domingo, 6 de diciembre de 2015

La rabia de los estudiantes

Ayer en mi país mataron a un gran maestro. Impartía Diseño, Historia del Arte, Semiótica de la Imagen y otras maravillas más. Mi corazón se unió a él cuando tuve la maravillosa suerte de que fuera mi tutor en el seguimiento académico. Cada tanto nos reuníamos y hablábamos de mis promedios... Y el arte y el cine... y que si escribíamos...Y así... Una maravilla de ser humano. Su nombre era José Manuel González.

Ayer vi en las redes sociales los comentarios. Que siempre será el hijo meritísimo hijo de Izalco, que lamentaban... y empecé a temblar. Cuando mi amiga Margarita me escribió desde México... pensé: No, entonces es cierto... En una larga llamada telefónica lloramos, lloramos y lloramos. Como muchos... como tantos. Hoy este país perdió amor. Perdió muchísimo... Y todos los días pierde tanto...

Leí sobre la carta de la chica que escribió porque mataron a su amigo, padre de una nena de 7 años, y que solo salió por pupusas... Y a otros amigos los asaltaron, pero están bien... ¿Quién está bien luego de que te amenazan a punta de pistola por un miserable teléfono? Y esta espiral de violencia espantosa en la que estamos metidos desde hace tanto tiempo nos ahoga y mata. Es que vivir así no es vida.

Es que te cansas, te cansas, te cansas..., así dijo un amigo... ¡Estamos cansados! ¡Basta! ¡Por favor! ¡Basta! Tenemos tanto de estar muriendo. Morimos en la invasión española, morimos en el añil, morimos en los abusos, morimos en violaciones, morimos mientras cortamos café, en la calle, en casa, a manos de propios vecinos, a manos de militares, a manos de extranjeros, a manos de nuestra propia gente... como hoy, como hace tanto.

Estamos cansados de estarnos muriendo, de que gente que dedica la vida entera a ser mejor este país nos la quiten, que nos la maten. Estamos cansados de que sigan con su corrupción, que los fondos y el dinero del Estado no ayuden a hacer crecer este lugar, de que solo piensen en carreteras, de que las escuelas estén tiradas, cansados de que no piensen, de que sean unos imbéciles, que no tengan ni idea de por dónde comenzar...

Estamos hartos de que en toda nuestra historia solo hayamos tenido idiotas en el gobierno, gente mala y ruin... hijos de criollos que esclavizaron, y luego militares... y luego pseudodemocracias, y luego extranjeros cobardes que les daba miedo el comunismo, y luego ultraderecha, y luego oportunistas de izquierda... ¡Basta! ¡Basta! Nos morimos, nos morimos....

Estamos cansados, nosotros los estudiantes, de que se lleven a nuestra gente pensante. Qué rabia, qué dolor... y ustedes haciendo bromas... Y ustedes en sus curules, incapaces de leer cifras de más de cuatro dígitos, tartamudeando en polisílabas, ignorantes, brutos...

Qué tristes estamos... ¡Y saben qué! Vamos a seguir, porque a muchos este país no nos gusta como está. Vamos  a seguir escribiendo, aunque nos amenacen; vamos a seguir enseñando en las aulas, aunque nos quebranten; vamos  seguir diciendo buenos días, aunque nos rodee la tristeza... Todo debe cambiar... Y nosotros, los de este lado, tenemos claro el panorama: no queremos que nos quiten más seres luminosos.

Nos arrebataron a un gran hombre.

Esta tristeza es honda... esta rabia va a estallar.




domingo, 15 de noviembre de 2015

Una amenaza de muerte, Historia y otros cuentos de novela

Siempre odié Estudios Sociales. Eso de fechas, datos y nombres me parecía un suplicio. Cómo presenta la historia el actual programa educativo del MINED es una desgracia. Llenar cuadros con fechas y “relación” de hechos es lo más equivocado que pueden hacer (me he tragado todos los libros de texto con mi hermanito, y no le digan a nadie, pero llené unos cuadros con preguntas de lo más ridículas). ¿Quieren que tengamos memoria? Cuenten cuentos, chambres… comidilla.

