viernes, 30 de julio de 2010

Palabrotas


En realidad son Palabras Mayores, de enormidad y con esas mayúsculas chulísimas. Palabras grandotas. Detrás de Palabras Mayores hay cuatro hombres, de esos que gustan, que admiran y que dan ganas de ser así.
Venían desde el otro lado del charco, la península ibérica, y uno de más acá, México, para orientarnos sobre el uso del lenguaje. Comunicación efectiva se llamaba el curso.

Cuando leí el programa del taller y vi «Corrección de estilo», no pude más que entrar en éxtasis. Por acá no se habla mucho de ello, y los que nos conocen creen que nuestra tarea es ver que las tildes estén ahí, donde ellos (erróneamente) creen que deberían estar.

Nuestros educadores, porque siempre nos gusta aprender y más si es sobre lo que hacemos a diario, eran sacados de uno de esos libros de los que uno se enamora y con el que se duerme. Personajes todos. Y aquí aplico la teoría de la representación y ese maravilloso encuentro cara a cara.

Sus nombres (pinchen para enterarse, no explicaré currículum): Alberto Gómez Font, Xosé Castro Roig, Antonio Martín y Jorge de Buen.

Y como ya vieron de quiénes se tratan, pues a uno le entra susto (de ese bueno). Es como la teoría que dijo una vez Julio Villanueva Chang: uno nunca es normal ante una persona bella. Así lo mismo. Jamás se puede ser normal cuando se está frente a personas así, como ellos...
Ahora bien, pues resulta que sí se pudo.

El primer encuentro que tuve fue cuando la entidad que los trajo me dio la oportunidad de ir con ellos a comer pupusas en los Planes de Renderos. Charla amena. (Y vamos destejiendo prejuicios de lo que otros dicen que ellos son.)

Al siguiente día fue el curso. Una maravilla total.

Palabras Mayores no solo es sobre cómo hacer efectiva la comunicación y demás detalles que únicamente a los obsesivos con el lenguaje nos interesa. No, no, no. Palabras Mayores son cuatro tipos fantásticos que además son amigos y que nos cuentan sobres sus dudas, aciertos y problemas con los textos. Cuando eso quedó claro en la palestra, todo se volvió orgánico. Éramos gente curiosa que le gustaba discutir sobre lengua, y tan tan. Fin del cuento.

Al carajo las representaciones sobre quién sabe más o no. Estábamos ahí con el único propósito de compartir. Hablar. Discutir.

Días más tarde pude verlos en cenas y otras charlas. Una de las salidas más memorables para mí fue cuando con mi amiga Marie acompañamos a estos hombres guapos a la Librería Uca, en nuestra alma máter. Aprovechamos el viaje y para bien de nuestro ego nos dejaron llevarlos a la biblioteca. Las dos estábamos llenas de regocijo porque era justo el lugar en el que habíamos sido felices. Y como si esa oportunidad fuera poca, a la hora del almuerzo Alberto me dijo: «Comemos donde tú digas».

La verdad no se me ocurrió otro lugar que no fuera El Arco Café. Un restaurante-café-bar que queda a la vuelta de la universidad. Ahí fue por años la capital de los teatreros de la Uca, ahí nos la pasábamos de maravilla.
Nos fuimos a comer al Arco con todas las Palabras Mayores. Menú normal y barato, comida más o menos decente de estudiante. Claro, no podían faltar unas necesarias Pilsener. Perfecto. Por supuesto tuvimos una platicadera rica y de a galán.

Luego vinieron las copas, saludos amenos, abrazos de colegas y ese vacío que sentimos los salvadoreños cuando alguien extranjero (y que ya queremos mucho) se va.

El encuentro cara a cara permite ver al otro desde su autenticidad. Con las negociaciones de significaciones, escudriñamos ese mundo que nos es extraño por primera vez, pero que con los encuentros se va deconstruyendo. Procuramos entenderlo.

Alberto, Jorge, Antonio y Xosé serán siempre esos hombres mayúsculos que botaron esa idea de que hablar de lengua es formal y aburrido, que es para eruditos.

