagás la damisela ahora que necesitamos que seás de plomo. ¡Soportá las flaquezas!

»A ustedes tres, traidoras, vamos a someterlas a una dieta de faquir para que aprendan a ser fuertes, laboriosas, constantes y disciplinadas. Las someteremos, con infinita paciencia, a torturas inimaginables como la puntualidad, proactividad, ejercicio, mesura y disciplina miliciana. ¡Ya no más antojos!  Sabemos que protestarán, somos conocedores de sus artimañas de seducción, sin embargo, sobreviviremos. ¡Sobreviviremos!
»La decisión está tomada. Ustedes tres ya nada tienen que hacer más que obedecer.»

Sobre la mesa hay una libreta de papel amarillo en la que pronto escribiremos nuestros más hondos anhelos. (La lista de propósitos del año venidero.) Estamos esperanzados, es una época propicia para soñar e hilvanar promesas. Y ante este ritual necesario, los vicios cultivados cooperarán.

Dominaremos primero nuestros bajos instintos antes de redactar listitas entusiastas. Sin una buena base de acción, pérdida de tiempo es soñar, porque los sueños son para realizarlos. De lo contrario, son delirios y fantasías.
Trabajo constante y sueños elevados. Antes de desparramar frustración, disciplina. Porque vamos más allá de la prueba y error, porque no sucumbimos ante la derrota.

El fin de ciclo se acerca: ya es hora de domesticarnos.


*Publicado también en ContrACultura.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Placer

«Adoro los placeres sencillos; son el último refugio de los hombres complicados.»
La frase de Oscar Wilde resuena y estalla. Resuena y estalla.
Y la sencillez consiste en: 
mirartocarbesarcaminaracariciarjugarfornicarsaborearlameresperarregalarfantasearpensartrastocarseducirdescifrardescubrircortejar... crearescribirmordercantarcomersaltar...


(Tantos verbos.)

martes, 14 de diciembre de 2010

Charanga

Hace un par de días hallé al Charanga.
Yo estaba con mis tíos en el mercado y ahí llegó él.

(Hay encuentros casuales que parten la vida. Y sin tanta algarabía ese fue uno de esos.)

Conocí al Charanga hace quizá veinte años. Era un muchacho flacucho de facciones niponas, dientes largos y brazos kilométricos. Aparecía en cada fiesta, en cada Navidad y cada vez que los tíos lejanos se dejaban descolgar del norte. (Era yo una mocosa por aquel entonces.)

A mi familia le gusta la fiesta, le gusta llenar de gente su casa y Charanga era uno de esos hijos adoptados. Mi familia es cuna de futboleros empedernidos y Charanga jugaba de delantero y volante. Su posición era vital, era buen goleador.

Cuando el Charanga me saludó no pude hacer más que sonreírle porque yo sabía que en mi rostro él encontraba a aquel que fue su amigo, su compinche... al Tavares (o sea mi viejo).

Platicamos un rato y luego se fue. Y tras de su espalda recordé cómo en aquellos días todo era fácil y distinto... eso hermoso de ser niña.
 Recordé cuando mi viejo jugaba fútbol con todos sus primos a las 4 de la mañana del 25 de diciembre... Y los gritos de gol... Cuando se sentaban todos los hombres en el patio y destusaban elotes, cuando  hacían fogatas... cuando...

"La memoria tiene vida propia", me dijo un amigo que toca la conga y los timbales.
Y yo tan solo espero que este cajón mío siga sacando esas pepitas que me hacen sonreír en silencio. Que no se muera nada en el olvido, por favor.

PD: Por cierto, ese día supe, veinte años más tarde, que Charanga tiene un nombre... sí, no solo se llama Charanga: se llama Rafael.

lunes, 13 de diciembre de 2010

¡Feliz viernes negro!

Precios de locura. Alístese: el viernes negro ha llegado. ¿No le suena? Pero si estamos tan globalizados, ¿cómo es posible que aún no tengamos nuestra fiesta de viernes negro?

Comerciantes, están atrasados. Eso se llama no ser proactivo, falta de creatividad (de esa plagiadora e imitadora de barbarie, de esa importada).

Allá en el norte gringo se aprovecha bien el cuarto viernes de noviembre para comprar todo lo que siempre hemos deseado. Quedó muy bien la fecha, es el día después de Dar Gracias. Exijamos nuestro derecho: también queremos un viernes negro.

Lo primordial para festejar un buen viernes negro es atender las ofertas con obediencia, así que saque todo su dinero disponible (tarjetas incluidas), luego súbase a su carro y corra contrarreloj para llegar a los centros comerciales.

Ya le conté, las ofertas son de locura. No es un invento. Hemos soñado todo el año con 60% de descuento, con promociones al dos por uno, el segundo artículo regalado. Es nuestro sueño hecho realidad: pagar hasta enero y cero prima. ¡Que su familia pague en Estados Unidos! ¿Acaso no es tentador?

De ahora en adelante denomínese como el Cazaofertas. Sí, un justiciero que busca arrebatarle a los usureros ese beneficio llamado «ganancia». Nosotros también nos merecemos una tajadita.

Al fin y al cabo, esta época es para hacernos felices. ¿No?

Pasos para ser un buen Cazaofertas:

Uno: este viernes pida permiso en el trabajo para poder estar desde las seis de la mañana en los centros comerciales. Que nadie se lleve «eso» que usted ha estado deseando tanto. «Al que madruga…»

Dos: Si no quiere salir, pida todo por internet. El plástico aguanta con todo.  (Aunque también es emocionante pasearse entre los escaparates, así compra algo que no esperaba: ¡abrace la espontaneidad!)

Tres: ¿Que topará las tarjetas? ¡No se preocupe! Ya viene el aguinaldo y el bono. ¿El colegio de los niños? ¡Relájese! Solo guarde un poquito de la segunda quincena de diciembre… Pero por favor, no sacrifique los «cuetes», son el alma de la fiesta. (Compre de los de a metro o las ametralladoras de colores: nos encantan porque nos recuerdan a las bombas de los ochenta.)

Cuatro: Muestre su amor con regalos (absurdos): su esposa siempre ha querido un vestidito de diseñador. Regáleselo. No sea tacaño. Lo más importante es verse espectacular.

Cinco: Consiéntase: señora, usted siempre quiso otro plasma para ver la novela y las películas. ¡Ahora es cuando! ¿Que se resquebraja la unidad familiar? (¡Esto es una familia?) Vamos, seamos realistas: ¿qué hay mejor que contemplar estupefactas TVyNovelas o una película en formato 3D? Eso es la felicidad.

Seis: A las niñas, muñecas; a los niños, videojuegos de guerra. No hay dónde perderse. Que vayan practicando desde ya para lo que serán útiles en la vida.

Siete: Usted necesita (anhela) un teléfono con redes sociales y una laptop con supercámara web. Imagínese, así podrá saludar a todos los vecinos de su cuadra sin tener que salir de su casa. ¡Es espectacular!

Y por último, jamás se deje llamar  «consumista». Explíqueles que son las nuevas necesidades. Antes todo era aburrido y nos consolábamos comiendo juntos una cena porque era lo que había. Ahora no, la diversión no espera, la entretención tampoco. Además, ha trabajado tanto… ¡Cómo no consentirse!

Es víspera de… ¿Navidad? Pero nosotros ya no la celebramos, es que verán, ha pasado un poco de moda. ¿Que quién nace? No lo recordamos, solo sabemos que Santa Claus baja por las chimeneas de este país tropical. Perdonen nuestra distracción, es que están sonando las ofertas… ¡Tengan un feliz Viernes Negro!



PD: Había olvidado contarles de esta publicación. Salió el miércoles 24 de noviembre de 2010, o sea, dos días antes de la fiesta. Ustedes gocen... en aquí.


viernes, 10 de diciembre de 2010

Memento

Memento.
(Del lat. memento, acuérdate)


Hay instantes que duran tan poco en el tiempo que por ello los volvemos eternos en la memoria.

Y la memoria es una vieja loca de dientes chuecos que revuelve las cestas en las que está eso que llamamos recuerdos... ¿Qué busca? (Ni ella lo sabe.)
Al final de los días terminaremos siendo todo aquello extraño que creímos ser y que quizá no fuimos.
Yo por eso voto por la fantasía y la inventiva.

Total. Mis fantasías son mías.


PD: Aquí está el tráiler de Memento (cómo está contada es fenomenal). 

jueves, 9 de diciembre de 2010

Juguemos

Juguemos a que es Navidad y que de verdad es una época feliz en la que todo lo que deseamos puede cumplirse. Juguemos a que la imaginación va ligada, intríseca, a la acción y que por un instante somos tan poderosos que podemos construir sobre arena y nuestro castillo no se caerá.
Creamos. Creamos. Solo así se puede jugar.

Juguemos a que los chicos reciben en este fin de año muñecas, salas de té y bebés plásticos qué alimentar. Juguemos a que les dan de comer, a que les sirven sopas imaginarias en sus tazas amarillentas. Juguemos a que los chicos se preocupan porque el bebé llorón de verdad llora, y que el juguete, con su mecanismo inteligente, hasta que uno le da palmaditas o lo cambia deja de gritar. Porque luego de eso ningún muchacho será huidizo, no quedará un solo chico cobarde.

