domingo, 31 de enero de 2010

Nimiedades

Quiero escribir que desde el martes pasado estoy aprendiendo a caminar, que me duele en puta un tobillo y que me compré, por culpa de la lesión, dos pares de sandalias que no me gustan tanto.

Que detesto que la gente se conmisere de sí misma y que se quejen conmigo por tonterías que yo no puedo ni quiero resolver.

También escribiré que he discutido con un hombre. Que he peleado, que no he dormido bien. Que estoy cansada.

Quiero desahogarame: No creo en las musas aunque las hijeputas existan.

Escribiré, por fin, para hacerlo mío y patente, que me gusta tanto esta soledad de la que me quejo que vamos haciéndonos una... que vamos haciéndonos una nada más.

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lunes, 25 de enero de 2010

Sabiduría

Mi maestro es sabio. Se llama Don Paco.
Dice las frases certeras cuando la desesperación acampa, sabe sonreír y con ello llenarme de esperanza. Con sus palabras siento que no todo está perdido.
Un día me dijo que si cambiaba de trabajo que fuera a uno que me hiciera crecer más (y por eso sigo aquí, para aprender todo lo que tenga que aprender. Trabajo humilde, lo llama él).
Dijo que me fuera de este país de mierda porque aquí no iba a crecer en las tablas, que allá en Costa Rica o en la Iberia hay un bachillerato en artes y que por favor no dejara de actuar. También me dijo que solo después de cierta edad sirve todo lo que uno echa al saco. Eso dijo: echar al saco.
Por eso leo sin parar, por eso sigo en esta silla limpiándole los desastres a los de allá (corrigiendo, pues). Por eso sigo sus indicaciones sin vacilar, sin interrogar y solo asintiendo porque sé que este camino tortuoso es más llevadero si alguien por allá lejos te dice que por ahí vas bien.

Escriba, Lorena, escriba, dijo. Y eso hago.

domingo, 24 de enero de 2010

Medio ciento de salmones

Cuando al Enano y a mí nos dejan solitos en casa hacemos lo que amerita: nada.
No lavamos los platos, no hacemos limpieza, sí miramos tele y sí jugamos como desquiciados.
Eso pasa como los cometas, cada cien mil años.

Nos gusta quedarnos en la cama, frente a la tele y mirar películas como Toy Story 2, nos gusta comer lo que sea que haya en la refrigeradora y más que nada, celebrar nuestro hermoso ritual.

Ayer, después que el Enano fue al cine con su hermano mayor, los encontré por ahí en un centro comercial. Luego pasamos a comprar unos discos y trajimos medio ciento de salmones calamarescos y en especial el disco en el que sale Loco. Ya antes el Enano la había escuchado, pero hoy que estuvimos solitos y sin el cuidado materno, le subimos volumen a tope e hicimos lo nuestro: brincamos, saltamos y bailamos tontamente.

Eso solo lo podemos hacer cuando las autoridades no están, porque huy, no vayás a ponerle al niño de esas canciones que te hacen pensar. Así que el Enano y yo pusimos el himno que por hoy nos refleja: Loco, de Andrés Calamaro.

El Enano tiene una memoria prodigiosa y ya se la puede bastante, aunque el inicio de la rola no es para andarlo fomentando entre menores, aun así la cantamos.
En vez de salir a fumar un porrito decimos que salimos a bailar un ratito y asunto arreglado. El mundo no se cae.
Siempre que podemos bailamos en toda la sala, nos quitamos los zapatos y hasta sacamos vestuario que nos ayude a ponernos a tono con la canción, aveces es Queen, a veces es The Beatles, o Toto la Mamposina... depende del humor que estemos.

Hoy nos echamos los tres discos que conseguimos de Calamaro: eso suma cincuenta y seis salmones.

Y mientras nos dejen estar, seguiremos diciendo: "Yo soy un loco / que se dio cuenta / que el tiempo es muy poco" Na na na na na.

¡Y así vivimos!

jueves, 21 de enero de 2010

Confesiones

Tengo problemas con las mujeres: no sé si hablarles o tenerles miedo. (Por lo pronto opto por la segunda.)

martes, 19 de enero de 2010

Tengo un romance

A mí la vida me premió con dos o tres amigas alucinantes. No es por echarles flores, pero después de equivocarme tanto hallar gentes como ellas es algo así como un oasis, o un atisbo de lo que se supone es estar enamorado.

