sábado, 13 de diciembre de 2014

Y usted... ¿cuándo? (Mi embarazo)

Mi embarazo no duró (ni durará) nueve meses. En realidad ha durado ya 21 años. Porque cuando yo tenía 10 años mi tía que solo me llevaba cinco años, o sea ella tenía quince quedó embarazada. Pero mi embarazo no es el de la acepción 2 de la RAE. Mi embarazo es el del significado 1: impedimento, dificultad, obstáculo.
Durante varios días me han preguntado que ¿cuándo? voy a traer un bastardo el mundo. ¡Un bastardo? Sí, porque la lengua sigue siendo cruel y sigue llamando así a los hijos de las uniones no matrimoniales. Y si la lógica no me falla, aquí hay bastardía que cae como diluvio.

He consultado de nuevo la entrada de mi amiga Loyda Salazar en la que dice que dice: "Si tuviera un dólar por cada vez que alguien me pregunta por qué no tengo hijos aún, probablemente ya tendría ahorrado para pagarme la estadía en el hospital más caro de El Salvador el día del nacimiento de mi primogénito." Hay una presión social increíble para que las mujeres que tenemos pareja estable y una vida comenzada tengamos hijos pero ya. Así, como quien halla un chuchito o un gato en la calle, le pone una manta y pan con leche para que coma. Pero ¿qué razones hay para tener un niño?


Primero, ¿se va a extinguir la especie y por lo tanto su perpetuidad depende de mi útero y un semental? No. ¿Voy a morir de tristeza porque no he podido realizarme como mujer? Vamos, depende del concepto mujer que usted tenga. Y ya hablé de eso en Mujerecitas. Que siempre es bueno tener a alguien en la vejez que le haga compañía. Mire, yo tengo un gato y un montón de libros. Van a pasarme muchas cosas, menos aburrirme. Por último, que no tengo naturaleza de madre. Es un hecho biológico, si tengo bien todos los aparatos más una relación sexual, puedo procrear, pero ser mamá es otra cosa... (Dirán los sociólogos: "una construcción social" y yo secundo con sonoros clap, clap, clap.)


¿Por qué voy  a traer más niños al mundo si en este país cada día un promedio de 70 adolescentes se converten en procreadoras? Eso es que también setenta y tantos hombres (niños y viejos) se convierten en procreadores pero jamás, jamás y jamás en padres. Ese es mi problema. Por eso yo no puedo tener hijos.

Llevo diez años siendo docente para adolescentes/jóvenes y casi siempre al final de la clase les digo: "Que les vaya bien, no se embaracen". Los estudiantes se ríen de lo lindo y me dicen como si yo fuera su cómplice: "Ajá, sí, ya sabe, solo nos cuidamos", y hacen ojos coquetos los bandidos. Y les digo: Sí, cuídense, no procreen... todavía. 

Es que están tan jóvenes, ¿cómo yo le voy a desear a una estudiante brillante (o no) que se ponga a cambiar pañales en vez de leer un libro que le hará entender algo? ¿Cómo yo voy a alentar que alguien que no tiene casa todavía se ponga a tener cría si el espacio en el que nos dearrollamos es vital para el crecimiento sano? ¿Cómo voy a ponerme a tener hijos si no tengo un parque cerca ni para correr por las mañanas? Menos mal que todo el mundo dice que este país va por mal rumbo, que el gobierno no se qué... ¿Y esta gente insulsa que presiona y jode? Sí, hablemos claro: la sociedad, nosotros, jamás nos hacemos cargo de la destrucción. Siempre la culpa la tiene el otro. 

Dice  la Unicef que en El Salvador en 1 de cada 3 casos de embarazo las madres son menores de 15 años de edad y en 2013 se registraron 1,540 embarazos en  adolescentes y niñas, y "que cerca de la mitad de las adolescentes piensa que su pareja tiene justificación en los casos de maltrato físico o psicológico". 

Una niña que no sabe hacer nada es un gran potencial de dejar crecer a esos bastardos y la sociedad muy fácilmente los convierte en escoria, porque las casas están muy caras y la nena no puede salir del chinchorro donde vive..., porque el jefe la acosa y la embaraza de nuevo, porque nadie le dijo a la nena que buscar solo sexo trae graves consecuencias, porque a los nenes nadie les dice que la vida no solo es poner el pene en un agujero que se deje (o no), porque esta (maldita) ciudad no nos deja caminar tranquilos y no nos deja ser ciudadanos... porque...