Juguemos a que las chicas recibimos legos, que nos regalan carros y pistas de competencia. Si las chicas recibiéramos legos en lugar de muñecas, quizá, y lo pienso como una ilusión sin sustento, dejaríamos de ver con total normalidad que un treinta y tanto por ciento de las madres de este país sean chiquillas menores de veinte años. (Con las pistas, aprenderíamos eso de la competencia sana.)

Juguemos a que nos regalan un set de carpintero para construir mucho más que hogares desbaratados en los que el único pilar es esa misma muchacha recién parida que a puros tropezones va saliendo de esos baches.

Sí, juguemos al minilaboratorio. Comprobaríamos con fundamentos teóricos que ciertos componentes (y gentes) no se mezclan, cotejaríamos las distintas reacciones de los especímenes estudiados y quizá así doblegaríamos esa sensación ilusoria de que los príncipes y princesas existen. Reflexionaríamos… quiero creer.

¡Sí! ¡Vamos bien!

Juguemos a que a los chicos les regalan diarios con llave de corazón incluida. Juguemos a que escriben aquello que sienten, que ese sitio (libro) les sirve como una fuga a sus tristezas, rabias y frustraciones, y que luego de escribir un par de líneas se emborrachan de perplejidad y finalmente se asumen como felices. Y así no tirarían portazos (y más).

Juguemos en esta Navidad a que podemos caminar en las calles y que no miramos a nuestros iguales con desdén. Juguemos a ser simpáticos. Juguemos a que por hoy no competimos por ser mejores que el otro. Juguemos a que no nos asusta el otro.

Juguemos escondelero también, porque la sensación de ser encontrado es la más maravillosa. Juguemos a que buscamos al otro y vemos, de lejitos y escondidos, cómo nos busca también. Juguemos a que contar hasta cien es tan solo una manera de avisar que el tiempo es vida… ¡Y vamos a comérnosla!

Juguemos a que la vida no es más que un rato y que dura tanto como dure este juego. Juguemos a que, como un chico llamado Horacio, tan solo nos satisfacen cosas tan sencillas como el  bullicio de una guitarra y que la gente nos sonríe porque es un placer infinito romper el silencio.

Por favor, juguemos a que todas las mañanas nos levantamos y somos todo aquello que hemos querido ser. Juguemos a que nos satisface la vida.

Juguemos, porque jugar es la acción absoluta de que se hace “algo con alegría y con el solo fin de entretenerse” (según la RAE). Juguemos porque jugar es “retozar” en eso que creemos y nos hace felices. (El juego contribuye al desarrollo, dicen los psicólogos.)

Juguemos otra vez, como antes, como si la vida se nos fuera en esa alegría de crear mundos. Creámonos que por hoy podemos jugar a que jugamos.


Publicado también en: Contracultura

jueves, 2 de diciembre de 2010

El temor del peatón

Levanto altísimo mi mano. La suspendo firme, como quien saluda a una horda de Hitleres. Quizá temor, quizá desafío. Tal vez una presunción de la segunda impulsada con una buena dosis de supervivencia. Los otros permanecen guarecidos dentro de esa gran maquinaria que más bien es una bestia que se enfurece y gruñe si no le imprimo premura a mis pasos. Estoy a salvo, por fin estoy del otro lado de la acera.

Soy peatón y por eso le temo a los buseros por buseros, le temo a los motociclistas por intrépidos, le temo a lo panelitos que reparten mercancía por presurosos e inestables, le temo a los oficinistas amargaditos porque con su seño fruncido me han gritado ¡Quitate!, le temo a las chicas oficinistas que van maquillándose en el retrovisor porque… ¡Es obvio! ¡Cómo se distraen!  Le temo por sobre todo a los señores coasteros porque emulan a las bestias.

Numerosas veces, a manera de cobrador de bus, he golpeado autos que van de retroceso de manera intempestiva en los parqueos y aceras porque no se fijan, solo conducen. Y levanto la mano, que la vean bien. Desde hace algún tiempo hago eso: levantar mi mano. Una señal de furia victoriosa, según mi parecer, para indicarles que se detengan: ¡Voy a pasar!

Le pregunto a una recién ex peatón y amiga que ¿por qué tanto arrebato? ¿Por qué nunca nos ceden el paso? ¿Por qué si nos ven venir en lugar de parar para que pasemos aceleran? ¿Por qué siempre tenemos que correr para atravesar las calles? ¿Por qué no ponen la vía cuando van a cruzar? ¿Por qué debemos encaramarnos en las pasarelas? (Le digo que las pasarelas solo instauran más ese poder, la idea de que las calles solo le pertenecen a los conductores.)

Ella me contesta que no lo sabe, pero me aclara: “En el manual del conductor dice que el peatón está por sobre muchas normas”. ¿Será cierto?

El artículo 93 del reglamento del conductor de SERTRACEN reza: “El peatón que transite por las vías públicas tendrá en todo momento el derecho de paso, debiendo en todo caso atender estrictamente lo indicado por la señalización vial para su seguridad”. ¡Nah!, no les creo.

Pero, en teoría, el Reglamento me refuta: ¡Cómo no! Fíjese bien en los artículos 94, 95, 96, 97,112, 131, 138, 165, y antes de todo eso verifique qué es una acera: “Parte elevada sobre el nivel de las calles o avenidas y están destinadas exclusivamente para los peatones”. ¿Y por qué en todos lados hay carros parqueados ahí que nos obligan a caminar en el asfaltado?, le pregunto al Reglamento. Me ignora.

Soy analfabeta en eso de conducir, me rijo por el sentido común de que todos debemos andar con cuidado, y me respalda el artículo 165: “En todo instante es obligatorio para los conductores guiar sus vehículos con toda clase de precauciones, con el fin de evitar atropellos a los peatones o colisión con otros vehículos”.

No, no y no. Yo no veo eso en las calles. El temor de un peatón es que nos atropelle un vehículo, que salgamos en la mañana y que de manera abruta se nos acabe la vida porque alguien más se levantó tarde o sufre de frustración, o lo dejó su pareja… o lo que sea y es su excusa para ir como loco por las calles.

Caminar en un país como este es una proeza. Comprá carro, me dicen, y no te quejés… Pero yo prefiero caminar, aunque sea peligroso. Porque sigo teniendo miedo, y mucho.
Pero no me rendiré: seguiré saludando Hitleres.


Publicado primero en ContrACultura, en aquí. Y la foto la tomé de acá.

martes, 23 de noviembre de 2010

¡Griten, multitudes!

Imaginemos una calle en la que transitan gentes presurosas. Es la peatonal del Centro Histórico de San Salvador. Por cada gente que camina ─imaginemos─ sale un hilito de la cabeza que se eleva hasta el más allá, más acá, donde usted quiera. Fíjese bien, los hilos se entrelazan mientras la gente sigue caminando, corriendo. Cada hilachada se tropieza con otra y otra que halla a su paso: forman una red. Ahora saquemos una lupa, acerquémonos. Esa red está alimentada por palabras, suspiros, imágenes, canciones, recuerdos, gritos, silencios.
No, no nos distraigamos: ¿acaso no es fantástica toda esa amalgama?

Las redes sujetan, atrapan, contienen. Nos sujetan a los otros. Los tejidos serán más o menos densos, más largos, con más entramado, con sus trucos, con pasajes secretos, quizá otros sean oscuros y otros más luminosos. Entrelazados todos.

Somos eso, una incontenible red de sentido. Caótico. Brutal. Hay multitud de interpretaciones como intérpretes tiene el mundo, dijo Charles Peirce en su semiosis infinita. Todos tenemos diversas interpretaciones de la realidad. ¿Se anima a explorarlas?

La Real Academia define “diversidad” como una “variedad, desemejanza, diferencia”; también agrega: “abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas”. Dis-tin-to. Esa es la clave: que sean distintos tejidos. Como los hilos que imaginamos cuando vimos ese mar de gente.
¿Qué tendría de espectacular un mundo parco y uniforme? ¿Cuál es el mérito de crear patrones? Todos tenemos un hilito por ahí, eso que queremos decir. Nuestra opinión.

Los que escribimos amamos las bibliotecas y librerías, supongo que es una ley natural. A veces, el vértigo nos atrapa ─con tanto libro bonito y sus títulos espectaculares─ y tenemos la sensación de que ya no hay qué decir, que no vale la pena escribir ni un “mu” más.

¿Para qué molestarnos en alimentar el mundo con palabrerías si ya todo está echado, ahora más que nunca, con tanta red social, con tanto tuiteo? Era de la información le llaman. ¿Acaso vale la pena compartir nuestras palabras?, me pregunto frente a esos tremendos libros con empastado grueso, frente a los clásicos, frente a tanto best seller (y tanto blog también).

“Ya para qué ─contestan algunos─, mírennos, somos los dueños de los estantes. Estamos en el escaparate. No hay más que decir.” Y les creemos. Esa sombra nos cobija, nos calla. “Deje de escribir, hablar, gritar y berrear. Todo está dicho. Recuerde: ‘Y todos fueron felices para siempre’. Finito.” ¿Será cierto?

No, no, no. Esto no se acaba. Permítanme disentir. No todo está dicho, señores y damas que llenan los estantes, escaparates, periódicos y páginas web. Falta nuestra interpretación.

