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Charanga

Hace un par de días hallé al Charanga.
Yo estaba con mis tíos en el mercado y ahí llegó él.

(Hay encuentros casuales que parten la vida. Y sin tanta algarabía ese fue uno de esos.)

Conocí al Charanga hace quizá veinte años. Era un muchacho flacucho de facciones niponas, dientes largos y brazos kilométricos. Aparecía en cada fiesta, en cada Navidad y cada vez que los tíos lejanos se dejaban descolgar del norte. (Era yo una mocosa por aquel entonces.)

A mi familia le gusta la fiesta, le gusta llenar de gente su casa y Charanga era uno de esos hijos adoptados. Mi familia es cuna de futboleros empedernidos y Charanga jugaba de delantero y volante. Su posición era vital, era buen goleador.

Cuando el Charanga me saludó no pude hacer más que sonreírle porque yo sabía que en mi rostro él encontraba a aquel que fue su amigo, su compinche... al Tavares (o sea mi viejo).

Platicamos un rato y luego se fue. Y tras de su espalda recordé cómo en aquellos días todo era fácil y distinto... eso hermoso de ser niña.
 Recordé cuando mi viejo jugaba fútbol con todos sus primos a las 4 de la mañana del 25 de diciembre... Y los gritos de gol... Cuando se sentaban todos los hombres en el patio y destusaban elotes, cuando  hacían fogatas... cuando...

"La memoria tiene vida propia", me dijo un amigo que toca la conga y los timbales.
Y yo tan solo espero que este cajón mío siga sacando esas pepitas que me hacen sonreír en silencio. Que no se muera nada en el olvido, por favor.

PD: Por cierto, ese día supe, veinte años más tarde, que Charanga tiene un nombre... sí, no solo se llama Charanga: se llama Rafael.

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