He aprendido más de cultura china con la novela Pabellón de mujeres de Pearl S. Buck y Empresses in the palace que con datos wikipidiescos. Hay historia con personajes, conflictos y a todos nos gusta ver historias aunque sean de lo más aguadas e inverosímiles (revise taquilla de Rápido y Furioso 7). Lo mismo me pasó con Khaled Hosseini y Mil soles espléndidos. Narra la historia contemporánea de Afganistán desde la vida de tres mujeres. Fue así que entendí por fin qué era eso de las ocupaciones, cuando llegan los rusos y se van… Narrativa al fin y al cabo.

Si no fuera por los Cuentos de cipotes mucho de nuestro costumbrismo estaría echado al traste. Si no fuera por Miguel Mármol de Roque… Y otros, pero no tengo un doctorado en literatura salvadoreña, solo soy una lectora y ese es, para mí, el meollo del asunto.


Mi ejemplo de hoy es la novela Noviembre de Jorge Galán, sobre la masacre de los jesuitas (una de tantísimas).

 Este libro que reconstruye un hecho real y nos lo narra. Se presentó oficialmente el pasado 11 de noviembre en la UCA, el día de la ofensiva, y vamos a lo mismo, ese dato solo no me dice mucho, pero Gerardo nos dice su versión.


Otro ejemplo de una mirada distinta es Marcela Zamora, con su documental sobre la masacre del Mozote: Las Aradas: masacre en seis actos, y su ahora laureado El cuarto de los huesos.




Cómo contar lo que pasó debería atravesar distintos formatos. No me diga que La tumba de las Luciérnagas no es una obra de arte y dice mucho, una historia basada en hechos reales.


Veamos: A) el fracaso de por qué no recordamos es que nos centramos en datos y no en el drama. B) Necesitamos hacer nuestra narrativa, más historias de nosotros mismos. C) Hay que asumirse salvadoreño en su complejidad (recuerde: Semos malos) D) La historia y la interpretación de la vida tienen muchas miradas e intérpretes (oh, cómo te idolatro, Peirce). E) Recordamos por medio de narrativas (ahí don Mendoza le amplía en su artículo Las formas del recuerdo.)

Pero volvamos al punto. A Jorge Galán lo amenazaron de muerte a inicios de mes por contar una historia incómoda. Muchos dijeron que era mentira y que era estrategia de publicidad para vender un libro. Ahora, si el hecho de que este autor huya de su país por escribir un libro “controversial” le inspira a creer que sea artimaña comercial… pues yo lo insto: ¡Escriba pero ya! Da para un relatito cochambroso de ficción.  (Insisto, como si ser editado por Visor, Alfaguara y ahora Planeta necesitara de artificios.)

Los datos caen por su peso. En este país te matan porque no querés colaborar con la renta y en los ochenta te mataban porque llevabas pantalones y “parecías” comunista. Te mataban porque pedías la tierra que la Reforma Agraria sí te otorgó, pero que no les daba la gana dártela… y así ejemplos de horror que usted mismo puede leer en De la locura a la esperanza. Ahora, ¿por qué hemos de dudar sobre la amenaza si los que mandaron a matar a tantísima gente siguen por ahí y el Estado se ha negado a extraditar? ¿Por qué debería pronunciarse alguien cuando ha sido amenazado? Si quiere datos de por qué no lo hace, lea esta fabulosa nota: La muerte y la palabra, de Luis García Montero.

Me parece que lo de Jorge Galán con Noviembre es un auténtico ejercicio de memoria. El otro día vi una obra de teatro en la que los personajes se pasaban diciendo uno al otro: “Es que acordémonos”, “Oh, qué mal que la historia y la memoria no se quieren”. Panfletos… Decir “Recordemos, recordemos” no es hacer memoria.  

