jueves, 26 de diciembre de 2013

Irse y volver

Empecé a irme cuando un día le dije a mi papá que quería estudiar noséqué y que iba a ser en el extranjero. No me fui. Él respiró con alivio. Me fui varias veces a visitar gente a otros sitios porque tenía una necesidad de estar allá, lejos. Me fui a Armenia, me fui a Cojutepeque, me fui Santa Ana, me fui a Chalatenango, me fui a Honduras, Guatemala... Perú. Siempre quería estar allá, haciendo todo lo que acá no se podía hacer.

El visitante y el balcón. 
Me fui también cuando entré a estudiar en esa universidad en la que hace más de veinte años los militares mataron a sus mentores, sus guías, sus sacerdotes. Y me fui bien lejos porque empecé a hallarme a mí misma, porque entendí, digo yo, muchas cosas. Había gente como yo, había una vida que jamás (ni ahora) quise que se acabara.

Cuando me fui esa vez había muchos conmigo. Y siguen ahí porque irse para ellos también era necesario. Teníamos que crecer, dijeron nuestros maestros. Nosotros les creímos. Años más tarde cada quien ha tomado diversos caminos. Hoy habemos pocos, es que no siempre nos gustó cómo los otros se iban, tiranos que somos, porque les dijimos que con él no, que con ella no, que eran mala vida y no nos escucharon. Somos unas malas personas por dirigir a los otros. Hemos aprendido también a dejar ir.

Me fui de nuevo cuando me llamaron de ese trabajo. Yo estaba asustada (como siempre estoy cuando me enfrento a algo que aún no sé si podré hacer) y le llamé a mi papá para que me orientara si debía tomar ese empleo. Él dijo que sí, que cuál miedo, que yo era cachimbona*. Entonces me fui. Y fui feliz por un tiempo, con gente que era como yo. Con gente que era como yo quería ser. Gente que leía y se enfurecía por una coma mal puesta. Yo no era una enferma. Lo acababa de descubrir.

Volví cuando luego de varios años ese trabajo en el periódico me estaba matando el alma. Ese día mientras sacábamos un pasaporte le pedí su opinión a mi mamá sobre si renunciaba. Contestó que nadie me estaba echando de la casa, que viera cómo pagaba mis deudas, mi aporte y ya estaba. Así hicimos. Renuncié, me quedé con trabajos chiquitos que pagaban mis recibos y volví a casa, por decirlo de algún modo. Había tomado una buena decisión.

Mi madre y su paciencia me daban un respiro. Me dejaron comer sus almuerzos, esos sin los que no puedo vivir porque acomodan mi vida, porque me permiten mirarla y platicar. Comer en casa, porque siempre me gusta regresar y ver cómo mi hermano menor y su perro corren en tropel. Y cómo me hermano mayor contaba sus peripecias.

Volver es necesario. Volver es mirar atrás y decir: ¿Yo caminé todo esto?

Me fui cuando la plata de otro empleo me dejó cumplir mi sueño desde que tenía 16 años. Viví sola un rato. Me mudé aquí y allá. Tuve un balcón, tuve plantas y las quise mucho. Tuve una sala y reuní a mis amigas a ver películas, a hablar de cine, teatro, la vida. Tuve una cocina mía y solo mía. Tuve que comprar una refrigeradora chiquita. Compré vasos y tazas. Compré cortinas. Era toda una adulta. Había cumplido con todo lo de mi lista.

Ahora vuelvo de nuevo. Dejo mi apartamento y vuelvo a esta casa en la que escribo que irse es necesario y volver también. Vuelvo a un anhelo profundo, vuelvo y me quedo en esta casa. He dejado de buscar desde hace mucho porque he hallado a ese alguien con quien puedo construir/hacer/crear cosas/ideas/proyectos. Ese era mi requisito.

En el cuarto del fondo hay un hombre paciente que aún sigue dormido. En los próximos días llenaremos con libros cajas y cajas, moveremos muebles, camas, armarios, televisores... Una huida de objetos y tendremos un reacomodo de vida...

Irse y volver siempre es necesario. Se llama crecer, diría mi viejo desde allá en las alturas y el Colocho lo secundaría.


*Buena para algo. Diestra.

lunes, 16 de diciembre de 2013

¡Tiren de la cortina! ¡Viene la fantasía!

Entra la luz matinal a través de las ventanas de casa. Un niño de cabello negro me pregunta qué cuántos años tengo. Recuerdo que le dije que 4. Ese mismo niño y yo estamos en la habitación de mamá y papá y en la ventana entra de nuevo ese sol que tira pelotitas diminutas. Los dos pensábamos que eran animalitos, que era el sol que nos caía encima de a poco. Es polvo, dijo mi abuela. ¡Pero qué lindo es el polvo, mama Cata! ¡Cómo se arremolina! Mire, mire... y se alborotaba todo en ese diminuto rayo que caía en el colchón.

Es que mi cuarto es muy oscuro, le dije un día a mamá. Entonces se me ocurrió que si ponía un espejo allá donde caía en la tarde entonces rebotaría para mi cuarto y lo llenaría de claridad. Porque nunca podía hallar los calcetines.

