viernes, 21 de diciembre de 2012

Triangulaciones infinitas (o la felicidad de levantarse el sobrero para saludar)

¿Cómo puede iniciarse un texto para decir cuánto bien me has hecho? Quizá la manera más precisa sea esa, ser honesta. Pero, ¿cómo hace una para impresionar a alguien que ha visto mucho? Talvez sacando las pepitas que una ha esculpido con tanto ahínco allá dentro de esa cueva donde dicen que se aloja el corazón.

He repensado esta nota en innumerables ocasiones. Desde enviarla por correo postal hasta publicar esta nota electrónica. Elijo la segunda opción a pesar de que la primera resulte más entretenida. Sí, bueno, la modernidad y el corre-corre que no es excusa. Hoy te han saludado muchos y quiero unirme a esa oleada.

La primera vez que escuché de vos fue porque una compañera de la universidad me contó de tu clase. Que era fantástica y blablablá. Y yo le creí, y cuando estuve ahí no pude hacer más repetirme como mantra qué-cla-se-más-pe-la-da-omg! Fue de ese modo que descubrí eso de las triangulaciones infinitas, con Pierce. Algo que no me canso de retomar y me sorprende cada vez que me hallo en medio de ese mar de interpretaciones. Sí, usted, jefa, usted nos enseñó eso y yo me lo llevé para siempre.

Quizás una de las decisiones más personales que una pueda tener es elegir referentes. Digo, una no elige familia, amigos a veces... infortunios nunca, suerte nunca... Pero lo que sí se puede elegir es a las personas que admiramos. Es que en el fondo nos gusta cómo son, cómo han conducido sus vidas y admiramos la entereza con la que nos dicen que nos hemos equivocado o que hemos acertado.

Lo que quiero decir, jefa, es que es usted muy importante en mi vida porque la ha llenado de caminos amarillos. Porque me ha mostrado libros, autores, porque también se  ha sentado conmigo a emocionarse por equis o ye razón, porque hay empatía, porque...compartimos gatos, lecturas y aficiones infantiles...

Infinitas gracias por ser mujer, mujer de letras, de palabras, de ánimos serenos, de miradas precisas.
Gracias por escribir y leerme, y por ser una luz, como esa lámpara discreta que ilumina el sillón donde una lee.

En este día, estimada Amparito, que tu natalicio sea celebrado.

¡Feliz cumpleaños!





martes, 18 de diciembre de 2012

Miedos: silencio

Tengo miedo de quedarme sin palabras. Me da terror venir a este sitio y no tener nada qué decir, que me agobie "el día a día" y volverme una persona que se queja en la calle de equis cosa del trabajo. Quizá lo más terrible pudiera ser que se me olviden las palabras amables, las que son dulces, las que lavan el alma.

Quizá por hoy lo que deba hacer es no temerle al silencio. Quizá sea mejor jugar como antes, como cuando el día no acababa.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Casémonos, pues

1
Ahí en un chorrito de la Hacienda lo conocí. Es que yo a él nunca lo había visto. Como a mi mamá no le gustaba ir a cortar a ese lado casi siempre nos íbamos allá abajo, por El Limón. Allá los surcos eran bien bonitos, largos, pero los de por acá no, a mi mamá eso no le gustaba. Pues esa vez no habíamos conseguido donde siempre, entonces nos fuimos para allá. Era el más tranquilo de todos. Es que ese montón de babosos sí que eran locos. Pero Adán no, él era bien serio.

2
Casi siempre nos hallábamos en el bus. Era la época en la que yo iba a la Academia Marlene. Ahí me enseñaron Cosmetología. La niña Marlene era bien seria, no le gustaba que anduviéramos de novias. Entonces yo después de ahí me encontraba con tu papá y nos regresábamos. Él esperaba que yo me fuera en mi bus, y ya después se iba él.

3
Pues un día íbamos para Atecozol, creo yo. Estábamos con tu papá en el desvío (a Sonsonate), y en eso que aparece mi mamá. Ajá tal por cual, me dijo. Y rapidito me llevó para la casa. Ya no pudimos ir a bañarnos. En el mismo día llegó Adán con la niña Giña para pedir permiso (y yo no sé por qué razón cuando recuerdo esto se me viene un olor a sandía). Mi mamá bien brava, pero ni modo, permiso le dieron.

4
Cuando me gradué de la Academia me mandé a hacer un vestido gris con una sola manga. Me puse mis grandes tacones y me dieron mi título. Tu papá fue a la graduación con mi mamá. Bien guapo iba. Yo para la graduación de bachillerato de él también fui. No me acuerdo si fue en el mismo año.

5
Pues vas a creer que ahí en el parque San Martín me preguntó que si nos íbamos a casar (entonces yo imagino a mis viejos sentados ahí bien cipotes, bien venteañeros, bien setenteros. Hablando. Pensando en su vida juntos.) Y puesí, dijimos que nos íbamos a casar.

6
Con tu papá fui a comprar la blonda para mi vestido. ¡Qué blonda más bonita! Yo ya había visto el modelo en una revista y se lo llevé a la costurera para que me lo hiciera. Con tu papá fuimos a Santa Tecla y fuimos donde un sastre tan mentiroso... La tela de tu papá era bien chula, era un gris con rayitas delgaditas. Así salimos del negro de siempre. La cosa es que tu papá me preguntó que dónde y yo le dije que ahí, que estaba cerca. Pues el hombre nunca nos daba el traje. Menos mal que íbamos con tiempo, pero el mentado hombre el día que dijo que se lo iba a probar no lo tenía listo. Pues yo le dije que no, que no nos íbamos porque era un mentiroso, que lo iba a terminar. Y así hicimos... Pero el hombre se mandó. Bien bonito le cosió el traje.

7
Los ingenieros querían a tu tata, como les había trabajado desde bien cipote, entonces nos prestaron una casona de la Hacienda para la fiesta.Mi mamá se echó un jaibol tan rico que bien rapidito se acabó.  Lo que hicimos fue un almuerzo, como la boda fue a las nueve de la mañana, de ahí nos fuimos para allá. La fiesta duró todo el día, había gente bien bola ahí por la piscina.

8
Mis viejos se besan en un carro gris. Llevan confeti encima. El padre Cheque y su mostacho dicen adiós. Ha casado a estos novios.

9 Tres hijos, una casa, tres trabajos... bicicletas, excursiones, colegios, cuentas, facturas. Dos mascotas. Cantos. Iglesias. Montañas. Conversaciones cuando se ha ido la noche.

10
Esa vez fui con mi mamá a Metrocentro a comprarse su vestido de bodas. Cumplían 25 años. Era un vestido dorado, bien bonito. A mí me gustó mucho. Estas eran las bodas de plata. En la iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, todos habían preparado una gran fiesta (otra, sí, lo admito, amo y amamos las fiestas). Bien me acuerdo que yo pedí permiso en el grupo de teatro para irme a la iglesia. Me acuerdo que me llevé un par de zapatos de utilería porque eran más bonitos que los míos. Me acuerdo que me puse un vestido verde. Monseñor Cristóbal Cortez ofició la misa. Dejó que cada uno se sirviera la hostia y que se dieran de beber vino mutuamente. Ahí estábamos los tres hijos, y otros tantos viendo cómo mis viejos de decían "acepto" de nuevo.

11
A mis viejos, que se dijeron sí sin miedo hace más de treinta años... Y este intento mío de dejar que mi vieja, esa contadora de historias, me narre su vida, sus ilusiones, sus decisiones. Salud, mamá.






jueves, 18 de octubre de 2012

30

A nosotros dos ni nos presentaron. Caímos así, de zopetón. Casi uno detrás del otro. Recuerdo una imagen clarísima. Era de mañana. El sol entraba alegre e iluminaba un sillón color vino que usábamos como bus, casa, montaña, fuerte, sitio de batalla. Recuerdo que él me preguntaba que cuántos años tenía. Yo le contestaba que cuatro, y él me decía que cinco. Eso es lo primero que recuerdo de la relación con mi hermano. Esa diferencia temporal.

A mí siempre me tocó repasar sus pijamas, camisas y calzonetas. Es que yo fui una niña bien niño y siempre he estado orgullosa de eso. Recuerdo que no me molestaba mucho aquello, porque yo vengo de una familia extensa muy tradicional en los quehaceres masculinos, rurales y chabacanes.

La nuestra es una relación de amor y desesperación. Nos conocemos tanto que nos extrañamos y nos odiamos con cariño por lo que somos. Una relación sana de hermanos. A veces nos admiramos de los logros del otro, a veces no entendemos por qué tomó esa decisión, pero nos dejamos estar. Hace años que ya no nos metemos en las cosas del otro. Quizá al fin comprendimos que así somos felices.

