sábado, 2 de abril de 2016

Eléctrico, melódico y fantástico: Monsieur Periné



Monsieur Periné en Scenarium /
Foto tomada de elsalvador.com, de: Menly Cortez
No sé ni con qué disco fue que por fin dejamos de reproducir Caja de Música de Monsieur Periné. Es que estábamos entre lo eléctrico y lo fantástico, entre lo melódico y lo catártico… y casi llegamos a lo estrambótico. Desde el concierto teníamos fiebre, que en el auto, que en la oficina (y bailábamos en la alfombra azul entre los cuatro escritorios) y, ¡oh, sí!, en casa, mientras mi chas-chas-chas arrojaba pedacitos de papa a ritmo swing.

Fuimos al concierto de esta banda colombiana el pasado 26 de febrero. Se presentaron en Scenarium, Multiplaza, un sitio relativamente nuevo que solo hace eso: presenta conciertos. Los Periné son unos treintañeros originarios de Colombia y que en su carrera ya tienen bien ganado un Grammy Anglo.  Los conocí porque el Flaco (mi flaco) me pasó un video que vio en TVX. ¡Oh, son realmente buenos!, me dije. Además, tenían un video de lo más genial (Suin Romanticón), ese en el que van todos tocando, bebiendo, jugando a las cartas en un camión.  Luego estaba su versión de Sabor a mí que cantábamos a todo pulmón cuando íbamos en carretera a cualquier sitio de Oriente del país. En serio, estos chicos nos gustaban.

Lo del concierto fue una gozadera tras otra. Cartas a Felice nos dejó con las energías bien puestas luego de cantar Barato (oh, cómo amo esa canción desde su versión original porque el video fue grabado en la finca donde creció mi viejo). Luego aparecieron los Periné. Ya saben, hay drama y nos gusta. Primero los músicos, entradas casi épicas y luego toda la marabunta desgalillada porque apareció Catalina. Sí, bueno, yo también grité.  La primera canción fue Nuestra canción. ¡Madre mía! ¿Puedes enamorarte en un par de minutos? Pues con esa rola la Cata (si me permitís, querida) nos enloqueció a todos. Vamos, me explico. Cata nos electrizó, porque un buen vocalista es una conexión entre la banda y el público. Es una cuestión de energía, de comunicación. Así que nosotros estábamos conectadísimos, teníamos todos los de platea una relación con todos esos chicos que hacían maravillas con sus instrumentos. El asombro, la energía, cantar al unísono… eso desde hacía mucho no me pasaba ni a mí ni al Flaco.





Como ya éramos uno solo ahí dentro, lo demás fue pura fiesta. Pasa que no en todos los conciertos uno puede tener una experiencia tan intensa. Una compenetración tan buena y aunque no conocíamos algunas canciones, en un par de estrofas ya las cantabas… era mágico.  Otra cosa que me fascinó (y vamos que los de esta generación no nos asombramos por mucho, vemos tanto en internet, consumimos trillones de datos de tonterías y cosas buenas que estamos ya con una coracita…), decía que otra cosa que nos gustó mucho fue la coreografía de todo. Esto es un show, no son chicos que vienen a hacer canciones. No, es un show. Música, imagen, vestuario y coreografía, todo bien planificado y ensayado. En tal canción hay un efecto de luz y hacían tal cosa… y así. Era como ver una obra de teatro: de tanto ensayarlo es ya un juego, y cuando los actores juegan, el público también puede jugar.

Toda esa parafernalia técnica, visual y de comunicación no verbal solo respalda lo obvio: son unos grandes músicos. (Ya van a aparecer un par de snobs diciendo tonterías, en fin.) Hablo como espectadora, como oyente. Nos movíamos entre el jazz, el bolero, el swing… y nos valía madres la definición del género porque no estábamos ahí para hacer crítica musical, estábamos para sentir y gozar. Porque la música, la buena música, hace eso: conmueve, duele, enardece y hace que refresques recuerdos. Ahora estábamos tejiendo con los Periné otros recuerdos. Con el Flaco estábamos ahí abrazaditos en las canciones lentas como Viejos amores, saltábamos en las frenéticas como Tu M’as Promis (y esta fue de verdad genial) y sentíamos las rolas místicas como Mi libertad.

Los Periné hacen gala de ser latinos.  La Cata llevaba una preciosa falda amarilla y los chicos iban con sus trajes de colores. Pero la latinidad va más allá de que nos gusten los colores. Los dolores nuestros son de identidad, son de matanzas, son de negación a nosotros mismos… porque asumirse latino es estar en la constante pregunta de: cuáles son los caminos que recorrieron mis ancestros y hacia dónde voy luego de tanta ruptura, dolor y barbarie.

Mi libertad proclama que El dolor existe / y con amor lo voy a curar. Eso han hecho los Periné. Además de ser una buena banda y dar conciertos fabulosos, están tejiendo nuevos lenguajes, porque hay maneras de decir quiénes somos, porque somos esa amalgama de colores, sonidos, gustos y sueños. Como su música llegamos a lo magnético, lo fantástico. Nos movimos entre lo místico y lo eléctrico. Son estos unos buenos embajadores.