El niño de pelo negro es mi hermano y ahora está lejos. Con él nos subíamos al techo, a mirar el volcán, porque desde ahí podíamos verlo todo, completito. Cuando llegaba la zafra y caía el tile decíamos que eran fantasmas negros y luchábamos por atraparlos. Hubo una época en la que aparecía una especie de avispas amables y nosotros las bautizamos como terengas. Es que eran algo pasmadas, volaban como que no sabían a dónde y nosotros las matábamos a chancletazos. Éramos malos también.

Entonces, en aquellos días, la sala era una ciudad. El nacimiento que construíamos para Navidad era un valle entero y nuestra perrita Muñeca era la reina de un festival. Ciudades inventadas y tan efímeras como aquellas tardes en las que solíamos dormir en el piso, al paso del trapeador, y no nos levantábamos hasta que era bien tarde que el sol no pudiera secar las toallas que me habían encargado tender.

Los niños de la calle gritan, les caen vejigas llenas con agua. Las vecinas se carcajean... Los tacones de mamá vuelven y a veces me asustan (es que fui malvada por algún tiempo y la desobediencia me gustaba bastante). Los zapatos de papá con un brillo enorme a fuerza de pasar un paño. El olor a pintura de una casa que es bien mía y bien de ellos en la que crecí y me convertí en esto que soy ahora. La risa de mi padre y su diente de plata. Los mil peinados de mi madre como el experimento de sí misma y las revistas de corte de cabello que recomendaba... la niñez... la fantasía ida.

No. La fantasía no se ha ido. La fantasía sigue aquí, en la vida que se quedó allá y que rememoro. La fantasía es una dimensión del alma, no un estado temporal que se acaba cuando emiten un carné de identidad con el que puedes elegir a los menos bestias. La fantasía es sentarse con el hombre que amas (y que adoras su trabajo) y ver una película de ratones y osos. La fantasía es leer y entregarse a un libro que trata sobre una niña que ve huir un unicornio. La fantasía es un estado permanente del alma que busca crear sobre la cotidianidad, que recrea y que imagina. No solo es la facultad, creo que es también un oficio elegido, que se trabaja.

Fantasía es jugar con un niño de ocho años -casi nueve- y soñar con que si sigues sus indicaciones vas a aprender a nadar, a dejar de tener un miedo terrible a morir ahogada mientras él da volteretas en el agua. Y no se ahoga, el niñito chiquitito no se ahoga.

 La fantasía es, en resumen, la vida y el recurso más preciado de la imaginación... Esa que se va en los trabajos de ocho a cinco y de la que nos advertía Momo. Los hombres grises no han podido de nuevo. Y no van a poder porque tengo bien protegidas mis flores horarias.

Por eso, por la maravillosa función de la literatura, la animación y la creación, me entrego de nuevo a la fantasía... a evadir esto que está aquí y ahí y nos hace preocuparnos. Me preparo -y lo he estado haciendo todo este tiempo- para recrear a una niña que deja ir a su padre a un viaje exótico. Me preparo (nos preparamos, porque somos un colectivo de dos o tres) para repensar en sus palabras y maromas...

Hoy que vuelva a casa recordaré que el jardín no es un jardín sino una jungla en la que se pierden los soldados de plástico. Pensaré en que los peluches no lo son, sino que son seres que hablan y tienen sus discursos... Y de los que hicieron una película... varias... Que la hamaca es un barco... Que la sábana azul es el océano... Que el chirrido de la puerta es un fantasma... Que... ¡Tiren la cortina! ¡Que ya viene la fantasía!


PD: ¡Que ya viene Tamborina, señores! Ya con Ricardo estamos hilvanando todo lo que esperamos, soñamos y fantaseamos les hará soñar, anhelar y fantasear también. A que sueñan con nosotros... ¡Nos vemos en el teatro!

Ilustración: Ricardo Barahona.

jueves, 17 de octubre de 2013

Palabras, sobre amor a la actuación

Anoche gocé y también lloré. Estuve rememorando esa vida que a mí, que me sigo llamando actriz, se me va a veces de las manos. Estuve viendo Paseando con Moliére (Alceste à bicyclette), del director Phillippe Le Guay. La peli va de un actor famoso que va a una isla olvidada a pedirle a su amigo, un actor que ha dejado de serlo, a que se una en el montaje de El misántropo, de Moliére. Eduardo Morlán explica de maravilla la trama, los conflictos y el ir y venir en la película.  

Para mí lo más genial del filme es cuando el amigo ermitaño -Serge, el de la isla- le pide a su amigo, el actor famoso Gauthier, que se quede a ensayar para "ver si se anima" a participar en el proyecto. Gauthier ganó fama al hacer un personaje el Dr. Morage, muy parecido a Dr. House en lo antisistema (paréntesis: yo juro por las palomitas de maíz que me atraganté anoche que se están burlando estos franceses jojojo). Serge lo dice claro: vamos a ensayar, improvisar.

Ensayar. Ensayar. 

Eso es lo maravilloso. Empiezan a recitarse entre sí las líneas de Moliére. Se dicen uno al otro esos alejandrinos. Para un actor y actriz ahí es donde inicia el acto mágico del teatro. La magia no solo son las luces y los trajes hermosos. La película basa su fuerza en la reproducción del ensayo, en esa actividad íntima que los actores hacemos. Porque cuando se ensaya se está dispuesto a morir en esa construcción del personaje. Porque cuando esa palabra deja de estar en el guion y el actor se la apropia se convierte en vida. Algo así como y el verbo se hizo carne y esta acción. La sangre, el amor y el placer fluyen. Palabras ajenas que se hacen propias... una vida prestada. Eso es actuar.