Yo de mi hermano siempre admiré el empeño que le pone a las cosas. Y de esto estoy segura: con él pasé la infancia más feliz que me pueda imaginar.

En la casa de los abuelos paternos, Mamagiña y Papadán, hicimos grandes malilladas. Nos robábamos el zacate del terreno de al lado y lo metíamos entre las escobillas para hacer cuevas. Lo tirábamos al piso y ahí nos dormíamos. Éramos cuatro: Caro, Christian, mi bro y yo. De pura suerte jamás nos picó una coral.

Los dos aprendimos a andar en bicicleta en la misma BMX color plateado. Nos la turnábamos, y cuando fuimos demasiado grandes, se la dimos a nuestro primo Christian, a quien queremos con locura. Cuando esa bici se fue, mi papá compró una nueva. Era amarilla. Hermosa. Para ese entonces ya teníamos quizá unos ocho años o siete.

Recuerdo bien la noche en la que llegó, estaba ahí, forrada con todo ese plástico con bolitas de aire. ¡Cuánta dicha! Es la bicicleta de tu hermano, dijeron. Entonces yo me puse furibunda, triste, frustrada, acongojada... y todos esos estados puros en los que las niñas solemos estar cuando no entendemos qué pasa.  Yo luego le dije a mi papá que también quería una. Que yo era niña, dijo. Que a mí eso no me importaba (eso me contó mamá). Yo quería una bici como la de mi hermano. A la siguiente semana me la dieron (Oh, hermosos papás alcahuetas, ¡benditos sean!).

Es que a mí eso de juguetes para niños y otros para niñas nunca me caló, porque con mi hermano siempre jugamos juntos. Con todos los juguetes. Claro, solo éramos nosotros. Solo nos teníamos el uno al otro. Es que pasó una cosa grave cuando éramos chicos. A mi hermano un vecino lo empujó de un jardín y se fue a estrellar a un arriate. Casi se le sale el ojo. Desde esa ocasión, ya jamás nos dejaron jugar "afuera". Como verán, él y yo. Nada más. Nadie nos visitaba y nosotros no visitábamos a nadie.

La parte más fantástica de nuestra infancia juntos fue andar bicicleteando en El Espino (porque antes de Multiplaza había un bosque de cafetal). Entonces éramos veinte. Todos los vecinos de la cuadra, el jefe de mi papá, Pedrito, Mortadela, don José, Jhony, mi papá, mi bro y yo. Yo era la única muchachita en medio de ese montón de hombres. Y es que era así, yo era igual que mi hermano. No tenían por qué dejarme en casa. Hicimos todo juntos. La primera comunión, las clases de inglés inacabadas, las clases de natación suspendidas por la guerra, la confirma... Luego vino la universidad y tomamos nuestros caminos.

Ahora que lo pienso... Quizá mi hermano sin saberlo forjó en mí esta lucha que ahora no me cuesta tanto. Quizá por eso soy como soy, porque para nuestros papás éramos dos, éramos uno también. A los dos nos dieron los mismos privilegios. No había por qué llorar. 

Ahora que él esta un cacho lejos, hoy que no pude levantarme a las cinco de la mañana para ponerle las Mañanitas y el Feliz Cumpleaños de Pedro Infante para levantarlo junto con mi mamá y mi hermanito menor, hoy que nos falta nuestro padre, solo me pongo a pensar que tener un hermano es lo mejor y peor que me pudo pasar. Si usted tuvo hermano me va a entender. Es así de complicado, es así de puro. Los amores filiales son así, extraños.

Hoy que mi hermano cumple treinta años solo quiero decirle que lo quiero con toda su complejidad. Que extraño su buen humor, y que no me hace falta cuánto le obsesiona el fútbol. Que cuando me encachimba se me pasa al rato, que no le guardo rencor. Quiero decirle que estamos bien, que lo quiero de verdad. Que solo yo lo puedo querer de a de veras. Que estoy orgullosa de lo que hace, y que siempre me asusta cuando toma esas decisiones abruptas que no entiendo. Igual, estoy feliz por él.

El mero Elvis ya tiene treinta añotes. ¡Que los goce!

PD: ¡Feliz cumpleaños, loroco!

viernes, 21 de septiembre de 2012

Música clásica: mi primera historia en Twitter

Resulta que me gusta Twitter, sin embargo me da pereza publicar constantemente. Uno, porque no tengo un teléfono con esos servicios; dos, porque hay trabajo qué hacer; y tres, sí, me da pereza.

Contra todo eso me animé a escribir un minirrelato de una pasadita de mi vida cotidiana. No es una gran historia, pero sí mi primera historia en twitter, bien de moda que ya tiene premios para periodistas y blablablá. Igual, lo divertido es que puedo hacer oraciones cortas, que tanto me gustan. Lo intenté, y esto quedó.

Léase de abajo hacia arriba, ya sabe usted.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Made in El Salvador

Por las mañanas viajo en buses que hizo la Mercedes Benz y generalmente pago con una moneda grandota, dorada, llamada dólar. A veces en la parada del estadio me compro una bolsa con papaya que trajeron de Guatemala. Una vez una rebanada me cayó en la camisa cuya etiqueta dice Made in China, fue el mismo día que quería llevar a reparar mis zapatos comprados en MD (porque siempre salen malos)  al taller de don Fidel.

En las mañanas uso de esos plumones que se compraron en Office Depot, y apunto mis próximas tareas en mi agenda que fue hecha en Brasil. Cuando trabajo mucho me desperezo viendo el Facebook en mi computadora HP L710 que recién me acaban de cambiar porque la otra ya no servía. Otras veces reviso en la web si hay algo interesante qué ver en Cinemark. El último filme que vi fue británico, en ese Gary Oldman hace de espía. Dicen que ganó un Oscar por esa, y fue el argumento con el que fuimos a verla con mi chico.

En mi teléfono, cuya señal provee una empresa española, me caen mensajes de que mande PIROPO a equis número, generalmente los borro. Un día de estos uno de mis colegas me presumió su nueva aplicación en su Iphone que se compró hace unos meses en New York. Le dije que la aplicación era chévere, y como para ignorarlo me fui a la computadora.  La peruanita Susana Baca me cantaba al oído, en unos audífonos perdidos de una Mac.

Cuando llego a casa cocino los huevos El Granjero en una cacerola que hicieron en Taiwán, pongo la tele y veo 30Rock. A veces leo el libro del turco Orhan Pamuk, o releo al sudafricano Coetzee, es que me gusta su técnica.

Si no puedo dormir me tomo un té hecho en Estados Unidos, y lo pongo en mi taza de cerámica barata que hicieron en China también. Me meto a la cama, y me echo una cobija que hicieron en Juayúa, El Salvador.

Me envuelve mi patria, este sitio tan mío que no me da nada que me pertenezca.

jueves, 30 de agosto de 2012

¡Y cómo pasan los años!

Acabo de publicar en mi perfil de Facebook la foto de cuando egresamos. Y pensar que cuando entras a la universidad lo único que quieres es salir y "trabajar". Pero cuando ya estás fuera y te hallas desprotegido, desamparado, acongojado y con pesadumbre, lo único que quieres es volver a esos años de tiernos idilios universitarios.

Para algunos es una total tortura volver a esos días, en cambio para mí no lo fue. Aunque quizá no los repetiría. Lo que está pasando, para muchos de mis coetáneos, es que nos ataca la nostalgia y la lagrimera por aquellos días de paraíso. Colegas, amigos, estamos poniéndonos viejos.

Muchos de mis compañeros ya se casaron y, por supuesto, ya tienen hijos. (¡Vayan y superpoblen el mundo!) Muchos ya vamos alcanzando los treinta y sí, nos estamos poniendo aburridos. Es un aburrimiento de lo más horrendo, porque es ese en el que a través de las redes sociales nos acusamos de "descuidar" nuestra amistad y de no responder nunca a las invitaciones de "¡reunámonos todos!". El trabajo... No, hoy no puedo, ese día hago otra cosa. Ninguno se salva, todos alguna vez no hemos ido a equis reunión por algún motivo familiar o laboral. O simplemente, como ya crecimos, no queremos estar con algunas personas que ni siquiera es que te desagraden pero una se pregunta: ¿y de qué voy a hablar con fulanita? Ergo, una se abstiene.

El asunto es que hemos crecido, hemos cambiado prioridades, ahora somos unas personas diferentes. Eso somos, y cuando nos reunimos nos gusta ignorarlo. A estas alturas del partido es inválido que tratemos de pregonar amor y paz, y forzar a que todos, como somos un grupo, debemos llevarnos bien, amarnos y protegernos hasta que la muerte nos separe. No, no, ya no estamos para esas.