Celebro a mis amigas que han planificado la llegada de sus hijos, que tienen un trabajo y pueden ofrecer un desarrollo de país cuando educan a sus infantes. Felicito a mis amigos que jamás le pidieron a su mujer que abortara y que están ahí siendo padres maravillosos (y a los que lo intentan mucho.) Celebro los parques, las clases de música y artes marciales, celebro los jardines dentro de las casas y las mascotas que hacen reír a los nenes... Celebro la vida, no la miseria de ser madre/padre precoz.

"Y aquí, a modo de chambre, niña, la vecina, que tiene dos hijas, pues la chiquita, no me va a creer, ahí ya se la panzoniaron... en serio, y ahí anda con cipote, igual de inútil que ella... Es que estos bichos... Y la otra, la mayor, no puesí, yo creo que anda buscando el segundo porque..."

¿Qué clase de mujer enferma e inhumana tengo que ser para embarazarme egoístamente y no atender una emergencia social como esta? Este sitio no necesita más hijos. Este país necesita mamás de verdad y papás responsables. Educación, espacios públicos sanos, desarrollo sostenible... y un montón de cosas más.

Perdone si soy fría, pero no me chingue con que cuándo voy a tener un niño yo si todos los días pido/suplico/imploro/aconsejo que menos niñas y niños tengan los suyos. Sueño con que quizá así terminen el noveno grado y al menos puedan abrir y cerrar puertas de un gran almacén, de esos de familia criolla, como no, y con artículos de lujo que ellos jamás podrán comprar.

Que cuándo voy a tener niños... No jodan, aquí hay más que hacer que follar y preparar pachas. 


sábado, 22 de noviembre de 2014

Las niñas se fueron

Ser niña es difícil. A veces tienes que aguantar ponerte vestidos feos que te dan picazón en la barriga o que tu papá le compre primero una bicicleta a tu hermano y que para conseguir la tuya debas hacer berrinche. O que siempre debas ir peinada al colegio porque a nadie le gusta una niña con el pelo revuelto.

Nacer (ser) niña es una maldición, dijo mi abuela una vez. Me ocupa hoy un recuento cinco casos, de esos que están en los libros y en películas que me gustan. Un chance para repensar este asunto de nacer con vagina.


Caso 1: Los hombres grises te roban el tiempo

Cuando leí Momo, de Michael Ende, entendí que una niña iba a salvar aquel sitio. Una niña heroína, ufff, eso sí que es fuerte. ¿Por qué no tenemos más heroínas? Tenerlas sería hermoso y maravilloso. Lo que me gustó de ese libro es que Momo tiene que luchar contra la desilusión, contra ser adulto, contra esos hombres grises que representan esta horrenda vida moderna que llevamos. Sí, ser heroína... es que es complicado porque no siempre la gente va a aceptar la idea de que una nena puede salvar el mundo... Y enumere la cantidad de héroes masculinos en contraposición de los femeninos.

Caso 2: Quiero tener ojos azules

Pecola era una niña negra que quería tener ojos azules. Eso es lo que narra Toni Morrison en "Blue Eyes". Esta es la triste historia, bellamente escrita, sobre cómo las niñas queremos, queríamos, alcanzar el ideal de belleza que es imposible. Porque yo, que soy morena, bajita y miope, también tuve mis tristes días en los que mi imagen del espejo era lo peor, y no porque fuera fea, sino porque no se parecía en nada a las revistas. Ser la niña que quieres ser... ¡jamás! Tienes que ser comedida, tranquila, reposada y blanca: con ojos azules. ¿Cuánta maldad radica en un filme o cualquier producto que nos esconde a las contra-belleza-comercial? Ser una niña como no lo son en las películas... eso está mal, dirán algunos.

Caso 3: Marjane, la niña rebelde

Persépolis es cómic que se volvió filme. Marjane retrata su vida de niña rebelde en un sitio en el que es imposible ser ambas cosas. Quizá las imágenes que más recuerdo son cuando está en el colegio de monjas y no tiene otra alternativa que adherirse a las estrictas normas y no puede expresar nada de nada. Luego, de adulta, se queja porque la policía de la moral la acusa de tongonearse en la calle, de ser hermosa, de ser... mujer. La niña-mujer siempre debe sentir vergüenza de su cuerpo. Este corrompe las almas puras de los hombres que los llevan a... todo lo atroz que se pueda pensar. Eso debe cambiar. Porque yo use minifalda no significa que lleve un rótulo: venta de cárnicos, deguste.