Durante los ensayos Serge y Gauthier se intercambian los papeles. El actor famosito quiere seguirlo siendo y presiona para encarnar Alceste y luego convence a Serge para que se alternen los papeles. Por su lado Serge presiona a que todo se haga bien, palabras exactas, entonación adecuada... (sí, esa chingadera que tenemos a veces). 

Quizá lo más conmovedor de la película es revelar ese mundo interno que -creo yo- nadie quiere ver. ¿Y a quién le importa cómo es que se pronuncia tal línea? ¿Si me equivoco en tal parte del guion? ¡Pues a nosotros! Porque cuando un actor se equivoca en una línea y la olvida, con esa palabra vacía se cae un mundo. La verosimilitud se fue al carajo.

La palabra: ahí reside la esencia de la actuación. Es un guiño que me invita a: gritar, llorar, amar, saltar, matar, liberar, correr, acunar, marchar... actuar. 

Durante la película, Serge, totalmente identificado y encarnando a Alceste, repite estas palabras cuando está en una reunión en la que menciona sus condiciones para por fin actuar:
“La era en que vivimos es tan perversa, que debo evitar la compañía de los hombres. El dolor es radicalmente extremo para ser soportado. Desapareceré de este lugar salvaje y asesino, puesto que entre la humanidad se vive como si estuviéramos entre lobos”.
¿Al final Serge actúa en la película? ¿Quién de los dos será el protagonista? El final que proponen estos franceses es genial. Este se ancla en la devoción por el ensayo, en la repetición continua de las palabras que otro ha escrito para que otro actúe según la dirección de algún otro. Muchos "otros" involucrados, ¿no? Es un final rotundo. Clarísimo. Bello. 

El olvido de una línea... La fantasía se ha destruido. 








lunes, 9 de septiembre de 2013

No me grite

Que le quede bien claro, señor de alguien más, que le tengo aprecio. Que le veo a cada rato por los pasillos, que he sido testigo de sus aciertos y desaciertos. Que me he reído con usted, que le tengo respeto.

Perdone si me paso de delicadita, pero así nací yo, con una sensibilidad auditiva fatal. Soy de sueño ligero, escucho voces y no me gustan los gritos.

A mí hábleme nada más. Sí, ya sé que de vez en cuando me abstraigo del mundo y es porque soy retraída (y me gusta). Usted bien sabe que este recinto está mal, que debería tener más privacidad uno, que debería poderse trabajar más... No a todos nos gustan los aspavientos...

Pero déjeme aclararle, compañero, que esto es un gallinero y yo así no puedo pensar. Mi trabajo es leer y pensar sobre lo que estoy leyendo porque yo escribo, así que va a perdonarme si me estorban a veces las discusiones sobre líneas y formas. Tanto hemos pedido una sala adecuada y nadie nos la ha dado...

Ya ve, es difícil estar acá. Por eso yo me encierro en mi vida y dejo que la música me aleje del mundo, como antes, como siempre hago. Es mi preferencia estar apartada y va a perdonar que sea enfática.

Hoy usted no tenía por qué gritarme. Odio contestar el teléfono y es una crueldad equivocarse un poco, verdad, no escuchar el recado... perdone, tenía el volumen alto porque tampoco me gusta escuchar cuando se ríen como hienas... perdone, pero así soy de vil.

Yo tan solo no escuché que me dijo que me llamaban por teléfono. No, no contesté el auricular, ignoré todo porque estaba leyendo... perdone, tan solo no le oí. No tenía por qué gritarme.


Hay infinidad de formas de abuso.


martes, 27 de agosto de 2013

Odio las clases aburridas

El otro día hablábamos con mi colega (el que me prepara de maravilla los mojitos con fresas) de una nota que resumía una evaluación del quehacer docente. La nota decía que equis por ciento de docentes no usaba cartas didácticas, pero sí usaba planificador, que por qué no se usan múltiples recursos como Power Point o etc. Quizá la más graciosa de todas las observaciones era la satanización de la idea que todos en la rueda seguíamos sosteniendo: "No todas las clases y materias pueden hacerse con una inflexible carta didáctica o el bombardeo inútil de diapositivas".

En mi ya mediana vida he dado clases por unos diez años. Y no quiero que eso sirva para que usted crea que voy a jactarme de que me las sé todas. No, no, no. Solo quiero echar mano de esa experiencia para puntualizar un par de cosas.

1) Todos aprendemos de manera diferente y yo siempre fui una chica problemática: Las observaciones más recurrentes en mi libreta de notas de 5.º grado fueron que hablaba mucho en clase. Ese mismo año me tocó transcribir Mujercitas porque a la profesora no le importaba que yo ya hubiera leído el libro, ella quería que hiciera los estúpidos resúmenes. ¿A la señora se le ocurrió que yo iba a ser comunicóloga, que mi vida profesional iba a ser leer sin parar sin hacer resúmenes? No, jamás.