La otra vez estuve en una reunión porque había venido un amigo del extranjero y estábamos todos ahí, con nuestra vida hecha, con nuestros hijos, mujeres o maridos que estaban en otro sitio. Estábamos ahí, con cierta pretensión dulce de que seguíamos siendo los mismos, haciendo un esfuerzo sobrehumano porque nuestra reunión fuera lo que eran nuestras antiguas tertulias (y no digo que no la pasamos bien, nos pasamos media tarde haciendo memoria y nos reímos mucho). Sin embargo, al final todo se diluía y hablábamos de trabajo, de las quejas en el trabajo y de cómo no habíamos podido concretar nada para volver a hacer teatro como lo hacíamos hacía unos seis años.

Días después me entró cierta congoja. Hemos cambiado, me dije. Todos somos diferentes, y de alguna manera no queremos que sea así. De puro masoquismo me puse a ver fotografías antiguas y casi me da paro cardíaco. Ahí estábamos todos vestidos de negro porque habíamos presentado nuestros proyectos finales en la universidad, ahí estábamos en un antro con nuestras caras infantiles, ahí estábamos bebiéndonos unas cervezas... ahí estábamos cuando no mucho nos preocupaba, cuando ser la asistente de una docente pagaba todas nuestras deudas. Éramos más sencillos. No, no. Tan solo éramos más jóvenes.

Crecer, cambiar. A mi generación le tocó ser hijos de la guerra, le tocó dejar de ir a sus clases de natación porque tiraban balazos, nos tocó escondernos para la ofensiva, nos tocó ver Gente Chica y Mazinger Z, vimos Nubeluz con cierta desconfianza, y despreciamos al Cipitío en Canal 10 porque nos parecía aburrido. Fuimos esos hijos a los que ahora les está costando conseguir casa, somos aquellos muchachitos que crecimos corriendo en los pasajes, esos que con una charamusca eran felices.

Somos esos jóvenes que crecimos con Alanis Morrisette y otras cosas horrendas como los BackStreet Boys o las Spice Girls, somos esto, somos una amalgama de contradicciones porque no sufrimos la guerra pero que sabemos qué es comer mierda porque a todos nos faltó una buena leche allá cuando teníamos cinco años.

¿Qué decir? Hemos crecido, hemos cambiado. Y me gustaría volver a ver la cara de mis gentes, a todos y cada uno y tener la madurez de no juzgarlos como lo hacía cuando era una estúpida muchacha de veinte años. Quisiera mirar con más detenimiento y que mi "carácter mierda" que dicen que tengo no haga añicos a la humanidad. Sería prodigioso que de una buena vez las máscaras se cayeran y nos viéramos con ternura y nos dijéramos: oh, sí, estamos tan distintos y está bien.

Quizá ahora que estamos en esta extraña transición podamos deconstruir esa imagen infantil que tenemos de los otros y aceptar por fin que ya no somos los mismos. En mi defensa debo decir que mi carácter (catalogado de mierda, que no pase de largo) se encuentra en sus mejores condiciones. Está ejercitándose a diario, está poniéndose más cachondo porque ahora que ya se acerca a las tres décadas no está tan inseguro como hacía años. Y lo mismo debo decir de ustedes, amigos, se están poniendo más humanos. Están haciendo su vida y proyectos, están siendo lo que han querido ser.

Sí. Eso pasa cuando se crece.

domingo, 26 de agosto de 2012

Memoria

Tuvo que faltar mi viejo para que yo entendiera qué era la memoria. Aunque no siempre fui inconsciente, tan solo fue que no se me ocurrió nunca que él se me fuera tan pronto. No pude maniobrar, no puede grabar ni eternizar mi legado.

Tengo miedo del olvidarlo, me aterroriza la idea de que cuando yo tenga la misma edad de él no lo recuerde como lo viví. Y sé que la memoria tiene sus vueltas, pero quiero recordarlo fresco, mío, como cuando en segundo grado me enseñó eso de "A mi criterio, pienso que..."

Sí, me da miedo el olvido.

Por eso estoy aquí, con mi libreta lista, con cuando artefacto sortee la muerte y vuelva eterna la vida.


viernes, 15 de junio de 2012

Cuestiones de oficio

A veces me queda tiempo para ponerme a meditar y pues medito. Me gusta que se me pase el abatimiento, la furia y la confusión para que por fin pueda ver la luz afuera de la caverna. No doy garantías de que este razonamiento vaya limpio de sentimientos, pero necesito decirlo.

Así, egoístamente, pienso que a todos los que se nos ocurre decantar nuestra vida en la docencia algún día, o casi siempre, nos da depresión. O estamos abatidos porque los chicos no estudian o qué se yo. Supongo que tenemos el ego más grande del mundo pretendiendo sostener que tenemos algo qué decirle y enseñarle a esa indómita sociedad. Supongo también que tenemos esos errores que no queremos ver, y que los reproducimos de manera constante por los siglos de los siglos amén, en cada nombre de la lista. Supongo que somos lo suficientemente descarados como para levantarnos cada mañana y decir: ah, hoy les voy a enseñar equis cosa.

No, no soy negativa. Soy pesimista porque así me salvo de las decepciones amorosas que implica este oficio. Ahora bien, tengo esperanza a pesar de todo. Pero hoy no quiero hablar de la esperanza. Yo lo que quiero decir es que tengo depresión. Hace dos meses y pico que tengo esta maldita depresión. Yo no quiero ser un salmón que nada contracorriente, que se cree valiente. No, yo no soy ese tipo de guerreras. Es más, yo no soy guerrera. Crecí con monjas, así que las malditas me enseñaron a temer y ceder poder. Así que no, yo no soy una amazona.

Digamos que soy más bien un tipo de carpintera que... que.. digamos que le dicen que pula bien esa madera, y pues la pule lo mejor que puede. Aunque yo no quiero pulir madera, yo quiero ser ebanista. Quiero ponerme a trabajar en algo especial para que todo el conjunto se vea hermoso. Pero un solo ebanista no salva un mueble podrido. Es una metáfora estúpida, me parece por ahora, pero es la única que se me ha ocurrido para explicar el asunto.

No deberíamos nadar contracorriente. Deberíamos tener un barco a vapor. Remar no. Un motor bien aceitado para que este barco descalabrado no se muera ahogado como el Titanic, tan de moda este año.

Cuando con mi chico recuperamos la minibiblioteca de Harvard de su papá (esa es una historia linda que contaré otro día) nos encontramos como con una veintena de tomos de ensayos, poemarios, libros enteros dentro de otros libros hermosotes, verdes, con letras doradas ya gastadas. El asunto fue que en la búsqueda nos hallamos el artículo: ¿Qué es una universidad? Cuando lo leímos nos quedamos asustados.

Decía algo así que era un sitio que debía reunir lo mejor de lo mejor en las disciplinas (por el lado docente), que debía integrarse por una pluralidad (docentes extranjeros y nativos), que era un lugar para producir pensamiento, conociemiento, para discuitir blablablá. Decía otro montón de cosas, pero si se las digo todos juntos nos vamos a suicidar (aunque sí le prometo pasarle la referencia y algo del textito, así usted se mata solo en silencio).

Para validar el asunto, hice la misma pregunta en clase y las respuestas más frecuentes fueron: un lugar para aprender, un lugar para crecer y hallar lo que quieres ser, y otras observaciones que lindaban entre la vida social y sacar un título. Traigo a colación el asunto porque es, creo yo, el motivo de mi depresión. Acá las utopías se vuelven guano cuando sí hay un Comité Oscurantista pro Sabotaje del Futuro que está trabajando de manera más eficiente que nosotros.

La respuesta de los jóvenes es la correcta en este contexto: es un lugar para crecer y pasar el rato. Los que vivimos acá lo sabemos, en este pedazo de tierra ¿hay universidades?, ¿hay escuelas?, ¿hay institutos de enseñanza? Porque estoy harta de que la gente me diga que los muchachos deben ser cultos, que deben saber pensar, que uno les pregunta cosas y no saben qué responder. El colmo fue el día que leímos Los edificios que se destapan y el 97% de los cipotes no sabía qué era el Partenon. Yo casi me muero. ¿Cómo diablos va a ponerse una a "analizar" con estos chicos y sus lagunas mentales? Y no vale decirles ignorantes, que todos lo somos en muchos sentidos, lo que se me cruza en la cabeza es: por qué putas no lo saben, ¡es un conocimiento básico! Y la ignorancia no es cuestión de nombres o apellidos de instituciones, es una situación de "país", de continente. (Pregúuuuntele a sus vecinos.)

