lunes, 29 de marzo de 2010

Tengo celos*

Hay comportamientos extraños en este mundo. Tan extraños que a todos nos atacan. A ver, veamos este circo como lo amerita, como un espectáculo. O veámoslo como un experimento, un laboratorio... Eso, un laboratorio.

Susodichos en cuestión:

Chica: De características comunes, carácter indómito. Le gusta ir donde le da la gana y si ya no quiere ir más a un taller, por ejemplo, pues ya no va y manda todo a la mierda. Fin.

Extraño 1: Hombre mayor, no tan viejo, con familia, y digamos hipotéticamente es un... algo así como un profesor...no, facilitador, o de los que dicen que enseñan y pues sí, pero de todos modos no.

Compadre 2: Amigo y compañero de chica en tareas e investigaciones etnográficas en una mezquita musulmana, alero en el sacrosanto estudio de Maquiavelo. Amigo lo que se dice amigo, no pa'más... jodarria brava estudiantil.

Demás público que observa: Gente respetuosa, mujeres, hombres, extraños que les gusta la comidilla.


Experimentemos:

Chica tiene meses de no parlar con Compadre 2 y están en el lobby de un evento y se la pasan de lo más divertido rememorando, hablando de cosas serias, desentrañando la vida porque a pesar del tiempo y la distancia (Compadre 2 anduvo en las europas largo rato), siempre se han llevado relax. Extraño 1 los observa. Y al cabo de unos minutos, Extraño 1 ve venir a Chica y le pregunta frente a Demás público que observa que qué taaaaal con Compadre 2, que se llevan muuuuuy bien.
Chica nota la extrañeza y la mala vibra, dice frente a Demás público que observa que jamás, que no se tiene nada con Compadre 2 porque sería como incesto o algo así de feo. Además, a Chica ni se le ocurre semejante pendejada.
Extraño 1 no le hace caso a lo que Chica dice e insiste que nadie sabe lo que puede pasar. Son segundos extraños y hostiles. Demás público que observa se suma a la mala leche de Extraño 1. Chica sonríe y se va.
Se despide de Compadre 2 y para rematar, todavía se toma fotografías con él, frente a Extraño 1 y Demás público que observa.
Piensa Chica: ¡Jodete, hijodeputa, este es mi pana, ¡y qué!


*PD: A Chica no le gustan los celos, y menos de un fulano que nada tiene que ver con ella.

sábado, 20 de marzo de 2010

Canta, negrito




Marco Esqueche tiene la sonrisa fácil y el acento amiguero. Lleva varios años en su matata, en su cajón, en su djembé. Es imposible no enamorarse de sus achocolatadas mejillas. Es imposible no admirarlo cuando baila y toca el cajón.

Marco es estricto, disciplinado también. Apasionado.

Con sus palabras abiertas procura que la vena negra nos entre por los pies abrazados a la tierra, con los meñiques desnudos y asustados. Aquí reside la vida, dice. Aquí... Y el meneadito va marcado por ritmos ancestrales y viajeros. Es su taller de ritmo afro. Hoy todos venimos de África. Somos del África.

Teñido de historia, Marco nos envuelve en carnicerías, abusos, llanto, tristeza, melancolía. Su tuntuctún cajonero es el río de sangre de sus ancestros. Su rataplán es la rebelión. Mis manos levantadas al cielo, imitándolo, son la libertad floreciente.

Marco Esqueche lucha contra el racismo.
Todos somos la tierra, todos somos bestiales.

Con su sonrisa blanca me advierte en medio de la danza: "¡Negra, no te quedés, aquí hay sabor!"

Afortunadamente hoy también soy negra.

(21 de marzo, Día Internacional contra el Racismo y la Xenofobia)

video

Video tomado por su servidora. Lima, mayo de 2009, Centro Cultural de España

Hablan los hermanos

Él: (frente a la computadora y muy emocionado) soy a la antigua, yo copio clases.

Ella: (con pereza le canta) "Yo soy de esos amantes a la antigua/ que suelen todavía mandar flores..."

Él: (risas) Ah, yo hace años que no estoy en esas de mandar flores... Pero puesí, lo que te decía, mis compañeros se regodean de no copiarlas, dicen que para eso están los folletos, van y firman que fueron, y solo eso...

Ella: La mayoría de trucos te los explican en clase, y no en los folletos... A mí me gustan de esas que parecen de muertos...

Él: (Interrumpe con asombro) ¡Puya!

Ella: ...como las margaritas... Qué chivo (bueno, bonito) que copiés las clases...

Él: Bien fácil para estudiar.

Ella: (tristona y algo distraída) A mí nunca me han dado flores...

Él: (con rabia y los ojos desorbitados) ¡Qué hijosdeputa!

*

domingo, 14 de marzo de 2010

Esto no es hablar

Hace días que esa frase resuena, y mucho.