La lengua, como la vida, también se saborea.

Gracias, chicos.

PD: La imagen la tomé del sitio oficial de barfilos.com.

miércoles, 28 de julio de 2010

La lectura en público

He de ponerte al tanto, mi estimado Augusto, sobre lo que acontece en las calles. Sé que vuestro encierro es voluntario, sé que te queda bien la misantropía. No te culpo. Cada día nos cobija una especie de sopor terrible, hace que miremos con normalidad cómo las gentes se matan, cómo contamos catástrofes y nada pasa. Hay un mutismo asesino por ahí, te lo advierto.

Por otro lado, he hallado un artista que ha tenido a bien agradarme por su estilo decadente: Adanowksy. Nos recuerda bien a aquellos estados de dejadez total. Vos me entendés.

Y ahora el tema que quiero tratar con vos: el entretenimiento. ¿Por qué soslayarlo y menospreciarlo? Acaso no es menester en la vida el placer... visual, estético. ¿No aprendemos más cuando aquello que nos es, literalmente, inyectado nos causa cierto ánimo, ese deseo de descubrir?

Hace unos días fui a una de esas ponencias en las que la gente encopetada y de morral cree que usar palabras rimbombates es ser formal. En otra, el moderador trataba de «vos» a los invitados, gente más o menos eminente, y con eso la hacía amena, cuando hacía ratos que esa pseudodiscusión sobre la inspiración en versos estaba ya tirada al perro. Y perro callejero.

¿Es placentero escuchar sobre las exaltaciones humanas y delirios románticos cuando el lector en circunstancia ni siquiera es capaz de pronunciar correctamente, cuando sus pausas y sus desequilibrios destrozan un texto?
Para el caso recomiendo que los artistas en cuestión tomen en cuenta que estar frente a un público no es lo mismo que estar frente a una pantalla vacía. No, no, no.

La voz, la entonación, la presencia: todas son necesarias para que ese mensaje llegue con más impacto. Si no que alguien más lea, uno capaz.

¿Por qué no echar mano de recursos plásticos ahora que es posible gracias a tanta tecnología? ¿Por qué divorciar todas las disciplinas? ¿Acaso son puristas y pretenden que nos interese una voz apagada cuando la televisión nos ha entrenado sobre lo que debe ser entretenido?
El público, tan necesario, hace que convirtamos lo trivial en espectacular por el simple gozo de que aquello se vea hermoso.

Te confieso que en más de una ocasión me han menospreciado por mi fascinación por los escenarios, por mi mundo circense. Vos no, y lo aprecio sobremanera.
Casi siempre he huido de tales encuentros, me parecen más que siniestros. Pretenciosos también. Vos compartís completamente mi opinión: hay escritos que deben leerse en la intimidad. No siempre descubrir a su productor es una experiencia apoteósica. En ocasiones la decepción nos arrastra: como aquel literato que en medio de tanta bebida pedía al vacío una felación. Deseo egoísta que respeto, pero ¿acaso tenía que darme cuenta yo o la mesa entera? (Con el grave precedente que leyó fatal.)

Así, escuchar cómo leen textos es una tortura si estos no saben hacerlo, si les da miedo el micrófono, si caminan con pesadez (o estupidez, elegí), si dan la espalda al público, si de por sí es desagradable mirar aquel espectáculo tan parco...

Insisto, querido Augusto, no deberíamos aburrirnos en esos encuentros. No deberíamos. Pero lo hacemos porque ellos nos aburren y podrían no hacerlo. Por eso nos ocupamos de mirar todo y nada. Nos levantamos de la silla con el hartazgo subido en la espalda, y decimos: «Era mejor cuando estaba a solas con el libro».

Tardarán en reconocer los múltiples beneficios que trae consigo la entretención. Tardarán, y esa ya no es mi tarea.

Debo dejarte ya. Espero tu respuesta, queda abierta la palestra.

Primores y saludos

miércoles, 21 de julio de 2010

Postales del cajón

Si hay algo que siempre admiraré de mi padre es que tenía una capacidad tremenda de hacer amigos, una tolerancia incalculable y una sonrisota de desmesurada confianza.