Estoy frustrada porque a mí ese sistema de fichas me hizo lo desgraciada que soy, me hizo ir a buscar por mí misma el conociminto, me hizo que leyera en biblioteca, que estudiara, resumiera y razonara los temas, me hizo preguntarme cosas, que respondiera cosas. No, no, yo no crecí copiando del libro. Ya grande, la filosofía me iluminó la vida. Le agradezco a Foucault que me develara las relaciones de poder; a Bordeau, que me explicara cómo es que se construye la realidad; y estoy eternamente agradecida con Berger y Luckman por mostrarme el cara a cara. Pero es que nosotros venimos de otro tiempo, de un tiempo en el que a la gente le importaba saber...  Yo no sé, quizá todos los de esa escuela estamos mal, quizá deberían fusilarnos a todos, en fila, como antes, por ser pretenciosos, por leer, por preguntar.

Lo ven, somos unos pretenciosos. No, en realidad no lo somos. Tan solo somos humanos.

Dice Héctor Lindo: revise "los programas de estudio (de las universidades) con la siguiente pregunta en mente: ¿Qué materias de los programas de estudio están diseñadas para enseñar a pensar, desarrollar la capacidad de análisis, el pensamiento crítico, y la capacidad para resolver problemas y tomar decisiones?"

Y yo contesto: pocas, pocas. Bien pocas. ¿Por qué se empeñan en solo "profesionalizar"? ¿Acaso ya no cuenta pensar? Allá afuera no quieren que analicen, quieren que sepan hacer cosas, y el ministerio dice que hay que incentivar la investigación, y luego no quieren saber de resultados. ¿Entonces en qué quedamos?

Y entonces alguien me da con un zapato y me dice: ¡Tú cállate!

Acá el mundo no va a cambiar y quiero meterme eso en la cabeza. Con Bradbury flotando entre mis dedos y mis mejillas, quiero llorar, pero llorar amargamente porque me siento perdida en este mundo que me pide que haga una clase espectacular, que me entregue en clase, que deje ir mi vida en el aula pero que la materia prima con la que se cuenta dan ganas de preguntarse ¿y servirá para confeccionar un saco para maíz?

PD: Para curarme las heridas me voy a ver "El artista", y voy a ponerme pseudointelectual, y más tarde voy a llorar solita, y luego me iré a la computadora a redactar el programa de clases del nuevo cursillo de admisión. Y ese día me veré regia, porque soy una maldita que todavía cree que es importante pensar.

domingo, 27 de mayo de 2012

Hoy cumple años Ronald

Lo del titular es una mentira. Hoy no cumple años Ronald. Es en pasado: cumplía. O sea que ya no. Ronald fue mi amor obsesivo adolescente. Porque todos alguna vez hemos sido estúpidos y nos hemos enamorado de alguien que no nos quiere.

Lo de Ronald y yo era una cosa enfermiza como suelen ser las relaciones de quinceañeros. Yo lo amo, él me odia, y cuando yo lo odio porque no me ama, él me ama porque lo odio. Bellísimo. He ahí la complejidad humana... y la falta de inteligencia. Lo bueno es que una con los años capitaliza males ajenos y sufre un poquitín menos. (A veces, a veces.)

Les cuento lo de este chico porque a él la vida se le fue un instante. A Ronald lo mataron. Ahí iba saliendo de la universidad. Le quitaron el celuluar (y esto es imaginación mía: y el muy tarado se resistió y le pegaron un tiro). Así murió Ronald: ladrón pide dinero, Ron se niega, Ladrón pide teléfono y Ron también se niega. Toma Pum Pum. El celu es mío, imbécil.

Dicen que fue domingo. A mí Rocío me dijo en un lunes que ya estaba muerto, que la vela era hoy, digo, ese lunes veintitantos de febrero de hace seis años. Del periódico no me dieron permiso de irme para mirar la caja. Y tampoco he ido a buscarlo al panteón. Hacía años que Ronald y yo no nos veíamos cuando me enteré que estaba palmado. No lloré mucho, quizá lo suficiente. Quizá como el infeliz me había hecho sufrir yo ya había llorado mi cuota. No sé.

Recuerdo hoy a Ronald porque me dio mi primer beso de papel. Porque me tomó de la mano y porque contando su historia en mi clase de Redacción por fin me gané un comentario soñado: va adquiriendo sentido narrativo, me dijo don Paco. Recuerdo hoy a Ronald porque él también fue mi adolescencia, porque también escribió mi nombre y en mis ilusiones infantiles empecé a quererlo mientras le escribía cartas y poemas horribles.

Las testigos ahora viven lejos, cerca y otras cuantas todavía me restriegan en la cara lo tonta que fui. No me da pena (o eso quiero creer). La vida en el colegio se me fue tatuando el nombre de ese chico en mis cuadernos, libretas y diarios. El tiempo ha pasado. Lo sentimos. 

Si la eternidad existe, quiero que Ronald sepa que todavía pronuncio su nombre, que mi yo infantil aún se sonroja al enumerar las estupideces que hice por su causa, que le tengo buen recuerdo. Quiero que sepa que hoy, que cumpliría 30 años, yo (con mi vida hecha, con mi voz inútil para gritar)... yo, mientras el hombre que amo sigue dormido en el otro cuarto... yo le hubiera llamado a él por teléfono, desde el patio le habría cantado un terrible Feliz cumpleaños, lo hubiera felicitado y él, con su risa suelta, con su orgullo pueblerino, con su aire de don Juan, me hubiera dicho: Gracias, bicha, gracias.

Feliz cumpleaños, amigo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Breve queja sobre cómo nos robaron la tranquilidad

Hoy echaré veneno. Ayer llamé a mi hermano para saludarlo y me dijo que algo había pasado en la casa. Me preocupé un poco, pero me dijo que mamá me contaría. Ayer, día de las madres.
Hoy llegué a casa para almorzar con mi vieja, encontré a todas sus amigas ahí y no tuve más remedio que comprar un pastel comunal para que todas picaran. ¡Felices las doñas! Pero cuando la mayoría desapareció, mi madre y la niña Rosita (amiga eterna de la familia) me contaron que se habían metido a robar a la casa.

-Dejaron todo tirado...
-Buscaban dinero y joyas...
-Se llevaron las dos computadoras...
-Y el bolsón del niño...
(¿El de chucho?, pregunté)
-Mateo lloraba por su computadora... su bolsón
-Se metieron por el techo...
-Levantaron el techo...
-Dejaron una gran cagada ahí en el tendedero...
-Menos mal no mataron al chucho...
-Yo, hija, no he podido dormir...

Contra toda racionalidad, diré lo que me hierve por dentro: este país es una mierda. Una mierda bien hecha a pulso. Porque vaya, hay que estar contentos que no mataron a mi vieja, ni a mi enano. Sí, niña, si solo son cosas, te comprás otras. A la fulana le mataron al marido... A mí siempre se me han metido los mañosos.

¿Por qué putas tiene que pasar esto?

Digo, yo estoy acostumbradísima a tener miedo en todos lados. Viajo en bus y cualquier hijueputa me puede quitar algo, mi estúpido teléfono móvil, o qué se yo. Estoy acostumbrada a tener miedo. Ahora, el asunto es que entraron a la casa de mi vieja, ahí donde yo crecí. ¿Cómo diablos voy a estar tranquila si es el sitio, el único, que considero seguro? El templo que mi papá nos dejó.

Ahora, un cabrón, seguramente drogadicto, se metió a llevarse los instrumentos de educación y de trabajo de mis hermanos. Mi bro mayor ahí hizo su ingeniería y su postgrado en Educación Digital, mi enano ahí estaba aprendiendo inglés y jugaba plantas versus zombies, y hablando en serio, esas cosas se pueden recuperar, pero la tranquilidad no.

Han entrado a tu casa, ahora ese hijueputa sabe qué tenés ahí dentro, vio tus fotos, paseó en tu piso, se cagó en tu tendedero, seguramente tocó a tu perro, tocó ropa, lanzó libros... ¡El hijueputa estuvo ahí! Su maldita presencia se mueve por el mismo sitio en el que se supone que debemos sentirnos seguros...

Este país es una mierda. (Peores cosas le han pasado a otras personas, van a decir. Sí, lo sé. Pero no está bien que pase.)

A nosotros tan solo nos robaron unas pc y la tranquilidad, nada de qué preocuparse, nada que esta maldita sociedad clasista no resista, porque ahora toca enhuevarse con los ricachones de los bancos, pagar intereses altísimos, y todo para zamparle un cachimbo de hierro al techo, la entrada, la otra entrada, alambre razor, cambiar techo, ponerle candado a la verja, jamás abrir la puerta...