Un día de estos me atacó la peste y le mandé un correo electrónico incoherente y desordenado a un amigo.
Devuelta dijo que no había entendido nada, pero que sí entendía mi tristeza y melancolía.
Le contesté con otro correo que casi todo estaba bien, solo que tenía muchas ganas de hablar con él.
Respondió: Bueno, "esto" no es hablar.

Y fue fulminante.

*

jueves, 11 de marzo de 2010

Las (hermosas) malas palabras

Estábamos en estudiando a Maquiavelo, hacía tres o cuatro días que nadie dormía porque también leíamos unos tres folletos diarios, algunos trabajábamos y estudiábamos, y demás.
La catedrática nos miró como quien ve un ejército caído. No le dimos lástima, a pesar de que yacíamos sobre las mesas. Con su peculiar tono déspota y medio arrabalero, nos gritó: ¡Ustedes no jodan, todos estamos cansados!
Estábamos acostumbrados a ese trato que nunca rayó en la falta de respeto. Nos gustaba así, medio soez.

Muchos de los pilares de mi vida usaron palabrotas para expresarse. Jamás me incomodó.
Una vez, cuenta la leyenda, mi papá estaba en medio de un partido de fútbol, e iba perdiendo el Alianza. Todos los aficionados blancos le gritaban al árbitro que era un vendido, la contracción de hijo+de+prostituta, el superlativo de cero+grande (futura contracción, supongo) y demás adjetivos floridos.
Mi papá era desbocado en el fútbol, dejaba ahí su alma, así que también formaba fila en los que insultaban casi como energúmenos al árbitro.
Una señora que estaba en las gradas de abajo trató de ser graciosa: le dijo a mi papá que que se calmara, que no gritara tanto porque se podía morir de un paro. Mi viejo, interrumpido en su cenit por la intrusa, le gritó un espectacular ¡Cállese, vieja puta! (Y cada vez que lo cuento se divierte la gente.)

Digo palabrotas desde chica, a nadie le gustaron. Ni a mi madre, ni a mis compañeras y menos a las profesoras del colegio de monjas en el que crecí. No es que de diez que diga nueve son expresiones soeces, sin embargo, disfruto adjetivar a tipos merecidos con palabras vulgares que denoten una fuerza semántica tan poderosa y así descargar toda la fuerza e ira (tristeza, llanto, alegría) en esa expresión.

Jamás es lo mismo decir este tipo es una montaña de excremento de vaca a que digamos este tipo es una mierda. Sostengo que además es una metáfora, por muy vil que sea el susodicho (macho o hembra) jamás llegará al nivel de defecación animal.

¡Huy, qué vulgar! ¿Y así escribe?
Ay, puro mecánico de taller... cobradora de buses...

He escuchado varias expresiones moralistas al respecto. No sigo la moral a la hora de hablar, sigo la adecuación. Claro que podemos usar palabras soeces. ¡Por supuesto que sí!

Hagamos terapia. En un día que se sienta muy miserable, vaya a un estadio, por ejemplo -eso si no tiene un desierto o campo de golf a la vuelta de su casa-, y grite que la vida es una mierda, que su jefe es pendejo, que todas las mujeres son putas. Lo que sea.
Verá que regresa renovado.

Ahora pruebe esto otro: su día fue de la patada, todo sale mal, descargue su ira y grite: ¡Rayos y centellas! ¡Recórcholis! ¡Ay, caramba!
Comprobará usted (o eso espero) que la carga emocional de estas expresiones son fútiles comparadas con las antes mencionadas.

Las palabras soeces no tienen parangón.

Un día estábamos en la cocina con mi hermano, lo veía cocinar, y en alusión a un primo adolescente él contaba que no era correcto, que como le iba a decir así a sus compañeros y blablá. Claro que tenía razón.
Su tesis iba en que la gente decente no dice malas palabras, que él podía tener muy en alto a una mujer lista, bonita, talentosa, pero que si decía malas palabras eso la ponía por el suelo. Era una arrastrada.
¡O sea que yo soy una arrastrada!, lo interrumpí. Luego sonreí burlona, muy burlona.
Mi hermano se recuperó en la frase que no había terminado y se disculpó: pero es que vos ya sos grande, ya trabajás, y no las decís aquí en la casa...

Defiendo fervientemente la utilización adecuada (adecuación: uso preciso del lenguaje en tiempo, espacio y público) de las hermosas malas palabras.

Malas palabras les dicen. ¡Imagínense!, como si ellas hicieran crecer las estadísticas de 16 muertos diarios en mi país. Si la gente las usara con más propiedad en vez de meterse una pistola por el culo, quizá habría menos muertos.

Sin ellas ya rodarían muchas más cabezas.
*

viernes, 5 de marzo de 2010

Alberto

Recuerdo que la primera vez que lo vi usaba una camisa a cuadros. Tenía el cabello negro, envaselinado y al estilo de los imitadores de Andy, de los menudos. Esa música sonaba por aquella época. Él no los escuchaba, porque a Alberto siempre le gustó Madonna.
También le gustaba cambiarse de uniforme cada quince días, ese año en el que se graduaría cambió al menos tres veces de insignia. Nunca supe si realmente era un genio indómito o si solo era capricho suyo.