Caminar junto a mi padre siempre era un placer. Platicábamos ameno y me decía cuál era el nombre de todos los árboles que hallábamos en la calle. Al salir de casa agarrada de su mano sabía que debía dejar de lado mi mal humor mañanero de cobija pegada porque era inminente: íbamos a saludar a medio mundo. Y cuando digo medio mundo es medio mundo.

A mi viejo lo conocían todos los vecinos. Mi padre era el hombre de mostacho y cabello afro que caminaba alegre, que alzaba la mano para saludarte si ibas lejos. Era al que todos los buseros le silbaban para llevarlo gratis al trabajo. Era al que de pasada le regalaban bolsadas de limones indios.

Me decía que le pedía a Dios un amigo diario. Y eso hacía. Por eso le hablaba a las mujeres empurradas del bus, por eso todos los señores que recogían la basura le sonreían y le decían nos vemos, maestro. Por eso mi mamá sigue enamorada de él.

Las llegadas y salidas de mi padre nunca fueron sigilosas. El sonido de un manojo de llaves todavía me alegra el corazón, me recuerda a que nunca terminaba de llegar a donde debía porque era como la reina del pueblo: saludaba a uno por uno y platicaba de la vida entera con todos.

Mi viejo contaba chistes pícaros de oficina. Cuidaba de las mujeres atribuladas de su trabajo y les decía: No, mamita, cuídese y deje a ese hijueputa. Me consta que era capaz de encontrar un centavo perdido en los libros de contabilidad. También dicen que era buen amigo.

Cuando yo iba a segundo grado de la primaria debíamos reportar qué habíamos aprendido. Era una especie de examen oral diario. Para uno de esos temas de estudios sociales mi papá me enseñó una fórmula mágica.
Me dijo:
-Siempre que querrás decir algo, primero decí "A mi criterio...", entonces así expresás tu punto de vista, el tuyo y solo tuyo, y siempre vas a respetar el de los demás.

Eso hizo mi padre conmigo, me dijo que pensara por mí misma.

Cuando respondí así en el colegio, todas las profesoras se quedaron maravilladas. No recuerdo muy bien el tema, pero esa fórmula mágica la repetí tantas veces como ellas me lo pidieron. Era un circo ese el de pensar por una misma. Y me quedó tatuado en la memoria.

Tanto hice con mi viejo que de a poco saco alguna que otra pepita. Por hoy, su tremenda tolerancia, su "A mi criterio" y su saludo alegre.

Después de varios años de ausencia, la gente en la calle todavía me pregunta por él, qué ha sido de ese hombre de corbata y camisa blanca.
El lunes, cuando me bajé de un microbús, una señora que venía conmigo me dijo a quemarropa: ¿y su papá?
Le dije que una mala peste se lo había llevado.
Se quedó horrorizada. Me dio las condolencias y comentó lo mucho que lo apreciaba.

Dentro de todo me alegró.
Me gusta que me pregunten por él, que me digan que era simpático y que siempre lo recuerdan.

Ahora su sonrisota me persigue y me hace saludar a quien sea; sobre todo, me invita a ser menos gruñona.
*

viernes, 16 de julio de 2010

Guerra de agujas



Tengo guerra abierta contra los zapatos de tacón alto. Sin saber cómo, los odio más que nunca, sobre todo esos llamados tacones de aguja.

Los odio por ser un símbolo de la dejadez femenina. Porque los hombres se burlan de nosotras (las locas por los zapatos). Porque hacen que hagamos equilibrio, que caminemos con incomodidad y porque no podemos correr con ellos.

Detesto los tacones porque hay que tener demasiados pares cuando solo tenemos un par de pies. Porque me hacen rozaduras, porque me dejan marca, porque no soporto que todos mis dedos estén ahí apretaditos sin respirar.

Porque en Varsovia hubo una maratón de cien metros en tacones. Porque en México también compitieron en tacones. Porque me hice un esquince en mi pierna izquierda cuando no vi un agujero en la calle.