Por supuesto llegó la Policía y seguramente los malnacidos ladrones son amigos de estos, es de esperarse. Esta es tierra de nadie. Uno trabaja para que otro se lleve todo.

Cuando Mateo volvió del cole se quedó en la puerta y se puso a llorar. Le dije que estuviera tranquilo, (mentí) que nadie nos iba a robar la paz, que él iba ayudar a medir en el techo para la seguridad, le dije que cuando eso estuviera listo, yo iba a llevarle su computadora. (Me toca comprar una a plazos, porque no nono, yo no tengo para pagar cash) El enano medio lloró, medio sonrió. De su billetera le dio unos centavos a mi mamá para la compra del hierro... ¡Mierda!, pensé.

Vivimos así. No nos mataron. Contentémonos con eso.


miércoles, 9 de mayo de 2012

2 + 4.5 (Suma de ausencias)

Con la novedad de que la 42 C que tomo desde el estadio Cuscatlán venía semivacía, digo, que por fin vine sentada, pensaba en que hoy es el segundo aniversario de Don Paco. Pensaba en que si me quedaba y avisaba al trabajo que tenía ese evento (ya luego resolvería la marcación). Mis pensamientos se metían entre cómo iban a celebrar hoy y blablablá. Fuera de cualquier pose lastimera (porque hay personas que les gusta sentirse salsa con eso), quizá la mayoría de los que estuvimos en la clase de Don Paco lo extrañamos.

Ahora bien, se le revuelve a uno el alma y sí, es bueno decir "Era magnífica persona...", "Grande el maestro..." y etcétera. Pero pensándolo bien, por qué extrañamos. ¿Por qué cada traslación volvemos a la misma fecha y celebramos novenarios?  Me puse a pensar en eso, en Don Paco (ya dos años sin él), en mi viejo (cuatro y medio sin su mano acariciándome la cabeza o echándome las cobijas a la hora de dormir), pensaba en la gente que he amado y que ya no está.

Hoy, con el recuerdo de Don Paco, sumo ausencias. Don Paco y mi padre, tan lejos.

Dicen las canciones románticas baratas que el tiempo lo cura todo. Pero no es cierto. Yo cada día que pasa extraño a mi padre. Lo extraño (y es lo que me puse a pensar) porque me enseñó cosas. Porque me dio una vida, porque dibujó señales en mi pasado, mi presente y yo las reproduzco para aparezcan en todo mi futuro. A mí mi viejo me dijo que eso de faltar al trabajo era pura holgazanería, y yo por eso hoy no pedí permiso para ir a lo de Don Paco. En mi cabeza resonaba: "Mama, hay que ser responsable. Es el trabajo. Además, tenés un chachimbo de cosas qué hacer, te vas a atrasar".

Mi pepe Grillo tenía la cabeza morocha y un mostacho hermosote. Y lo extraño, porque hay días en que no sé qué diablos hacer, porque hay decisiones que ahora debo tomar sola, porque su infinita paciencia me dejó un gran vacío.

A Don Paco lo extrañamos muchos y es la maravilla de haber conocido a alguien como él. Tan dado a la comunidad. Cada uno tiene su agujerito. Por lo pronto, yo comento el mío.

A Don Paco lo extraño porque con él descubrí que escribir era lo mío, que estar entre las letras es mi vida. Lo extraño porque no sé en quién confiar para saber cuánto he avanzado en mis cuentos o en mis relatos, porque a veces necesito ese halo paternal que me diga que debo leer equis libro. Lo echo de menos porque me decía cuándo debía mejorar, me decía en qué estaba fallando.

Su ausencia es brutal porque en los días que mi padre no estuvo, él fue un balsamito que curó mi humanidad maltratada (la historia de cuando quería renunciar de ese horrendo trabajo y él me dijo: "Su trabajo es muy humilde, tenga paciencia. Eche ahora todo en un saco, ya verá cómo en unos años dará su fruto"). Lo extraño porque quiero volver a escuchar con su voz pastosa, bajo un paraguas negro, que (por fin) mis textos tienen ritmo.

 Hoy es un buen día para pensar y sentir las ausencias. Para sumarlas con el imperativo de que la vida hay que gozarla.
Porque la vida conmigo ha sido querendona: a cambio de esos dos amores idos he sumado dos. Mi suegro, con quien viajamos a los cañales, y su hijo, quien me lee cuentos antes de dormir.

Suma de ausencias. Suma de presencias. La vida también la vivimos cuando recordamos.


Fotografía: Tomada de https://www.facebook.com/MACO.UCA.

viernes, 13 de abril de 2012

El cubil felino

Este conocidísimo nombre lo he adoptado, lo sabe usted señor lector, de la serie animada Thunder Cats. "Muñequitos" que vimos en nuestra niñez. Así, esa pareja de palabras la he usado en algunas ocasiones para denominar ese límite geográfico en el que se me ha permitido vivir. Soy territorial, y unque no ando meando en los árboles y postes para que reconozcan que ese sitio es mío, sí me esfuerzo en que haya una línea invisible que los demás reconozcan como frontera inviolable.

Cuando vivía en casa de mis padres pataleé por años para que me pusieran una puerta. Sí, señor lector, la casa en la que habité fue diseñada en esos proyectos habitacionales de carácter social. Puede inferir que lo que entregaban era un cascarón funcional. Paredes sin repello, ventanas sin balcón, puertas de hierro, sistema hídrico y eléctrico. No más.

Más tarde obtuve mi puerta y construí mi reino con una tele, libros y una mesa para la computadora. Ahí hacía ejercicio, ensayaba mis diálogos para los montajes, leía en la madrugada esos folletos de Opinión Pública y redacté mis ensayos finales para los trabajos de graduación. Toda mi vida en ese sitio.

El otrora cubil felino fue el escritorio que me asignaron cuando tuve mi primer trabajo. Era pequeño, incómodo, arrimado a un pilar (no pregunten mucho cómo) y con una computadora lentísima. Luego, en ese periódico, me enviaron al fin del mundo, otro horrendo pasillo y ahí me dieron otro cubil felino. Este miraba hacia la pared, yo me sentía castigada. Los ires y venires me enviaron a otro sitio que pinta como sueño clasemediero*: una oficina con escritorio, librera, su lámpara en el techo y atrás... detrás del escritorio: una enorme ventana desde la que se mira lo chulo que es el volcán de San Salvador. Yo le dije, es un sueño "superación". Oficina con ventana. Bobadas, este fue el que me asignaron, y yo, feliz.

Cuando me fui de casa, entre el descalabro de que me habían quitado cuatro espléndidas oportunidades de vivienda, tomé un apartamento de estudiantes cerca de mi universidad. Créamelo, por amor a mis textos y a mis películas nocturnas tenía que irme. Mi vieja ya no soportaba que yo estuviera con la tele reflejándole la ventana. Además, yo desde hace rato me estaba yendo.

En ese sitio, el apartamentito con chicas desbocadas, me di cuenta que ya soy grande, que hace mucho que dejé esa vida de locura desmedida. Me di cuenta de que amo la limpieza y que odio que toquen mis cosas. Claro, microapartamentos separados pero con cocina compartida.

A mí vivir en comunidad no me gusta. De verdad. Un sitio tan lleno de gente me da una especie de ansiedad... no sé, no puedo explicarlo. Lo que ese lugar me mostró fue que hablo de manera pausada cuando quiero que, en este caso, las otras bajen las armas (ah, chicas gritonas). Que los jóvenes se hacen problemas por nimiedades. Me mostró lo lejos que estoy de esa muchacha furibunda que suelo ser en ocasiones. Aprendí que me fascina contemplar la cama recién hecha y los libros en su librera.

 Me enseñó, además, que no debo conformarme y que sí, yo debería seguir mis ilusiones. (Vamos, mujer, ya estás grande, conseguite un apartamento bueno... para vos sola. Vos siempre quisiste tener una sala para hacer tus monerías teatrales, o tus bailes con tinte africano. Ah, también  un lugar donde podás andar desnuda... ¿Acaso no sería la gloria? Sí, pues sí.)

Con esa palabreja gustosa -ilusión-es como conseguí un nuevo cubil felino. Le dijea a mi queridísima Virginia Lemus, que también me ayudó con la búsqueda, que el sitio me cayó como maná del cielo. Maná que me sabía a codorcines bañadas en chocolate o no sé qué otra obscenidad culinaria. Nos reímos de pura contentura. Mi amiga Marie me felicitó por el logro, me dijo que mi viejo iba (que estaba) orgulloso de mí, y que aunque estuviera palmado seguro ya se había dado cuenta de lo grande que yo estaba (y justo ahora me chorrea una lágrima, permítame que me limpie.)

