viernes, 25 de febrero de 2011

Empiruetarse con Halfon

Me gusta Eduardo Halfon. Para leerlo, quizá haya que ser un poco hedonista. Que uno tome un avión para buscar a un pianista que quiere ser gitano es el colmo del placer. Un delirio así ha de ser tan mágico como encerrar a cinco jazzistas en un bar lleno de humo y esperar a ver qué pasa… o qué no pasa.

Eduardo Halfon es guatemalteco, nació allá por 1971 y después de dejar una carrera de ingeniería se metió en esto de las letras. Entre sus últimos trabajos están Clases de hebreo (2008), Clases de dibujo (2009), El boxeador polaco (2008), Morirse un poco (2009) y La pirueta (2010), preciosamente editado por Pre-textos luego de que ganó el XIV Premio de Novela Corta «José María de Pedrera» en el 2009.

La Pirueta inicia con el conflicto bien puesto: «¿Por qué quieres encontrarlo, Dudú?» Y Eduardo empieza a preguntárselo también. Quizá lo movió la ausencia del amigo, quizá lo sedujo la historia de ese tal Milan Rakić que se cansó de ser un músico y quiso volverse artista, pero gitano, quizá en realidad es una aventura egoísta… quién sabe.

Así, sin saber por qué, Halfon nos lleva a un viaje musical (y es obligatorio tener un buscador de música para saborearlo de verdad). Con Liszt en YouTube, me deslizo a un violento Thelonious Monk. Luego a un Saban Bajaramovic, y es vital escucharlos porque Milan Rakić puede vivir sin Liszt, pero no sin Saban (y quizá esté ahí la clave de su desaparición).

Milan, antes de desaparecer y aparecer a través de postales, conversa con Eduardo sobre Epistrophy de Monk (elitismo que no molesta). Hablan de que quizá ese título es una palabra botánica, que significa no sé qué, y Milan sentencia: «No quiere decir nada. El muy hijo de puta se la inventó». Más tarde afirma: «Existen cosas que no tienen ningún significado y que igualmente son bellas». Talvez así haya que leer La Pirueta, como un paseo al que no sabemos por qué vamos pero que de todos modos es placentero.

El protagonista de La Pirueta es multicultural y obliga a que en la lejanía (Belgrado y otros sitios insólitos como Gardo) alguien se fije en un nombre tan extraño como Guatemala. Muchos de sus otros personajes le dan por fin una mirada a este pedazo de continente perdido que es Centroamérica. Porque no, señores del otro lado del mundo, C.A. no es México. Aunque no todos comprenden. Le dice uno por ejemplo: «Una vez me acosté con una chica de Ecuador, que es casi como decir Guatemala, ¿no?»

Eduardo Halfon, porque el protagonista se llama igual que el escritor (gran trampa, ¿eh?), dibuja a los gitanos, a los marginados, los que tienen su código de vida, esa otra vida que vamos develando con este viaje y a través de los cuentos que Milan le escribe a Halfon en las postales.

El crítico Ernesto Calabuig recomienda no leer la novela en clave realista. Por ejemplo, en el libro, la novia de Halfon dibuja sus orgasmos en un cuaderno color almendra. Calabuig reprende que eso de la «memoria vaginal» no es una imagen bien lograda. Aunque… ¿acaso no ha gritado ya y hasta tiene sus monólogos?

El balance de orgasmos (o ausencia) se antoja para una propuesta de vida. ¡Desahógate, memoria vaginal! ¿No sería interesante ver el rendimiento de tal o cual a través de grafiquitas? Algo para entender, digo yo. Lamento disentir con Calabuig, pero sí, como dice por ahí Laura Restrepo: «La vida transcurre hacia atrás, como la memoria». Somos lo que recordamos; entonces, habría que darle un chance a esa memoria vaginal, al fin y al cabo ahí reside la vida, el dolor y el placer. (Aplausos para Halfon.)

Cerca del final, Halfon se halla con un pasado ajeno que lo hace suyo. En un bar, unos chicos neonazis le dan asco, y quiero creer que es porque le recuerdan el tatuaje del número de su abuelo polaco (ajá, Auschwitz). De él habla en El boxeador polaco y las últimas noticias están en su cuento Los ocasos.