La que viene al caso es conocida mundialmente como Marie. Con ella nos la pasamos de lo más entretenido, miramos películas, trabajamos en el mismo sitio, investigamos sobre música, nos prestamos libros, desayuna en mi casa después del gimnasio y para este fin de enero le debo una de esas cenas románticas en un lugar estupendo.

Marie es de esas personas fabulosas que te quieren porque sí, que aceptan tus defectos y solo se ríen de las equivocaciones que cometes pero sin juzgar. Con ella he aprendido que soy un desastre y que no tengo que avergonzarme de serlo.

El sábado pasado estábamos en una capacitación y nos reíamos de lo lindo porque la profesora (seño Carmen) era malvada con todos los demás menos con nosotras y el resto del contingente al que pertenecíamos. Por ejemplo: La señora de camisa blanca pregunta que si se pronuncia endoscopia o endoscopía, justo cuando la seño Carmen acababa de decir que era sin esa i tildada. Acto seguido, la seño Carmen dijo tajante: ahí está el diccionario. ¡Búsquela! Nos reímos por lo bajo, de pura crueldad.

Si no entiendo un párrafo, le pregunto a Marie si es tan complicado o no y resolvemos. Si tengo pereza de ir al gimnasio, ella complaciente me dice que mejor nos quedemos dormidas cada una por su lado y no vamos, y si no tengo comida, ella me regala una galleta. Eso por mencionar algunas acciones románticas además de caminar en ferias, ir a librerías, dar paseos en el parque de su pueblo y demás.

Ayer por la noche hizo un chiste fenomenal.

Resulta que yo si algo no lo sé lo busco, lo investigo. Así que una de mis mejores herramientas es Google. Es cómodo y me atiende rápido. Así sea el dato que sea. Una canción vieja, un personaje que conocemos de nombre y que no le hemos visto la cara, así sea una película, nombres de países, gentilicios, cifras dudosas... lo que sea. Si una duda nos asalta, voy con mi frase favorita: "Permitime, busquémoslo", seguido de la acción de indagar haciendo clics por todos lados.

Esa frase, sumada a mi desmedido desastre y paradójico orden en mis notas, hizo que Marie hiciera su resolución: Vos tenés un romance con Google, ¡no podés vivir sin él! Ninguna relación te llena tanto como esta... Y se echó una carcajada increíble; yo también me reí bastante, debo admitirlo.

Con Marie he resuelto el embrollo en el que estaba metida sin saberlo: estoy enamorada de Google y tengo un romance con él.

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jueves, 14 de enero de 2010

La apología del non ánima

Apreciada inquilina manipuladora irresponsable, de aquí en adelante inquilina irresponsable:

Nos hemos visto en la necesidad de hacer un pronunciamiento vital. Las últimas acciones que nos atañen se refieren a la irresponsabilidad con la que usted, pobre ignorante de los procesos biológicos y fisiológicos, ha conducido este glorioso cuerpo, al que de ahora en adelante llamaremos mobiliario.

Dicho mobiliario -del que usted es, por decirlo de algún modo, legítima dueña- ha sido objeto de abuso y maltrato. En repetidas ocasiones le hemos advertido que su conducción errónea e irresponsable se volcará en contra suya. Sin ir más lejos nos remitimos a los hechos de esta tarde, específicamente a la una treinta.

No habiendo sido suficiente una ensalada descomunal, usted, inquilina irresponsable, decidió -en detrimento y perjuicio de la comunidad que habita este no sacrosanto lugar- echarse a la barriga una mounstrosa porción de pastel que no hizo más que activar el ritmo cardíaco. ¡Y sálvese quién pueda de las consecuencias!

Usted es sabedora de lo que causa la glucosa en desproporción, es conocedora también de que es más apreciada por nosotros la cualidad de una comida frugal que una desproporcionada. Admitimos y subrayamos que sus celebraciones y excesos suelen arrastrarnos a consecuencias insospechadas, pero este es el acabose. Usted nos está matando.

Ciertamente no fue suficiente el postre, además ¡pidió café!
Cuántas veces le hemos repetido que usted jamás, pero jamás debería probar café. Hasta los más doctos le han prohibido semejante sustancia. ¡Pero no! Usted insiste en destruirnos y maltratarnos, usted se empecina en dejarse llevar por la mortalidad, deja de lado nuestra humilde condición pasajera y solo rinde culto a la inmortalidad que no posee.
Pobre ignara, ¿acaso no se da cuenta de que sin nosotros usted es nada?