Aunque no es aún EL cubil, es un ensayo de un sitio propio. Esa habitación propia de la que hablabla la Woolf. Firmo contrato el sábado. El sábado me dan las llaves, el sábado llevo un par de mis cachibaches. El domingo llevaré mi cama, mi sillón y mi tele. Lo único que tengo (dejo mi armario porque es enooorme). Luego vendrá lo demás... la hamaca en el pasillo, la cocina, la refri enana, mis cacerolas propias (unas me las dio mi vieja), la mesa donde escribiré cuentos y los cojines en los que nos echaremos a ver películas.

El cubil felino me lo dan mañana. Mañana me mudo al cubil felino. El cubil felino me espera.

martes, 27 de marzo de 2012

Dadme un sobrero, y seré otra

Hace días, cuando entré a esa habitación una mujer de ojos azules y cabello castaño me pidió que fuera una vendedora. Tomé el basurero que estaba ahí y me lo puse en la cabeza. Sin saber cómo un pregón fortísimo salió de mi garganta.
Esa fue mi audición para entrar al grupo de teatro del colegio. Más tarde, hice voces de caballo, vestí a las hijas de Bernarda Alba, cargué con vestidos y fui una mujer en "equilibrio". Ahí me convertí en jefe militar, con los zapatos de mi hermano, fui un zorro dispuesto a ser domesticado también.

En la universidad, la vida de mujeres y hombres me atravesó el alma. Ladrón escurridizo fui. Prostituta. Criada de las Sabihondas. La madre loca de un pueblo sombrío y desdichado. Fui, además, cantante carnavalera, fui una mujer dolida, triste, sola. Fui las voces de la mujer que gritó de placer durante un masaje. He sido rey y mendigo. He sido, por lo demás, actriz de esta vida "normal". También juego mi papel de profesora "estricta". Fui, además, el silencio de un baile. Abrazos fluidos. Gritos ahogados. Alegrías eternas.

En las tablas fui tantas cosas. ¿Por qué he de conformarme con ser tan solo una? Dadme una manta, un sombrero, que hoy quiero ser otra.

lunes, 26 de marzo de 2012

Un cuarto propio

Luego de una clase de Redacción con don Paco, aproveché y con una amiga nos acercamos a él. Ni si quiera recuerdo con quién estábamos cuando él le dijo que debíamos leer Virginia Woolf. Con el borrador en la mano explicó que en el libro Miss Dalowey lo que la Loba hacía era contar múltiples realidades a partir de un solo hecho. El borrador de pizarra era el momento en el que Clarissa salía a comprar flores y como quien tiene cámaras a lo largo de la calle, Virginia cuenta besos de amantes, cómo los carros atravisan las calles... el mercado. Todo lo que sucede en un instante.

Después de esa clasesita exprés, fui por los libros y me encontré con uno que parecía ser más o menos manejable: "Una habitación propia". Admito que en aquel entonces me costó leerlo un poco, quizá por la traducción o por la manera en la que es narrado, pero con todo y todo confieso que me fascinó. Lo que una mujer necesita para escribir es una habitación propia (pagada de su propia bolsa) en la que puedan fermentarse todos los fantasmas que la acechan, donde el caldo puesto en olla de presión pueda estallar con todas las implicaciones destructoras.

Desde chica jugaba a hacer casas con las sábanas que mi tía Yolanda me prestaba. En mi niñez tuve una casa abandonada que soñaba con volver habitable. Para mí era perfecta: tenía una entrada de tres gradas (inundada de maleza), una ventada que daba al camino bordeado por un árbo de acerola y un nance gigante y por supuesto, no tenía techo. Estaba llena de musgo, ladrillos rajados e inmundicia silvestre.

En cuanto pude, conseguí mi habitación propia.

Cuando me mudé de la casa de mi padre, ahora difunto, supuso idealmente para mí una dicha entera en la que podía echar a andar lo que soy en un espacio geográfico. Aunque dejar a mi viuda madre y salir de casa supuso un problema: los caseros cobran una barbaridad en un país tan destrozado como el mío. Soñar con una casa es cosa casi imposible. Que soy chica, que soy muy joven, que por fin tengo un sueldo que me permite irme, pero no en la medida de mis sueños... Lo mío es un sueño que esta puta ciudad me obliga a desechar.

Cuando mis padres compraron su casa era otra cosa y que Virginia en su ancestral Londres victoriano pudiera gozar su habitación propia se me sale de proporciones. Me toca tropicalizar ese sueño, porque es necesario. Porque la cobija no lo permite.

He conseguido para mí un sitio. Es una habitación diseñada para estudiantes, cocina compartida. Está bien para huir de la casa de los viejos, pero justo ahora comprendo que esa maldita vida clasista me persigue. Deseo irme de ese sitio porque no tiene ventanas. No puedo ver el cielo ni salir a leer a un balcón. Empiezo a odiarlo porque no puedo esconderme a mis anchas, no puedo cantar, ni gritar, ni reírme a carcajadas. No puedo ensayar mis monólogos ni estudiar mi torpe inglés haciendo karaoke de canciones deprimentes. Lo odio porque es un lugar demasiado pequeño. Además, no quiero escuchar a las vecinas y tampoco quiero vestirme para caminar en los pasillos...No, no es sitio en el que de verdad quiero estar.

(No, Virgnia, esto no está resultando tan bien.)

Tuve un amigo que estudiaba filosofía en la Universidad Nacional y estábamos un día con sus amigas en su apartamento. Era un edificio multifamiliar de la Zacamil. A mí, personalmente, me pareció fascinante. Incluso ahora, después de tantos años, son sitios que me gustan. Ahora viene para mí un gran problema. La ciudad está dividida en clases sociales, como en todo el mundo, y vivir en un sitio como ese me resulta imposible, no por lo que digan de él, si no porque tendría que atravesar toda la ciudad con un tráfico de muerte para llegar  a  mi trabajo y luego volver a casa y, oh, no, maldita educación mía... yo de verdad no quiero estar tanto tiempo de mi vida en esos buses. Uno, porque no puedo leer en el autobús, si fuera así, quizá no importaría; dos, van tan llenos que uno parece sardina.

Ahí está mi problema dicho. De verdad me siento un poco asqueda ahora que lo he confesado. Sé que miles de personas pasan por ese vía crucis a diario y yo: ¿acaso son tan especial que puedo evitarlo? El caso no es que se sea especial o no. El caso es que todo está hecho un desastre que da para rato decir que las rutas de buses son una mierda, que el diseño urbano y la circulación también, que todos en conjunto tenemos la culpa de que viajar en bus sea una desgracia constante, porque... es cierto, todos somos unos brutos cuando vamos en transporte colectivo.

Porque ni hablar de que se pueda vivir en una de esas modernas urbanizaciones que piden que se gane $5,000 mínimo al mes para ver si puedes ser candidato. ¿Por qué acá la mayoría de proyectos habitacionales están pensados para la maldita "clasemediez" y la "hight"? (como diría mi amiga Virginia). No, no, acá hay muchas cosas malas en este país.

Por eso no me mudo, por eso sigo en ese lugar pseudoesnob que me permite llegar en quince minutos al trabajo. Porque... sigo sin entender por qué diablos somos tan clasistas, por qué los lugares nos segregan unos de otros.

Como Virginia seguiré buscando mi habitación propia. Porque, y eso espero, quiero un lugar en el que pueda regar mis macetas colgadas en mi ventana.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Carta a Ana Vilma de Escobar


Señora Ana Vilma, permítame dejar de llamarle señora para que, como vos querés, te trate como se le trata al populacho: de vos. No te sintás ofendida por el voceo. Nosotros acá en la calle así somos.

Anduve mirusquiando algunas fotos en las que aparecés, y quizá me permitiré explicarte un par de cositas. Como sos nueva en estos lares, pues no estaría mal que te consigás un asesor que venga de “abajo” para que te explique cómo va la cosa por acá.
Como a nadie de tu campaña se le prendió el foco, o quizá sí consultaron Maquiavelo, pero no de la manera más precisa, entonces permitime comentar.

Si Maquiavelo dice en El Príncipe que “te acerqués al pueblo”, que tus ministros, o vos, hablen su idioma, también tenés que tener en cuenta que acá abajo otro mundo es. Te muestro algunas acciones que quizá, quiero creer, hiciste con buena intención... pero que no fueron de agrado.

