miércoles, 30 de enero de 2013

Calles de piedra

Es de tarde y hace calor. Me bajo de un ruidoso autobús y camino rápido para alcanzar la acera. Pienso en que ojalá un día alguien compre ese terreno baldío que está frente a la quebrada. Pienso, mientras atravieso esos cuarenta metros de camino de tierra, piedra y hierba seca, en que ojalá una empresa arregle esa (maldita) calle que me incomoda pasar. Me digo: deben arreglar el camino. Si es una calle "comercial" debería estar bien. ¿A quién le toca arreglar ese pedazo de tierra, volverlo asfalto, adoquín o cemento? ¿Por qué nadie ha hecho nada? ¿Por qué tanto abandono?

La calle tiene desniveles provocados por las piedras grandes que sobresalen entre ese fino y blanquecino polvo. Es como un pequeño abismo entre límites de asfalto y cemento. Es una tierra antigua que quizá tardó miles de años en llegar a ser eso que se pega en mis zapatos y sacudo con algo de rabia.

Las piedras que sobresalen del camino no me dejan correr. Toda mi atención se centra en ellas, mi cuerpo está alerta a los pasos que doy. No son piedras redondas, son de esas puntiagudas que se incrustan en las sandalias, tenis y tacones. Son negras, grises profundo, son pedazos de casa que fueron a parar ahí no sé cómo.

De pronto la voz de mi madre se asoma y la escucho. Cuenta historias de cuando volver vivo de San Salvador era tocar la gloria. Recuerdo su risa fácil y la imagen de un hombre flaco de cabello afro que la deja ir en un bus, mientras él toma el otro porque viven lejos. Pienso en ellos dos, los que años más tarde serán mis padres. Recuerdo cómo ella me cuenta que de noche, sin luz, atravesaba calles de piedra, y a veces bajo grandes correntadas. Pienso en cómo se siente pisar las veredas, las piedras, el lodo, centro mi mirada interior en sus puntiagudos tacones, en sus sandalias a gogó, en sus faldas plisadas. Mi madre corriendo en el camino de piedra para llegar a casa; y que por lo menos en ese ayer nunca la alcanzó una ráfaga de balas.

El mostacho de mi padre baila ante mí, me cuenta cómo cortaban allá, cómo es caminar entre la tierra y que las pestañas le queden a uno blancas después de que ha pasado un camión que lleva sacos de café. Y están él y Adán Pineda, el jockey, el abuelo que se acaba de morir, están entre la tierra y solo se apartan mientras unos hombres chabacanes los ven envolverse en una inmensa nube de polvo.

Catalina mueve sus cortas y ágiles piernas. Sobre la cabeza lleva un cesto inmenso en el que logro distinguir pipianes, güisquiles, guineos y ejotes. La voz de mi madre de nuevo me dice cómo la Catalina, mi abuela, subía y bajaba calles empedradas, cómo las sandalias se le llenaban de ese polvo que me sacudo con un puchero estúpido. Pienso en que Nerón y Chispas duermen ahí, en que se estiran en la tierra y la rascan cuando tienen calor. Veo sus patas llenas de lodo, nunca se quejan.

¡Ay, Catalina! ¡Ay, madrecita! ¡Cuánto polvo en sus pies!

Cuando llego a mi oficina el pulcrísimo piso de cerámica me cega. Es tan pulido que puedo ver cómo el sol se refleja y rebota en mi cara. Subo mi mano como queriendo evitarlo. Los arquitectos que rondan esos pasillos han dicho innumerables veces que quizá fue la tontería más grande del diseño. ¿Cerámica en un piso exterior que se inunda cuando llueve? (Yo temo quedar parapléjica si algún día me caigo en ese pasillo en el que jamás hay polvo.)

Cuando regrese a casa volveré a pasar sobre esa calle. Quizá me queje de nuevo, quizá mi conciencia piense en que es mejor que ese pedazo de tierra siga así, ancestral. Talvez piense en que me recuerda de dónde vengo, un manera minúscula de recordar cómo las mujeres de mi familia caminaban antes, cuando había que tener cuidado, cuando las piedras asomaban.

Hoy que todo está tan fuera de sí... No lo sé, quizá cuando finalmente reparen ese pedazo de calle me olvide de todo este razonamiento. Quizá intente traer a mi memoria cómo era antes. Porque cuando erigen un nuevo edificio mis perezosas conexiones mentales son incapaces de recordar el antes. Me falta memoria. Pero por hoy padeceré las piedras. Sí, está bien que sigan ahí, incomodándome.

jueves, 24 de enero de 2013

Carta para los (no) olvidados

Chicos, chicas y usted también: Van a saber perdonarme, pero estos días turbulentos me han dejado con el cabello enmarañado, así que por eso no les había podido escribir.
Pero como ya hallé peine de dientes gruesos, de a poco voy ordenando las ideas.

Ciertamente debo admitir que hecho en falta vuestras risas y comentarios traviesos. A menudo me encuentro a mí misma sonriéndome, riéndome, pensando en tanta chabacanería compartida. Quizá la soledad ahora se viste de papeles y correos electrónicos administrativos y otras cosas inmundas que nos han ensuciado el alma.