Sí, los mortales dejaremos la comodidad. Llenos de placer y júbilo, nos molestaremos (para ser incómodos) en contar nuestra parte. Sí, nuestra manera de ver el mundo. “Escriban su versión”, nos dijo Berta Hiriart, una dramaturga mexicana que hace unas semanas vino a enseñarnos qué era eso de construir relatos. “Narremos nuestras historias”, sentenció.

Detalles vitales de bolsillo: escuchar (y tolerar). Yo tolero, usted tolera, ellos toleran y nosotros toleramos. Querámoslo o no, si hablamos, los demás también pueden hacerlo y no siempre nos agradan sus palabras. Según la RAE, Tolerar: “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.

Hablemos y escuchémonos. Si nos callamos, el mundo solo se sostiene por las redes de aquellos que sí sueltan palabra. Nada está dicho en su totalidad. Falta nuestra versión. Porque el que grita en el desierto, aunque nadie lo escuche, pues sí gritó.

Desde la coronilla de nuestras cabezas emerge un hilo. ¿Usted lo ve? Vamos, fíjese bien… ¡Ahí está! ¿Platicamos?


*Publicado por primera vez en ContrACultura, en aquí.

Para amar en Latinoamérica

La gran desventaja (o maldición) de que una como mujer quiera tener un novio, amante, marido, esposo e incluso amigo en Latinoamérica es precisamente eso, que también sea latinoamericano.

El otro día tuve una discusión extraña con un familiar (demasiado) cercano. Hablábamos de que a un primo por fin lo habían contratado, que tendría mejores prestaciones y blablablá. Le pagarán a la semana y eso es bueno porque tiene una nena, me dice el Fulano. Yo contesté que como ahora estaban mejor económicamente lo mejor era que se proyectaran y se fueran (Ella, el primo y la nena) a vivir solos, que la tal tía los sobreprotegía demasiado. Todos los que estaban ahí corearon con un "Sí, que vivan solos".

Pero como no me quedé callada, luego añadí que ahora Ella podía hacer el esfuerzo de retomar sus estudios o hacer un turno de enfermería por la mañana. Porque Ella me dijo una vez que no quería dejar lo de la enfermería. El coro se quedó callado. Y luego gritaron:

-¡Cómo es posible que descuide a la niña!

-Solo es un turno -contesté-. En la tarde que cuide a la niña...

-No, porque eso depende de lo que decida el primo...

-O sea que ella no puede...

-Es que eso es cuestión de pareja -me dijeron-, y si el primo le dice: cuidame a la niña hasta los cinco años, Ella va a tener que hacerlo...

 Luego me quedé callada, con la rabia por dentro porque con el Fulano no se puede razonar. Grita, y a mí así no me gustan los contrincantes.

Un par de minutos más tarde, como espada lancé un comentario contra la madre de Fulano y le dije a ella:

-Menos mal que usted nunca pensó así, si no, Fulano no estuviera donde está... ¡Huy! Hubiera terminado en una escuela pública si solo se queda usted a esperar el sueldito de su esposo...

Ella se quedó pasmada.

La madre de Fulano es trabajólica, de esas que no se dejan, que siempre aportó plata y que ser madre jamás le impidió trabajar en lo suyo. Llevaba las dos cosas como quería... Y ahora, paradójicamente, era parte de ese nefasto coro que me insultaba y que me decía que lo que yo pensaba era por ser "digna", como si eso fuera causa de vergüenza.

La discusión terminó como suelen terminar las discusiones importantes: en nada.

Dentro mío quedó un ardor terrible. Jamás pensé que uno de los de mi parentela iba a ser un cavernícola. Jamás me sentí tan cerca de la infelicidad. Me quedé muy decepcionada de que mis filiales legitimaran un sistema tan dañino para las mujeres.

¿Qué tendrá esta tierra que pueda ser tan terrible que aplaste tanto a los seres que la aman?

Quisiera pensar en que esa manera falocéntrica de ver el mundo está cambiando, que los que más estudian valoran lo que las mujeres queremos, que sí, probablemente querramos tener hijos pero que no es suficiente. Que sí, que nos gusta atender a los que amamos, pero que no somos sus esclavas. Que sí, que podemos protegernos solas, pero que también nos gusta que nos cuiden.

¿Para amar en Latinoamérica las mujercitas tan solo tenemos que obedecer? Y si es así, ¿la felicidad está hecha?

Amo Latinoamérica por extraña, por pasional.
Lo que no amo de ella son sus hombres abanderados por el machismo. (Por suerte no son todos, pero ¿dónde diablos están esos hombres buenos?)
Me duele que sea así, me duele tanto que sus mentes sigan apocadas, inertes. Obedecen los animales... con suerte, ¿pero nosotras?

Ahora lo que tengo es un miedo terrible, muy terrible, de ese que inmoviliza porque si este Fulano dijo lo que dijo con gritos como para callarme y aniquilarme... Si ese, familiar mío, me trató con desprecio y menospreció mis ideas...
¿Cómo serán los otros?


PD: A veces urge un contraargumento, que alguien grite, por favor.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Abrazos biónicos

Así como vamos, quizá sería conveniente que tomemos ideas de Los Jetson (Los Supersónicos), la casa del futuro que hizo la Warner Bros allá por los sesenta (con sus robotitos y todo) y que de verdad hagamos realidad lo que inventó Leonard en The Big Bang Theory (pobre de su papá): que se multipliquen las máquinas de abrazos porque nosotros (los conectados) poco tiempo tenemos para eso.

(¡Huy!, eso me recuerda al cuento de Asimov: el hombre bicentenario y claro, la película con Robin Williams, a Wall-e, y también Cortocircuito 1 y 2.)

Quédense con Björk: All is full of love

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Vidas espectaculares

En la tele vi que en el Viejo Oeste ─sí, el de 1800 con caballos, vaqueros y forajidos─ que entre sus aparatos tecnológicos había un camarín* especial, muy parecido a un cajón, en el que desde una mirilla se podía observar algo así como una película.
Lo colocaban en las cantinas y se pagaba por ver el espectáculo. El documental de D. Channel asegura que los vaqueros veían mujeres desnudas. Yo les creo.
Voyeurismo nada más. Sano. Sano voyeurismo.

Algo similar nos está pasando, pero quizá de una manera menos elegante. Menos de diva.

Somos nosotros mismos los productores de las laminitas que están al final de la mirilla. Nadie nos pidió que estuviéramos ahí. Na-die (salvo los llamados casos raros). Fuimos nosotros los lanzados.

¿Nos sobreestimamos demasiado?
¿Nuestras vidas son tan espectaculares que deben ser observadas, estudiadas?  ¿Es acaso menester publicar a los cuatro vientos cuál es nuestro estado actual? ¿Cuál es nuestro público? ¿Tenemos público? ¿Acaso ameritamos a que nos vean desde una mirilla? ¿Somos tan fantásticos? ¿A quién le importamos? ¿Deberían ser contadas nuestras historias por más parcas que sean?

No lo sé. No lo sé.

Cierra telón. A comprar otro tíquet.


*Retroalimentación: un amigo (del alma) me dijo que probablemente ese camarín era el zootropo, investigué y eso me llevó al quinetoscopio, el precursor del proyector cinematográfico. En la nota me refiero al quinetoscopio, ¡qué bueno es conocer gente que sabe mucho mucho! 

sábado, 30 de octubre de 2010

No, gracias

Por hoy no voy a esconderme detrás de una imagen.
Basta ya de artificios.
Dejaré de lado las metáforas elaboradas, da igual porque no tenés la menor idea de qué canción hablo.
A vos no te importa que me gusten los cuentos, te es indiferente que Serrat me ponga triste y contenta a la vez. Vos de mí no sabés nada. Y eso es porque no hablás conmigo.


Estoy furiosa. Triste también. ¿Por qué tanta ausencia? ¿Por qué olvidamos tan pronto?
A ustedes nunca les veo el rostro: ¿de qué se esconden?

Aquí y ahora, eso es lo que quiero. ¿Es tan difícil que salgás de tu vida cotidiana y te tomés un café conmigo?
¿Qué te hice yo para que te quedés en el encierro?

Estamos lejos, muy lejos, de conocernos.

Extraño el sonido de las risas, extraño mirar a todos lados y ver si allá lejos vislumbro tu rostro. ¿Por qué jamás puedo dejar de ser como aquel zorro del Principito que le brinca el corazón de emoción si prometés que aparecerás a tal hora?

Te quiero aquí y ahora. La vida es aquí y ahora. El encuentro cara a cara dirá Luckmann.
A mí la distancia absurda no me sirve para nada.

A mí los que están lejos nunca me han dejado. Todos ellos siempre se han quedado a mi lado, me han amado.
 ¡Vaya paradoja!
¿Por qué solo ustedes —los que están detrás Atlántico, o los que viven bajo la sierra andina que nos separa o los de la tierra de los tangos— querrían caminar a mi lado?

Solo vos no. Solo ustedes no.
¿Y si estás tan cerca por qué no almorzás conmigo?

No, gracias.
A mí la vida, el amor, el cariño a distancia injustificada y perezosa no me sirve de nada.