Los choripanes
Empezaste tu campaña para diputada con los choripanes de El chino. Un alimento bien apreciado por los comensales de la Arce y colindantes. Pero… ¿No se te ocurrió pensar que tener una dieta a base de choris es, muchas veces, una obligación más que una decisión? Es barato. No es saludable. El pisto muchas veces no alcanza para más. La tuya ha pasado a ser la “choricampaña de Ana Vilma”. ¡Cómo se burla  esta gente “inculta”, verdad?

Bailar con bolos
Patechucheando por los pueblos y fiestas patronales uno sabe que cuando ponen el musicón siempre pasa lo mismo: hay un bolo que se roba el show bailoteando. Ahora, ¿el bolo ya comió? ¿Tiene dónde dormir? ¿Hay una familia que lo busca? Bailar con un bolo no te hace más cachonda… o sí, vaya, pero el bolo quizá te dé el voto por lo mamacita que te pusiste con él. Nada más. ¿Es la mejor manera que se te ocurrió de acercarte a la gente?

Echar tortillas y pupusas
Mi vecina, la ñaEstelina, echa pupusas y tortillas. En la mañana sale con su guacalote de maíz cocido para el molino, al regreso trae la masa. Eso tipo 8. A las 10 de la mañana empieza a echar tortillas, y se la pasa hasta tipo 2 de la tarde que se va a comer. Son como cuatro o cinco horas de pie, frente al fuego… ¡qué calor! Se queman las manos, se siente hervir el cuerpo… Y ella tiene suerte, porque no pasó rato tratando de encender la leña… ¿y ahora venís vos con tu foto de diva echando una tortilla? ¿No te parece una tontería? Ana, lo que estás haciendo es un irrespeto… ¡Es jodido! Y vos sonriendo a la cámara. No, mija, no es así.


Ponerse el canasto de la viejita (linda)
Mi abuela crió a mi madre a pura venta de canasto. Ella mide 1.50 m, y sobre su cabeza se ponía un canasto que pesaba más o menos 40 libras entre pipianes, papas y mangos. Caminaba cuadras y cuadras con el canasto en la cabeza. No entre adoquín o cemento. Pura tierra, Ana, en caites, Ana… Lo que estás haciendo, arrimándote a la doña con tu cara de ex colegiala de la Americana, es burlándote de ella. Si tu comercial de “miren qué diputada más profesional seré” en tu oficina pseudovictoriana muestra tu “trabajo”,  ese canasto es el símbolo de ganarse la vida para esa doña. Con eso come mucha gente. ¿Qué pasa con esa falta de empatía? Probemos, caminá unas tres cuadras con canasto lleno a ver qué pasa. Ubicate, mama.

Las chicas sexies
En tu biografía dice que dirigiste el ala femenina de tu partido. Perfecto. ¿Y por qué las chicas afiliadas siguen con el discurso de Yo soy un pedazo de carne no valgo nada? Las más sexies… ¿De qué se trata la política, de enseñar nalgas y piernas? No, ahí perdiste. Parece que no caló tu figura de mujer fuerte, emprendedora...

En resumen, Ana, lo que has hecho es perpetuar el rol de la mujer: ama de casa… cholera, pues. Porque no soy ofensiva, así se dice acá. Te burlás de sus oficios, de lo jodido que le toca. Tu campaña ensucia el trabajo de las mujeres a las que les cuesta más sobrevivir.
Antes de hacer tu choricampaña hubiera valido la pena entender a este pueblo. Quizá con un estudio etnográfico te hubieras dado cuenta de que a la gente de acá, los de abajo, no les impresiona que abracés a medio mundo en el mercado.

Los votantes han cambiado, Ana, ya no se la creen que querés hacer algo por ellos porque… ¿y por qué venís ahora cuando necesitás su voto? Y cuando esa gente no pudo comer, trabajar… vivir en paz… ¿Dónde estabas vos? ¿Dónde estaban los compañeros de tu bandera? Veinte años es mucho tiempo, Ana. Veinte años en miseria ya se sienten, y ni que hagás pupusas y que bailés con bolos va a cambiar la vida de esta gente.

Interpretaste mal, Ana. Dejame decirte que no, vos no entendés a esta gente.



lunes, 13 de febrero de 2012

Las anotaciones de Kevin

Desde hace años doy una clase de redacción por aquí y por allá. Es mi oficio y lo elegí sin que nadie me pusiera un revólver en la sien. Como novedad, este año es la primera vez que tengo un asistente que es la eficiencia misma. Su nombre es Kevin. Él es un chico de lentecillos y carita risueña, y que además goza del aprecio desmedido del mundillo académico de este lugar.

Con él revisamos un ejercicio sobre oraciones simples. La primera parte era un entrenamiento con búsqueda de sinónimos. Luego redactarían oraciones temáticas y, por último, harían un párrafo completo de ¿adivinen cuántas oraciones simples? (...) Cinco, cinco nada más. Lo que pedíamos era: haga un párrafo de cinco oraciones simples. No, no eran veinte ni cincuenta, eran cinco.

Sabía que el asunto no iba del todo bien, pero hoy, Kevin me entregó los ejercicios corregidos y casi me pongo a llorar. Me advirtió: hay varios ceros. Me hice la fuerte y asentí con un Así es siempre. Revisamos juntos el resultado y ¡oh, madre mía!, ¡eran terribles!

Sentí hundirse mi corazón, mi esperanza de que en un par de meses los chicos pudieran hacer un texto argumentantivo se iba al averno. ¡Ay no! Ahora siento que me da calentura solo de recordarlo.

Para calmar mi desilución, decidí ir a la librería, donde venden libros. Mientras pasaba por el parqueo pensaba en que era obligación que llenaran todo un manual de ortografía, o qué sé yo... ¿Acaso hay manuales para  estructuras mentales torcidas? Dejé el asunto cuando me dijeron que no tenían ni un solo ejemplar de esos manuales. Mal por mí.

Con la tristeza disfrazada, porque tuve que saludar a un par de gentes en el camino, volví al cubil felino y me dirigí al teléfono. Marqué la extensión de otra colega que hace el mismo oficio para otra especialidad. Le conté lo de los ceros, lo que Kevin me había dicho, sobre cómo yo miraba la no conexión de pensamientos y le repetí: Carmencita, tan solo les pedí un párrafo de cinco oraciones simples. Con el llanto contenido, ella me advirtió que no hiciera lo del manual, que ellos mismos debían darse cuenta en este punto qué tan mal estaban... me animó a que trabajara con más ejercicios... en resumen, ni curva que los salve.

Me sentí aliviada cuando dijo que sus chicos empezaban así. El otro sentimiento que me llenó fue el de terror. Me dijo: lastimosamente a estos chicos (a esta cultura, me permito generalizar) lo que les funciona es el miedo. Miedo a dejar la materia, a no salir  bien... ¿Por qué diablos no prima el esfuerzo sin tener que dar de leñatazos?

Lo que me da más espanto es que estos resultados son más o menos las competencias con la que los chicos salen de la educación media. Hablo de mi país, no es ninguna novedad... y eso es una desgracia tener que decirlo. La educación en El Salvador está por los suelos.

He de confesarlo, he trabajado en varios sitios y sí, parece que hablar es una cosa y ahí se dan gusto, pero cuando intentan ordenar esas piezas para que estén escritas, algo les hace cortocircuito y se nubla la caja pensadora. Hago énfasis: no diferencia ni sexos, ni razas, ni credos y mucho menos clase social. Mi teoría es que no se esfuerzan mucho, porque vamos, son grandes. Creo firmemente en que capacidades tienen, y quizá lo que falta es un poco de voluntad. La pereza es una pandemia. ¡Que san Martín Labrador nos ampare!

Otro factor que posiblemente los afecte es el tipo de enseñanza que recibieron, porque Lenguaje no solo es análisis sintáctico de oraciones, luego hay que armar sentido con ellas... pero quizá hasta ahí no llegaron. No lo sé. Lo único que sé es que hay que solucionarlo.

 Los textos eficientes no son desperdicio de sentido. La escritura debe ser económica, clara. Contundente. No se anda por las ramas, es pretenciosa cuando quiere serlo, pero no debe volverse estorbo. Aprender a comunicarse de manera escrita es vital... es la mitad de la vida en estos dorados tiempos.

Antes de ser "creativos" y escribir textos "lindos" hay que saber usar las herramientas. Sí y solo sí. No hay medias tintas. No se puede crear algo hermoso que se vea espantoso, que se caiga... Que escriban claro... ¡por piedad! La creatividad no son palabras engoladas. No son textos sin ton ni son.