Venía de Cuscatlán, y vivía con su hermana y su madre en el pueblo en el que dicen que se apareció la Virgen, cerca del cerro de las Pavas. Venía cada lunes a las reuniones, y a veces, bien a veces, se sentaba a mi lado.

A mí Alberto siempre me puso nerviosa porque tenía más carácter que yo, porque era mayor, porque siempre parecía tener la vida resuelta. Me encantaba por eso.

En aquellos días era una niña demasiado adulta y una muchachita demasiado niña. Ni chicha ni limonada, como decimos por acá. Con mis amigos jugábamos a ser grandes, a disfrutar de la desvergüenza y la juventud. Éramos chicos sanos que iban a la iglesia y cantaban himnos religiosos.

Una vez, cuando el gusto nos iba curtiendo, Alberto me pidió que fuéramos al parqueo, ese que quedaba después de unas habitaciones oscuras y un pasillo tenebroso, del otro lado de la casa. Un parqueo que parecía que tenía pedazos de rieles, que olía a oscuridad y que era la guarida de Alberto en la que se besuquiaba con otras chiquillas fáciles. Eso no lo sabía, lo imaginé años más tarde.

Desconfié de esa invitación deliciosa. Desconfié de Alberto y sus dedos largos, hábiles. Desconfié de mí y puse en sospecha el gusto de él. Era una tonta que no se daba cuenta que él quería besarme. Ahora se dice fácil, antes no lo fue. Había en mí mucha torpeza qué sacudir, y creo que aún quedan remanentes.

Esa vez Alberto no me besó.

Días más tarde volvimos a hallarnos en la iglesia, después de muchos martes juntos y viernes distantes. Y un martes de mayo, después de las alabanzas, me fui con Alberto a las oficinas que estaban solitarias. Contamos chistes, hablamos poco, estábamos nerviosos. Forcejeamos un minuto y me plantó un beso infantil, húmedo, sobre mis labios que eran de papel.

Era la primera vez que me besaban y no tenía ni la más remota idea de qué se hacía en esos momentos. Solo sabía que ese beso sabía a gloria, a certeza de ser buscada, a ese no sé qué pasará ahora.

Al año siguiente Alberto trabajó en una empresa de telecomunicaciones, y no lo vi. Al siguiente año después de ese lo hallé cerca de la basílica de Guadalupe. Se bajó del autobús para saludarme, me besó la mejilla.

Meses más tarde coincidimos en una asamblea, y un sábado en la madrugada me preguntó si quería empatarme con él. Fui idiota. Le dije que solo éramos amigos.

Lo demás que nos pasó se resume en ausencias, llamadas telefónicas escuálidas, negaciones en auricular, a más ausencias en casa de su madre, en noches oscuras escribiendo su nombre, a mi futuro progresando, a no olvidar sus seis letras (porque a Alberto nunca lo llamé así, sino que Ronald).
Nuestra historia sabía a mi primer triunfo en mi clase de redacción, cuando la conté por primera vez, esa ocasión en la que mi maestro dijo: "va adquiriendo sentido narrativo".

Hoy recuerdo que quise mandarle a hacer una esclava y que grabaran "Lazo" sobre el metal. No tuve dinero. Que le compré una postal con su nombre y nunca se la di. Fui cobarde (aún la conservo en mi cartera). Que quise cenar con él. No contestó el teléfono.

Hoy es también un viernes ausente, y me conforta que Alberto también me quiso, muy tarde, pero me quiso. Y solo recuerdo ese su último "muaaak" en un mensaje de texto cuando yo le dije que estaba triste.

Para variar, no contesta más llamadas.

Alberto lleva varios años muerto.

*

lunes, 1 de marzo de 2010

Gozar

SAM: Gozar. Déjenme decirles algo acerca del goce verdadero. El gozo llega cuando uno logra lo que se había propuesto lograr, cuando sabes exactamente qué es lo que deseas lograr. Cuando tienes opiniones, criterios formados, un sentido de la historia, un marco cultural definido, para que en cualquier lugar, en cualquier momento, sepas muy bien de qué diablos se está hablando... Cuando todo dentro de ti está en paz, y es dulce y es inocente y todas tus partes encajan a la perfección, cuando te amas a ti misma, ¡por Dios!, y no al marido de tu mejor amiga. ¡Déjame decirte! se goza cuando la conciencia está tranquila, transparente, y te sientes cómoda contigo misma. Cuando te puedes mirar al espejo cada mañana y decirte "buenos días", en lugar de querer vomitar (¡Arrghhh!). Necesito otro whisky.


Tomado de "La amante", de Arnold Wesker. "Seis obras para una sola actriz", pág 144. 1997.