Un aquí y ahora es lo único que quiero.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Cardumen

Cuando mi hermano tenía ocho años, le regalaron una pecera. Era grande, de vidrio y traía arena de viva, no de esas piedras artificiales de colores, no. E-ra a-re-na.
Nuestros papás la habían envuelto mal en un papel de regalo azul con Santa Clauses pequeñitos. Había un rótulo en el que decía: "Feliz Navidad te desea Santa Claus". Reconocimos la inconfundible letra de nuestro padre.

Ese día descubrimos que Santa Claus, el de traje rojo, es un fraude.

En la pecera había diez peces. Dos con cola de espada, uno blanco que hacía pareja con un negro; dos que parecían tigres, tres color naranja con cola negra y otros que no recuerdo. La pecera traía algas marinas y de todo, a mí me gustaba jugar a meter la mano y perseguir pececitos. Por eso me gané tremendas regañadas del tío Jorge. Siempre nos ponía en mal.

Uno a uno los pececitos se fueron muriendo porque no los cuidábamos bien. Un día nos quedamos sin ninguno, y mi mamá, al vernos tan mal, nos compró una emocionante pareja de caracoles.

Eran un par de caracoles dorados. Tan amarillos, tan tranquilos, tan distantes, tan... aburidos. La verdad no era emocionante verlos. A veces pegábamos la cara contra el vidrio de la pecera para ver ese su pseudopie. Se deslizaban despacio y sus antenas ni nos percibían.
Todo cambió un día: se les ocurrió procrear.

¿Han visto cientos de caracoles dorados metidos en una sola pecera?
Nosotros tuvimos una así.
De pronto, en el agua empezamos a ver pequeñitos puntos dorados. Iban creciendo más y más, ya se le veía la espiral al costado. Crecieron mucho mucho, hasta que ya no cabían. No recuerdo bien si regalamos algunos o qué, pero era emocionante. En las esquinas se hacía un panal de caracoles.

La pecera volvió a quedar solitaria. No recuerdo bien por qué. Y cuando eso pasó, a mi hermano se le ocurrió una idea.

En un viaje a Atecozol, mi hermano planeó atrapar a todos los peces de río que encontrara en las piscinas. Nosotros los llamamos chimbolos. Yo me bañé, pero él se pasó el día entero atrapando con su camiseta, a manera de red, a cuando animalito nadador se le atravesara. Al final del día llevaba dos bolsas enormes llenas de peces grises, feos todos.

Fue así como mi hermano mayor pobló de nuevo la pecera. Pasaron muchos meses y los pececitos feos seguían ahí, eso hasta que nos descuidamos por completo de limpiar la pecera. La casa ya olía a podrido.
Mamá nos dijo toda la semana que le cambiáramos el agua, que no fuéramos desconsiderados, que eran nuestros animales...
Que iba a tirar los peces si no limpiábamos.
No hicimos caso.

Un día cuando regresábamos del colegio, hallamos la pecera vacía.
Mi hermano se puso fúrico. Tanto trabajo, tanto descuido.

Por mi parte me lamenté mucho. El día siguiente en la mañana, revisé con cuidado las cunetas de las calles para ver si encontraba a alguno de los pececitos de Atecozol. Nada de nada.

En estos días, cuando miro la cuneta en la que, desesperados, viajaron, me pregunto qué fue de ellos, ¿por qué los abandonamos tanto?

Ahora ya no tenemos peceras.

Big Fish: Una gran peliculota de Tim Burton. Formidable. 

martes, 26 de octubre de 2010

Hábitat

Sredni Vashtar
Soy inadaptada.

Dice la Rae: inadaptado, da1. adj. Que no se adapta o aviene a ciertas condiciones o circunstancias. 
Condición contraria, adaptar: 1: Acomodar, ajustar algo a otra cosa. 2 Hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas de aquellas para las que fue construido.
Me quedo con la acepción dos: hacer que Fulanita desempeñe funciones distintas para las que fue construida. 

Por eso digo que soy inadaptada. 

Mi viejo me contaba la historia de que uno viene aquí a este mundo a cumplir con una misión secreta o no secreta, pero sí una misión. O sea que no podés pasar por esta tierra sin hacer algo significativo que deje huella. Y con lo de significativo me refiero a ser feliz, hacer felices a los demás, poner una cubeta de arena, un ladrillo... lo que sea, por insignificante que parezca. 

Ahora bien, uno tiene su función en este mundo; Don Paco lo llamaba asumirse. Desde hace años me ronda eso en la cabeza. ¿Qué es asumirse? 
Solo se me ocurre pensar que cuando escribo, leo, enseño, actúo... es cuando soy profundamente feliz. Es cuando mi alma se siente bien. Aquí es mi sitio, dice ella, toda altanera.

En un texto le conté a Don Paco lo fabuloso que era volver a besar una duela, memorizar parlamentos... jugar a que era villana. Me gusta recordarlo porque luego, en una charla de pasillo que tuvimos, me dijo que, por fin, estaba contando algo. 
Por eso, porque me estoy asumiendo, me niego rotundamente a adaptarme a mi entorno. Ese sitio en el que hay modelos famélicas cada tanto (¡me identifico tanto!), donde hablan del maquillaje de temporada y los tacones suenan como burda sinfonía.
Este no es mi hábitat (y a veces sufro). Yo vengo de un lugar en el que la gente tiene genio perspicaz. Donde se ríen. Donde sí leen el periódico.

Hoy tuve la certeza de que soy una total inadaptada y que me encantan los antihéroes. Almorzábamos con mi amigo O. Luna y  nos rasgábamos las vestiduras porque los chicos estudiantes no encuentran emocionante a Roland Barthes, porque la gente nos ignora cuando hablamos de discursos dominantes, porque nos reímos a carcajadas de chistes tan parcos como "Jamás olvides tu self" .  (Perdónennos tanta presunción.)

Somos así, nos gusta ser así. Raros.

¿Por qué tendría que adaptarme a que lo in sea devenir en sitios tan sin gracia como las discotecas o centros comerciales para que vean mi new dress, mi extreme make up o contarles lo patética y aburrida que es mi vida desde mi BlackBerry (Awww, Ofertas Nine West! Dos dedos arriba. Like)? 

Me niego. Soy la inadaptada que espulga el diccionario, que se pasea en las revistas aburridas (eso no es cierto, miren esta ¡uff!), la que escucha a Nina Simone, la que quiere dedicar Goodnite... pero a nadie le importa... no gusta esa musiquita psudointelectual. 

He decidido no adaptarme a la sociedad que le interesa la producción estilo Ford. Que yo sepa no soy una pieza de una gran maquinaria. Revisé hoy por la mañana, y en mi nuca aún no hay un código de barras. 
No creo que me interese tanto si mi tarea es importante en su sistema. Una cosa es laburar y pagar recibos; otra, vender el alma. 
Por lo pronto, la mía no está a la venta.
Soy inadaptada porque más allá de esos tiempos modernos y cumplir el estándar de producción... lo mío es distinto. 

Amén.



PD: Gracias, O. Luna. Cuentos para inadaptados: Srendi Vashtar y Esmé, ambos de Saki. 
La imagen del gran dios hurón la tomé de este sitio.

martes, 28 de septiembre de 2010

De zambas, mulatas y coyotes

Ojos azules, Toni Morrison
Me he preguntado eso desde muy chica, desde que Alejandra ─mi compañerita rubia del kínder─ me dijo un par de groserías porque yo era morena.
Soy morena.
Y menos mal que siempre he idolatrado a mi padre, ese que tenía cabello afro, porque tal discriminación no dio para más.

En la universidad recibí Historia II en el aula magna VI, la cátedra la llevaba Sajid Herrera. El énfasis en todo ese ciclo fue la colonización. Recuerdo una clase en especial, en la que nos explicó lo de los ladinos y todo aquello que tenía que ver con la revuelta de la sangre.

Años más tarde vuelvo a esas notas, y sigo preguntándome qué de mi rastro genético. Somos una mescolanza, somos una mescolanza... ¿bien mezclada?

Hace más de un año estuve con una comunidad negra en San Martín de Porres y Comas, en Lima. Ahí conocí a Martín, su hermana la cantante, a Manuel y a toda su familia. Comí con ellos en varias ocasiones, conviví con la negritud. También me hice amiga de Marco Esqueche, ese cajonero afroperuano que lucha incesantemente contra la discriminación, ese que me dice negra.
Y eso es lo que me he preguntado siempre.
Me miro al espejo y no puedo negar la lucha de razas, no puedo no pensar que quizá provengo de una violación antigua, que quizá esta melena morocha que me es cotidiana pudo venir de la esclavitud.

El otro día Marco me contaba que preguntarán en las elecciones 2011 de Argentina si se es afrodescendiente. Estaba contento, feliz por el logro. Entonces le dije a manera de broma que también quería que me preguntaran si yo lo era. Marco contestó paternal: "A ti no hay que preguntarte ─me dijo─, se te nota".

¿Se me nota?
Tengo el apellido del que escribió el Quijote, por parte de mi madre, y el otro es igual al nombre de una ciudad en México.
¿Cómo hace uno para seguir un rastro así? ¿Cómo consigo mi árbol genealógico para ver si a lo mejor tengo familia más allá?
¿Se puede vivir solo con la resolución simplista de que una se sabe mestiza? ¿Pueden no importarme mis orígenes?

Al ver a mi abuela Catalina me sé indígena. Al ver a mi madre, me sé mestiza; al recordar a mi padre, me siento mulata.

