viernes, 25 de noviembre de 2011

Llegar a la meta

Hoy, cuando caiga la tarde, hermano mío, recordarás la primera vez que entraste al colegio, la universidad..., cuando dibujabas letras con plastilina, cuando también me enseñaste a contar. Recordarás, chinito, la manía de las profesoras, los gritos de gol en el pasillo de tus amigos.

Que te den un cartón, mi bro, es solo el signo de que llegaste al final de un principio. Vos y yo sabemos, porque vivimos con el ejemplo de nuestro viejo querido, que un título nada es si no te hizo crecer como persona. Es el escalón que nos debe llevar a nuestros más hondos anhelos, es un porqué que nos impulsa a caminar por el camino que nosotros mismos hemos labrado.

En innumerables ocasiones nos hemos caído y corresponden exactamente al número de veces que nos hemos levantado. Este gran triunfo supone un mínimo de tu valía, porque vos sos e irás más lejos. Sos más grande, mi hermano, inmensamente valioso. Este título, chinito, es la evidencia de tu gran esfuerzo, de tu amor por el trabajo, de esa perseverancia tan tuya, tan inquebrantable.

Hoy, hermano mío, cuando caiga la tarde, nuestro padre también tendrá una fiesta. Estoy segura de que estará satisfecho de que ha hecho de vos un hombre que también quiere ser como él (y profetizo que serás más grande). Cuando en tus manos esté ese pedazo de papel, nuestros corazones brincarán de alegría porque contigo también hemos padecido, gozado, soñado y amado.

Al mirar tus manos, hermanito, sabrás que todo lo que has hecho ha estado bien y que incluso los errores te  han llevado a este estado pleno en el que (y me permito compartir) nos sentimos satisfechos con nosotros mismos, con nuestro creador, con la maravillosa familia que nos tocó, esa viejita hermosa que pinta cabellos y que con eso llevó hasta aquí, y ese pedacito de cielo que es el enano, nuestro hermanito.

Amado hermano, allá afuera está el mundo esperándote. Allá están esos chicos que necesitan de vos, de tu paciencia, de tu gran trabajo creativo en traducirles en mundo y hacer de este un sitio más amable para ellos.  Que este cartón se convierta en un avión de papel y que te podás subir en él para que te lleve hasta donde querrás llegar.


PD: Felicidades en tu graduación como ingeniero biomédico (25 de noviembre de 2011)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cena de jazz-Brujo (por eso desprecié a Calle 13) II

En el capítulo anterior habíamos hablado de las tales pupusas. Total que sacudimos el polvo de nuestros pies (quizá lodo). Suchitoto acababa de sufrir un baño de diluvio. Mirábamos cómo el agua corría, cual monzón, por las calles. Lo que temíamos era que todo el Festival de Jazz se cancelara.

 Mientras el agua se decidía a irse por las cloacas, nos quedamos dando vueltas en el Teatro de las Ruinas. Sin fijarnos mucho en las pinturas, podríamos decir que nada de lo que estaba colgado ahí valía mucho la pena contemplar. Quizá un bodegón bien hecho pero lo demás lo pasamos de largo.

Lo que vale la pena es estar sobre el escenario del teatro de las ruinas. La duela es como debe ser: amplia, con rebote, de madera nada pulida, agreste y con la sensación de que ahí la gente ha perecido en el trabajo. Mientres Mr. B me miraba, salté y probé la duela cuanto pude. Luego de hacer el ridículo, caminamos directo al San Martín.

Nuestro norte estaba un poco atrofiado, así que frente a la Policía  preguntamos de lejos a un agente con cara de maleante dónde estaba el parque, y en eso, de la nada, salió un lugareño y nos dijo: Vamos, yo voy para allá... Con algo de pena seguimos al individuo, quien nos empezó a contar y contar historias (raras), pero como ya lo hemos dicho, que no nos gusta mucho la sociabilidad descontrolada, le dimos las gracias por la dirección y salimos hechos unos bólidos en acción de huida. Ninguno de los dos quería adoptar al extraño y platicar con él toda la noche. Somos malvados.