Jorge Galán, Marcela Zamora, Arturo Menéndez con su Malacrianza, Butacas Trémulas de Moby Dick Teatro y otros tantísimos como varios documentales que he visto en TVX (complete la lista, que no es una tesis doctoral) están retomando lo que somos para reconstruirnos. Algunos, más cercanos a su interpretación de los hechos reales (acuérdese de Peirce); y otros, con ficción, pero cada uno aporta para la memoria. Vítores para los valientes.

Lo de Jorge Galán y todos ellos es un acto grande para nosotros en este país que se mata desde hace días, no es de ahorita. Ellos quieren contar la historia desde el cuento, la narrativa visual, el guion… porque el dato solo y vacío no conmueve, no identifica (le aseguro que a usted tampoco le gustaba mucho estudios sociales).

Hoy, 16 de noviembre del 2015, tras 26 años del asesinato de los padres jesuitas y de Elba y Celina, hay alguien que ha huido porque otros lo quieren muerto. Ese alguien tomó su pluma y nos contó esa historia.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Cartas de desencanto del sabio niño

Escribe inflexible y claro sobre lo que duele
Ernest Hemingway


Hoy vi de nuevo sus ojos llorosos. Vi cómo gritaba. Vi cómo maldecía tu aparición. Y lo sé, sé que no sentía esa amargura que reflejaba su ceño fruncido y su naricita enrojecida por las lágrimas. Sé que sus palabras de furia eran momentáneas y sé que en su corazón la bondad y la belleza son su fuente inagotable.

Lo que no puedo olvidar fue cómo rodaban sus lágrimas y le mojaban la capa de superhéroe que una vez más le desgarraste. ¿Por qué luchar contra la fantasía? ¿Qué necesidad hay de cortarle sus alas? Tus quejidos y amargura lo envolvieron esa tarde.

¿Qué del encanto de las fantasías? Una vez más tus palabras crueles y sin explicación cayeron como una nube cargada con plomo y asfixiaron a los que ahí había. La bruma que soltaste se llevó las risas que ese día ese niño había sembrado. ¿Por qué?

¿Cuánto del desencanto se queda para siempre? ¿Cuánto de las palabras sombrías y las reglas sin razón se afincan en nuestras almas y nos roban la alegría? ¿Es posible que los otros tejan otros mundos que no toleras? ¿Por qué gritar? Eso hiciste aquella tarde en la que enviaste a aquel ejército a que nos callara los cuentos, a que nos mutilara las fantasías, a que nos volviera uno más de los que ya existen… Sé que eres otro, pero hace tanto que no lo veo. ¿Dónde está ese niño que fuiste?

Recuerdo su ceño fruncido y sus palabras amargas. Se parecían a las tuyas. (Y tú no eras así, yo recuerdo otros mundos que juntos creamos. ¿Se han desvanecido ya?) Sin embargo, el pozo infinito en el que reposa su alma no se llenará jamás de tus reproches, ni de tus reglas ni de tus recetas de vida. He visto su alma y ya ha empezado su camino. He visto cómo teje libertad y pensamiento. He visto cómo se ha asumido y es asombroso mirar cómo sus fantasías y sueños lo elevan hasta lo más alto de la felicidad.

Sobre su capa de superhéroe se resbalan las lágrimas que hiciste brotar hoy. Se resbalan y caen, pero no siembran rencor. No. Su infinito pozo de bondad se llena de juegos y fantasías que tejemos a escondidas y pronto, muy pronto, expandirá sus alas y no podrás detener lo que ese niño inquieto es. No podrás arrinconarlo y aleccionarlo porque él es bueno. Y es bueno de las maneras en las que no puedes dimensionar… o no quieres.

Y me sorprende saber que has visto la luz, que con el hombre bueno que nos dio la vida tuviste el cielo en tus manos y no lo emulas. No lo imitas y es una lástima que tu corazón haya construido cárceles. Es una lástima que los moldes de lo que dices que es bueno solo tengan medidas absurdas. Es terrible vivir en este estado de complacencia imposible de otorgar. Es triste sentirse paria.