Cuando la mezcla de razas se vuelve complicada, los nombres de tales combinaciones se vuelcan en morisco (mulato+blanco), coyote (indio+mestizo), salta atrás (que tenga bisabuelo negro), lobo (indio+salta atrás) y demás.

Estando todavía en San Martín, el tío de Manuel, un sesentón divertido que usaba traje ese día, me pidió ver la foto de mi padre para comprobar el parecido entre ellos. Porque si mi padre hubiese llegado a esa edad sería como él.
Miró la foto, sonrió alegre, me dijo:
─¡Si aquí no hay dónde perderse!

Entonces sonreí.

* Imagen: Ojos azules, de Toni Morrison. Un libro espectacular sobre "los sentimientos de la comunidad negra".

martes, 21 de septiembre de 2010

Entre mujeres

Crecí rodeada de mujeres y no sé por qué aún me vuelven loca.

A estas alturas de la vida ya tendría que estar acostumbrada a sus risitas cómplices, a la ponzoña. A los tacones. Al aire esmaltado.

Me simpatizan las mujeres bien mujeres.
Las feministas no me simpatizan porque no las entiendo por más que me esfuerce.

Hay mujeres que te dan ganas de ser como ellas porque son superlistas, porque hablan de política, porque también explican qué es eso del producto interno bruto, o las que recomiendan buenos libros. Lástima que son muy pocas, lástima que las que tienen esa potencia se casan muy rápido.

Crecí rodeada de mujeres y sigo sin entenderlas.
En el Clarin.com hay un anuncio que muestra a una chica sentada en medio de un cuarto lleno de ropa: la leyenda dice "No tengo qué ponerme. Entre mujeres nos entendemos."

No, de verdad.
Entre mujeres muy poco nos entendemos. Yo trato, aunque no siempre tengo éxito.

Crecí entre mujeres y no acabo de entenderlas.

Continuará...

PD: Empiezo con esta introducción porque estoy en medio de una publicación femenina, pero femenina tipo rosa Barbie. Sí, así. Estoy metida justo en el mundo del que he huido por tantos años, pero digamos que después de esto habrá mucho qué cortar, mucho qué comentar y representaciones qué constatar. Mientras tanto, mientras leo de chifones, organza y tul, pongo música bien macha para que tanta feminidad no me afecte.
Ojalá que no me afecte.

PD2: El superfotógrafo Teyo se burla de mí, que si luego de leer tanto sobre velos de novia no me dan ganas de casarme. Le hago cara de susto. Y entonces se ríe escandaloso.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Hombre lento

Me gusta JM Coeztee por limpio, por brutal. De él tengo Juventud, Desgracia, La edad de hierro, Hombre lento; y luego, o sea hoy mismo en la noche, empiezo con Foe.
No hablaré de crítica literaria, a mí esas varas me van y me vienen. Se la dejo a los encopetados rimbombates que les gustan las palabras complicadas. Total.

Me gusta Coetzee porque cada palabra es precisa, porque sus personajes son miserables, porque son infinitamente humanos.

Hoy, en esta soledad tan terrible que es acabar un libro sin tener otro para empezarlo en el mismo instante en que se cierra otra solapa, mejor escribo de cuán bien me ha hecho este sudafricano.

Las miserias humanas afloran en cada página, pero lo más maravilloso es que también los lectores nos damos cuenta de ello, y si nos da la gana podemos preguntarnos qué tan cerca estamos de ese abismo.

Terminé de leer Hombre lento. (Miren el texto, está bueno.)
Con Hombre lento tuve mis peleas. Es un tipo que se parece demasiado a demasiados hombres que conozco. Y aunque soy fanática empedernida del género masculino en sus formas y ediciones rocambolescas y, sobre todo, extrañas, también discrimino. (Sobrevive el más fuerte dice en sabio Darwin.)

El personaje se llama Paul Rayment, y es de esos hombres cobardes que poco o nada harán para tomar en serio su vida. ¿Viven del destino?
A Paul medio mundo se le arrima, casi dan ganas de aprovecharse de su bondad que raya en la ingenuidad,¿pero por qué no se quita a toda esa gente de encima? ¿Por qué él, un minusválido en muletas, debe recorrer kilómetros para llegar a la felicidad?
Porque es cobarde en el fondo.

Paul es un hombre lento no solo por su condición física. Él espera que una tipa le corresponda, que su amor sea suficiente para ambos, pero no es así. Y aunque él cree en su cabecita que está haciendo algo, en definitiva no hace mucho.

Entonces de la boca de una fulana llamada Elizabeth Costello salen estas palabras:
"La vida no es un intercambio de notas diplomáticas. ¡Au contraire, la vida es drama, la vida es acción, acción y pasión".

Entre más verbos se acumulen al día, más actividad habrá. El verbo, si hablamos de lengua, es vida, es acción, es lo que mueve al mundo. Entre más riesgos se corran, quizá más fracasos se acumulen, pero de eso se trata la probabilidad, ¿no?

La vida es acción, la acción precede a la palabra. (Citen a Chaplin)

Me gusta Coetzee porque sus personajes dicen sin tapujos lo que piensan. Me gustan los antihéroes. Me gusta Coetzee porque sus personajes son muy listos.

"Viva como héroe. Eso es lo que nos enseñan los clásicos. Sea un personaje protagonista. De otra forma, ¿para qué sirve la vida?", remata la Costello.

¿Para qué sirve la vida? (...) ¿Para qué sirve la vida?

Me gusta Coetzee por brutal.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mi estado civil

(Lo publiqué primero en Laventanayelgato.blogspot, pero ese blog murió de inanición y desconsuelo. Y con ustedes, desde la ultratumba de mi backup recuperado:)

Siempre preguntan ese tipo de tonterías. Todos, cualquiera, quien sea.

Dice la Real Academia que «estado civil es la condición de soltería, matrimonio, viudez y etcétera de un individuo».
Te preguntan en formularios del banco, currículos, las amigas de las mamás y los amigos de los papás. Pregunta la abuelita y amenaza con que ya nos va a dejar el tren. Hasta te preguntan en la red.

Ante tanta paranoia de definir nuestras vidas en consecuencia de otro u otra resuelvo: soltera.

Otra vez a la RAE, soltera: 1. «que no está casado». Y en segundísimo lugar define en desuso o poco usado: «suelto o libre». ¡Ah!, menos mal, ¿será que se puede elegir entre las dos?
Elijo libre o suelto.
Me gusta suelto porque raya en lo no atado... Libre: «Facultad de obrar o no obrar». Suelto: «atrevido poco sujeto».
Entonces soy una Sujeta atrevida con la facultad de obrar o no.
Más allá, en el séptimo lugar: «Separado y que no hace juego ni forma con otras cosas la unión debida».
Ahora soy una Sujeta atrevida con la facultad de obrar o no pero que de todos modos no forma parte de nada y además no tengo ninguna unión debida.

Me gusta eso de la unión debida. ¡Vaya disparate! Entonces no me complico: elijo no casada. Ahora que me defino como no casada, ¿cómo hallo mi unión debida?

¡Ahora sí, candela!
Vuelvo a lo del estado civil, no me deja del todo satisfecha: condición de soltería, matrimonio, viudez y etcétera de un individuo.
¿Será que en ese “etcétera” cabe la posibilidad de abandonada, alejada, herida, rechazada, buscada, en plan de conquista, amenazada, hostigada, harta, en concubinado eventual o por fines de semana, solo viendo por ahora, ocupadísima y sin ganas de hallar mi “unión debida”, loca o quizá regrese más tarde?

Me gustaría que fuera así, dan ganas de no explicarle al mundo por qué una no está casada, o por qué sí, o si soy muy joven, o si quiero viajar antes de tener mi parentela... ¡Uf! Ganas de que a una no le pregunten nada porque ni una misma se lo ha preguntado.

Claro, todos tenemos necesidades fisiológicas, afectivas, pseudoafectivas, de poder y soberanía, despotismos qué saciar y demás desórdenes psicológicos, pero calma, no siempre tiene que ver con amarrar a alguien. No, no, no.

La cosa no acaba ahí. Una tiene sus sueños de infancia, y los míos siempre fueron más o menos egoístas. “Quiero vivir yo sola con un gato”, decía yo a mis siete años. Fin del cuento. Luego uno crece y el siniestro reloj biológico le indica a una que es la hora. Que esa minúscula palabra en mi documento de identidad debe cambiar y debo firmar, y pagar más de trece dólares para que me pongan “De Zutano”.

¡Qué pereza! El reloj te ordena que busqués al mejor macho cabrío y para hacer que perdure la especie.
No suena del todo mal la antesala, pero ¿ahorita? ¿No podés esperarte que vaya a Surámerica y vea gente desnuda en Río? Esperate que no he escrito ni el borrador de una novela... Y yo cambiando pañales no voy a estar mientras corrijo un texto.

Me preguntaron por ahí, ¿soñás con una familia?
Y le digo al chico listo: Sí, pues, pero no me urge. Lista de pendientes.

Y ahora más que nunca elijo: libre albedrío. Libre, suelto. Quizá al rato me pregunte alguien más por qué sigo no casada. Pero ahorita no, que se espere... publico esto en el blog, preparo clases, termino unos textos y todavía tengo que leer Foe (cien mil más), no ando en zancos... y los malabares. Otro rato, ¿sí?