2) No muchos usan bien las diapositivas y el pizarrón nunca pasará de moda: Qué da más pereza, ¿una docente que lee diapositivas plagadas de texto o ver crecer la grama? Empate. Las diapositivas no son un indicador de calidad, es una herramienta delicadísima. Y si a usted le encantan las secuencias animadas, con efectos, sin imágenes de referente y va a cortar y pegar interminables textos... deje de usarlas. Por otro lado, qué más maravilloso que un pizarrón en el que en vivo y en directo uno ve las conexiones mentales del profesor. El catedrático que me dio Historia I hacía unos fabulosos platos de espaguetti en la pizarra. Ver la increíble interrelación de sucesos y cómo él los hacía conectarse... ¡No tiene precio! Además, en esta tierra de Nunca Jamás, como diría Guillermoprieto, ¿y si se va la luz, y si se roban el cañón y si me roban la pc en el bus? El plumón de pizarra y la tiza, esas herramientas gloriosas.

3) Cartas didácticas, guiones, planificadores o notas en servilletas con una to do list: Hay días gloriosos en los que hacemos cuadros en Excel con las notas, listas, evaluaciones, ejercicios, y hasta les ponemos la hora y cuánto durará el ejercicio. A veces anotamos en una libreta un par de ejercicios, a veces vaciamos nuestros archivos con textos viejos para salvar la clase, a veces improvisamos. Y yo he hecho todo eso. A veces me ha ido bien, otras mal, otras ha sido apoteósica la capacidad con la que resolví una clase y dejé de lado la planificación e hice otra actividad porque la clase se estaba muriendo. A lo que voy es que no todo está escrito en piedra, entiéndase carta didáctica. Además, en casi todos lados pagan tan mal que: o una hace la carta didáctica o da la clase. Por cierto, casi nunca pagan el tiempo que uno se toma en calificar, entonces yo prefiero un pequeño guion que me dé el norte... y sentir el ritmo de la clase, porque uno está con gente viva, no con autómatas.

4)  Cómo odio esas clases aburridas: hablábamos con mi suegro que una cosa es hacer una clase dinámica y otra entretenida. No son lo mismo. Como todos los años, los chicos dijeron que querían una clase dinámica, entonces yo les paré el carro. Les dije que yo no iba a tirar pelotas, pero que sí íbamos a trabajar mucho. Hoy, por ejemplo, hicimos lista de temas, mapas conceptuales, selección de ideas y finalmente íbamos a redactar un texto. Sí, ya sé que suena torturador pero lo reto: usted se va a aburrir si va a escribir sobre los dos ítems que trabajamos en clase: A) Sobre todo odio... B) Si yo muriera en una semana...

¡Nadie se aburrió! Aunque estaban todos sentados (al rato se fueron al pasillo y el jardín) el cerebro de ellos hervía, estaban enviciados con las posibilidades. Unos viajarían, otros se tirarían de puentes, otros comerían lagarto frito en París, otras pagarían porque una superestrella se casara con ellas y les escribiera una canción... ¿Acaso no hay vitalidad en un cerebro que piensa?

4) Leer en voz alta y trabajos en grupo: Leer en voz alta da aplomo, enseña sobre postura, sobre cómo dar fuerza a las palabras, cómo presentarse ante la audiencia, moldea actitudes... da fortaleza. Yo siempre lo haré porque cuando los muchachos leen en voz alta buenas estructuras sintácticas eso les ayuda a organizar sus pensamientos... ¡Y que nadie me chingue con que solo es para poetas! Es de profesionales hablar bien, pensar bien, dar bien las indicaciones. Por eso luego la gente se pelea en los grupos, porque nadie saber organizar pensamiento y nadie sabe qué diablos hay que hacer. Ah, sí, en los trabajos en grupo los invito a preguntarse: ¿están dispuestos a aguantarse durante todo el ciclo? Si hay conflictos, pedimos reporte de tareas, si alguien no hizo algo, se deja sin nota. O todos en la cama o todos en el suelo, así me decía mi papá. (Shhh, a mí una vez en 7.º grado me dejaron fuera de un trabajo porque me puse de diva, tuve 0. Desde entonces aprendí la lección: nadie va a regalarme nada.)

No. Yo no voy a doblegarme porque me dicen que el dinamismo está en hacer show. Lo que hay que sopesar es: ¿cómo responden los chicos a las dinámicas, en verdad están pensando y creando? El aprendizaje es de dos, tres, comunitario... no solo de los payasos y performers que cada día dejamos de lado nuestros complejos para dar un poquito de lo que nos tomó años dominar. Nos gusta, amamos esta profesión. Pero hay demasiados factores en este rollo, desde el tamal que se desayunó el muchacho hasta el tono con el que una habla... No, no es tan sencillo. Aprender y educar no se resume en un impecable cuaderno de planificación y presentaciones Prezi. Es tantito más complejo, pero ahí vamos.


PD: Por cierto, ¿ya sabe usar Edmodo? Entre, es otro nivel, organiza los grupos como Facebook, una puede dejar videos, pdf, fotos y una cantidad increíble de cosas... pruebe y entre a la comunidad que más le guste...  Va a ver que le cambiará la vida.
PD2 Este... sí, todos tuvimos malos maestros, porque esta no es una carta de redención para todos... en la canasta también hay manzanas podridas.

miércoles, 31 de julio de 2013

Sesión musical (o el daño que le hacen a uno los viejos)

Mi padre volvió conmigo esta noche. Lo que hice, y no sé si recomendarlo, es hacer una breve investigación de los gustos musicales de mi viejo. Ya sé que esto es narcisista, pero qué más da, el formato lo permite y es una manera de sacar los demonios. Pasé por varias etapas: nostalgia, amor, admiración, interrogación, sorpresa, duda... risa, me reí bastante, y asombro. Busqué esas cosas raras en español... asústese.