Caso 4: Él entra a tu habitación y mientras duermes te viola

De eso y mucho más se trata Ángel de la Guarda, interpretado por Naara Salomón. Dice su autor, Jorge Ávalos, que toma como punto de partido el caso de Katya Miranda. Se trata de un relato macabro contado por un ángel, en el que la niña cree, y que cuenta como testigo "eso" que ha pasado. Una niña se va... y la vida con ese suceso. ¿Quién cuida a las niñas? La representación de Naara como niña, ángel y mujer adulta es hermosa... y triste. Porque una llora por dentro, con ella, cuando explica eso de que alguien se meta a tu cama a robarte la inocencia, la vida, la alegría...

¿Pero siempre ha sido complicado ser niña? Sí, más o menos sí.

Caso 5: La niña pirata

El último trabajo artístico que hice se trata de una niña, Tamborina, que extraña a su padre, quien se ha ido de viaje por el mundo. ¿Qué tan complicado puede ser extrañar a un padre ausente, en general irresponsable por la educación de su hija?  Porque al contrario del caso anterior, en el que un padre sí abusa de su hija, esta historia se trataba sobre lo triste que es para las niñas crecer sin un padre que sea el modelo de hombre que probablemente busquemos luego como pareja. Porque yo que sí tuve un padre muy "padre", como dirían los mexicanos, me parece que las mujeres sí necesitamos un hombre que nos enseñe la vida. Distancia, soledad: ¿qué tan diferente sería todo si tuviéramos todas (y todos) un padre que sí se ocupa?


Se me escapan infinidad de casos e historias, pero por lo pronto tengo estos cinco. Quiero repensar la ilusión que me provoca Momo y cuánto desangra el alma pensar en niñas como Katya. Quiero ilusionarme con que Tamborina por fin hará que su conjuro sí traiga de vuelta a su padre y que jamás sueñe, como Pecola, con ser otra, con tener otra cara. Las niñas se van, crecen y se convierten en mujeres. Y estas mujeres se convierten en madres... y generalmente estas madres son las que crían a esta sociedad completa porque en el país en el que vivo (y en general todos, porque la desgracia no es exclusiva) los papás no están, los maridos se van con otras, los novios solo quieren "llegar hasta dentro y sentirla", como bien describió uno de mis estudiantes, y los hermanos nos golpean en la cara. Las niñas se van... y es preciso hacer muchas cosas para que las mujeres conserven a su niña de adentro, esa que hace que recojamos flores cuando volvemos a casa.

¿Volverán las niñas a ser niñas? No lo sé.




jueves, 4 de septiembre de 2014

Corbatas


Para mis hermanos






Mi papá olía a colonia de mar. Olía a betún de zapatos y a papeles de oficina. Mi papá olía a risas de pasillos, a carcajadas en la cocineta (y los regaños del teléfono él los volvía espuma).

Mi papá olía a guitarrones antiguos. Mi papá olía a números. A canción compuesta en una máquina comía papel de rollito.

Mi papá olía a sumas, restas y balances positivos.

Mi tata olía a historias ajenas, olía a lágrimas y alegría. Olía a compañerismo y buena conversa.

Él olía a talco, olía a grasa de bicicleta, olía a mentol de deportistas, olía a camisa planchada, olía a libros viajeros que hacían amigos. Olía a grito de gol desbocado.

El muchacho que fue mi padre olía a rosas amarillas, a bambú y devoción por la amada.

Nuestro padre olía a preocupación contenida, a libertad constructora...

En mi memoria sigue estando la barra toallera llenísima de corbatas. Azules, rayadas, de puntos, sólidas, con textura, de muñequitos... Esas corbatas que escogíamos juntos cada mañana.

Las corbatas de mi viejo olían a él.

-Sí, papá, la de rayas se le ve bonita.





sábado, 23 de agosto de 2014

¡Vamos al Circo!




Anoche fuimos al Circo. Y me reí como loca. Cuando llegamos estaba el hombre que tiraba fuego y un trío de músicos-payasos tocaban esa maravillosa pieza que dice Tatata tatara, tatata tatatara, y que termina con un trompetazo al cielo.