¿Mi estado civil? Este... no sé. Paso. ¿Siguiente pregunta?


PD: Preguntame qué música pongo por las mañanas o qué hago para calmar la ansiedad porque no fumo, o si esa coma va ahí... ¡Vamos!, sé creativo, flaco.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Pedalear para revivir

Lo primero que escribí cuando llegué a la universidad se llamaba algo así como "Circuito en Joya de Cerén". El instructor de ese entonces* tuvo a bien plagar la página con tachones, comas y puntos necesarios, además de anotar observaciones incisivas. Yo le quedé debiendo a Don Paco seis centésimas para tener cero. Sí, era -0.6 de nota.

Decidí escribir de eso porque realmente me apasionaba. No era más que el cuento de todos los años con mi viejo y toda la familia. Nos íbamos en bicicleta (cerca de 30 gentes) y hacíamos un recorrido en Joya de Cerén. Fin de la historia, o al menos eso creí cuando entregué triunfante ese mi primer fracaso.

Cuando lo pienso bien, esos fueron los mejores años de mi vida. Muchas de las pláticas trascendentales y de rigor que tuve con mi viejo fueron a bordo de una bicicleta. Estuvimos subidos en los pedales por más de veinte años, cuando aprendí y hasta antes de eso porque siempre he viajado en dos ruedas.

Recorrimos todo El Espino (del que no queda ni la sombra), subimos por la cordillera de El Bálsamo, las calles de Sonsonate, e hicimos nuestras toda Santa Elena (cuando Cristiani no había cerrado la calle) y Santa Tecla.

Crecer junto a una docena de ciclistas hombres te hace guerrera. Casi siempre fui la única fémina, y mi viejo siempre fue de los que gritaban "No se ahueve**, usted puede" cuando ya faltaba poco para subir una montaña.

No solo se trata de pedalear.
Fácil es bajarse de la bici y empujarla para terminar de subir a pie una cima.
No. Se trata de enfrentarnos, a nuestro cuerpo, a nuestro peso (y es que cargamos con tantas tonteras).

Es encargarnos de nosotros mismos subidos en un armatoste de dos ruedas que se mueve por nuestra propia fuerza y energía.
Usar las velocidades es la cautela con la que nos dirigimos en la vía, la montaña, la vida, el amor o lo que sea. Y no es que me ponga como César Guzmán de recursi y moralina vomitiva.
No. Es sencillamente cargar con uno mismo.
Responsabilizarnos porque nadie nos empujará desde atrás.

A mí eso me enseñó andar de ciclista, a que nadie más iba a cargar mi bici porque ya todos tienen suficiente con cargar la de ellos.

Cuando escribí ese texto hace años no tenía ni la más remota idea de que volvería a mí de esta manera tan extraña. No quiero que lo peor pase: cuando en vez de conducir me dé por vencida y me baje a empujar(me) porque no fui capaz de encargarme de mí misma.

Puedo pedalear, puedo pedalear.
¡Yo sé que todavía puedo pedalear!


*Augusto, infinitas gracias.
** Acepción 3

lunes, 6 de septiembre de 2010

Perfiles

Hay presentaciones tan desgarradoras que yo mejor me quito el sombrero. Miren esta:

"Soy el tipo que crees que te está siguiendo, soy el tipo que te deja pequeñas notas afectivas en tu casillero en el trabajo, soy el tipo que toca la puerta de tu casa a las 3 a. m., soy el tipo que te ve dormir, soy el que estaba escudriñando tu basura la semana pasada, soy el que sabe dónde viven todos tus familiares y amigos, soy el tipo que conoce todas las rutas de escape de tu casa...y te amo."

Brutal.

Tomado de: Las cosas que me hace decir el insomnio.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Laborem excersens

Estoy harta de que la gente me diga que Gracias a Dios hay trabajo. Fastidiada de que crean que lo que hago donde trabajo es grande, que importa. Eso es mentira.

Es cierto, tengo una mesa, una máquina PC y miles de cosas más que cien mil gentes no tienen. Que soy malagradecida, que porque jamás he pasado por donde asustan. Que ya quisieran verme en una maquila para que deje de decir tonterías.

He sufrido poco, muy poco. Jamás me ha faltado el empleo. Dirán que no tengo solvencia moral para opinar sobre la bendición del Altísimo y que ojalá me parta un rayo por ser así.

Cuando nací me pusieron una etiqueta: salvadoreña. Y a mí y a todos ustedes el Estado salvadoreño nos dijo que "Toda persona tiene derecho a la vida... a la seguridad, al trabajo, a la propiedad y posesión" y blablablá.
Cuando me bautizaron donde me bautizaron la Iglesia me dijo que trabajo era "contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos".
Y ahora la OIT dice que un trabajo decente es el que resume las aspiraciones de las personas en su campo laboral.
Soy malagradecida. Ya lo sé.

¿Cuáles aspiraciones? ¿Aspiro a repetir por mil días mi suerte para pagar los recibos y dar de comer? ¿Qué de la creación, qué de esa elevación espiritual?
De eso no hay.

Leía el otro día el blog de Gardo, un amigo ilustrador (imperativo es que lo vean, el video es formidable), y él preguntaba simplemente si la plata era el motor para crear. Varios días estuve pensando y recordé la pirámide de Maslow, esa que explica que en la base están las necesidades básicas fisiológicas, luego las de seguridad (aquí entra el empleo, casa y obteción de recursos) y luego siguen elementos tan banales como la filiación (amistad, amor), ego (reconocimiento) y allá bien bien arriba la autorrealización.

¿Por qué diablos tiene que estar tan arriba?

En un país como el mío está candela (difícil) suplir esa necesidad de autorrealizarse. Vivimos pensando en que hay que llenar la panza que poco tiempo queda para ver si de casualidad podemos ser felices.

Estoy en desacuerdo con la postura de muchos párrocos amigos de mi madre en que uno debe estar siempre humilde y que ese lugar mínimo es grande y que hay que agradecérselo a Dios.
Perdónenme, pero Dios no tiene nada que ver con que el desempleo suba en el país. Y que los gobernantes sean incapaces de proveerlo, no tiene nada que ver con que el 6% del drawback se lo devuelvan a los más pistudos cuando podría promoverse un programa de microcréditos para las pequeñas y microempresas. No, no lo hacen, y Dios no puede hacer nada porque este es un país laico y soberano.
Él ya tiene mucho trabajo consolándonos como para que nosotros no hagamos el nuestro (digo, los funcionarios).

Puedo sonar a bochincera, pero no deberíamos (como deseo) estar pensando en solo llenar la barriga. Por ahí debe haber un mecanismo para que todos los que trabajamos hagamos lo que nos gusta (eso que mi buen Don Paco llamaba vocación) y hacerlo con honor, porque de verdad nos place hacer esa tarea.

No deberíamos estudiar algo para luego trabajar de lo que sea porque no hay manera de posicionarse. Que el mercado es competitivo, que usté mejor hágase una maestría...
¡Pura mierda!
Aquí no sé qué mecanismo está funcionando, pero mi bro es ingeniero y ni así le dan chance. Mi amiga es abogada y ni así puede hacer justicia.
Yo soy lo que soy y trabajo con lo que mi viejo me enseñó en la primaria, no con mi título.
Jodidos estamos.

¿Qué de la autorrealización? Ay, ¡por qué se infravalora tanto?

¡Y aquí nadie piense en eso!
¿Autorrealizarse?, callate Maslow, eso no existe.
¡Usté mejor váyase, fúmese un porro y déjenos estar! Este país funciona así: que se peleen por el pan, pues, si no, no trabajan.

Trabajo digno le dicen.

*

martes, 31 de agosto de 2010

Soñar con Alberto

Ayer tenía las malas intenciones de contar quién era Alberto. Pensaba y pensaba cuando en eso me arrastró la melancolía.
Uno se pone a desempolvar recuerdos porque da gusto repetir la vida. Da placer pensar en el si hubiera...

¿Qué tal si Alberto no va a estudiar ese día que fue a estudiar, qué tal si se queda en casa mirando la tele? ¿Y si jamás me hubiera fijado en el mal carácter de ese muchacho, y si de verdad hubiera dejado de saber de él cuando se fue en un jueves?
¿Qué tal si Alberto jamás me hubiera plantado un beso?

Guardamos recuerdos y los desempolvamos siempre.

Pensaba en Alberto cuando un amigo en el chat me preguntó qué hacía. Le conté y la respuesta varió en una confesión extraña. Él decía: qué mérito puede tener un fulano con quien nada pasó.
Yo le expliqué que no lo sabía, porque a esa edad tan absurda poco entendemos qué nos pasa en verdad.
-¿Pensabas que estabas enamorada?, me preguntó.
Entonces le dije, consciente de que tengo una docena de años más desde que conocí a ese chico, que no lo sabía, que probablemente nunca lo supe y que nunca lo sabré porque en esos días mozos solíamos vivir de las fantasías.
Sí, talvez eso: Creía que...
-¿Qué tan real es lo que pasa en verdad o lo que queremos que pase?, le dije.

Deconstruimos nuestros recuerdos y vivimos de las interpretaciones de los otros sin acercarnos a ese mundo. Quizá hubiera sido valioso poder descubrir aquello que no conocía. Así talvez podría decir sin vergüenza a vos te he amado, o no. Aunque a estas alturas nada importa.