Reconocemos que estas acciones son ínfimas comparadas con otros casos más insólitos, reconocemos también que estamos bajo sus mandatos y súplicas; pero le advertimos, nuevamente, que como siga abusando de nosotros no habrá neurobión que la ampare, no habrá diclofenaco que la socorra, más aún, la misma cafeína se la llevará al diablo.

No habiendo más que agregar, extendemos este comunicado a los catorce días del mes de enero del corriente.

Firmantes abajo se abstienen de
pronunciarse por próximas (y seguras) represalias.

lunes, 11 de enero de 2010

Carmen (o las niñas grandes)

Carmen le pidió a su compañera de al lado que por favor le cambiara un billete. La chica no tenía cambio, y así pasaron varios segundos hasta que advertí el embrollo. Le ofrecí a la chica (que aún no sabía que se llamaba Carmen) un par de billetes. Ella aceptó con sorpresa y mucho agrado el gesto. Solucionaron las cuentas y la chica, Carmen, se quedó atendiéndome. Me cobró un par de blusas.

Mientras le daba mi tarjeta me preguntó si yo había estudiado en tal colegio. Asentí simpática (o eso creo yo). Y ella, con su hermosa sonrisa blanca, soltó espontánea: "Yo me acuerdo de usted, es que siempre me fijaba en las niñas grandes".
Así decíamos en el colegio, las niñas grandes, las que iban a bachillerato, las que cuando no estaban los maestros nos enseñaban a usar el diccionario.

Luego de eso le pregunté su nombre, qué hacía y dónde estudiaba. Me explicó que estudiaba y trabajaba, que si por ella fuera solo estudiaría pero que por el momento no podía. Que salió cinco años más tarde que yo del colegio y que de repente se había acordado que me había visto. A decir verdad me asustó un poco tanta atención. Para disipar esa sensación la alenté a terminar su carrera y le dije que tres años eran nada, que disfrutara su vida de universitaria. Carmen sonrió y me dio mi bolsa. Me despedí.

Cuando salí de esa tienda me sintí extraña. No sé si vieja. Tenía la sensación de haber viajado mucho, algo contenta porque una chica que yo no tenía ni la más mínima idea de quién era se había alegrado de verme.
Más aún, me había dicho que yo era una de las niñas grandes cuando yo jamás me vi a mí misma así. Cuando nunca asumí el papel de bachiller responsable, cuando siempre llevé al extremo mi bandera y mi irreverencia. Me dio algo de pena.
Yo era la niña grande para ella.

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martes, 5 de enero de 2010

El apocalipsis de los libros

Un amigo me decía que siempre es mejor un libro físico, por aquello de la sensualidad al tocarlo y demás. Comulgo sobremanera. Y por ahí leía cómo una mujer casi chillaba de tristeza porque veía el fin de la producción de libros en papel. Tan romántica ella.

Sin argumento aparente me inclino por el no.
Los libros no van a desaparecer, señora.

Uno, si van a ser sustituidos por un e-book, a ver, ¿cuánto cuesta, quiénes lo van a comprar, peor aún, quién va a gastar miles de dólares en un aparato que sirve para leer cuando el promedio de la gente no lee ni siquiera el periódico? No tengo estadísticas, lastimosamente. Total, para tal efecto hoy una veintena de chicos me dijo tajante que no le gustaba leer. Chicos universitarios, qué va... chicos que salieron de colegios decentes que les permitieron acceder a educación superior.

A mí lo que de verdad me da miedo es que con tanto acceso a la tecnología creamos que somos la salsa del mundo y nos olvidemos de todos aquellos que no saben ni siquiera cómo encender una computadora. Vivimos sumidos en nuestro mundillo enano de gente seleccionada que puede ver nuestros perfiles y tonterías así que se nos olvida todo lo demás.

Señora, hay pobreza en el mundo hasta el hartazgo. Digo, y si van a aprender a leer... ¿habrá una misión especial de la Unión Europea que les lleve sus e-book a todos los niños, por ejemplo, de Haití, El Salvador, Nicaragua? ¿Los muchachos van a leer, por lo menos, Cuentos de cipotes en la red, en un e-book?

Honestamente creo que la escritura (y posterior lectura) vuelve inmortal a cualquiera. A todos, de eso se trata la historia, y por lo pronto yo no le veo el fin al libro físico. Ni me preocupa pensar que un delete acabará con mi biblioteca si lo más brutal es que otros, los que ni leen mi-mamá-me-mima, no saben siquiera cómo escribir el nombre con el que los llaman.

Señora, los libros son como la prostitución: jamás desaparecerán.

Este no es un mundo justo.

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