Música, gente indecente, postales, libros y sexo. De eso y más trata La Pirueta. Sobre las pasiones. Pa-sio-nes. Sobre la diferencia brutal que hace Milan Rakić entre tocar una pieza de piano de manera automática y tocarla cuando está lloviendo.

martes, 22 de febrero de 2011

Consejos grotescos

En la tele salen unas doñas demasiado viejas para ser señoritas y demasiado aporcelanadas para ser momias. Han de estar en su etapa de encurtido, como conservándose para verse mejor o saber mejor... iugg. Claro, no es saber de sapiencia, porque el despilfarro de sabiduría de las doñas en la pantalla es tal que lo invita a una a apagar el televisor y mejor ponerse a llorar.

A lo que voy: Están las mujeres esas con su cara de muñecas rusas con depresión y me dicen, nos dicen, que por favor seamos tolerantes. Y ¡plup!, ahí aparece en la parte de abajo de la pantalla el tema del día: Tolerancia y armonía.

Entonces la señora con aretes de vedette me dice que tolerar es respetar y aceptar las situaciones como son. Que es muy difícil porque vaya... todos somos distintos. Sí, bien en esa parte. Pero luego agrega que somos las mujeres las que debemos hacer nuestra parte porque nos corresponde la armonía...
¿Que nos corresponde qué...? «La armonía», me repite. Ah, vaya, le digo.

«Sí, sí, querida amiga, nosotras las mujeres somos las que debemos mantener en armonía nuestro hogar, sonríele a tu enemiga (no, bueno, no dijo enemiga porque eso hubiera sido emocionante, y ese programa no lo es). En nuestro corazón (sí, eso dijo) debe estar tan lleno de amor que debemos disculpar las faltas ajenas aunque esas nos dañen (¿una y otra vez?). Si algo de enojo nos embarga, respiremos y digamos: todo está bien. Esto no me quitará mi paz.»

Yo me digo: ¿Qué es eso de la armonía? Idilios y absurdidades. Es de seguro de esas palabras raras que lo único que hacen es frustrarnos porque no alcanzamos ese clímax en la vida.

(Por cierto, me acordé de alguien, y se los cuento aunque no tenga nada que ver con el tema de tolerancia de la tele. Se trata de una chica que conozco que es tan pero tan cute que da miedo y depresión. A ella siempre me la imagino con su esposo en cuestión y que cuando él se vaya en blanco enésima vez sin ella ni dar un pío de gozo, ella lo verá con paciencia de madre y le dirá: «Sí, mi amorcito, me encantó». Y le sonreirá. Sí, ella es tolerante. Ella es armónica.)

Tolerancia: Que te griten... respire. Que te metan mano... respire. Que le meta mano a la otra... respire. Que por qué es usted tan apática... respire. No se margine, venga y celebremos y riámonos (de bromas estúpidas)... respire.

Porque si una dice que no es una maleducada; porque si no, es rebelde, porque si no... una es puta y machorra. No. no. ¿Tolerar qué? Hay casos de casos, y por supuesto el tema que nos ocupa tiene que ver con el ámbito sexual y conductual, que no es poca cosa, dicho sea de paso.

Diez, veinte, cuarenta... mil. Habría que preguntarle a las que colgaron sostenes en la fábrica hasta cuánto contaron.

Claro, seamos tolerantes me dije yo.

Yo respiro y bien seguido, pero todo tiene un límite. Y no, señoras encurtidas de la tele, aquí a todo mundo le toca poner su parte de «armonía». Que a las mujeres nos toca, dice... ¿Armonía a costa de quién?

No, no. Hay gente y situaciones que es mejor pegar el grito para que paren, no vaya a convertirse una en globo aerostático.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Espejismos

Hoy un hombre muy joven me dijo que me extrañó.

Qué va... era un muchacho muy hombre el que me dijo que me echaba de menos...

No, no.

Hoy, un chico muy niño que un día de estos se hará hombre me dijo que había notado mi ausencia.
A su nota, escrita en página de cuaderno, le faltaban varias tildes. Pero no importa. No importa.

El niño muy hombre dejó en mi escritorio un chocolate.

lunes, 14 de febrero de 2011

Adanowsky para regalo

Ya que estamos en el despilfarro de ideas grotescas y serviles en función de que supuestamente no muere el amor de corazones fuscia y promociones al 2×1, hace bien recibir correos electrónicos masivos (por suscripción) en los que incluyen esos regalos a la medida, de esos que ni al más sorprendente enamorado se le hubiera ocurrido. Y sí, tan poco confiamos.