Pero no lo es. Las palabras son semillas que crecen en este pozo infinito que la vida ha otorgado para los que las preguntas y la duda son el norte. Y el niño, ese, el de las lágrimas, ha dudado… y su duda lo llevará a los confines del entendimiento. Lo ha transportado ya a otro sitio al que te has negado ir. ¡Oh, cuánta ceguera se desprende de tus palabras! ¡Cuán ruin fuiste!

Pero me retiro de la plaza de los reclamos. Ciego es ese camino. Yo también te he querido y desde la distancia disfruto los aciertos en tu camino y me aparto como quien sabe apartarse del dolor. ¿Hará él lo mismo? ¿Llegará el día en el que elija tomar otro sendero para no dejarte un saludo? Lo dudo, no lo hará porque su infinito amor te envuelve… y lo sabes… ¿Y aún así cercenas sus fantasías? ¿Acaso en tu mundo no caben otras respuestas? ¿Por qué niegas las razones, por qué me esquivas la mirada? ¿Por qué me tratas como se le trata a los indeseables?

¿Soy yo tu rencor vivo? No podré vivir jamás en el mundo de las aprobaciones vacías. No he hecho nada malo y no he sido una mala persona. Es tan solo esta manera mía de cuestionar… y él también lo hace. Y eso, lo llevará más lejos que cualquier molde etéreo e inconstante.

El niño de las lágrimas tiene un corazón fuerte, es un corazón de león, de lobo, de fiera. Es un corazón fuerte que sobrevive y anhela. Las lágrimas caerán de nuevo y crecerá sin nosotros porque solo somos un eslabón de esa vida inmensa que ya abraza.

Veo con ansias en momento en el que su mano abandone la mía y no porque no me ame, sino porque su voluntad es tan fuerte y despierta que mis anclas, mis miedos y mi estupidez no podrán retenerlo. Veré cómo sus alas se extienden… Veo que ya lo hacen… ¿quieres ver cómo vuela la fantasía? Mira sus ojos y déjalo ir. Cállate. Deja de gritar. Solo déjalo ir.


Entonces ese sabio anciano que en realidad era un niño que se parecía a sí mismo dejó de mirar el agua, ahí donde había un reflejo de ese adulto en el que temía convertirse. 


domingo, 9 de agosto de 2015

La preocupación de Francisco

Última hora: Papa Francisco preocupado por situación en El Salvador.

San Salvador. 9 de agosto. Dicen que el papa tiene la mano en el mentón en señal de que algo hay que hacer con este pedazo de tierra. Dicen que autoridades de dicho país no entienden los motivos. Y otros dicen que qué exagerado.
Ante la parálisis, extendemos nuestro editorial.

EDITORIAL

Preocupate, Francisco, que si no sos vos, somos nosotros pero los otros... ni sus luces. Preocupate, que quizá así alguien vuelva la cabeza y diga Huy, mirá cuánto niño mugroso. Quizá si un candil ajeno ilumina las cosas y este sitio deje de ser cementerio. Preocupate, que eso es mucho para un montón de gente que se da de golpes y de hacer algo nanay nanay.

Preguntales, Francisco qué tiene de malo que una nena de 11 años no quiera tener un niño. Que no quiera criarlo. Preguntales, también, que qué puede hacer un chico de 15 años con un bachillerato de mierda que lo saca al mundo laboral sin saber mucho. Que quizá solo pueda abrir puertas en un almacén de gente que usa Mercedes Benz o por qué los patrones de su mamá solo la dejaban salir cada quince días. Y preguntales, que por qué ellos no se preocupan de que paguen bien poquito.

Preocupate mucho, Francisco, para que por fin a las viejas que escriben en el periódico se les retuerzan las tripas y te manden muy al carajo por pensar en los desposeídos. Preocupate para que así el jefe que viola a la chica y el jefe del jefe o el jefe del Ministerio de Trabajo o el procurador diga que no era cierto que era puta. Quizá así le crean.