La búsqueda la hice de oído porque yo no tenía ni la más mínima idea de cómo se llamaban esas gentes que llenaron mi vida y mi sala con sus voces. Mi papá cantaba y yo, sin saber que mi cerebro copiaba todo, debo confesar que conozco, reconozco y hasta puedo cantar las canciones de la siguiente lista. Chille conmigo, que va para nostalgia y extrañas diversiones. (Mire, uno siente devoción por los padres si son una maravilla, como el que yo tuve, pero también fueron presas de su contexto. Cof, cof.)

Miguel Gallardo: ni idea. Me acabo de enterar que murió en 2005 y que tenía buen ver. Tengo ganas de ti. ¿Tengo ganas de ti? Qué clase de título es ese. ¿Que se sienta mujer solo con él? ¿Qué me hizo ese viejoooo!



 Nayla: Versiona por mucha gente como Sandro y Bronco, creo que la escribió Rodolfo Aicardi. La canción dice que se la lleva al río... ¡pero tenía marido! Yo no sé, pero cómo que no sabía que tenía marido. En fin.



Leo Dan: De ese sí me acuerdo y dicen que "De Choto" lo traía seguido a San Miguel. Hubo una época en la que escondí los discos. Lo siento, papá, era mi adolescencia estúpida y usted que no nos daba agua con Leo. La del Caminito sí me gustaba.


Los terrícolas. Ni idea, los acabo de conocer, pero créame, mi cerebro reconoce cada compás, cada tonada. Ah, esta memoria que hace lo que se le antoja. Escuche la intro, es fenomenal. Es teatral... con voces sensuales.
-Llevas mucho tiempo esperándome?
-Un poco... pero sabes, mi amor, yo te quiero mucho (jojojojojo)



 Los ángeles negros: todavía andan ahí, revoloteando, y si quiere contratarlos búsquelos aquí. Mire nomás el concepto del video, subidos todos en el cacharro.



Y por último esta colección. No diré mucho, quizá ahora más que nunca entiendo que mi viejo fue un enamorado tórrido. Que amaba regalar flores y así...





Moraleja: revivir está bien. Yo esta noche me divertí porque entre canción y canción recordé. Yo la muerte la entiendo como una llamada constante. Yo no me voy a callar jamás que aún tengo un agujero enorme en mi vida porque yo nunca quise que mi viejo se fuera. Y sé que todos los que cargamos con ausencias nos toca de cierto modo rellenar esos momentos de bajón con este tipo de tonterías. Hacerlo está bien, sana el alma y de pronto una se entera de cosas que no sabía (y recuerda cosas que quería olvidar jaja).




lunes, 8 de abril de 2013

Ceguera

Cuando yo decido ponerme estúpida, realmente me esmero. Es el mismo sentimiento de cuando quiero hacer algo bien, la misma fuerza, pero otra cosa me gobierna. El soponcio, un demonio malvado, mi otra yo que es una irresponsable... qué se yo.

Lo de ayer fue una tontería tremenda. Luego de la peli de Dustin Huffman en la que es autista (y que Tom Cruise parece menos despreciable y parece que actúa) se me ocurrió ir por agua a la cocina. Ahora bien, yo soy ciega. Parcialmente ciega. De hecho, bastante ciega. Tengo no sé cuántos puntos en mis lentes cóncavos que posicionan eso que veo en el lugar correcto del globo ocular.

Me explico, desde hace la mitad de mi vida que ejerzo la ceguera con algo de dignidad. Gracias a una herencia modesta que dejó mi viejo me pude comprar estos lentos que uso. Bastante caros, pero como los uso todo el tiempo me dije: no importa, son tu cara también. Es decir, sé ser ciega.

Vuelvo al sopor de la tarde de domingo, a la peli con Dustin y a mi estupidez. Yo, tan cuidadosa, yo, tan milimétricamente controladora con mis lentes, yo que no los dejo tirados porque son mis ojos... yo cometí la estupidez de dejarlos demasiado cerca de las chanclas. Entonces, mi torpe cuerpo medio dormido se levantó, puso un pie en una chancleta y.. Sí, eso, yo le puse toda mi humanidad a mis aros para mirar.

Cuando me di cuenta que era grave, traté de medio arreglarlos pero mi chico, que vio aquello y se asustó de mi queja, me pidió que los dejara, él los iba a arreglar. Porque él tiene más paciencia, porque es hombre y le gusta arreglar mis desastres, porque yo estaba tan molesta conmigo por semejante tontería que no era capaz de pensar.

Yo me despreocupé cuando él se ocupó. Cuando me dijo que era grave, que no se podía... yo sentí morirme. Bueno no, eso es exagerar, pero sí entró en mí desesperación tal que me dije: a la puta, soy una ciega, soy una discapacitada, yo sin esos vidrios no sé andar.