Mauro Arévalo presentó anoche en el Museo de Antropología su documental Circo. Este trata de la vida circense y blablablá (puede leer del asunto acá, aquí, por acá y por este lado). En varios de estos rotativos dicen que se trata de mostrar "quiénes son, cómo viven, se educan,  en qué lugar duermen, cuáles son los sueños y anhelos de quienes pasan su vida bajo la carpa ambulante del Circo".

  
El director del documental, Mauro, quien también es músico, se lanzó a contar una historia. Anoche estuvimos en la vida de la familia Ruiz. En la nota de El Diario de Hoy, Mauro comenta que "en la rama audiovisual, El Salvador explota la violencia y el tema de las pandillas de una forma grotesca". Apunta: "Hasta se escucha bonito que de otros países vienen para sacar documentales de las maras. Y si bien es un fenómeno social, no entiendo por qué debemos de tirarles flores. Más bien aquellos que trabajan de sol a sol y de lunes a lunes, estos merecen reconocimiento, esos merecen ser vistos por la sociedad".

Una historia... pero ¿qué historia contó Mauro? Creo que este documental es una maravillosa muestra de una contracorriente que debería alimentarse. En la sala se escuchaban risas... pero espere, que fue una divierta esta presentación. Primero, muestra del circo en la plaza del MUNA y todos hacíamos ¡Oh! de asombro cuando el hombre que tiraba fuego tomó fuego con la mano. Luego, los payasos nos escoltaron hasta las butacas. Después, una de las propulsoras del documental, Tatiana de la Ossa, se puso nariz de payaso y cuando Arévalo se presentó, el trío de payasos músicos celebró a lo grande con el Tatata tatara, tatata tatatara... (Luego hasta hubo un miniconcierto de la banda sonora del documental: Cimarrón).


¿Y el documental? Cuenta la vida, una vida, varias vidas... Ahora, creo que esta es una de esas poquísimas ocasiones en las que alguien cuenta algo de acá y no explota la lástima. Sí, en serio. Anoche lo que vi fue una familia con garra, gente feliz, orgullosa de su tipo de vida. Vi muchachos que practicaban sus rutinas con disciplina, vi chihuahuas estrellas. Vi ingenio. Contemplé la maravilla del ser humano y sus miles de ideas para hacer reír a un público ansioso de diversión porque en este extraño lugar (en el que miramos por las ventanas antes de salir por si están los  muchachos que lo han asaltado a uno allá afuera) necesitamos divertirnos. Esta perra vida está muy seria. Para lástimas está la pobreza de mente... 


No, no, no. Lo de Mauro era otra cosa. Cada quién tendrá sus opiniones sobre la realización, edición y demás carambadas técnicas (que son importantes, yo no digo que no). Sin embargo, el gran valor que encuentro es el relato. Uno maravilloso. Cuando fui al Circo, anoche, me divertí.  


Para lástimas... No, queridos, no estamos para lastimerías... Basta por un minuto de decir que somos lo peor del mundo. Qué manía. Quisiera entender la mirada de los extranjeros (y varios connacionales) que producen/construyen narrativas culturales de este país, vaya, pase, está bien, se asombran por lo extravagante, lo pobrecita que es la gente... bueno, pues... variemos de vez en cuando, ¿no les parece? 


 Este salvadoreño contó la vida de otros salvadoreños y ninguno de ellos se miraba a sí mismo diciendo Pobrecito de mí, que no tengo casa, ni estudio... No. Yo vi la dignidad humana como jamás la he visto.


Anoche fui al Circo y me divertí. Y la otra vez que vea a Mauro le voy a pedir que se tome una foto conmigo para tenerla en una camarita chiquitita, en la que se ve por un agujerito y estamos allá al fondo... Felices de haber ido al Circo a ver los payasos. 






lunes, 14 de julio de 2014

Ellas, las que escriben

Acaba de morir Nadine Gordimer. Acaba de morir Ana María Matute. Toni Morrison tiene ya 86 años. Pronto se irá... y voy a tener que soportarlo. Voy a tener que llorar quedito primero... y luego, mientras mi hombre me dice "lo siento", voy a escribir sobre lo vitales que fueron...