En el parque, sobre la rotonda, estaba el escenario dispuesto. La primer banda en entrar fue Sonajazz. Batería, guitarra, bajo, pianos y con el agregado de flauta transversal, que lo vuelve diferente, como dirán algunos: más dulce. Tocaron un par de estándares y temas propios; y gracias a ellos volví a escuchar Blue Bossa luego de un par de años. Salvo afinados entre canción y canción, estuvieron bien. Cerraron con una canción propia llamada Merliot City, que hace alegoría a una ciudad de ese nombre, aunque, como yo viví largo rato en ese lugar, no sé si los sonidos cosmopolitas que la banda usó son los mejores para describirla. Porque si hicieran una película con ciudad Merliot de fondo y con Merliot City de banda sonora... ummm no sé, ¿puede un sitio de clase media sonar a ciudad industrializada? En fin. Por último, que no es un demérito sino un adjetivo, Mr. B y yo insisitimos en que la batería de la banda sonaba muy a The Doors, mucha caja profunda, no era tan jazzero, pero igual, para nosotros funcionó bien.



Los segundos en subirse fueron Brujo. A estos ya los tengo más medidos porque los he visto en numerosas ocasiones, con todos los músicos habidos y por haber. Para ilustrar el caso rememoro las palabras de aquel maestro de música con el que comparto cervezas de vez en vez: "Es que los músicos somos un poco promiscuos... tocamos con medio mundo". Y es cierto. Pero de entre todo el desorden musical, Brujo se es fiel a sí mismo.

En mi opinión, Brujo tiene la enorme ventaja de servirse de la diversidad y la maestría de la que sus elementos hacen gala. Saxofón, bajo, guitarra, batería (esta vez mucho más jazzera que la anterior, basada más en ritmos africanos que en rocanroleros, como diría Mr. B), y el piano que nos deslizan desde Miles Davis hasta el mismísimo Brujo... Lo de esta vez fue distinto, invitaron a una solista que cantó de lo más bien. Como emulando a Rosalia de Souza, aunque quizá su detractor era ella misma, porque su dulcísima voz era en ocasiones monótona, casi no había juego en sus registros, pero de todos modos nos gustó y le aplaudimos.

Lo de este concierto fue muy superior en calidad. Lo que verán es un festival del año pasado en Santa Tecla, pero no está de más para que conozcan a la banda:


Luego de Brujo (que ya sumaba dos horas de jazz), y como ya el cuerpo merecía levantarse de la banca de cemento que habíamos vuelto cómoda a fuerza de forrarla con las toallas del hostal en el que nos quedamos, dimos una vuelta.

El siguiente que se subió no tenía nada que ver con jazz, pero no molestó. Lo de ellos (Proyécto acústico y Las tres ramas del árbol) era más experimental. Uno con guitarras delirantes y oscuras, el otro, más guapacho, a lo latin jazz, o eso creemos. Nosotros nos perdimos en la noche, y mientras caminábamos, las calles se cubrían de swing.

(Por todo esto no fui a lo de Calle 13. De música urbana no entiendo mucho y no me apetece ser versada en el asunto. Aunque sí me parece memorable el acto y precisamente por eso le agradezco a Virginia, ya que me hubiera encantado mirar cómo en el estadio le caían botellazos al ministro de Educación y a su séquito de políticos que creen que el circo es suficiente para que el pueblo vote por ellos. De lo que deben darse cuenta los políticos es de que no deben andar carnavaleando en lugar de hacer buenos programas de nación... aunque el cumbión pone alegre a cualquiera, pero eso no quita el hambre y no da trabajo, salvo a las estrellitas invitadas.)

Para despedirme les dejo algo de jazz a lo latino.



PD: lo que el jazz nacional nos debe son más solitas mujeres. Dejo acá un par de mis favoritas: Melody Gardot y Esperanza Spalding (además de las clásicas, ya sabrán ustedes).




lunes, 21 de noviembre de 2011

Cena de jazz-Brujo (por eso desprecié a Calle 13) I

Esta entrada no sería nada sin el detonante de miss Virginia Lemus y su Boliqueso belicoso, que he leído con tanto estusiasmo esta mañana y tarde, como quien tiene dos buenos tiempos de comida.