Además, son fetiche. Les encanta a los hombres que nos encaramemos en esos mostrencones, que pretendamos estar felices ahí arriba. Los tacos altos nos engañan y nos meten la mentira de que son indispensables para que aquellos deliren con nuestras falsas largas piernas.
Piernas bajo red. Piernas. Piernas. Y más piernas armadas de chucherías que suben la libido.

Tampoco me gusta que sean un símbolo con el que me sienta mujer. O que cuando me dicen que vaya vestida con ropita formal tenga que metérmelos.

Porque cuando voy a comprar solo un par la vendedora quiere que compre otro porque está a mitad de precio o con el 25% de descuento, y que tenga que ser falsamente amable, y decirle que no, que solo necesito un par.

Porque con tan solo un par no puedo evitar sentirme aburridamente fashion. Porque cada vez amo más mis zapatillas imitación de All Star. O mis chancletas de cuero, o mis yinas de baño. Los odio porque se supone que a mi edad tengo que usarlos. Los odio porque con un par dejé de ser hippie. Maldita traición.

Odio los tacones porque cuestan demasiado. Los odio porque mis tobillos resienten tanta fuerza colocada en un área ridículamente pequeña. Porque esa relación área y presión es absurda. ¡¡Áreas mínimas, ridículamente mínimas de tres centímetros cuadrados o menos!!

Odio todavía más a los tacones porque cada vez que me los pongo me siento extraña, como si no fuera yo misma.


PD: Primero tenía una imagen de Tarantino en tacones, y esa misma noche encontré esta maravillosa foto de un amigo/profesor/colega/traductor/viajero y me dejó colgarla aquí. Hazlo, le dará categoría, me dijo. Gracias a Xosé Castro.

martes, 13 de julio de 2010

Monólogo de Beatriz Pereira

Beatriz Pereira:
(sentada en un sofá, con ropa de oficina, sostiene una bola de lana. Está tejiendo con agujas dobles)

¿Qué, a vos nunca te ha pasado?
A mí... no sé, supongamos que me interesan las matemáticas y llevo las cuentas. Supongamos te dije. Unas veinte veces. Sí, como lo oís, veinte veces me ha pasado. No, pues no te clavés con los números. Pueden ser más, pueden ser menos. No sé, total. Que si debería llevar una libretita y anotar. ¡Ay, no! Te imaginás, qué pereza. Tener la certeza de las fechas... de sus... Sí, de todo. No, siempre he preferido revolver mi cajón de recuerdos y saltarme los hechos, confundirlos... ¡Hasta olvidar!
(es ese momento está tratando de desatar un nudo y no puede)

Me dijo una vieja el otro día: "Al único tipo de muerte que le temo es al de la memoria. A que me olviden, esa muerte sí duele".
Claro que duele que te olviden, que manden al carajo todo y ni sepan nada de vos.
Sabés, yo por eso escribo. Así, si me da la gana me leo yo solita y se acabó. Claro, procuro que alguien más que yo lo haga, si no, no tiene chiste. La cosa es no reírse en solitario.
(Se queda pensando un momento. Se levanta de manera abrupta y mira por los costados como si hubieran ventanas. Verifica que no la espíen)

Lo que te estaba diciendo. Se supone que somos seres gregarios pues, que somos civilizados y demás. Justo por ahora estoy en uno de esos sitios raros en los que la gente es todavía más rara. Vos imaginame ahí solita, tranquila. Y de pronto me habla un tipo. Raro, pero raro, vieja. Rarísimo. (Ahora un pie se le enreda en la lana. Va poniéndose molesta)¿Se supone que yo tengo que ser amable cuando mi instinto me dice que me acecha y que quiere algo de mí y yo no quiero dar nada ni siquiera compartir un estadio si él está en zona Vietnam y yo en platea? Pues no, al carajo. Y así con la vida.