No, entonces me corregiré y voy a decirme que soy estúpida y descuidada porque el pretérito es algo bien cruel. Entonces, mientras las gotas de la lluvia caen en el techo pensaré en que "era" no es la palabra apropiada. Diré "son" y me prometeré como quien hace un contrato infantil que siempre será en presente, que por mis venas corren sus palabras, que quisiera que sus fantasmas me azotaran la tristeza.

En un chasquido volveré al aula B-24 y Aníbal Meza me volverá a asignar Diario de una buena vecina, y entonces le repetiré que lo he odiado, que es maravilloso, pero que odiaré siempre internarme en ese mundo grotesco... y diré diez años después que esas imágenes que yo creé con palabras ajenas jamás se irán de mi mente. Nadine, Nadine...

Mi infancia tardía se me hará agua, hervirá y con chocolate en tabletas se volverá bebida de dioses. Mi infancia me la dio Matute. Y corrimos por el río y le gritamos a los caballos. Los árboles, María, se inclinarán y me dejarán que les cuente mis cuentos...

También seré Sula por dos noches. La primera noche lloraré por mis opaquedades y trataré de que los rubíes sean mis labios y jamás olvidaré los pasos lentos que por las noches le arrancaban a aquella muchacha la tranquilidad. Y los niños que muerieron en el coche jamás dejarán de susurrarme atrocidades... y las monjas muertas, Toni, siempre gritarán sus rosarios...

La segunda noche...

Se me van ellas... se me va la vida. No. Entonces corregiré mi tiempo verbal de nuevo y diré que mil vidas de mil mujeres las he vivido con ellas. Con las que escriben. Y sus cuerpos se degradarán y entonces...

Entonces llegará la segunda noche y será un mañana de sábado. El señor del estudio de foto mirará a Toni y, como con ella, también iluminará mi cabello afro. Y jamás olvidaré qué es estar bajo las luces. Pensaré en las trenzas de Toni y que el hombre que me retrata querrá que para la eternidad  me sienta como ellas, como las que escriben.

martes, 8 de julio de 2014

Rear window: viejeras y Hitchcock

Como cable ha pasado a ser dominio de los presentadores con actitud (entre la grotesca sexualidad y los hombres tatuados que están bravos todo el tiempo), pues nosotros ya no lo vemos. Además, como soy algo introvertida la gente tan escandalosa me cansa y salgo corriendo. Tampoco vamos mucho al cine en estos días porque las pelis están horribles. (Ahora viene la cantaleta de que tengo pretensiones y que soy intelectualoide y blablablá. Diga lo que quiera, pero las pelis están feas).

A mí lo que me gustan son las buenas historias. Como a todos nos puede gustar la buena comida o una buena camisa, o un par de jeans que duran y sirven para todo. Y lo bueno es subjetivo. Fin de las disculpas.


Ayer vimos en casa Rear Window. Y todos adoramos a Hitchcock, que fue grande y todo el lenguaje engolado de una crítica cinéfila. Ahora, yo no soy crítica (lea algunas acá y aquí), pero me parece necesario este ejercicio porque escribo, porque vivo de las tramas, porque las buenas historias son negocio.

Hitchcock tenía un olfato increíble para las tramas y las historias. Esta es espectacular. Jamás había visto una película tan voyeurista como esta. Porque a todos nos gusta mirar lo que hacen los vecinos. A nosotros desde que nos asaltaron hemos tomado casi como parte del protocolo de vida mirar la actividad vecinal. Sé que el señor de la tienda sale los días laborales a las 5:30 a. m. a sacar las bancas y siempre que puede se sienta hasta tipo 10:00 p. m. con los borrachos locales.  Luego, como a las 6:00, lava su carro para el trabajo. Es taxista pirata. Sé que los vecinos de más allá salen a cocer el maíz a casi media calle, y que todos los jueves tienen culto. La señora de más abajo sale todos los días con un perrito rubio. 


Mirar vecinos y descubrir un crimen. Esa es la historia. Ahora, lo que llama poderosamente mi atención es la magnificencia de tener a los espectadores metidos en una habitación como lo hizo con James Stewart (L. B. Jefferies, fotógrafo profesional en el filme). Pienso en la producción, en el dinero no malgastado en locaciones y transporte. Pienso en la tranquilidad de los camarógrafos y del director (famoso por odiar rodar en exteriores) al tener todo controlado: luces, movimientos, entradas, salidas. Es un gran set (carísimo, pero no tanto como un Titanic). Y ayer bromeábamos que las habitaciones de los vecinos tenían que ser extremadamente pequeñas como para ver a Geogine Darcy estirar la pierna y tocar casi el techo (Miss Torso en la peli). 