Traigo a colación El sueño de Mariana, de Jorge Galán. En el libro hay una reflexión terriblemente profunda porque la tal Mariana vive atrapada a una máquina que la hace soñar con Maslo. Es un sueño programado que la aleja totalmente de las experiencias reales, ella prefiere una vida así: artificial.

El sueño de Mariana aborda el tema de qué tan real es lo que vivimos y lo que soñamos, o lo que creemos que soñamos.
¿Qué tan entrenado tenemos nuestro cerebro para convertir en realidad sus experiencias artificiales? (Como nuestra sociedad feisbuquiana.)

Con un halo de celos mi amigo remata con esta pregunta: ¿hubiera sido el hombre con quien harías tu vida?
Le contesto con un contundente no. Le doy mis razones y le explico mis estándares de calidad. Se queda conforme.

Ahora, ¿qué tal si Alberto no va a clases ese día, qué tal si no lo matan? ¿Cuán grande sería su huella hoy?

No lo sé.
Quizá ni así podría comprobar o refutar si en verdad fue un sueño.

*

jueves, 26 de agosto de 2010

Mr. Bojangles


De la boca de Nina Simone te conocí, Mr. Bojangles.
Dejé que Bob Dylan me explicara eso de que saltabas tan alto y caías como pluma.
Jeff, infinitas gracias por la canción. (Cuántos la han cantado y jamás se aburren. Estate contento, Jeff.)

Mr. Bojangles, ahora contiemplo tu rostro y lo que más me gusta es esa sonrisa eterna. ¡Qué dicha bailar así!
No hay nada más hermoso que tu zapateo, nada más bello que tus arrugas de felicidad.
Date de golpes en la pierna mientras contás la vida, te queda bien divertirte así, Mr. Bojangles.

Pero no llorés por tu perro. Vamos, te consigo uno chiquitito de esos juguetones.
No llorés. No llorés, Mr. Bojangles.

Bailá, por favor, Mr. Bojangles, bailá.

"Please, dance, please, Mr. Bojangles..."

Con Robbie Williams


Con Nina Simone

martes, 24 de agosto de 2010

Telefonear a Dante Alighieri


Cursaba el segundo año de bachillerato (o primero, no sé). El terremoto y la administración del colegio en el que estudié dejaron de lado a la maestra de teatro, a ella y miles de actividades que nos hacían la vida feliz. Ya no entrenos de basquetbol, ya no reuniones del coro, ya no más perder el tiempo en los pasillos por la tarde. Yo andaba deprimida porque hacía meses que no ensayaba para teatro.

Aquellos días después del desastre fueron terribles.
Tuvimos que recibir clases en salones prestados de una institución amiga, pero que de todos modos no nos gustaba. Riñas absurdas de colegialas. Nada de qué preocuparse.

Fue entonces que no sé cómo, o en qué anuncio vi que acaban de abrir una institución llamada Asociación Dante Alighieri. Era un programa para estudiar artes escénicas. Para entrar pedían quinientos colones (ahora entro en duda con los datos porque no sé si eso fue a finales de ese año en que nos dolarizaron; año más, año menos, no lo sé). ¡Eran quinientos colones! Ni eso pagaba de mensualidad en mi colegio.

El caso es que con mi entusiasmo desbordante le dije a mi madre que si podíamos preguntar. Me hizo cara de "no" cuando le dije el precio. Así que seguí arrastrando mi depresión leve que se convertía en frustración. A los días me dijo que llamara, que iba a hacer el esfuerzo (benditas las madres). Así que llamé y me explicaron que eran solo quinientos de inscripción, más todo el material que íbamos a usar.
Luego pedí que me explicaran dónde era, me explicaron; y así fue como anoté en mi agenda: en el renglón de arriba: Asociación y el número, y en el renglón de abajo Dante Alighieri más el otro número de la oficina, es que tenían dos contactos.

Nunca pude dar con la asociación esa. O la gente cree que explica muy bien las direcciones o de verdad yo no tengo habilidades espaciales. Para regocijo de mi madre yo hice teatro gratis días más tarde, y todo se solucionó. Fuera frustraciones.

De la asociación Dante solo me queda un recuerdo muy grato:
Una amiga anotó su número de teléfono en mi agenda, y se puso a verla porque era muy bonita. Luego, vio el número y un nombre extraño, y me dice: ¿Tenés el teléfono de Dante Alighieri?

¡Ay, cómo gocé ese día!

Ya hubiera querido yo ser amiga de Dante para que me contara los pormenores de Virgilio y blablablá, y de paso que nos ayudara con una entrevistita en la exposición que hicimos de él para Lenguaje.

Esos momentos quedan para la eternidad.

PD: Por cierto, no sé por qué siempre pintaron a Dante todo bravo, si es de lo más divertido y entretenido.

lunes, 23 de agosto de 2010

Walk

Wordreference.com tiene lo suyo. Define walk así:
walk1 /wɔ:k/ verbo intransitivo
(go by foot) caminar, andar(conj.⇒) (esp Esp);
(in a leisurely way) pasear;
(go along) ‹hills/path› recorrer
(take for walk) ‹dog› pasear, sacar(conj.⇒) a pasear
(accompany)
acompañar.

De todas las acepciones mencionadas las que más me gustan son recorrer y pasear.

Ha de ser este mundo globalizado el que me obligó a decir walk y no caminar, y también es culpa de las películas hollywoodenses chafa que evoque junto a esa palabra un semáforo con un hombrecito verde que le indica a los transeúntes que es hora de cruzarse tal avenida en una ciudad tan enorme como Nueva York.

Caminar no es lo mismo que dirigirse a pie a algún sitio. No, no es lo mismo. Caminar requerirá de una decisión trascendental: elijo por hoy no usar el transporte colectivo y usar mis piernas para llegar a tal sitio.

A mí me gusta caminar. Siempre soñé con vivir más o menos cerca de mi colegio, universidad o trabajo para andar a pie por las calles.

Me gusta caminar porque es un acto egoísta, supremo y lleno de poder.

Si vas a pie no tenés por qué sucumbir a la voluntad del señor busero, el conductor o cualquier contratiempo como el tráfico.
Mi teoría es que el tráfico va a terminar matándonos de puro estrés, de la pura impotencia de no poder solucionarlo, de no poder tirarnos de la buseta y caminar.

Caminar es lujo en mi país.
Jamás disfrutaremos de esos los paseos al estilo inglés, esos de las películas cursis a lo Jane Austen. Pasear. Deleitarse del panorama, y luego tomar el té. Caminar y descansar.

Pasear es un lujo porque aquí no tenemos chance de hacer flirteos en bosques, ni de sentarnos en banquitas, mucho menos hacer picnic. (Pregúntele a La Gran Vía y a Grupo Roble qué hicieron con nuestros bosques.)

Mi tía no camina. Ella está obligada a tomar dos autobuses para llegar a su trabajo porque desafortunadamente vive lejos, muy lejos. Más allá de la pedrera en la cordillera del Bálsamo, sobre esa calle que se supone construyeron los reos (atados a una bola de metal, como en los muñequitos de la Metro Golden Mayer). Ella y muchos más gastan sus centavos en ir y venir en bus. Una lástima total.

Caminar no siempre es una opción.
¡Qué terrible es perder tanto poder!
¡Qué brutal es no poder ejercer la voluntad!

Por eso, ahora que puedo, aprovecho caminar. Sí, tomo un bus que me deje a la mitad del camino, pero la otra mitad es mía y solo mía.

Me gusta recorrer las calles porque elijo mi ritmo, conozco atajos y no me alejo de la realidad.
Vivo la ciudad porque no cierro mi ventanilla para evitar que unos chiquillos malabaristas con limones me pidan una peseta gringa.

Camino porque así saludo a la señora que vende el periódico, el que vende pupusas e insulto a uno que otro jornalero, panadero u oficinista que me diga algún piropo estúpido.

Me gusta caminar porque siento, en cada arriate o jardín que hallo, la tierra ahí debajo. Camino con chancletas, que es lo mejor de todo. Mal para la estética, bien para el alma.
Camino porque este trabajo me obliga a estar sentada, porque así veo despacito cómo el cielo se colorea de naranjas, porque me gusta escuchar los pericos.

Camino para hacer efectivos mis tres dólares de vialidad anual.

Andar a pie es una manera prepotente de confirmarme que no necesito un carro, y que puedo no comprármelo todavía, es para decirme que las calles son mías porque las uso.

Me gusta caminar porque es egoísta, voluntarioso y, sobre todo, porque no me gusta esperar a nadie.

PD: Ahora imaginen caminar con doña Nina Simone, mientras suena esta:

miércoles, 18 de agosto de 2010

Aquí corrió...

En mi país tenemos un dicho que reza así: Es mejor decir aquí corrió que aquí murió. Han de saber, amigos, que mi patria es violenta, mucho con demasiado como dicen las gentes. Pero el dicho, en mi opinión, no tiene nada que ver con la muerte en sí misma.

"Aquí corrió..." solemos usarlo para defender nuestra aparente cobardía. Aparente, sí, sí, sí, muy aparente. Digo eso porque no siempre cuando uno huye es por temor. Digamos que echar mano de la prudencia no está mal, nada mal.
Estaba con mi amiga Anna el otro día en un café y le digo: vos seguís instintos, ¿verdad? (y asintió victoriosa) Yo también, le dije. Y así fue como decidimos replegarnos y buscar en otro lado porque no siempre las buenas sonrisas son las que nos convienen.

