domingo, 27 de mayo de 2012

Hoy cumple años Ronald

Lo del titular es una mentira. Hoy no cumple años Ronald. Es en pasado: cumplía. O sea que ya no. Ronald fue mi amor obsesivo adolescente. Porque todos alguna vez hemos sido estúpidos y nos hemos enamorado de alguien que no nos quiere.

Lo de Ronald y yo era una cosa enfermiza como suelen ser las relaciones de quinceañeros. Yo lo amo, él me odia, y cuando yo lo odio porque no me ama, él me ama porque lo odio. Bellísimo. He ahí la complejidad humana... y la falta de inteligencia. Lo bueno es que una con los años capitaliza males ajenos y sufre un poquitín menos. (A veces, a veces.)

Les cuento lo de este chico porque a él la vida se le fue un instante. A Ronald lo mataron. Ahí iba saliendo de la universidad. Le quitaron el celuluar (y esto es imaginación mía: y el muy tarado se resistió y le pegaron un tiro). Así murió Ronald: ladrón pide dinero, Ron se niega, Ladrón pide teléfono y Ron también se niega. Toma Pum Pum. El celu es mío, imbécil.

Dicen que fue domingo. A mí Rocío me dijo en un lunes que ya estaba muerto, que la vela era hoy, digo, ese lunes veintitantos de febrero de hace seis años. Del periódico no me dieron permiso de irme para mirar la caja. Y tampoco he ido a buscarlo al panteón. Hacía años que Ronald y yo no nos veíamos cuando me enteré que estaba palmado. No lloré mucho, quizá lo suficiente. Quizá como el infeliz me había hecho sufrir yo ya había llorado mi cuota. No sé.

Recuerdo hoy a Ronald porque me dio mi primer beso de papel. Porque me tomó de la mano y porque contando su historia en mi clase de Redacción por fin me gané un comentario soñado: va adquiriendo sentido narrativo, me dijo don Paco. Recuerdo hoy a Ronald porque él también fue mi adolescencia, porque también escribió mi nombre y en mis ilusiones infantiles empecé a quererlo mientras le escribía cartas y poemas horribles.

Las testigos ahora viven lejos, cerca y otras cuantas todavía me restriegan en la cara lo tonta que fui. No me da pena (o eso quiero creer). La vida en el colegio se me fue tatuando el nombre de ese chico en mis cuadernos, libretas y diarios. El tiempo ha pasado. Lo sentimos. 

Si la eternidad existe, quiero que Ronald sepa que todavía pronuncio su nombre, que mi yo infantil aún se sonroja al enumerar las estupideces que hice por su causa, que le tengo buen recuerdo. Quiero que sepa que hoy, que cumpliría 30 años, yo (con mi vida hecha, con mi voz inútil para gritar)... yo, mientras el hombre que amo sigue dormido en el otro cuarto... yo le hubiera llamado a él por teléfono, desde el patio le habría cantado un terrible Feliz cumpleaños, lo hubiera felicitado y él, con su risa suelta, con su orgullo pueblerino, con su aire de don Juan, me hubiera dicho: Gracias, bicha, gracias.

Feliz cumpleaños, amigo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Breve queja sobre cómo nos robaron la tranquilidad

Hoy echaré veneno. Ayer llamé a mi hermano para saludarlo y me dijo que algo había pasado en la casa. Me preocupé un poco, pero me dijo que mamá me contaría. Ayer, día de las madres.
Hoy llegué a casa para almorzar con mi vieja, encontré a todas sus amigas ahí y no tuve más remedio que comprar un pastel comunal para que todas picaran. ¡Felices las doñas! Pero cuando la mayoría desapareció, mi madre y la niña Rosita (amiga eterna de la familia) me contaron que se habían metido a robar a la casa.

-Dejaron todo tirado...
-Buscaban dinero y joyas...
-Se llevaron las dos computadoras...
-Y el bolsón del niño...
(¿El de chucho?, pregunté)
-Mateo lloraba por su computadora... su bolsón
-Se metieron por el techo...
-Levantaron el techo...
-Dejaron una gran cagada ahí en el tendedero...
-Menos mal no mataron al chucho...
-Yo, hija, no he podido dormir...

Contra toda racionalidad, diré lo que me hierve por dentro: este país es una mierda. Una mierda bien hecha a pulso. Porque vaya, hay que estar contentos que no mataron a mi vieja, ni a mi enano. Sí, niña, si solo son cosas, te comprás otras. A la fulana le mataron al marido... A mí siempre se me han metido los mañosos.

¿Por qué putas tiene que pasar esto?

Digo, yo estoy acostumbradísima a tener miedo en todos lados. Viajo en bus y cualquier hijueputa me puede quitar algo, mi estúpido teléfono móvil, o qué se yo. Estoy acostumbrada a tener miedo. Ahora, el asunto es que entraron a la casa de mi vieja, ahí donde yo crecí. ¿Cómo diablos voy a estar tranquila si es el sitio, el único, que considero seguro? El templo que mi papá nos dejó.

Ahora, un cabrón, seguramente drogadicto, se metió a llevarse los instrumentos de educación y de trabajo de mis hermanos. Mi bro mayor ahí hizo su ingeniería y su postgrado en Educación Digital, mi enano ahí estaba aprendiendo inglés y jugaba plantas versus zombies, y hablando en serio, esas cosas se pueden recuperar, pero la tranquilidad no.