Quiero decirles hoy que los llevo acá, en la retina, en la piel también. Y parece que me estoy despidiendo, pero quizá es el tono más preciso, así como el del  Zorro, cuando le dijo al Principito que lo domesticara, quizá con una esperanza para quedarse jugando juntos.

Hoy diré que no los he olvidado.
No he olvidado los besos de medianoche, tampoco esas risas locas y la cerveza en la boca. Tampoco me he podido deshacer de sus palabras amables, ni de sus dulcísimos correctivos. Quisiera deshacerme de sus críticas mordaces y meterlas en un bote, pero no, me sé altanera y por eso les puse una tachuela y las colgué en mi frente. Quisiera que volvieran sus voces y me leyeran aquel poema de Borges, o quizá ese abrazo que me quebrantó el alma.

Quisiera que lo lejos no fuera tan lejos y que las aerolíneas regalaran boletos, y que en la maleta me cupiera todo el queso que pudieran comer. Que Chorrillos esté acá cerca para comerme un cebiche de nuevo. Y que la revista no cierre las puertas y me dejen entrar de nuevo para ver cómo hacen los grandes que escriben con pluma azul. También quisiera que aquellas calles tuvieran nombre para poder caminar tranquila, y volver, volver a pie, y no preguntar si estoy perdida.

Y los negros, quiero que los negros vuelvan con el retumbayá y que improvisen de nuevo un baile loco. Que la cena que hicimos en medio de la niebla se repitiera mañana. O que mi alma te agradeciera de nuevo por leerle sus bemoles. O que las paredes no fueran tan altas y pudieras mirar cómo riego las plantas de este mi jardín chiquitito. Que el carruaje del museo me llevara hasta tu casa y que los azulejos árabes estuvieran en tu cocina, y que tu risa se quede conmigo, Lucy, y que cuando movás tu cabeza los aretes bailen con vos.

Que la noche no se apague en el bar de la calle de las pizzas. Que nos den las cuatro de la mañana hablándonos, mirándonos, riéndonos de que lo lejos en verdad no es tan lejos. Ciertamente debo admitir que hecho en falta vuestra presencia.


PD: Eso pasa cuando uno va allá y deja el alma en otro país.


miércoles, 2 de enero de 2013

Ciclos

A mí eso de poner finales me abruma un poco. Me gusta pensar que hay una continuidad, que avanzo. Cerrar ciclos me hace pensar en que las experiencias son como bolitas de plástico y que dentro hay agua y más juguetes, quizá un pescadito azul, verde o amarillo, quizá otra bolita con una batería que al botarla se enciende y navega dentro de esa otra esfera plástica. No me gusta acumular bolitas y solo mirarlas por dentro porque a mí de lo que me dan ganas es de sacarles todos los juguetes y jugar con ellos.

Quiero dejar de pensar en ciclos, quizá deba inventarme una nueva palabra para decir que avanzo, que traigo conmigo todo lo que he hecho estos últimos años, meses, días, horas, minutos y blablablá. No me gusta echar atrás lo que me gusta o no me gusta. Quiero pensar en que son un mosaico que está ahí conmigo, siempre.

No quiero pensar en que hoy, que es mi día laboral uno del 2013, reflexionaré con ahínco en que ya casi es hora de preparar las clases. No quiero hacer las cosas que hago cuando doy clases en la universidad  y tampoco quiero sentarme a mirar mi agenda y presumir que este año haré mejor mis tareas porque soy mejor persona, porque en fin de año reflexioné mucho y ya no cometeré los mismos errores. O quizá me vuelva más eficiente, más... yo que sé. A mí lo que me gusta es echarme cada tanto, cada vez que mi cuerpo y mente me piden que me eche en la hamaca y me ponga a renovar mi vida porque este ser mío así lo pide.

Sí, una deja cosas y Nomienta lo sabe. Aunque a mí dejar o traer no me preocupa tanto. Quisiera saltarme los calendarios y recordar todo y a todos sin tener que buscar fecha. Sin embargo las fechas son importantes, nos marcan, nos dan coordenadas; y me gusta pensar que cada tanto, por ejemplo, mi chico llenará la casa de flores para celebrar que nos gusta ser así: insoportablemente felices. Sí, es un poco complicado.

Procuro construir una especie de tratado sobre cómo no celebraré que cierra un año o un ciclo, o varios siglos porque toda la vida he estado afanada con el tiempo. El tiempo lo inventamos, dice Teresa, y quiero creerle (minuto 42:20). Ahora que estoy en medio de este mi tiempo tan extraño en que me siento feliz conmigo lo que en verdad quisiera celebrar es cuando entrego mi alma a las letras, las infinitas páginas nuevas de Word, la impresión de ejemplares que otros tantos leerán y dirán si les gusta, o quizá gritar voces ajenas que luego serán mías en medio de toda la hipérbole que pueda construir. Y los aplausos, que las luces se llenen de aplausos.

A mí los ciclos no sé..., hay que inventarse otra palabra. Y mientras tanto, vámonos a un concierto:  There´s a zombie in your lawn.


* La imagen fue tomada de este sitio