Francisco, preocupate mucho. Ahí frente a mi casa acaban de matar a un muchacho taxista, y a los de la tienda de al lado, que también son taxistas, ya una vez les robaron un auto. Pedí también por la señora de allá abajo, la mataron porque le dijo a la policía que quiénes eran los que andaban haciendo daño.

Preocupate, que aquí hay mucho qué hacer y a nosotros se nos acaban las ideas de cómo esto puede agarrar rumbo. Pedí que de nuestros corazones desaparezca esta furia que tenemos porque ya lo único que se nos ocurre es también darle de plomazos a estos que creemos bestias. ¡Matalo! ¡Matalo!, así dicen esas voces.

Francisco, de verdad, aquí entre nos, decile al Colocho que la cosa anda muy mal, que quizá ya hay contras por ahí y yo lo único que quiero es escribir y darle de comer a mi gato. Yo lo único que quiero es poder salir tranquila e ir a ver a mi vieja con su retoño e irnos a pasear al cine cuando el presupuesto aguante. Francisco, decile al Colocho que nos estamos volviendo medio locos porque también soñamos con pistolas y eso... eso está muy feo.

A mí se me retuerce algo por dentro y quiero pensar que también es preocupación, quiero pensar que esa preocupación va a transformarse en actividades y estas en acciones porque yo lo que elegí fue ser profesora, o sea, hacer país, pues. Enseñarle cosas a la gente porque yo así encontré lo mío y mi vida ha tenido sentido desde que soy quien soy por lo que ejerzo.

Francisco, decile al Colocho que mande una bocanada de tranquilidad y de inteligencia para estos gobernantes. Es que han sido muy brutos, estos y los de antes. Y los de antes más porque hicieron algo así, como cuando uno hace esos experimentos de biología, como un ecosistema de plantas devoradoras, pero no se comen los insectos, no no no, se comen entre ellas mismas.

Por último, Francisco, (y esto como nota personal de la editorialista) decile a mi viejo que andamos bien, no vayás a dejar que se preocupe. Decile que como podemos vamos saliendo.

Que todas las oraciones del Angelus cubran con su manto este y todos los sitios donde se nos muere el alma.




lunes, 6 de julio de 2015

Una habitación propia

Cuando tenía 19 años leí Una habitación propia de Virginia Wolf. El responsable de aquel encuentro fue Don Paco. Cursaba por aquel entonces primer año de la universidad y estaba, como solemos estar, feliz de haber encontrado el charco en el que siempre quise estar. Eso de la vocación es una negociación constante con el azar. Primero está si uno trae el talento y supongamos que se tiene,  digamos, esto de escribir, entonces... ¿qué putas hacés con eso?

Cada día, con más o menos ejercicios, he procurado honrar eso que creo que es mi estrella. Mi gracia, como dicen las abuelas. Cuando leí Una habitación propia estalló en mi cabeza una marejada de ideas sobre cómo ser siempre esto que se supone que quiero ser. Lo que digo de mí de ningún modo es especial, ni siquiera exclusivo. Somos muchos los que estamos en medio de este circo en el que hacemos malabares para seguir en esto que nos gusta. Prometo que no volveré esto una confesión lastimera (ay, qué manía la que tenemos de derrochar culebrones).

Ayer estábamos con unos amigos en un café y cada uno comentaba lo que hacía en su otra vida... ¿la real? para sobrevivir. Para ganar plata, digamos. Algunos tienen un negocio aparte mientras son actores, actrices y directores. Los que escribimos solemos impartir clases, o sea, somos profesores. Ejercemos la tarea de "conducir" al mundo. A veces con dignidad, otras veces...

Para ganar el pan diario yo he dado clases de redacción. Es más, este recién 21 de mayo cumplí 10 años de ejercer la docencia. Y bueno, se me olvidó celebrar. No pasa nada. He sido feliz. Pero prosigo: los que estamos en esa labor sabemos que es jodido, mal pagado, estresante y desgastante emocionalmente. Hacés de docente, psicólogo, coaching, madre postiza y ogro.  Y a veces, siempre es bueno recordar, sí reconfortante y satisfactorio ver que por fin escriben bien sus oraciones temáticas. Repito: se cree de nosotros que debemos dar el todo por el todo, que es una profesión de amor... y lo es. Pero José José también tiene razón.

