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Por un año más...

No me avergüenza confesar que cuando inicia octubre un sentimiento infantil se apodera de mí. Me gusta pensar, secretamente, en las fechas que sobran y faltan para que me llegue la hora de nacer de nuevo.  He conocido personas a las que parece no importarle la fecha de su nacimiento, o que nos hacen creer que es una fecha más.

Yo honestamente me remito al sentimiento primitivo de querer salir, de entrar al mundo, esa acción tan bestial que compartimos con las plantas, las bacterias, bacilos y todo ente vivo. Ese es el sentimiento que se apodera de mí: quiero hacer vida.

Porque nacer supone entrar a un estado de desprotección, porque siempre ha sido así: estábamos mejor cuando nos cobijaban allá adentro, y muchos pensadores han dicho lo mismo de la muerte, se está mejor cuando uno se ha ido.

Así que como no hay remedio, yo me alegro de nacer de nuevo. (Aunque en un país tan convulso como el mío acumular días ya es toda una proeza.)
Me pongo contenta porque me tocó nacer en una fecha pagana, porque nací en lunes, porque el día que elegí para nacer dejé trabajar a mi vieja todo el día y cuando me aventuré a venir al mundo lo hice rápido.

Ese impulso por la vida, por no poder dejar de hacer actividades y no soportar el ocio vegetal hacen que en estos días me ponga contenta.

Cuando pienso en eso solo me dan ganas de agarrar la agenda y llamar a mucha gente....

-¿Hola, Claudia? (...) ¿Qué vas a hacer este sábado?
-¿Hola, Mar? ¿Me pagás con una cena juntas?
-¿Cómo vas, Alejo? ¿Y si parlamos con unas cervecitas?

Vamos a ver gente. He dicho.

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