La otra noche aceptamos con triunfo (mi cómplice y yo) que somos unos quejistas. Pero permítame aclarar el asunto, estimado lector, porque como ya he dicho: interpretaciones hay en el mundo como intérpretes tiene este. Así que mejor no nos confundamos. Cuando hablo de queja no me refiero a ese chillido infantil, ni a esa usual jerigonza de pubertad, mucho menos a llantos femeninos o a golpes (estúpidos) masculinos. No, nada de eso. Lo nuestro va más allá del simple hecho de exponer un dolor o algún resentimiento, como mal dice la RAE. Quizá el significado que más nos guste es el de mostrar abiertamente nuestra disconformidad contra algo (y a veces contra alguien). Quejas de agenda: vamos en la calle y nos quejamos de que en la capital están arreglando los parques y los están dejando peor de lo que estaban (ahí va nuestro dinero desperdiciado, hecho: no votaremos por ese infeliz). Mes cívico: ¡qué manía de recordar todas esas costumbres campechanas que a esta gente jamás le...
Hay multitud de interpretaciones como intérpretes tiene el mundo. El gran intérprete no existe. Ahí van mis distracciones.