Por eso he vuelto a Virginia este fin de semana. Volví a su mundo, a sus mujeres y toda la vida contada en un solo día. Hoy volveré a su habitación propia y me atronaré en la mía, esa que me ha costado construir pero que ahora sí tengo. No desaprovecharé esta oportunidad magnífica el amor de mi vida (ese que duerme en la habitación del fondo y que le gusta Mary Blair) me ha regalado.

¿Qué puede hacer un escritor vacío? ¿Qué mundos puede crear un soñador desgastado? ¿Cuándo podrá el creador volver a sus pasos y reencontrar las pepitas que ha guardado en otros caminos? En el sentido más pragmático procuraré olvidar las jerigonzas que explican ausencias y reclamos. Olvidaré por un tiempo a los aprendices. Guardaré la gratitud como esa luz que me indicará que en otro tiempo volveré a este sitio que también amo. Por hoy partiré a otros sitios.

En mi habitación propia hay un escritorio, un archivero, una lámpara y una gata. En mi habitación propia están los libros que me llevan a otros universos y otros tantos que uso para volver a mi tierra herida de bala. Por ahora dejo las aulas un rato. He derrochado amor, amigos, he dado todo de mí pero por ahora vuelvo a mi cueva.

sábado, 30 de mayo de 2015

Rituales

Lo que tengo en mi maleta es una maraña de pelo que se enreda con los cepillos. Es un mascón al que no le gustan las coletas. No, no. Es un arbusto que crece sin control. Y sí, es una molestia para una niña de la fila de atrás, ella no puede ver la pizarra porque a mí no me da la gana ponerme una diadema. Es que me duelen las orejas, le digo.

Lo que tengo es una palabra espeluznante en boca de un profesor mendigo. Tengo su desdén y lo pisoteo cada vez que puedo (ahora que soy malvada también). Tengo un péinate. Tengo una libreta llena de consignas del buen vestir y  dudas sobre si la higiene personal es algo que me interesa. Lo que tengo es una caja plástica con ganchos, coletas, diademas y cintas que odio usar. Es que me duele la cabeza, les digo. Ellos no me escuchan. 

 Tengo el recuerdo de una niña a la que la cola de lado se le ve espléndida. Y su fleco, divino fleco, causante de mis envidias. Tengo conmigo técnicas de alisado y peinado. Tengo también la habilidad bien cosechada de estirar los rizos. Tengo en un cajoncito el alma frágil de la adolescente que está buscándose y no se halla.

Tengo un cabello que me costó amar. Tengo contradicciones que me duele sortear. Tengo un esperanzador You can touch my hair que me alienta. Y vuelve a mí esto: tengo sangre por la que corre el nombre de mi padre y que se despliega en mi cabello que me hace esto que soy. Tengo el afro de un hombre que me pedía que eligiera sus corbatas.

Tengo una maraña de cabello que me hace esto que soy. Tengo reflexiones de identidad. Tengo cientos de maneras de acogerme a la felicidad, a la tenacidad... Tengo mil perdones para mí misma, miles de maneras de sobreponerme al fracaso, al desamor, al desaliento, al arrepentimiento.

Tengo rituales (de paso, afirmación...) y en cada uno de ellos la sacerdotisa es mi madre. He vuelto a hacerlo, caen cabellos y mi madre se ríe de placer en cada chas chas. Ella ha vuelto a hacerlo: en cada ritual su tijera, esa que también corta dedos, pasa por mi melena y me devuelve el norte. 

