viernes, 27 de enero de 2012

Usted no me hable

Frente a esta máquina no me queda más que reflexionar en lo que acabo de hacer.
Viajo en bus y mi país no es precisamente un lugar que se aprecie por el transporte colectivo. Así que cuando la ida y la vuelta a casa se hace en ese lugar móvil en el que se suben extraños a cada rato, pues la premisa es que puede pasar cualquier cosa. En el bus y en la calle.
Me referiré en este caso específico a esos seres que por instalarse en equis sitio en la calle ya son parte del paisaje. Y claro, uno también es blanco de reconocimientos.
Hay un vendedor de chicles que está al pie de la pasarela de la parada de buses frente a mi trabajo. Ergo, lo veo a diario, me ve a diario y sabe a qué hora y de qué bus me bajo. Él está ahí, me imagino, aburridísimo de estar en el mismo sitio todo el tiempo, dependiendo de que si a uno se le antoja un chicle o un dulce.
Pasaba que, ahora creo que eso cambiará, cada vez que iba de camino me decía "cosas". Saludos y tonterías que ya iban llegando a cierto límite que mi civilidad ya no me permite.
Una cosa es que una sea una ciudadana, digamos, educada, que, según mi dijo mi padre,  no se debe tratar mal a las personas... pero ¿qué pasa cuando el otro ciudadano llega al punto del hostigamiento?
Pues eso me pasó con el vendedor de dulces.
¿Por qué me habla?, me decía cada vez que pasaba por el sitio. O cuando soltaba algún piropo estúpido me decía: ¿por qué diablos tiene que decirme algo? ¿Cuándo yo lo he mirado de manera favorable para que me diga cosas? ¡Jamás!, y es justamente por eso que jamás ese tipo se mereció siquiera  un saludo, y no es que un saludo de mi parte sea algo memorable o signifique un evento, pero ¿por qué tanta insistencia?
Los hombres de calle son así. Se la pasan diciéndonos cada sandez con no sé qué objetivo. ¿Cuándo un comentario en la calle ha hecho que una mujer que va de camino se detenga a decirles gracias, ahora mi autoestima está bien, sí, me encanta que me trate como un objeto sexual? Es ridículo. Eso no pasa.
Entonces, así me sentía yo. Odio que me miren en la calle sin respeto. Es detestable que te tiren comentarios sobre tu culo, tus tetas o las piernas. Es odioso.
Por eso, hoy, antes de subir la pasarela, me detuve ante el vendedor de dulces. Me dijo hola. Le dije que si no tenía algo más que decir. Me preguntó que cómo estaba, que si iba a estudiar... le dije: Estoy bien, pero no me hable, no me vuelva a hablar jamás. Lo miré con cara de indignación, casi con cierta petulancia. Un disfraz de mujer prepotente y arrogante que espero funcione.

El hombrecito se puso insignificante, divo, digno. Sintió herido (eso quiero creer) su pedazo de hombría que se basa en intimidar a las transeúntes. Cuando le dije que no me hablara contestó: ni falta que hace, e hizo un puchero de dignidad.
Me fui con un sentimiento de triunfo aderezado con desencanto.
Pensé en que quizá ahora él creía que yo me sentía superior, pensé en que su trabajo era terrible, en lo aburrido que debe ser trabajar así... y mientras lo iba conmiserando, me dije: solo le dijiste que no te hablara, no es el fin del mundo.
Entonces se me ocurrió en que el hombre ese ahora cree (y sabe) que soy una persona horrible, y quizá, al otro día, cuando me vea pasar, va a decir en su mente: allá va esa hijelagranputa.
Pero no me dirá nada.
Yo suspiraré, olvidaré que existe... No me dirá nada. Y habrá valido la pena lo hecho. 


PD: Hombres, si van a opinar, primero piensen: ¿cuántas veces han sustituido su nombre en la calle y en su lugar les han dicho "rico culo", "mamacita" y etc.?  Piensen.

miércoles, 18 de enero de 2012

Cómo me gusta lo que hago

Mientras leo este artículo de María Moliner que mi amiga Maga me envío vía msn, no puedo contener la felicidad de estar rodeada de libros, marcadores, un cuaderno a rayas y detrás mío esa mi biblioteca que ya adoro.