¿Se puede filmar solo en interiores y que la historia siga siendo interesante? ¿No necesitamos un océano titánico o un mar a cuenta de un diluvio bíblico para causar interés (y la cantidad de gente en computadoras para hacer eso creíble)? Puede que no: estuvimos atentos con Rope y en 12 angry men. Sí, todas películas viejas, de antaño. Viejeras les decimos en casa. Todas de hace unos sesenta años porque el cine antes tenía otro ritmo... y quizá debamos pensar en ello (los que escribimos, producimos, dirigimos... en estos sitios.)


Otra cosa que me gusta de las viejeras es la actuación. Stewart permanece sentado casi toda la película. ¿Qué de interés puede tener un protagonista así? Todo. Es un fotógrafo que vive de observar, y ahora, genera intriga en su novia (Grace Kelly) y en la enfermera que atiende su convalecencia, Stella. Toda la actividad radica en el miedo interior, en la manifestación discreta del horror. El escritor del cuento, el guionista y el director hacen algo maravilloso: en la limitación de no poder hacer nada radica toda la fuerza escénica. Stuart está sentado, con la pierna rota... ¡Sin hacer nada más que mirar! Los demás deben solucionar todo. Un amigo detective, que no le cree, averigua, su novia lo ayuda en pequeñas misiones. La enfermera ayuda a la novia y todos desde la ventana contemplan el crimen que ha sucedido al otro lado. (Huy, también matan a un perrito.) 


¿Por qué traigo a colación estos dos aspectos? Porque los que escribimos tenemos que pensar en producción, en perfiles de actuación, tipos de actores y, sinceramente, creo que ese tipo de cine, de historias y de producción son algo bastante viable para nosotros, que siempre estamos sin plata para todo lo que soñamos. 


Tengo un amigo que me dice siempre que escriba una historia con  máximo dos personajes, sin mucho diálogo y en una locación. Otro amigo de otra productora, me dicen, no lee nada que no pueda filmar. Y yo escribo en teatro personajes que yo misma puedo hacer, pensando en cómo diablos los de utilería y escenografía van a resolver. Nunca hay plata y eso es una realidad.


Pensar en la diversidad, en un propio lenguaje. Referencias y transformación. Descubrir nuestras historias... De esto se trata realmente este texto.


Por eso me gustan las viejeras, porque hay mucho que enseñan. Porque las historias son buenas, porque sueño con una sitcom en la que, como Hechizada, todo sucede en casa y aún así sigue siendo mágica.

miércoles, 4 de junio de 2014

El lector

La estampita ideal de la familia feliz es terminar el día así: papá o mamá le leen a su cría antes de dormir. Si es una familia ultraespecial, uno tiene un abuelito o abuelita que hace esa tarea; entonces uno le guarda gran amor y aprecio a ese ser sexta, septua u octogenario. Sería una vida cómoda y feliz como en esta escena de Fred Savage (Kevin en The Wonder Years) con el fantástico  Peter Falk (el aparentemente distraído teniente Columbo), quien le cuenta una historia llamada The Princess Bride...

Otra lectora entrañable para mí es Winona Ryder. Ella, antes de hacerse escritora, le lee a su tía en Little Woman. A esa película le tengo cariño. No solo porque en quinto grado transcribí el libro gracias a una profesora discípula de Hitler quien nos castigó así por no tener los resúmenes, sino porque yo también quise ser Joe, la escritora (que va más allá de plantarle un apasionado beso a Christian Bale, aunque eso todavía me hace ilusión). Y está El Lector (de Bernhard Schlink), que leí en la universidad y años después vi la película (The Reader). De esa peli, la escena erótica de las pantimedias es más sugerente en el libro porque es la voz de un muchacho casi masturbándose y en el filme no se logra entrar al mundo interno del chico, solo vemos su cara de pasmo. Pero ese es otro tema, ya se dijo antes: libro y filmes tienen lenguajes distintos, y por eso no se pueden comparar.


