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El trabajo

Me asalta un estusiasmo que no puedo reprimir, entonces mejor escribo:

El sábado vi a Genoveva y me habló del segundo de sus hijos, mi viejo, el que me enseñó a andar en bicicleta.

Dice la abuela que mi viejo era callado, bravo, pero callado. Centrado. Yo de por sí idolatro a mi papá, y eso es porque era genial (pero genial de genio, no solo de buena gente). Desde los doce años trabajó en cosas mínimas de contaduría en una de las haciendas en las que trabajaba Adán Pineda, su papá y mi abuelo, hasta ser quien salvó más de una vez el balance anual de una empresa.

Otro día mi madre me contó que por todos lados era conocido Pineda, entonces, mi viejo era un Pinedita, y por lo tanto se le respetaba también. Pero de ese respeto que emanan las gentes trabajadoras, derechas y arrechas pa' sacarlo a uno de un mal asunto. Así era el abuelo, bien derecho. Así salió mi viejo, bien derecho.

La abuela Genoveva rememora cuando mi papá perdió sus dientes en un choque de bicicleta con los primos de allá. Se ríe y la prima saca un montón de fotos y miramos lo lindo que era mi papá con su pulcra camisa manga larga.

Los sábados venía Adancito, dice Adán Pineda a media lengua, lo que puede entendérsele desde su postrada garganta en una hamaca. Es sábado, le digo yo, y todos recordamos a Adancito.

Mi viejo me hacía repetir páginas enteras de garabatos que yo llamaba letras si de casualidad yo dejaba ir más de tres errores de ortografía. Hacía planas como él con el afán de alcanzar medianamente su pulcra caligrafía Parker, y me regodeaba de trabajar un diez por ciento más de lo que me pedían con el simple hecho de que mi viejo me dijera "bien hecho". Con él aprendí a amar el trabajo.

A mí mi viejo me enseñó casi todo lo que sé y que hago en este trabajo que paga mis recibos. Tantas cosas que tengo revuelta el alma, y sé que este post está medio chueco porque hace ratos que perdí la estructura. Y no me importa, me gusta así.

Hoy me escribió alguien y me dio una buena noticia -como empezar a vivir de verdad uno de mis sueños-, y solo le puedo decir a mi viejo infinitas gracias por corregirme durante veinticinco años. Los frutos están, aunque él no los vea.

Gracias, viejo, por vos sé que horizonte se escribe con h.

*

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