Decidimos salir corriendo a una óptica, a ver si se podía componer mi desastre. Mientras me arreglé, me sentí fatal, pero lo peor vino cuando me quería calzar unas sandalias. No podía ponérmelas, no veía el agujerito, no veía ni sentía el pin que debía entrar, era yo una inútil que no podía ponerme unas estúpidas sandalias doradas. Estuve ahí un par de minutos y me sentí tan frustrada, tan impotente, tan nada por no poder ver ese simple agujerito. De pura bravura las tiré.
Me puse otras que no necesitaban de mi aguda vista de águila.

Mirar la calle con mi capacidad visual real fue chocante, terrible y abrumador. No distinguía nada. Manchas de colores, desenfoque... ningún rostro, y las letras era imposibles mirarlas.

Cuando la mujer de la óptica se fue con ella se llevó mis súplicas. Quería que salvara mi dignidad de mujer lectora, de mujer de letras, esa de "mirada" aguda y que cree que solo lee cosas interesantes... Yo me sentía desarmada. Terriblemente triste y preocupada. Estaba ahí sin mis prótesis, sin eso que me hace lo que soy.

La mujer volvió dos veces más para consultar si podía arriesgarse en la resucitación. Yo la dejé estar. Mientras volvía abrazaba la posibilidad de mandar a hacer unas nuevas gafas... pero ahora una que está tan pobre, y las clínicas tan caras, y las ópticas tan usureras. ¿Y si no las componía? ¿Iba a llamar al trabajo y decirles que por mi ceguera no podía ir? ¿Qué tan estúpida podía escucharse esa excusa que era cierta?

Por fin volvió la mujer y logró componer un poco mis lentes. Yo respiré aliviadísima. Soy esto, este pedazo de gente que sin un par de vidrios no puede mirar, andar, cocinar, que ama ver películas...  ¿Y si algún día me quedo ciega? No, no, no pensemos en tonterías.

Mientras escribo esto no dejo de pensar en que la mujercita de la óptica, que no me cobró ni un cinco, me ha devuelto algo de mi dignidad, en que a pesar de estar desniveladas puedo ver. Están bien cuicas. Va a necesitar otras, me dijo, pero yo ya no la escuché más. Ahora podía mirar. Solo eso me importaba.

Mientras la ilusión de que puedo ver me embarga aún quiero olvidar por completo lo ciega que estoy. No, yo no quiero acordarme de qué es ser ciega. ¡Yo no quiero ser ciega, por piedad!

jueves, 7 de marzo de 2013

¡Estas son mis viejas!

Lore (arte: Mateo Juárez, 6 años)
La mami por ser la mami; la Cata y la sopa de res, la niñaManda, sus gritos y la tienda, la ñaOli con su niño tierno, la ñaMary y su gato que adoptamos, la ñaEstelita y sus tortillas pa´el almuerzo, la Catalita otra vez con su sangre agria y sus cuentos grotescos, la mamaGiña y su encanto de ser alcahueta, la tía Yoly, la tía Sandra, la Sonia, la Fátima y su hermana.

La Ale Montenegro y su puta discriminación porque yo era morenita, la Gaby y sus ojos verdes, la Memo y sus maquetas, la Yami y sus revistas en inglés, la Sofi y su vocecita ronca, la Patty y sus infinitas palabras alegres. La Julita, la Emi y su risa fácil... La Conni con sus gritos y chabacanerías. La Chiyo y la Alba, que me llevaron a sus casas y me dieron de comer.

La señora que me contestaba cuando le llamaba a mi papi, la Ivonne y su bici que jamás fue a traer a mi casa, las oficinistas que me llevaron de paseo.La señoras de la peluquería de mi mamá que nunca creyeron que yo iba a ser universitaria. La viejas feas que me trataron mal. La niña Estelita, la niña Nilda, la ña Juanita y todas las maitras enruladas del salón.

La  hermosa niña Rosita y sus ganas inacabables de jugar tripa chuca conmigo y llevarme a comer sorbete allá por Simán centro. La Velli, sus quince años y su panza. Mi querida Ruth, que me enseñó a amar la soltería. La Maries, mi amada Maries y su manera de entenderme, la Loy... la Lou, la Clau, la Sami, la Joy. La Tania Andrés y su canto largo.

Las ilustrísimas, amadísimas y admiradísimas Ana Ruth y Dinora, mi querida Meche y su griterío, la Chayo Ríos. Estas viejas de las que jamás me libraré porque las amo: la Mar, la Clau, la Illy, la Kacho y la Linda. La Jen V, la Jorgelina, la Carmencita y la La Eunice también.

La Margarita, por componerme la vida, darme un trabajo y hacerme reír. La Amparo y la Ivón (y esa loca admiración mía de ser como ellas porque son lo máximo). La Olguita y su espléndida tesis (que ya casi me pongo a leer).

 La Anna, mi amada Anna (ese amor a primera vista), que me presentó al hombre de mi vida... La Marce y sus mostritos... La Iv, que me entendió tan bien, y la Virgi del cole, que me dio sin querer esta vida que ahora gozo. La Xochitl y nuestra manera tan sutil de ser cachondas.

La Yaz, mi querida bruja, que me leyó la vida; la María del Mar, con quien nos profesamos un amor profundo. Su hermana, vecina y las calles de Lima y Costa Rica. Mi Sofía Vindas, y esa otra vida juntas.

La Marielba, mi hermana de colochos, la Virgi, que vive conmigo y me explica el mundo. La casera y su manera cursi de tratarme bien a punta de chocolates. La señora del pan, del mercado...