Si hay una actividad de la que gozo plenamente en mi vida laboral es la de organizar el curso. Sí, es laborioso; sí, uno se hace bolas y una cree que el tiempo es muy poco... con todo y todo, me fascina pensar en  qué leeremos, qué ejercicios haremos, si tal película es buena para la clase, o a qué sitio iremos. Todo eso me emociona. Solo hoy ya llamé a dos amigas muy queridas a quienes les pregunté qué más podíamos leer. Días antes otro amigo me dio dos títulos para que los tomara en cuenta.

Ya traje a mi memoria los libros que quiero que degustemos, ya taché mil veces la lista de temas que abordaremos y ya la reescribí también. Todo eso me hace feliz, en serio. Después sé que me cansaré, que más de un chico no se entusiasmará tanto como yo con la clase; sin embargo, por eso me gusta este estado de agitación mental, porque amo planificar, hacerme la hipótesis de que quizá de esta manera el contenido se digiera mejor, y luego darme cuenta que tal vez estaba equivocada y reinventar de nuevo el programa.

A eso llamo emoción, porque me gusta lo que hago, porque estar dentro del salón de clases me vuelve más humana, porque también recuerdo con emoción cómo muchos de mis maestros develaban tal manera de dar clase o cómo invertían una gran cantidad de energía en hacer que no olvidáramos un tema.

Bien me acuerdo de Don Paco y sus lecturas sacadas de Selecciones. Ahí conocí la conmovedora historia del gato Solovino, o de sus talleres extra para los que no andábamos bien con los hipérbatones y demás comas caprichosas. Con el padre Aníbal Meza estudié literatura todo un año. ¡Qué clase más espléndida! ¡Cuán feliz y agradecida estoy con él! En ese mismo año estaba en el taller de teatro, llevaba Semiótica de la Cultura e Introducción a la Investigación, con Amparo Marroquín e Ivón Rivera . Esa para mí es la época más feliz de mi vida universitaria. Todas, absolutamente todas esas materias me llenaban de placer.

Cuando yo tenía quince años ya sabía que quería ser profesora. Sabía que me gustaba enseñar, me sabía plena cuando me tocaba compartir algo que había estudiado. Disfrutaba aquello. Así que a la primera oportunidad que tuve de integrarme al oficio docente durante la universidad pues entré.

Los pininos son los pininos y los llevo dentro de este archivo mío del que echo mano siempre. Porque si hay algo que me gusta de este oficio es que uno nunca lo sabe todo, y esa premisa es vital para no caer en la arrogancia, la prepotencia y el desuso. El cerebro se oxida si no se usa y el alma se endurece si no nos ponemos en lugar de los otros.

La consulta con gente que sabe más es fundamental. El camino de los que ya han hecho oficio es una gran fuente de aprendizaje; y mi amiga María del Mar es una de esas columnas. Ella me enseñó eso de ser temido o ser amado en la clase. Con mi amiga Kelly siempre discutimos cómo entrarle al grupo, cómo hacer que los chicos sean seducidos por la clase... Y las pelis, siempre tiene buenas películas para la clase.

Maestros, amigas, gracias a todos ustedes porque me enamoraron de este oficio.

Planificar la clase, leer, hacer ejercicios, platicar con los estudiantes... así es mi vida. Esto es lo que hago, y me gusta.

domingo, 1 de enero de 2012

Salmo 1

Estoy llena de ese vacío que envuelve.
Es mi vida yéndose y reproduciéndose a través de mis dedos, mis manos, mi cuerpo entero.

Cada palabra de la que soy presa repica contra una cadena que rodea mi cuello.

¡Cénsurame!
¡Quítame los gritos!
¡Ahógate conmigo!

Venid a mí, palabras amables
venid a mí, súplicas y llantos...
¡venid a mí, Emancipación!

Cada palabra que atraviesa mi cuerpo me aleja más de este sitio que sufro-amo-gozo.

¡Palabras, enmudezcan mis llantos!
¡Griten desmesuradas mientras acaricio sus pliegues!

¡Palabras, acurrúquense conmigo y déjenme dormir entre silencios!