lunes, 6 de julio de 2015

Una habitación propia

Cuando tenía 19 años leí Una habitación propia de Virginia Wolf. El responsable de aquel encuentro fue Don Paco. Cursaba por aquel entonces primer año de la universidad y estaba, como solemos estar, feliz de haber encontrado el charco en el que siempre quise estar. Eso de la vocación es una negociación constante con el azar. Primero está si uno trae el talento y supongamos que se tiene,  digamos, esto de escribir, entonces... ¿qué putas hacés con eso?

Cada día, con más o menos ejercicios, he procurado honrar eso que creo que es mi estrella. Mi gracia, como dicen las abuelas. Cuando leí Una habitación propia estalló en mi cabeza una marejada de ideas sobre cómo ser siempre esto que se supone que quiero ser. Lo que digo de mí de ningún modo es especial, ni siquiera exclusivo. Somos muchos los que estamos en medio de este circo en el que hacemos malabares para seguir en esto que nos gusta. Prometo que no volveré esto una confesión lastimera (ay, qué manía la que tenemos de derrochar culebrones).

Ayer estábamos con unos amigos en un café y cada uno comentaba lo que hacía en su otra vida... ¿la real? para sobrevivir. Para ganar plata, digamos. Algunos tienen un negocio aparte mientras son actores, actrices y directores. Los que escribimos solemos impartir clases, o sea, somos profesores. Ejercemos la tarea de "conducir" al mundo. A veces con dignidad, otras veces...

Para ganar el pan diario yo he dado clases de redacción. Es más, este recién 21 de mayo cumplí 10 años de ejercer la docencia. Y bueno, se me olvidó celebrar. No pasa nada. He sido feliz. Pero prosigo: los que estamos en esa labor sabemos que es jodido, mal pagado, estresante y desgastante emocionalmente. Hacés de docente, psicólogo, coaching, madre postiza y ogro.  Y a veces, siempre es bueno recordar, sí reconfortante y satisfactorio ver que por fin escriben bien sus oraciones temáticas. Repito: se cree de nosotros que debemos dar el todo por el todo, que es una profesión de amor... y lo es. Pero José José también tiene razón.

Por eso he vuelto a Virginia este fin de semana. Volví a su mundo, a sus mujeres y toda la vida contada en un solo día. Hoy volveré a su habitación propia y me atronaré en la mía, esa que me ha costado construir pero que ahora sí tengo. No desaprovecharé esta oportunidad magnífica el amor de mi vida (ese que duerme en la habitación del fondo y que le gusta Mary Blair) me ha regalado.

¿Qué puede hacer un escritor vacío? ¿Qué mundos puede crear un soñador desgastado? ¿Cuándo podrá el creador volver a sus pasos y reencontrar las pepitas que ha guardado en otros caminos? En el sentido más pragmático procuraré olvidar las jerigonzas que explican ausencias y reclamos. Olvidaré por un tiempo a los aprendices. Guardaré la gratitud como esa luz que me indicará que en otro tiempo volveré a este sitio que también amo. Por hoy partiré a otros sitios.

En mi habitación propia hay un escritorio, un archivero, una lámpara y una gata. En mi habitación propia están los libros que me llevan a otros universos y otros tantos que uso para volver a mi tierra herida de bala. Por ahora dejo las aulas un rato. He derrochado amor, amigos, he dado todo de mí pero por ahora vuelvo a mi cueva.