Y todas las demás viejas lindas que se me van de la cabecita: gracias, maitras, infinitas gracias.

PD: Eso, y celebrar porque puesí, somos mujeres, no solo vaginas, no solo mano de obra, no solo mamás... Y usté ya se sabe lo demás que más de alguna ya publicó.

miércoles, 30 de enero de 2013

Calles de piedra

Es de tarde y hace calor. Me bajo de un ruidoso autobús y camino rápido para alcanzar la acera. Pienso en que ojalá un día alguien compre ese terreno baldío que está frente a la quebrada. Pienso, mientras atravieso esos cuarenta metros de camino de tierra, piedra y hierba seca, en que ojalá una empresa arregle esa (maldita) calle que me incomoda pasar. Me digo: deben arreglar el camino. Si es una calle "comercial" debería estar bien. ¿A quién le toca arreglar ese pedazo de tierra, volverlo asfalto, adoquín o cemento? ¿Por qué nadie ha hecho nada? ¿Por qué tanto abandono?

La calle tiene desniveles provocados por las piedras grandes que sobresalen entre ese fino y blanquecino polvo. Es como un pequeño abismo entre límites de asfalto y cemento. Es una tierra antigua que quizá tardó miles de años en llegar a ser eso que se pega en mis zapatos y sacudo con algo de rabia.

Las piedras que sobresalen del camino no me dejan correr. Toda mi atención se centra en ellas, mi cuerpo está alerta a los pasos que doy. No son piedras redondas, son de esas puntiagudas que se incrustan en las sandalias, tenis y tacones. Son negras, grises profundo, son pedazos de casa que fueron a parar ahí no sé cómo.

De pronto la voz de mi madre se asoma y la escucho. Cuenta historias de cuando volver vivo de San Salvador era tocar la gloria. Recuerdo su risa fácil y la imagen de un hombre flaco de cabello afro que la deja ir en un bus, mientras él toma el otro porque viven lejos. Pienso en ellos dos, los que años más tarde serán mis padres. Recuerdo cómo ella me cuenta que de noche, sin luz, atravesaba calles de piedra, y a veces bajo grandes correntadas. Pienso en cómo se siente pisar las veredas, las piedras, el lodo, centro mi mirada interior en sus puntiagudos tacones, en sus sandalias a gogó, en sus faldas plisadas. Mi madre corriendo en el camino de piedra para llegar a casa; y que por lo menos en ese ayer nunca la alcanzó una ráfaga de balas.

El mostacho de mi padre baila ante mí, me cuenta cómo cortaban allá, cómo es caminar entre la tierra y que las pestañas le queden a uno blancas después de que ha pasado un camión que lleva sacos de café. Y están él y Adán Pineda, el jockey, el abuelo que se acaba de morir, están entre la tierra y solo se apartan mientras unos hombres chabacanes los ven envolverse en una inmensa nube de polvo.

Catalina mueve sus cortas y ágiles piernas. Sobre la cabeza lleva un cesto inmenso en el que logro distinguir pipianes, güisquiles, guineos y ejotes. La voz de mi madre de nuevo me dice cómo la Catalina, mi abuela, subía y bajaba calles empedradas, cómo las sandalias se le llenaban de ese polvo que me sacudo con un puchero estúpido. Pienso en que Nerón y Chispas duermen ahí, en que se estiran en la tierra y la rascan cuando tienen calor. Veo sus patas llenas de lodo, nunca se quejan.

¡Ay, Catalina! ¡Ay, madrecita! ¡Cuánto polvo en sus pies!

Cuando llego a mi oficina el pulcrísimo piso de cerámica me cega. Es tan pulido que puedo ver cómo el sol se refleja y rebota en mi cara. Subo mi mano como queriendo evitarlo. Los arquitectos que rondan esos pasillos han dicho innumerables veces que quizá fue la tontería más grande del diseño. ¿Cerámica en un piso exterior que se inunda cuando llueve? (Yo temo quedar parapléjica si algún día me caigo en ese pasillo en el que jamás hay polvo.)

Cuando regrese a casa volveré a pasar sobre esa calle. Quizá me queje de nuevo, quizá mi conciencia piense en que es mejor que ese pedazo de tierra siga así, ancestral. Talvez piense en que me recuerda de dónde vengo, un manera minúscula de recordar cómo las mujeres de mi familia caminaban antes, cuando había que tener cuidado, cuando las piedras asomaban.

Hoy que todo está tan fuera de sí... No lo sé, quizá cuando finalmente reparen ese pedazo de calle me olvide de todo este razonamiento. Quizá intente traer a mi memoria cómo era antes. Porque cuando erigen un nuevo edificio mis perezosas conexiones mentales son incapaces de recordar el antes. Me falta memoria. Pero por hoy padeceré las piedras. Sí, está bien que sigan ahí, incomodándome.

jueves, 24 de enero de 2013

Carta para los (no) olvidados

Chicos, chicas y usted también: Van a saber perdonarme, pero estos días turbulentos me han dejado con el cabello enmarañado, así que por eso no les había podido escribir.
Pero como ya hallé peine de dientes gruesos, de a poco voy ordenando las ideas.