Resulta que miss Lemus se fue el sábado a ver Calle 13 en el extrañamente ilustre estadio Flor Blanca (me rehúso a llamarlo como un futbolista bolo que solamente tuvo un par de temporadas buenas en el Cádiz). Yo, por qué he de ocultarlo, ni siquiera contemplé ir a ese asunto. Primero, porque ya tenía compromiso (viajecito al Festival de Jazz); segundo, porque las aglomeraciones entusiastas pseudoizquierdistas me dan pánico (de aburrimiento); tercero, porque la mejor canción que tienen no la iban a cantar porque les faltaba Rubén Blades y sí, también lo admitiré, porque a mí esa música semiurbana con pretenciones de ser una revuelta de los de abajo no me parece honesta.

Con la decisión tomada, vi con algo parecido a un puchero de "Ayyy, qué gente más cirquera" los esfuerzos de medio mundo por comprar frijoles y arroz en las multinacionales o tienditas de niñas Maries bajo la sombrilla de "Miren qué generosos somos".

Ese contexto fue propicio para que nosotros, Mr. B. y yo, nos fuéramos a Suchitoto, porque lo que íbamos a degustar era jazz. (Lo sabemos, somos snob.)

¿Por qué dejar de lado mi marginalidad por un espectáculo de masas? Jamás.
Mr. B.condujo hasta Sichitoto y entre pláticas de por qué todos los políticos están usando estrategias tipo Wil Salgado para comprar los votos de sus electores (show de populismo, parques bicentenarios que se llaman los Pericos, aperturas de parques que nadie usa en las fuentes Bethoven y el desprecio de Norman Q. por restaurar el barrio de la San Luis, falta de listeza de ese maitro) nos sumergimos en la calle que nos lleva a San Martín.

Cuando llegamos, lo que se ve de ese sitio no solo es la perdición, sino su potencial de ser criadero de malandrines: ¿porque quién no va a estar mal en sociedad viviendo en total hacinemiento, pobreza y demás factores?

Dejamos San Martín y tomamos la calle que está llena de curvas y caballos amarrados en la ladera. A Suchitoto lo recordamos porque de entre tanta calaña es un pueblo en el que uno puede ir y caminar. También lo recordamos por los festivales culturales y realmente es el pegue. Ahora añado una variante que mi amiga Virginia tocó: "No importa el estrato social ni la ideología, a un salvadoreño póngale cumbia y ya se lo echó a la bolsa". Es cierto, a lo que Mr. B y yo íbamos no era un espectáculo de masas, porque el jazz, mi estimado lector, no es algo que a medio mundo le gusta y esto lo digo con un puchero, no como una victoria clasista. Y como no era cumbión, había poquísima gente.

Es una lástima total que hasta en la música la cosa sea segregante. A mí también me desprecian porque no tengo apego a esas cuestiones populares (ya les dije que la gente nos dice snob, pero cómo no, también comemos frijoles en sopa con cuajada).

El asunto es que dentro de ese festival pasaron varias cosas inusuales. Cuando llegamos al pueblo y el diluvio nos atacó, entramos a la oficina de turismo, que sorpresivamente estaba abierta. Con Mr. B hemos ido a infinidad de pueblos y ¡Oh, sorpresa!, las oficinas turísticas siempre de los siempres están cerradas. Y luego los funcionarios se preguntan por qué diablos el sector turismo no despunta. ¡Eh, doños, revisen sus planillas!

En la oficina, la señora que nos atendió (porque sí nos atendió) fue sonriente y nos resolvió la vida. Nos dio mapas, nos avisó qué hoteles estaban disponibles y hasta nos explicó cómo los lancheros del Suchitlán explotan al turista y cómo no se han organizado para dar un buen paseo (lo comprobamos, no soltamos los $20 por la vuelta). Nos dio el numerito del hotelito y tarán: ¡ya teníamos reservación!