Para mí y otros miles más, de parte de El Volcán: Amor sin fin, de Adanowsky.

Deprimámonos, por favor.

viernes, 11 de febrero de 2011

Perros

Voy a curarme como lo hacen los perros, lamiéndome las heridas. Voy a hincharme de alegría y que mi cuerpo lo grite (cual cola). Voy a revolcarme tantas veces hasta hallar ese punto exacto en el que, luego de dar mil vueltas sobre mí misma, se está a gusto. Feliz. Voy a volverme como un perro para olvidar por fin que me has hecho daño.

jueves, 10 de febrero de 2011

Fugaz

Nahomy Dayanara tiene las calcetas sucias y los zapatos llenos de polvo. Las mejillas amelocotonadas no ocultan sus ojeras de herencia, tiene lunares aquí y allá, y en su cola de caballo lleva un hule celeste que amarra su indómito cabello castaño.

Nahomy se sienta como se sientan las muchachas mayores, con una pierna cruzada sobre la otra y con el pie colgante en punta. Va en un asiento desvencijado del bus y se agarra fuerte con una mano mientras la otra descansa en su regazo, sobre esa falda cuadriculada.

La lonchera de Colas y Bigotes grita su nombre con tinta azul. La oculta de a poco, como si la elección de ese artículo le diera vergüenza ahora y no antes, cuando quizá emocionada la abrazó contra su pecho. A su lado va un hombre.

No, no. No es un hombre aún. Es un muchacho fornido, pero aún no es un hombre si de complejidades hablamos. Nahomy lo mira de cuando en cuando (¿se sonríe?), y mueve una de sus manos más allá, cerca de él, cuando el bus hace curvas.

En las paradas, Nahomy se yergue, estira su cuello y ladea la cabeza en señal de «soy interesante, mírame». A veces mueve el pie colgante como reloj de péndulo. Sonrisitas aquí y allá, ¿se siente exquisita?

Nahomy va sentada junto a un muchacho mucho mayor que ella, y ha de ser una gloria pensar en que quizá él se fije en la belleza de una niña de colegio, en que de pronto le pregunte su nombre y se pongan a platicar. Ha de ser un sueño que quizá algún día lo vuelva a ver y él la invite a un licuado de fresa. Ha de ser una gloria…, pero nada pasa, como siempre. Por eso las fantasías son fantasías.

Sin ella preverlo, el hombre se levanta. Quizá él dijo «con permiso», y Nahomy, quien ha ido en la parte de afuera del asiento, se gira con lentitud y deja pasar al tipo. No se desesperanza ni nada, tan solo se queda girada y contempla cómo ese ser viril a quien casi le toca la mano se aleja. Se va. Los ojos de ella se mueven de arriba hacia abajo, estudiándolo. No lo deja ir del todo, espera que se baje, y mira el rumbo que él toma en la calle.

Ahora Nahomy Dayanara está huérfana, y se ha quedado tan sola como solo puede estar sola una niña de once o doce cuando un amor fugaz se va. ¡Qué dicha soñar con un tipo extraño! ¿Cuántas fantasías caben en veinte minutos de viaje? ¿Puede Nahomy darse el lujo de tener amores platónicos?

Idilio, ¿dónde te has ido todo este tiempo? ¡Qué de las niñas que aún sueñan! ¡Qué de las fantasías efímeras! ¡Qué de escribir nombres en libretas y cuadernos! ¿Dónde están esos sueños infantiles?

Nahomy se queda silente. Desde el otro lado del bus una mujer de camisa negra escotada dice su nombre: «Shhht, Nahomy, pasate para acá». La niña no hace caso. La mujer lleva en brazos un niño dormido de unos cinco años, es joven, quizá demasiado (¿la parió a los quince?), y le grita de nuevo a media voz su nombre. Es su madre y la reprende por no escuchar.

Ahora Nahomy quizá caiga en la cuenta de que no, no iba sola; que no, en este país no se le pude hablar a los extraños; no, qué es eso de andar fantaseando con muchachitos guapos que se sientan con una en el bus; que no, no se puede ser inocente.

Los datos solo revelan nuestras costumbres y a veces malos giros: treinta y tanto por ciento de las madres de este país tiene menos de 20 años.