El otro día estaba comiéndome una hamburguesa basura. Yo no como esas cosas, pero no sé qué estupidez se apoderó de mí y terminé en ese restorán gringo de la eme gigante. Un fiasco. (Se pone alegre, el nudo se desató de su pie, pero ahora tiene las manos enredadas)

Comía mi prefabricada comida grasienta cuando apareció esta nena que es tan amable pero tan amable que da terror encontrarla. Te explico. Me cruzo con ella en el baño y es tan linda, educada, buena moza y tan amable que te arranca toda la amabilidad que traés escondida en lo más profundo y parco de tu ser. En serio. No podés no ser amable con ella. Es exquisita y propia. (Se pone la lana en la cabeza y la imita.) Así que a veces, cuando estoy dentro de un baño y escucho que ella está fuera, en el lavabo o el espejo, pues me quedo dentro. Escondida. Sí, hay días en los que no tengo la fuerza suficiente para ser alegre con ella. Es tan amable que no puedo ser gris. Dice Valeria que no puede ser tan feliz, que ha de sufrir por dentro. Yo no sé. A veces bromeamos con que quizá duerme con la sonrisa tatuada, inamovible. Pobre, le han de dar calambres.

Así que la nena se me acercó en el restorasucho ese. Con papa en mano, la miré. Sonreía, me preguntó si yo esperaba a alguien. Negativa de mi parte. Que por qué no me iba a comer con sus amiguitas felices que estaban allá arriba, en la otra mesa. Ay no, le hice cara de aflicción. No sé ni cómo, pero le dije que no, que prefería quedarme ahí olvidada por el mundo. (Teje de manera fluida) Mirando cómo entraban y salían los carros del parqueo. Ay, sí, yo sé que exagero, soy una exagerada de mierda, pero fue así, creeme. Me hizo un puchero para convencerme, pero fui muy fuerte le dije que no, que muchas gracias. Se fue.

No te digo pues... es que yo elijo ser segregada. Ni me terminé la comida esa... Yo no quería estar ahí, pero ni modo. Y que si elegí estar en medio de esta gente, pues yo no sé. Eso de la adaptabilidad es cosa extraña. Me gustan los malos hábitos porque al fin y al cabo ya los tiene uno bien entrenados. (Se da cuenta que el punto le quedó mal y da tirones)

No me mirés así, ya sé que estoy sola porque me da la gana. Y lo de los veinte es otro cuento.
(Más tirones)
No, no tengo las cuentas claras. Y ni quiero. No es nada de exageración. Sí, son como veinte veces, aunque no me creás. Veinte veces he hallado al hombre de mi vida, y uno a uno se han ido.
(Pausa. Beatriz está toda enredada)
Tranquila, no pasa nada. ¿Y para qué me voy a poner a llorar? Ni vos llorés. Ay, muchacha, aquí se suma, aquí siempre se suma. Jamás se resta.

(Entra luz frontal tan fuerte que todo se ve blanco. Apagón. Beatriz desaparece. En la escena solo queda la bola de lana hecha un desastre y unas tijeras.)


*

miércoles, 7 de julio de 2010

Mujercitas


Les Liaisons dangeureuses, René Magritte

Tengo en mi escritorio el diccionario de Manuel Seco y Olimpia Andrés, papeles sucios y una taza de café que aún no lavo. Luego de pasearme por los diccionarios de la Real Academia me dije: ¡Vamos, comprueba con este que hemos avanzado!

De todos los significados de mujer que busqué (supuestamente aparece por primera vez en el diccionario de 1832), el de Seco y Andrés es de los más divertidos, y quisiera pensar que fue un él y no una ella el responsable de la explicación: "ser animado racional del sexo femenino".
Yo lo que realmente les agradezco es que no se les haya olvidado lo de racional. Menos mal.

Ahora bien, paseando entre los diccionarios hallé extrañezas maravillosas. Eso gracias a un taller que nos enseñó a rastrear el significado de las palabras y cómo cambiaba a lo largo del tiempo (Así: revisar publicación por publicación). Empecé desde la edición de 1832 hasta la que usamos ahora en línea.
De 1832 a 1852, según el concepto de los hablantes y lo que la DRAE da por sentado: somos mujeres todas las criaturas racionales, jamás olviden eso, del sexo femenino.
Allá por 1884 se los ocurrió la brillante idea de que dejáramos de ser criaturas, que me da la sensación de salir y correr entre el zacate alto, y nos convertimos en personas. Bien por nosotras.