¡Epaaaa! ¡Una oficina del gobierno que trabaja! ¡Eso es espectacular! Hay cambio, nos dijimos. Pero no todo es miel en hojuelas.

Antes del espectáculo, fuimos a comer pupusas y eso fue culpa mía. Mr. B, muy atento, sugirió pizza, pero mi necio paladar quería pupusas, así que en los portales, esquina contigua a Casa de la Abuela, nos metimos quizá en la pupusería más terrible de todo el mundo.

El servicio es comparable a la amabilidad que tienen los cobradores del microbús de la 42 y no exageramos.
Nos sentamos, y luego de que las meseras-pupuseras nos ignoraran como si no fuésemos a pagarles, consiguimos, con grititos y señales infantiles, que nos hicieran caso. Las tipas eran groseras que hasta te hacían sentir como un cipotío regañado.
Pedimos: dos de frijol con queso y dos revueltas y una de queso, de tomar chocolate y Coca. Pedido a Chica 1. Que no hay Coca, ni modo, la Pepsi chafa. Minutos más tarde: Chica1, ¿qué dijo que iba a tomar? Coca y chocolate. (y esta no tiene en sus manos una libretita... ¡que la use!)
Segundos después: Chica 2: ¿qué les sirvo?: chocolate y (...), Mr. que ya estaba bien incómodo, ¡PEPSI! La muchacha salió corriendo. Luego la Chica 1 volvió con un chocolate y un café en lugar de la Pepsi de Mr. B. Él le dijo: yo pedí un gaseosa... Pero es que no me dijo, respondió la Chica 1, la misma a la que le habíamos dicho varias veces que trajera la maldita Pepsi porque no había Coca. Luego la Chica 2 regresó con la Pepsi y luego de eso medio llegaba y nos ignoraba de a galán.
Luego, una familia grande, de esas que joden y son ruidosas, se movía para un lado y el otro con la mesa de al lado. Como resultado las pupusas no estaban del todo mal hasta que pedimos la cuenta: Dice la Chica 1: mire, y cuántas se comieron. Yo, que no tengo paciencia para las ineptitudes, le dije entre una carcajada grosera que yo ¡no sabía ni cuántas me había hartado (le dije comido, no soy tan grosera), que le fuera a preguntar a la otra!

Fin del cuento, si va a Suchi, jamás coma en ese sitio.

Luego de eso, agarramos camino y nos fuimos al parque San Martín para el Festival de Jazz.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Altares, santos y catástrofes

Debo confesar que me he librado de innumerables catástrofes a fuerza de capitalizar desastres ajenos. A fuerza, también, de rendir culto a ciertos humanos.

Sobre los altares que he construido en mi vida, que he desmontado en mis contables mudanzas y que he vuelto a erigir, siempre pongo una página con las frases de tal o cual fulano, vivo o muerto, para que me recuerde dónde está el norte.

Las buenas brújulas no las venden en ningún sitio. Debe una tener un golpe de suerte tremendo para que en medio de toda esta turbulenta vida un ser humano con sentido común entrenado tenga la misericordia de decirte:  «Por ahí no, que se desbarranca y se mata».

 ¡Ah!, pero no todo acaba ahí, quizá algo más trascendental (y eficaz) que la buena brújula es ejecutar un verbo con tal precisión que dé miedo. Es-cu-char. (Porque sin eso, nada pasa.)

Me atrevo a confesar que el pánico al precipicio me ha obligado a detenerme en medio de los torbellinos en los que suelo meterme y que justamente ese miedo (desmedido) es el que me dice: si sigues corriendo, te destrompás. Entonces, como a mí el dolor no me gusta, pues me paro en seco.

Los altares en mi vida son maestros sabios, también son amigos nobles, son también mujeres débiles con heridas abiertas, son madres enajenadas, son padres muertos vueltos santos. Amigas con la vida hecha jirones. Amigos descorazonados. Historias tristes (desastrosas) que he hecho mías para no repetirlas jamás.