Ahora lo que tengo es el camino despejado y la cabeza liviana.




sábado, 21 de marzo de 2015

Las palabras duelen

Ayer por la tarde invité a mi hermanito a la clase que imparto en una universidad. Se trata de una de esas materias optativas para Ciencias Económicas. Cuando se lo propuse, él me contestó que con gusto, que quería pasar tiempo conmigo y me preguntó si los chicos de la clase lo iban a molestar. Le dije que no y me creyó. Cuando llegamos al salón, le pedí que se sentara al final para que no distrajera la clase. Ese quizá fue un grave error.

 Empecé mi clase sobre estructuras del texto, que la oración temática y esas cosas que importan poco hasta que toca escribir un informe o una carta formal. Hacíamos un ejercicio y yo me paseaba entre la clase y cuando llegué al final del salón me encontré con mi hermanito, de tan solo diez años, y estaba lleno de lágrimas y furia. Me dijo: Ese de ahí adelante me dijo “culero”. 

¿Pero qué pasaba? Me acerqué al estudiante en cuestión y le pregunté en secreto. Naturalmente negó todo. Volví a mi hermano y le dije que quizá se había confundido y sentenció: No, yo no me confundo, me dijo “culero”. Sin saber mucho qué hacer, le pedí a mi hermano que se pasara a otro pupitre más lejano. Más tarde, en otra parte del ejercicio, el muchacho supuesto ofensor se salió del salón. Yo aproveché y les pregunté a las compañeras de él. Naturalmente dijeron que no, que no le había dicho nada al niño. Esto es raro, me dije. 

 Cuando finalizó la clase, el estudiante volvió y mientras los demás despejaban el salón este se me acercó. Que no le había dicho nada al niño y blablablá. Como yo no tenía todos los datos, le dije que solo me aseguraba y etcétera. Cuando este se fue, mi hermanito, que me miraba desde la grada más alta del salón, bajó y me dijo que “Ese bien sabía lo que había hecho y que por eso se había salido a media clase”. Volví a preguntarle todo, le dije que quizá se había confundido. Él sentenció de nuevo: “Yo bien lo oí” y me explicó con claridad: “Le preguntó a sus compañeras que Quién era ese culero, o sea, yo”. 

 Fue ahí cuando todo cobró sentido para mí. Yo no podía procesar que el estudiante le dijera directamente a mi hermanito “Sos un culero”. La oración interrogativa “¿Quién es ese culero?” sí. Ese tipo de preguntas estúpidas sí pueden ser construidas por estas personas a las que yo creo estar inculcando algo.

 ¿Pero qué pasaba por la cabeza de ese muchacho supuestamente un adulto? ¿Acaso no hemos estudiado ya el registro lingüístico y este nos dice que debemos adecuarnos a las circunstancias? ¿Por qué este estudiante decidió ser tan cruel con una persona tan inocente? ¿Cómo voy a decirle yo de nuevo a mi niño que la universidad es algo bueno? ¿Cómo va a creerme de nuevo si yo le había prometido protegerlo? ¿Por qué hacer un comentario tan estúpido y falto de madurez? ¿Acaso ese niño de diez años no se merecía más respeto?

 Desde ese momento la furia ha recorrido mi piel, mi sangre y todo mi ser. Este hecho es inaceptable. Por eso hago esta denuncia pública. Porque todos deberíamos ser más conscientes del poder de las palabras. Todos deberíamos entender que no se puede decir cualquier cosa a lo loco.

 Lo pienso y no entiendo qué pasó. Ese estudiante debería reivindicarse. Él, ese muchacho que no pensó, debería disculparse, debería escribir una disculpa formal, por escrito preferentemente porque es la materia que imparto. Sí, debe disculparse porque el respeto es vital para el crecimiento humano. Porque no se vale dañar a alguien y dejar abierta esa herida. 

 Volver a casa fue difícil ese día. Tuve que hacer toda serie de malabares para que la ofensa de una persona desconocida no calara en el alma de un niño que justo ese día habían escrito en su diario pedagógico: Guarda respeto y es solidario. Se notan sus valores y vive la salesianidad en el centro educativo. 

 Las palabras duelen.