domingo, 20 de marzo de 2011

Para amar los ritos

Este mundo se pone cada vez más extraño. Que la gente se presente en nuestras vidas como por generación espontánea raya en lo normal. Conocemos sus nombres y lo que han construido de sí mismos a través de un muro, ese muro que con más frecuencia tiende a parecerse al muro de los lamentos. Y si bien no colocamos pepelitos en tus intersticios, sí publicamos lo que sea para que esos que se llaman nuestros amigos se den cuenta de tal lamento.

Así, se va instaurando esta costumbre insana de enterarnos de todo aquello que no queremos conocer pero que por "novedad" nos enteramos. Estar pendiente de alguien ahora es fijarse en cuanta declaración egoísta surja en ese muro. Y sí, me refiero a ese dispositivo de "f" blanca en fondo azul que tanto bien nos ha hecho. Porque creámoslo o no, es una maravilla. Pero como solemos hacer... nos excedemos y usamos la herramienta hasta que nos hartamos.

Así, con el contexto en la palestra, vale la pena de vez en cuando volver a los ritos, esa manera mágica y antigua de comunicarnos. Porque nos costó mucho volvernos civilizados, porque nunca ha sido fácil leer al otro.
Deberíamos extrañar la comunicación inmediata. Deberíamos hartarnos de los datos diferidos si bien puede quedar uno con alguien e ir sencillamente a caminar al parque.

Después de dos noches en las que con un amigo derrochamos palabras, historias y canciones, eso luego de ir al teatro a ver "Marx ha vuelto" y escuchar "Al otro lado del mar", con el agravante de cenar comida taiwanesa (prueben el fresco de arroz con maní, la noche anterior fue comida china), tengo la certeza de que los rituales siempre serán necesarios. Porque ni cien mil palabras escritas compensan ese minuto en el que nos reímos del mismo chiste.

E insisto: la vida es aquí y ahora.
(¿Dónde nos vemos hoy?)

miércoles, 2 de marzo de 2011

El mundillo circense


Hablemos claro, subirse a un escenario es amar hacer el ridículo. Es, fundamentalmente, amar el exhibicionismo. Que voy a superar con gracia cada trauma anclado en mi memoria, quizá. Pero en el fondo los artistas tenemos esa manía loca de mostrarnos, porque nos gusta mostrarnos.

Subirse al escenario es enfrentarse al terror. Es ser una bruja en Salem; es, también, si le gusta lo cristiano, crucificarse. Defiende uno verdades ajenas, mentiras, sobre todo mentiras que volvemos verdaderas.

Exagerado... sí. Malpensante, imperativo que lo sea. Por eso los escenarios son elevados, porque son ese altar desde el que nos alimentamos de odas, chiflidos e insultos. Porque sea como sea, los escenarios son para que quienes estemos arriba seamos vistos o mal vistos. Deseados, sobre todo deseados.

La palestra de las bajas pasiones quizá. Un altar es un altar, y más si desde el cielo caen cenitales que ennoblecen nuestro espíritu.

Uno se hace escritor o docente, pero hay oficios que pasan sobre el intelecto, lo atraviesan, y son justamente esos con los que nacemos porque son nuestra fuerza vital (como cuando uno se da cuenta de que la vida reside ahí, en el sexo, tóquese el vientre mientras paladea «sexo»).

Para bien o para mal, me sé actriz. No sé si buena, no sé si disciplinada. No es cuestión de asumirse, porque más allá de una decisión es una necesidad. Sin ese mundo de creación, que un amigo entrañable llama mundillo circense, la vida (mi vida) no sería igual. Por eso me sé actriz, porque amo el ridículo y mucho más la desvergüenza.

(Y ahora que este maldito sistema me consume, me muero.)

*La crucifixión: Jesús+Cristo: Carlos Recinos; Magdalena (ÑaMagda): su servidora, Lorena Saavedra. Momentos de ocio y juegos en escena mientras rodábamos un video.