Entre mi biblioteca de santerías y mantras tengo frases memorables que me han librado del caos. Frases tan humanas que en el plano del amor, el estudio, la vida, el dinero y el placer han hecho de mi vida algo menos desastroso de lo que pudo ser.

Dejo algunas que en más de una ocasión me salvaron y otras tantas que me hicieron feliz:

Siga su vocación (porque si no, ¿para qué vivir?)

Lea, lea, lea. Lea la escuela (y allá iba yo a leer a los rusos.)

Escriba como si su vida dependiera de ello (cuando siento que me muero, escribo)

No te compliqués, hacé lo que a vos te guste (y acabé escribiendo y no siendo contadora pública)

Dejá a ese hijueputa (lo dejé y fui feliz)

Esa es de peligro, mejor sé amable (y la infeliz esa no me hizo daño)

Pensá primero lo que vas a decir (después que conté hasta cien, me mordí la lengua, todo estuvo mejor: ¿arreglaré el mundo peleando por tonterías?)

Contá bien (y ya sabrán ustedes, los chillidos ni se asoman)

Fijate que sea atento (Porque ¿para qué quiere una un sujeto que sea chofer, semental, macho y todo lo que se quiera menos un humano?)

Vos gozátelo. (¡salud y buen provecho!)

Escribí en listas todo lo que tenés, querés y deseás hacer. (así cumplo, amo y me place hacer mis actividades)

No tengás miedo (porque ese te paraliza, mejor preparate para el desastre.)

La cortesía es la norma más fácil de socialización humana (y así uno consigue todo lo que quiere porque hablarle mal a las secres es correr peligro)


En el trabajo es mejor que te digan zocada que puta.  (Esa es ley, ¡ah, pueblerino continente!)


No se mate por los que no quieren aprender, mejor viva para quienes sí quieren.


No sufra.


¿Para qué les vas a hablar si no tenés nada qué decirles? (eso es ir contra la hipocresía)


Si alguna le gustó, agárrela, que son para regalar. 


PD: Gracias a toda esa gente maravillosa que deja que su brillantez se desparrame por nuestros caminos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Retraídos, distraídos, abstraídos... (marginados)

Llámennos distraídos por favor, porque así nos sentiremos menos culpables de ser como somos. Aunque, para que quede claro, nos gusta ser así. A veces imaginamos que la gente cree que a propósito no somos así, que quizá algo estuvo mal allá cuando íbamos a preescolar, que quizá algo nos traumó siendo nosotros chicos.

Pero no. A propósito elegimos ser un poco... (¿hay alguna palabra amable para decirlo?, no, quizá no), sí, eso, marginados. Porque ser marginado viene de estar al margen, del lado opuesto en el que se supone ocurre la acción principal. Sin embargo, no me van a negar que lo de las acciones primerizas también es subjetivo, relativo. Hacemos lo nuestro lejos de donde los demás hacen lo suyo: no nos gustan los hacinamientos.

Por los siglos de los siglos amén hemos cargado con el mote de ser retraídos. Veámoslo bien:
Retraído:  1. adj. Que gusta de la soledad. 2. adj. Poco comunicativo, corto, tímido. 3. adj. Se decía de la persona refugiada en lugar sagrado o de asilo. 


Y sí: nos gusta estar solitos porque en la soledad a uno se le ocurren cosas distintas, porque con tanto ruido no se puede pensar, porque el ruido supone gritos y malos entendidos, porque a nosotros no nos gusta complicarnos la vida. Porque en la soledad se piensa mejor.


Quisiéramos un poco de comprensión, no les vamos a exigir mucho. Tan solo queremos ser nosotros. ¿Qué hay de malo en que nos guste la soledad? ¿Qué hay de raro en que un día nos quedemos callados sin decir nada? ¿Qué hacemos mal si nos quedamos lejos de donde están todos? ¿Para qué estar en medio del alboroto si el ruido es vacío?


Nos declaramos abstraídos. Nos declaramos retraídos. Nos declaramos marginados por opción. 


Gracias por llamar.


(Close your eyes and listen, by Piazzolla-Mulligan)