Yo los invito a que si de casualidad tal fulano o fulana les da de ese miedito raro, o desconfianza, o está medio inseguro... ¡huyan! O si tal proyecto no va, no camina, ¡que se mude! Errantes seremos.

Aquí corrimos porque es mejor caminar y hacer nuevo rumbo que quedarse y morir en un intento ya de por sí fallido.

Así como dice nuestro ya ¡oh, sabio Gustavo Cerati!: ¡De qué desastre me salvé!

lunes, 16 de agosto de 2010

Vicios mayores

«Poco importa lo que yo u otros puedan decir. Lo esencial que he de realizar, si no es mutilado, destruido o defectuoso en el breve tiempo que aún me queda, es absorber en mí todo cuando se ha hecho, convertirlo en una parte de mí mismo y aceptarlo sin protestas, ni resistencias, ni temores. El mayor de los vicios es la ligereza. Todo lo que llega hasta la conciencia es justo.»

Oscar Wilde, De profundis.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Erratas

Este trabajo a veces da para reírse. Ya lo hemos dicho, nos pagan para no equivocarnos, ahora bien, ¿a los redactores les pagan para decir tonterías?
No me vean mal y no piensen que es prepotencia, miren nomás:

«Aprovechen las ventajas de lavar su ropa en lavadoras que lavan y cuidan sus prendas por su innovador sistema de lavado

Le cuento a mi amiga Marie y me dice: «Es mejor lavar en lavadoras que lavan, porque algunas lavadoras planchan, ¿verdad?»

(Y después quieren que uno los tome en serio.)

Así la vida, en fin.

lunes, 9 de agosto de 2010

Trotamundos (o patechucho)


Aquí en mi país tenemos una manera divertida de decir eso mismo: patechucho, que es una contracción de pata de chucho. O sea, pata de perro, pero si decimos pata de perro no es tan chabacán, así que me quedo con patechucho. Es bonito, y más si uno imagina a un perro pulguiento, apestocillo y callejero. De esos que salen a veces en las portadas de los libros de Coetzee. Huesudos y viejos de tanto andar, como este, por cierto, el libro es fenomenal.

Mi madre siempre me dijo así, que yo era una gran pata de chucho. Eso significa que me gusta andar aplanando calles, caminar, explorar nuevos mundos.
Mi familia siempre fue así, no tener carro jamás nos detuvo. Mi hermano y yo nos pegábamos a mi papá como garrapatas y nos íbamos al estadio, FENADESAL (una estación de tren con cancha, lotería y un gimnasio abandonado), o a la casa de la abuela, o hacer bicicleta de montaña, o paseábamos hasta aquel balenario con un sapo esculpido en piedra.
La culpa la tienen mis padres, a quienes siempre les gustó vacilar (la 4).

Cuando estuve adolescente me hice amiga de las chicas del colegio que vivían en los departamentos lejanos a la capital, que es donde crecí; aunque vivo más allacito, en las faldas del volcán. Me iba por semanas hasta esas tierras lejanas.

Viajes familiares. Viajes con amigos.
Decía mi viejo: total, ya tenés mayoría de edad.

Lo que más me gusta de irme a otro sitio es caminar en las calles. No soy turista de museos y esas (maravillosas) tonteras. A mí lo que me gusta es callejear. Me gustan los mercados, me gusta regatear por un par de guineos (bananas pues). Comer asquerosidades inimaginables y luego enamorarme de los platillos que venden en puestos o carretones (siempre se ven fatal, pero luego saben bien).

Calle, casas, otras costumbres.

En realidad lo que más me gusta de ir a otros sitios es la gente. Los lugares son siempre bonitos o feos, depende de cómo se mire. Pero la gente... es un gran tesoro. (Es que no se me da lo paisajista.)

Con los años voy acumulando sellitos en el pasaporte. He ido a algunos sitios luego de grandes esfuerzos económicos, otros vinieron por premios (y mucho trabajo) y otros simplemente llegaron a mí.

En cada viaje he acumulado nombres en mis libretas, comidas en parques, cafés milenarios, meriendas a orillas de una vía del tren o frente al mar. Sin embargo, en todos esas comidas lo que más recuerdo es lo bien que me la pasé con esa persona que estuvo conmigo.
Como el tipo de boina que en el primer saludo me invitó a un tradicional chocolatito limeño, como la chica nicaragüense que, también sin conocerme, me dejó estar en su casa y comer del mismo plato palomitas de maíz.

Por eso me gusta ser pata de chucho, para andar corriendo de aquí para allá, para poder ser amigable (y menear la cola) y que alguien se apiade de mí, de mi callejerosidad. Me gusta probar que en el mundo hay gente buena, que te invita a un pisco, chocolate o una cervecita Imperial.

Me gusta patechuchear.

Yo patechucheo
Tú patechucheas/vos patechuchueás
Nosotros patechucheamos
Ellos patechuchean...

¡Serás un gran patechuchuador?

Solo decime, ¿¡donde nos vemos!?


PD: imagen cortesía de Desfile de mascotas.

viernes, 30 de julio de 2010

Palabrotas


En realidad son Palabras Mayores, de enormidad y con esas mayúsculas chulísimas. Palabras grandotas. Detrás de Palabras Mayores hay cuatro hombres, de esos que gustan, que admiran y que dan ganas de ser así.
Venían desde el otro lado del charco, la península ibérica, y uno de más acá, México, para orientarnos sobre el uso del lenguaje. Comunicación efectiva se llamaba el curso.

Cuando leí el programa del taller y vi «Corrección de estilo», no pude más que entrar en éxtasis. Por acá no se habla mucho de ello, y los que nos conocen creen que nuestra tarea es ver que las tildes estén ahí, donde ellos (erróneamente) creen que deberían estar.

Nuestros educadores, porque siempre nos gusta aprender y más si es sobre lo que hacemos a diario, eran sacados de uno de esos libros de los que uno se enamora y con el que se duerme. Personajes todos. Y aquí aplico la teoría de la representación y ese maravilloso encuentro cara a cara.

Sus nombres (pinchen para enterarse, no explicaré currículum): Alberto Gómez Font, Xosé Castro Roig, Antonio Martín y Jorge de Buen.

Y como ya vieron de quiénes se tratan, pues a uno le entra susto (de ese bueno). Es como la teoría que dijo una vez Julio Villanueva Chang: uno nunca es normal ante una persona bella. Así lo mismo. Jamás se puede ser normal cuando se está frente a personas así, como ellos...
Ahora bien, pues resulta que sí se pudo.

El primer encuentro que tuve fue cuando la entidad que los trajo me dio la oportunidad de ir con ellos a comer pupusas en los Planes de Renderos. Charla amena. (Y vamos destejiendo prejuicios de lo que otros dicen que ellos son.)

Al siguiente día fue el curso. Una maravilla total.

Palabras Mayores no solo es sobre cómo hacer efectiva la comunicación y demás detalles que únicamente a los obsesivos con el lenguaje nos interesa. No, no, no. Palabras Mayores son cuatro tipos fantásticos que además son amigos y que nos cuentan sobres sus dudas, aciertos y problemas con los textos. Cuando eso quedó claro en la palestra, todo se volvió orgánico. Éramos gente curiosa que le gustaba discutir sobre lengua, y tan tan. Fin del cuento.

Al carajo las representaciones sobre quién sabe más o no. Estábamos ahí con el único propósito de compartir. Hablar. Discutir.

Días más tarde pude verlos en cenas y otras charlas. Una de las salidas más memorables para mí fue cuando con mi amiga Marie acompañamos a estos hombres guapos a la Librería Uca, en nuestra alma máter. Aprovechamos el viaje y para bien de nuestro ego nos dejaron llevarlos a la biblioteca. Las dos estábamos llenas de regocijo porque era justo el lugar en el que habíamos sido felices. Y como si esa oportunidad fuera poca, a la hora del almuerzo Alberto me dijo: «Comemos donde tú digas».

La verdad no se me ocurrió otro lugar que no fuera El Arco Café. Un restaurante-café-bar que queda a la vuelta de la universidad. Ahí fue por años la capital de los teatreros de la Uca, ahí nos la pasábamos de maravilla.
Nos fuimos a comer al Arco con todas las Palabras Mayores. Menú normal y barato, comida más o menos decente de estudiante. Claro, no podían faltar unas necesarias Pilsener. Perfecto. Por supuesto tuvimos una platicadera rica y de a galán.

Luego vinieron las copas, saludos amenos, abrazos de colegas y ese vacío que sentimos los salvadoreños cuando alguien extranjero (y que ya queremos mucho) se va.

El encuentro cara a cara permite ver al otro desde su autenticidad. Con las negociaciones de significaciones, escudriñamos ese mundo que nos es extraño por primera vez, pero que con los encuentros se va deconstruyendo. Procuramos entenderlo.

Alberto, Jorge, Antonio y Xosé serán siempre esos hombres mayúsculos que botaron esa idea de que hablar de lengua es formal y aburrido, que es para eruditos.

La lengua, como la vida, también se saborea.

Gracias, chicos.

PD: La imagen la tomé del sitio oficial de barfilos.com.