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Mostrando las entradas etiquetadas como historias familiares

Rituales

Lo que tengo en mi maleta es una maraña de pelo que se enreda con los cepillos. Es un mascón al que no le gustan las coletas. No, no. Es un arbusto que crece sin control. Y sí, es una molestia para una niña de la fila de atrás, ella no puede ver la pizarra porque a mí no me da la gana ponerme una diadema. Es que me duelen las orejas, le digo. Lo que tengo es una palabra espeluznante en boca de un profesor mendigo. Tengo su desdén y lo pisoteo cada vez que puedo (ahora que soy malvada también). Tengo un péinate. Tengo una libreta llena de consignas del buen vestir y  dudas sobre si la higiene personal es algo que me interesa. Lo que tengo es una caja plástica con ganchos, coletas, diademas y cintas que odio usar. Es que me duele la cabeza, les digo. Ellos no me escuchan.   Tengo el recuerdo de una niña a la que la cola de lado se le ve espléndida. Y su fleco, divino fleco, causante de mis envidias. Tengo conmigo técnicas de alisado y peinado. Tengo también la habil...

Corbatas

Para mis hermanos Mi papá olía a colonia de mar. Olía a betún de zapatos y a papeles de oficina. Mi papá olía a risas de pasillos, a carcajadas en la cocineta (y los regaños del teléfono él los volvía espuma). Mi papá olía a guitarrones antiguos. Mi papá olía a números. A canción compuesta en una máquina comía papel de rollito. Mi papá olía a sumas, restas y balances positivos. Mi tata olía a historias ajenas, olía a lágrimas y alegría. Olía a compañerismo y buena conversa. Él olía a talco, olía a grasa de bicicleta, olía a mentol de deportistas, olía a camisa planchada, olía a libros viajeros que hacían amigos. Olía a grito de gol desbocado. El muchacho que fue mi padre olía a rosas amarillas, a bambú y devoción por la amada. Nuestro padre olía a preocupación contenida, a libertad constructora... En mi memoria sigue estando la barra toallera llenísima de corbatas. Azules, rayadas, de puntos, sólidas, con textura, de muñequitos... Esas corbatas que escogíamos ju...

¡Tiren de la cortina! ¡Viene la fantasía!

Entra la luz matinal a través de las ventanas de casa. Un niño de cabello negro me pregunta qué cuántos años tengo. Recuerdo que le dije que 4. Ese mismo niño y yo estamos en la habitación de mamá y papá y en la ventana entra de nuevo ese sol que tira pelotitas diminutas. Los dos pensábamos que eran animalitos, que era el sol que nos caía encima de a poco. Es polvo, dijo mi abuela. ¡Pero qué lindo es el polvo, mama Cata! ¡Cómo se arremolina! Mire, mire... y se alborotaba todo en ese diminuto rayo que caía en el colchón. Es que mi cuarto es muy oscuro, le dije un día a mamá. Entonces se me ocurrió que si ponía un espejo allá donde caía en la tarde entonces rebotaría para mi cuarto y lo llenaría de claridad. Porque nunca podía hallar los calcetines. El niño de pelo negro es mi hermano y ahora está lejos. Con él nos subíamos al techo, a mirar el volcán, porque desde ahí podíamos verlo todo, completito. Cuando llegaba la zafra y caía el tile decíamos que eran fantasmas negros y luchába...

30

A nosotros dos ni nos presentaron. Caímos así, de zopetón. Casi uno detrás del otro. Recuerdo una imagen clarísima. Era de mañana. El sol entraba alegre e iluminaba un sillón color vino que usábamos como bus, casa, montaña, fuerte, sitio de batalla. Recuerdo que él me preguntaba que cuántos años tenía. Yo le contestaba que cuatro, y él me decía que cinco. Eso es lo primero que recuerdo de la relación con mi hermano. Esa diferencia temporal. A mí siempre me tocó repasar sus pijamas, camisas y calzonetas. Es que yo fui una niña bien niño y siempre he estado orgullosa de eso. Recuerdo que no me molestaba mucho aquello, porque yo vengo de una familia extensa muy tradicional en los quehaceres masculinos, rurales y chabacanes. La nuestra es una relación de amor y desesperación. Nos conocemos tanto que nos extrañamos y nos odiamos con cariño por lo que somos. Una relación sana de hermanos. A veces nos admiramos de los logros del otro, a veces no entendemos por qué tomó esa decisión, pero ...