Ciertamente debo admitir que hecho en falta vuestras risas y comentarios traviesos. A menudo me encuentro a mí misma sonriéndome, riéndome, pensando en tanta chabacanería compartida. Quizá la soledad ahora se viste de papeles y correos electrónicos administrativos y otras cosas inmundas que nos han ensuciado el alma.

Quiero decirles hoy que los llevo acá, en la retina, en la piel también. Y parece que me estoy despidiendo, pero quizá es el tono más preciso, así como el del  Zorro, cuando le dijo al Principito que lo domesticara, quizá con una esperanza para quedarse jugando juntos.

Hoy diré que no los he olvidado.
No he olvidado los besos de medianoche, tampoco esas risas locas y la cerveza en la boca. Tampoco me he podido deshacer de sus palabras amables, ni de sus dulcísimos correctivos. Quisiera deshacerme de sus críticas mordaces y meterlas en un bote, pero no, me sé altanera y por eso les puse una tachuela y las colgué en mi frente. Quisiera que volvieran sus voces y me leyeran aquel poema de Borges, o quizá ese abrazo que me quebrantó el alma.

Quisiera que lo lejos no fuera tan lejos y que las aerolíneas regalaran boletos, y que en la maleta me cupiera todo el queso que pudieran comer. Que Chorrillos esté acá cerca para comerme un cebiche de nuevo. Y que la revista no cierre las puertas y me dejen entrar de nuevo para ver cómo hacen los grandes que escriben con pluma azul. También quisiera que aquellas calles tuvieran nombre para poder caminar tranquila, y volver, volver a pie, y no preguntar si estoy perdida.

Y los negros, quiero que los negros vuelvan con el retumbayá y que improvisen de nuevo un baile loco. Que la cena que hicimos en medio de la niebla se repitiera mañana. O que mi alma te agradeciera de nuevo por leerle sus bemoles. O que las paredes no fueran tan altas y pudieras mirar cómo riego las plantas de este mi jardín chiquitito. Que el carruaje del museo me llevara hasta tu casa y que los azulejos árabes estuvieran en tu cocina, y que tu risa se quede conmigo, Lucy, y que cuando movás tu cabeza los aretes bailen con vos.

Que la noche no se apague en el bar de la calle de las pizzas. Que nos den las cuatro de la mañana hablándonos, mirándonos, riéndonos de que lo lejos en verdad no es tan lejos. Ciertamente debo admitir que hecho en falta vuestra presencia.


PD: Eso pasa cuando uno va allá y deja el alma en otro país.


miércoles, 2 de enero de 2013

Ciclos

A mí eso de poner finales me abruma un poco. Me gusta pensar que hay una continuidad, que avanzo. Cerrar ciclos me hace pensar en que las experiencias son como bolitas de plástico y que dentro hay agua y más juguetes, quizá un pescadito azul, verde o amarillo, quizá otra bolita con una batería que al botarla se enciende y navega dentro de esa otra esfera plástica. No me gusta acumular bolitas y solo mirarlas por dentro porque a mí de lo que me dan ganas es de sacarles todos los juguetes y jugar con ellos.

Quiero dejar de pensar en ciclos, quizá deba inventarme una nueva palabra para decir que avanzo, que traigo conmigo todo lo que he hecho estos últimos años, meses, días, horas, minutos y blablablá. No me gusta echar atrás lo que me gusta o no me gusta. Quiero pensar en que son un mosaico que está ahí conmigo, siempre.

No quiero pensar en que hoy, que es mi día laboral uno del 2013, reflexionaré con ahínco en que ya casi es hora de preparar las clases. No quiero hacer las cosas que hago cuando doy clases en la universidad  y tampoco quiero sentarme a mirar mi agenda y presumir que este año haré mejor mis tareas porque soy mejor persona, porque en fin de año reflexioné mucho y ya no cometeré los mismos errores. O quizá me vuelva más eficiente, más... yo que sé. A mí lo que me gusta es echarme cada tanto, cada vez que mi cuerpo y mente me piden que me eche en la hamaca y me ponga a renovar mi vida porque este ser mío así lo pide.

Sí, una deja cosas y Nomienta lo sabe. Aunque a mí dejar o traer no me preocupa tanto. Quisiera saltarme los calendarios y recordar todo y a todos sin tener que buscar fecha. Sin embargo las fechas son importantes, nos marcan, nos dan coordenadas; y me gusta pensar que cada tanto, por ejemplo, mi chico llenará la casa de flores para celebrar que nos gusta ser así: insoportablemente felices. Sí, es un poco complicado.

Procuro construir una especie de tratado sobre cómo no celebraré que cierra un año o un ciclo, o varios siglos porque toda la vida he estado afanada con el tiempo. El tiempo lo inventamos, dice Teresa, y quiero creerle (minuto 42:20). Ahora que estoy en medio de este mi tiempo tan extraño en que me siento feliz conmigo lo que en verdad quisiera celebrar es cuando entrego mi alma a las letras, las infinitas páginas nuevas de Word, la impresión de ejemplares que otros tantos leerán y dirán si les gusta, o quizá gritar voces ajenas que luego serán mías en medio de toda la hipérbole que pueda construir. Y los aplausos, que las luces se llenen de aplausos.

A mí los ciclos no sé..., hay que inventarse otra palabra. Y mientras tanto, vámonos a un concierto:  There´s a zombie in your lawn.


* La imagen fue tomada de este sitio