¡Qué espanto no poder soñar!

lunes, 7 de febrero de 2011

Trabajólica

La palabra «trabajólica» es un adjetivo que acompaña a mi nombre, quizá atributo poderoso. Y cada tanto se va sustantivando con fuerza. Me aplasta. Lo alimento de tareas y agendas, de listas interminables y sus respectivos tachones cuando tal o cual actividad se ha cumplido.

Ante la incapacidad de poder vivir para el ocio (créanme que lo intento), voy entregándome a los placeres que me supone ejecutar nuevos proyectos. Sin poder librarme de ese empleo que paga mis recibos, abrazo esas actividades mínimas y vitales que me recuerdan que no solo de plata vivo yo, porque en la pirámide de Maslow estoy en la cima de las necesidades: atorrealización se llama.(Ahora que lo pienso me siento tan esnob al superponer mis sueños.)

Ante la ansiedad me tomo una infusión doble de manzanilla. Ante los retos no me queda más que domesticarme, disciplinarme e inyectarme cobalamina.

jueves, 3 de febrero de 2011

¿Y el día siguiente qué?




Porque antes de preguntarnos qué hacer con el resto de la vida... ¿qué hacemos con tanto kilometraje acumulado?

El país de los locos

─La gente dice que usted y yo estamos locos.
─No, muchacha, cómo va a ser. Casi, pero no. Desmiéntales por favor. No es que uno esté loco; es que venimos del país de los locos, que es distinto. Sí, así: de-los-lo-cos.

»Usted no se deje. Aclaremos: no estamos locos, deberíamos, pero por milagro no se nos nota tanto. Aunque con tanta cosa horrenda que pasa aquí… 

»Le explico. El otro día unas muchachas hablaban de una entrevista que leyeron, era de un psicólogo que evalúa a los reos y les dice: “Sí, bueno… usted parece normal, vaya a juicio”. Ellas decían que aquí sí era terreno de cultivo para maldades: cárceles a reventar, policías que le hacían favores a los reos, sin casas de rehabilitación… La lista seguía hasta el hartazgo. Eran jóvenes y querían arreglar el mundo. ¡Pobres! Si los que roban y matan son gentes sanas, ¿qué santidad somos nosotros?

»Las muchachas, como eran entendidas, decían que el modelo social y blablablá. Yo estaba va de preguntarme si eso del modelo social funcionaba, porque si uno se fija en las familias con los papás por un lado, los cipotes por allá sin que nadie los corrija, sin ir a la escuela, pues… ¿qué bondades saldrán de ahí?

»Me compadezco del pobre hombre que le toca escuchar a tanto malhechor. Aunque aquí a simple vista se saca un diagnóstico. Este país es una locura. A ver, dígame: ¿es normal que ande tanta muchachita panzona por ahí? ¿Verdad que no? ¡Qué es eso de que ni han terminado de criarse y ya se ponen a criar! Otra, que los mismos papás las violen... y cosas peores. Uno ve el montón de casos, pero no, no debería ser así.

»El otro día salió en el diario que supuestamente bajaban las cifras de muertos y nada… Para arriba se fueron los números: 11, 13, ¡17! ¡Que ni deberíamos andar contando a tanto muerto dice la gente! ¡Ya aburren! ¡Cómo va a creer! Cada numerito es un muchachito que no se despidió de su mamá, su papá... Tanta muchachada sin graduarse. Que no nos importen los muertos… eso es ser enfermo.

»Mire nomás, pistolas en las escuelas, maestros que le temen a sus alumnos… ¡Una barbaridad! ¿Qué es eso que uno se enmiende en cada salida y que en las despedidas uno diga “por si no vuelvo”? ¡Qué angustia! ¿Qué será anormal si aquí todo lo terrible nos parece cotidiano?

»Entre más salgo, más me angustio, ¿y si ese niño en vez de venderme dulces me pega un tiro? Le dan a uno ganas de salir corriendo. Yo creo que sí, ha de ser una locura seguir en este sitio. Ha de ser una locura tremenda poder irse y no hacerlo.

»Exámenes a los reos… Si aquí nos hacen uno de esos exámenes psicológicos, ¡salimos todos quebrados!  Normales… no, no. ¡Qué vamos a ser normales!

»Esto se está poniendo turbulento. Ya no hablemos de cosas feas porque me pongo agrio y eso me cae mal para el azúcar…»

─Profe, disculpe, tengo una preguntita: ¿de verdad no estamos locos?
─ ¡Ay, mujer!, ¿sabe qué? Sí y sí. Uno no debe andar mintiendo.