Entre las explicaciones divertidas y vergonzantes –por ellos claro, y sus tres dedos de frente– está esta: "A la mujer casada el marido le basta": ref. que da a entender que no debe la buena mujer dar gusto más que a su marido. Gustosos ellos de degustarnos a nosotras. O sea, ¿único plato para nosotras? ¿Sin postre ni nada? Qué pereza comer pollo diario, ¿no? En fin, cada quien.

En esta me conmueve el aporte de divinidad: "A la mujer casta Dios le basta": ref. que da a entender que Dios cuida particularmente de las mujeres honestas. Lo que me asusta es lo de casta y honesta; y sobre todo la interpretación humana de decidir sobre a quiénes debe apreciar más Dios. Eso después de que levantó a la niña Magda y la salvó de la lapidación. (Entiéndase que las demás no gozan de esa particular simpatía.)

Por ahí se cola lo de llegar a la pubertad y relacionar nuestras redondeces con la cualidad de ser mujer. Ser mujer es lo mismo que menstruar. Todo aquello muy ligado a la funcionalidad, lucro o juegos lúdicos (ojalá fuera siempre) que le demos las mujeres a la vagina.

Otra que es (in)digna de mención es la acepción de mujer fácil (de mitad del 1800 a 1989, es decir, como ¡¡150 años!!): que se deja conquistar fácilmente. Lo que veo ahí es que se deja, digo, hay una actitud pasiva y anula la decisión de tomar a un hombre que se deja convencer, también, fácil. Facilones.

Ahora vamos con las explicaciones que vienen después de criatura racional y de que tiene marido:
Mujer de la vida alegre: prostituta. Sírvase usted de vivir parcamente porque si no, ya sabe.
Mujer mundana: prostituta. Me recuerda al discurso de la catequesis. ¿Pero si solo este planeta/mundo tenemos dónde diablos más vamos a ejercer nuestro derecho a vivir? Ya sé, ya sé que no se refiere a eso, pero vaya… ¡Mujeres mundanas!
Mujer del partido: prostituta. Supongamos que Ana Vilma de Escobar llegó a dirigir ARENA, y dice ahora un anunciante: ¡Y con ustedes, la presidenta del partido! Dios nos libre y ampare de la gran pros… (No, Ana, no se alarme, yo a usted la respeto. No soy su fan, pero admiro lo de CEPA y blablablá. No se resbale usted por lo del partido.)
Mujer pública: prostituta. (A don Alfonsito, de más de setenta años, correcto y docto, le gustaba Sara Palin, y jamás le vi el ademán de desprestigio porque ella era pública[mente conocida].)
Esta me fascina: Mujer de arte. Porque arte es según DRAE y compañía: virtud y disposición de hacer algo. Pero si usted lo pone a lado de mujer… No, no, no. Ahí va: Mujer de arte: prostituta. Así que puedo mandar al carajo mis ganas de ser artista porque entonces yo tendría la habilidad de ejercer el genuino arte de la ¿prostitución? No, no las mandaré lejos, me las quedo y ejerceré. (Total, de todos modos ya soy artista.)
Y por último: Mujercilla: prostituta. Además: mujer de poca estima.

Aquí lo que vamos arrastrando es lo de puta + puta por los siglos de los siglos amén. Raro. Rarísimo. La gran mayoría de las féminas que ejercen la libre elección de varón (o también que se dejen, pues, hay de todo) solo para el acto fortuito de follar jamás cobran. Jamás. Entonces no deberían ser llamadas así, no transan. No tran-san. (Prostituto,a: Persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero.)

¿Qué diablos hacemos las mujeres ahora? Si cobramos, putas; si no cobramos pero nos divertimos, putas; si el marido nos quema la pata, también putas; si somos zocadas que por qué no aflojamos… ¡por la gran prostituta! Hay algo en esa asociación de palabras que no me gusta. Quizá sea lo de no cobrar.