Entra la luz matinal a través de las ventanas de casa. Un niño de cabello negro me pregunta qué cuántos años tengo. Recuerdo que le dije que 4. Ese mismo niño y yo estamos en la habitación de mamá y papá y en la ventana entra de nuevo ese sol que tira pelotitas diminutas. Los dos pensábamos que eran animalitos, que era el sol que nos caía encima de a poco. Es polvo, dijo mi abuela. ¡Pero qué lindo es el polvo, mama Cata! ¡Cómo se arremolina! Mire, mire... y se alborotaba todo en ese diminuto rayo que caía en el colchón. Es que mi cuarto es muy oscuro, le dije un día a mamá. Entonces se me ocurrió que si ponía un espejo allá donde caía en la tarde entonces rebotaría para mi cuarto y lo llenaría de claridad. Porque nunca podía hallar los calcetines. El niño de pelo negro es mi hermano y ahora está lejos. Con él nos subíamos al techo, a mirar el volcán, porque desde ahí podíamos verlo todo, completito. Cuando llegaba la zafra y caía el tile decíamos que eran fantasmas negros y luchába...
Hay multitud de interpretaciones como intérpretes tiene el mundo. El gran intérprete no existe. Ahí van mis distracciones.