Han entrado a tu casa, ahora ese hijueputa sabe qué tenés ahí dentro, vio tus fotos, paseó en tu piso, se cagó en tu tendedero, seguramente tocó a tu perro, tocó ropa, lanzó libros... ¡El hijueputa estuvo ahí! Su maldita presencia se mueve por el mismo sitio en el que se supone que debemos sentirnos seguros...

Este país es una mierda. (Peores cosas le han pasado a otras personas, van a decir. Sí, lo sé. Pero no está bien que pase.)

A nosotros tan solo nos robaron unas pc y la tranquilidad, nada de qué preocuparse, nada que esta maldita sociedad clasista no resista, porque ahora toca enhuevarse con los ricachones de los bancos, pagar intereses altísimos, y todo para zamparle un cachimbo de hierro al techo, la entrada, la otra entrada, alambre razor, cambiar techo, ponerle candado a la verja, jamás abrir la puerta...

Por supuesto llegó la Policía y seguramente los malnacidos ladrones son amigos de estos, es de esperarse. Esta es tierra de nadie. Uno trabaja para que otro se lleve todo.

Cuando Mateo volvió del cole se quedó en la puerta y se puso a llorar. Le dije que estuviera tranquilo, (mentí) que nadie nos iba a robar la paz, que él iba ayudar a medir en el techo para la seguridad, le dije que cuando eso estuviera listo, yo iba a llevarle su computadora. (Me toca comprar una a plazos, porque no nono, yo no tengo para pagar cash) El enano medio lloró, medio sonrió. De su billetera le dio unos centavos a mi mamá para la compra del hierro... ¡Mierda!, pensé.

Vivimos así. No nos mataron. Contentémonos con eso.


miércoles, 9 de mayo de 2012

2 + 4.5 (Suma de ausencias)

Con la novedad de que la 42 C que tomo desde el estadio Cuscatlán venía semivacía, digo, que por fin vine sentada, pensaba en que hoy es el segundo aniversario de Don Paco. Pensaba en que si me quedaba y avisaba al trabajo que tenía ese evento (ya luego resolvería la marcación). Mis pensamientos se metían entre cómo iban a celebrar hoy y blablablá. Fuera de cualquier pose lastimera (porque hay personas que les gusta sentirse salsa con eso), quizá la mayoría de los que estuvimos en la clase de Don Paco lo extrañamos.

Ahora bien, se le revuelve a uno el alma y sí, es bueno decir "Era magnífica persona...", "Grande el maestro..." y etcétera. Pero pensándolo bien, por qué extrañamos. ¿Por qué cada traslación volvemos a la misma fecha y celebramos novenarios?  Me puse a pensar en eso, en Don Paco (ya dos años sin él), en mi viejo (cuatro y medio sin su mano acariciándome la cabeza o echándome las cobijas a la hora de dormir), pensaba en la gente que he amado y que ya no está.

Hoy, con el recuerdo de Don Paco, sumo ausencias. Don Paco y mi padre, tan lejos.

Dicen las canciones románticas baratas que el tiempo lo cura todo. Pero no es cierto. Yo cada día que pasa extraño a mi padre. Lo extraño (y es lo que me puse a pensar) porque me enseñó cosas. Porque me dio una vida, porque dibujó señales en mi pasado, mi presente y yo las reproduzco para aparezcan en todo mi futuro. A mí mi viejo me dijo que eso de faltar al trabajo era pura holgazanería, y yo por eso hoy no pedí permiso para ir a lo de Don Paco. En mi cabeza resonaba: "Mama, hay que ser responsable. Es el trabajo. Además, tenés un chachimbo de cosas qué hacer, te vas a atrasar".

Mi pepe Grillo tenía la cabeza morocha y un mostacho hermosote. Y lo extraño, porque hay días en que no sé qué diablos hacer, porque hay decisiones que ahora debo tomar sola, porque su infinita paciencia me dejó un gran vacío.

A Don Paco lo extrañamos muchos y es la maravilla de haber conocido a alguien como él. Tan dado a la comunidad. Cada uno tiene su agujerito. Por lo pronto, yo comento el mío.

A Don Paco lo extraño porque con él descubrí que escribir era lo mío, que estar entre las letras es mi vida. Lo extraño porque no sé en quién confiar para saber cuánto he avanzado en mis cuentos o en mis relatos, porque a veces necesito ese halo paternal que me diga que debo leer equis libro. Lo echo de menos porque me decía cuándo debía mejorar, me decía en qué estaba fallando.

Su ausencia es brutal porque en los días que mi padre no estuvo, él fue un balsamito que curó mi humanidad maltratada (la historia de cuando quería renunciar de ese horrendo trabajo y él me dijo: "Su trabajo es muy humilde, tenga paciencia. Eche ahora todo en un saco, ya verá cómo en unos años dará su fruto"). Lo extraño porque quiero volver a escuchar con su voz pastosa, bajo un paraguas negro, que (por fin) mis textos tienen ritmo.

 Hoy es un buen día para pensar y sentir las ausencias. Para sumarlas con el imperativo de que la vida hay que gozarla.
Porque la vida conmigo ha sido querendona: a cambio de esos dos amores idos he sumado dos. Mi suegro, con quien viajamos a los cañales, y su hijo, quien me lee cuentos antes de dormir.

Suma de ausencias. Suma de presencias. La vida también la vivimos cuando recordamos.


Fotografía: Tomada de https://www.facebook.com/MACO.UCA.