Después de esta catarsis tengo las ilusiones puestas de nuevo. Tengo claros mis objetivos. Al final del año quiero que estos chicos aprendan a redactar con propiedad y con argumentos.

Por su parte, Kevin se fue feliz de haber hecho su trabajo y yo se lo agradezco sobremanera. Este diagnóstico deja fuertes evidencias. Con la dolencia detectada... ¡A administrar cura!

viernes, 27 de enero de 2012

Usted no me hable

Frente a esta máquina no me queda más que reflexionar en lo que acabo de hacer.
Viajo en bus y mi país no es precisamente un lugar que se aprecie por el transporte colectivo. Así que cuando la ida y la vuelta a casa se hace en ese lugar móvil en el que se suben extraños a cada rato, pues la premisa es que puede pasar cualquier cosa. En el bus y en la calle.
Me referiré en este caso específico a esos seres que por instalarse en equis sitio en la calle ya son parte del paisaje. Y claro, uno también es blanco de reconocimientos.
Hay un vendedor de chicles que está al pie de la pasarela de la parada de buses frente a mi trabajo. Ergo, lo veo a diario, me ve a diario y sabe a qué hora y de qué bus me bajo. Él está ahí, me imagino, aburridísimo de estar en el mismo sitio todo el tiempo, dependiendo de que si a uno se le antoja un chicle o un dulce.
Pasaba que, ahora creo que eso cambiará, cada vez que iba de camino me decía "cosas". Saludos y tonterías que ya iban llegando a cierto límite que mi civilidad ya no me permite.
Una cosa es que una sea una ciudadana, digamos, educada, que, según mi dijo mi padre,  no se debe tratar mal a las personas... pero ¿qué pasa cuando el otro ciudadano llega al punto del hostigamiento?
Pues eso me pasó con el vendedor de dulces.
¿Por qué me habla?, me decía cada vez que pasaba por el sitio. O cuando soltaba algún piropo estúpido me decía: ¿por qué diablos tiene que decirme algo? ¿Cuándo yo lo he mirado de manera favorable para que me diga cosas? ¡Jamás!, y es justamente por eso que jamás ese tipo se mereció siquiera  un saludo, y no es que un saludo de mi parte sea algo memorable o signifique un evento, pero ¿por qué tanta insistencia?
Los hombres de calle son así. Se la pasan diciéndonos cada sandez con no sé qué objetivo. ¿Cuándo un comentario en la calle ha hecho que una mujer que va de camino se detenga a decirles gracias, ahora mi autoestima está bien, sí, me encanta que me trate como un objeto sexual? Es ridículo. Eso no pasa.
Entonces, así me sentía yo. Odio que me miren en la calle sin respeto. Es detestable que te tiren comentarios sobre tu culo, tus tetas o las piernas. Es odioso.
Por eso, hoy, antes de subir la pasarela, me detuve ante el vendedor de dulces. Me dijo hola. Le dije que si no tenía algo más que decir. Me preguntó que cómo estaba, que si iba a estudiar... le dije: Estoy bien, pero no me hable, no me vuelva a hablar jamás. Lo miré con cara de indignación, casi con cierta petulancia. Un disfraz de mujer prepotente y arrogante que espero funcione.

El hombrecito se puso insignificante, divo, digno. Sintió herido (eso quiero creer) su pedazo de hombría que se basa en intimidar a las transeúntes. Cuando le dije que no me hablara contestó: ni falta que hace, e hizo un puchero de dignidad.
Me fui con un sentimiento de triunfo aderezado con desencanto.
Pensé en que quizá ahora él creía que yo me sentía superior, pensé en que su trabajo era terrible, en lo aburrido que debe ser trabajar así... y mientras lo iba conmiserando, me dije: solo le dijiste que no te hablara, no es el fin del mundo.
Entonces se me ocurrió en que el hombre ese ahora cree (y sabe) que soy una persona horrible, y quizá, al otro día, cuando me vea pasar, va a decir en su mente: allá va esa hijelagranputa.
Pero no me dirá nada.
Yo suspiraré, olvidaré que existe... No me dirá nada. Y habrá valido la pena lo hecho. 


PD: Hombres, si van a opinar, primero piensen: ¿cuántas veces han sustituido su nombre en la calle y en su lugar les han dicho "rico culo", "mamacita" y etc.?  Piensen.

miércoles, 18 de enero de 2012

Cómo me gusta lo que hago

Mientras leo este artículo de María Moliner que mi amiga Maga me envío vía msn, no puedo contener la felicidad de estar rodeada de libros, marcadores, un cuaderno a rayas y detrás mío esa mi biblioteca que ya adoro.

Si hay una actividad de la que gozo plenamente en mi vida laboral es la de organizar el curso. Sí, es laborioso; sí, uno se hace bolas y una cree que el tiempo es muy poco... con todo y todo, me fascina pensar en  qué leeremos, qué ejercicios haremos, si tal película es buena para la clase, o a qué sitio iremos. Todo eso me emociona. Solo hoy ya llamé a dos amigas muy queridas a quienes les pregunté qué más podíamos leer. Días antes otro amigo me dio dos títulos para que los tomara en cuenta.

Ya traje a mi memoria los libros que quiero que degustemos, ya taché mil veces la lista de temas que abordaremos y ya la reescribí también. Todo eso me hace feliz, en serio. Después sé que me cansaré, que más de un chico no se entusiasmará tanto como yo con la clase; sin embargo, por eso me gusta este estado de agitación mental, porque amo planificar, hacerme la hipótesis de que quizá de esta manera el contenido se digiera mejor, y luego darme cuenta que tal vez estaba equivocada y reinventar de nuevo el programa.

A eso llamo emoción, porque me gusta lo que hago, porque estar dentro del salón de clases me vuelve más humana, porque también recuerdo con emoción cómo muchos de mis maestros develaban tal manera de dar clase o cómo invertían una gran cantidad de energía en hacer que no olvidáramos un tema.

Bien me acuerdo de Don Paco y sus lecturas sacadas de Selecciones. Ahí conocí la conmovedora historia del gato Solovino, o de sus talleres extra para los que no andábamos bien con los hipérbatones y demás comas caprichosas. Con el padre Aníbal Meza estudié literatura todo un año. ¡Qué clase más espléndida! ¡Cuán feliz y agradecida estoy con él! En ese mismo año estaba en el taller de teatro, llevaba Semiótica de la Cultura e Introducción a la Investigación, con Amparo Marroquín e Ivón Rivera . Esa para mí es la época más feliz de mi vida universitaria. Todas, absolutamente todas esas materias me llenaban de placer.

Cuando yo tenía quince años ya sabía que quería ser profesora. Sabía que me gustaba enseñar, me sabía plena cuando me tocaba compartir algo que había estudiado. Disfrutaba aquello. Así que a la primera oportunidad que tuve de integrarme al oficio docente durante la universidad pues entré.

Los pininos son los pininos y los llevo dentro de este archivo mío del que echo mano siempre. Porque si hay algo que me gusta de este oficio es que uno nunca lo sabe todo, y esa premisa es vital para no caer en la arrogancia, la prepotencia y el desuso. El cerebro se oxida si no se usa y el alma se endurece si no nos ponemos en lugar de los otros.

La consulta con gente que sabe más es fundamental. El camino de los que ya han hecho oficio es una gran fuente de aprendizaje; y mi amiga María del Mar es una de esas columnas. Ella me enseñó eso de ser temido o ser amado en la clase. Con mi amiga Kelly siempre discutimos cómo entrarle al grupo, cómo hacer que los chicos sean seducidos por la clase... Y las pelis, siempre tiene buenas películas para la clase.

Maestros, amigas, gracias a todos ustedes porque me enamoraron de este oficio.

Planificar la clase, leer, hacer ejercicios, platicar con los estudiantes... así es mi vida. Esto es lo que hago, y me gusta.

domingo, 1 de enero de 2012

Salmo 1

Estoy llena de ese vacío que envuelve.
Es mi vida yéndose y reproduciéndose a través de mis dedos, mis manos, mi cuerpo entero.

Cada palabra de la que soy presa repica contra una cadena que rodea mi cuello.

¡Cénsurame!
¡Quítame los gritos!
¡Ahógate conmigo!

Venid a mí, palabras amables
venid a mí, súplicas y llantos...
¡venid a mí, Emancipación!

Cada palabra que atraviesa mi cuerpo me aleja más de este sitio que sufro-amo-gozo.

¡Palabras, enmudezcan mis llantos!
¡Griten desmesuradas mientras acaricio sus pliegues!

¡Palabras, acurrúquense conmigo y déjenme dormir entre silencios!