Lectores, lectores y lectores. Los que leen, los que toman un libro y en voz alta lo leen. En el primer ejemplo, el de Falk, el libro es una herencia de su padre y entonces él se lo regala al nieto, y así hasta completar esa maravilla que debe ser tener un abuelo que se ocupe de regalar libros-tesoro. En el segundo, Ryder goza del aprecio de su tía porque le lee; y en el tercero, que es supremo, el chico cuando ya no es chico graba lo que lee y le manda las cintas a la cárcel a su ex amante. Algo así como un audiobook en tiempos de la postguerra, y la amante, que es la fantástica Kate Winslet, así aprende a leer... En fin, como todo es ficción ideales son, yo no tuve ni abuelito, ni tía a la que leerle y no he llegado a ser cougar para tener a un quinceañero lector...


No tuve nada de nada hasta hace poco. 


Mi lector es amable, paciente y tiene una voz radiofónicamente hermosa. Voz grave, pastosa, que puede emular a un  locutor de los años cuarenta, ser la voz de un gato en una animación hasta ser un boricua aireado. Mi lector tiene muchas voces y la que más me gusta es la suya. Esa que resuena entre la sala, esa que se carcajea con soltura. 


A mi chico le gusta leer. Y lo más fantástico de todo, le gusta leerme antes de dormir. Esta es quizá una de las actividades más gloriosas de esta vida conjunta que construimos. Porque, como le decía a una amiga el otro día, las mujeres solemos ser estúpidas en el sentido que "necesitamos" escuchar que nos aman y lanzamos improperios cuando no nos logran decir esa frase. Mi padre, que fue un hombre maravilloso, no andaba como Romeo diciendo inventos. Pragmático, amor de actos concretos... También se dice te amo cuando van por una al trabajo, cuando pasan comprando en el supermercado y en casa aparecen con dulces, camisetas para dormir o un libro. Fin del regaño.


Decía, mi lector tiene un libro de historias que es mi favorito: Las columnas de Peter Egan. Egan es gracioso, divertido y sabe mucho de autos y motos, y además, cuenta unas historias fantásticas. Anoche, por ejemplo, contaba que con su amigo editor tienen una sociedad no oficial Jaguares Anonimos o algo así. Un grupo de ayuda, de dos miembros, que se dan ánimos mutuos para no comprar Jaguares y restaurarlos. Porque Egan gasta todo lo que tiene en autos y motos. Su esposa, Bárbara, ha de tener una gran paciencia con un hombre que vive, respira y, seguramente cuando muera, seguirá pensando en autos... 

O la vez que Peter lleva a su esposa a un finísimo restaurante y van, creo, en su Lotus Elan (no me voy a acordar del año) recién restaurado y que, con tanto frío allá afuera, encienden la calefacción y oh, oh: empieza a entrar humo al auto. Cenan con un leve perfume a dióxido de carbono. O cuando regresa a traer una moto del tiradero de basura cuando se prometió no llevársela... O cuando... y me he dormido.

Quizá sonemos a cursilería de película, a fotograma hollywoodesco y está bien. Somos nuestra ficción. Tener un lector que vela mi hora de dormir es el cenit de este guion a cuatro manos. 

La vida es historias, escaletas, guiones, borradores y novelas que se reescriben... y alguien tiene que leérnosla.

martes, 27 de mayo de 2014

Un gato propio

Soy una treintona casi frustrada. Pero mis pesares no son de índole fútil, por ser amable, como si estudié lo que quise o si tengo el trabajo soñado o el marido ideal, como diría Wilde. Tampoco me siento aminorada por ser bajita, morocha y ciega. No, no, no. Dos de esas características fueron en más de una ocasión veneradas (y siguen siendo huella de buen recuerdo). Sí me frustra un poquitín que no terminé el tal inglés en mi adolescencia y ahora estoy retrasada en eso y blablablá. No, mis frustraciones son más profundas. Son casi infantiles.

Jamás he tenido un gato.

En serio. Venero a esas criaturas salvajes, pero nunca he nombrado uno. Y por lo pronto no sé si me llegará a pasar esa felicidad que supone que un gato se me arrime mientras leo sandeces. Sueño con el día en el que llegue a casa y esa cosa peluda haya rasguñado mis sillones, o que dé de maullidos mientras le digo que le compré camarones. Sueño con poder ponerle un nombre snob de algún escritor que me guste.

A los veintitantos mi madre ya tenía parentela y casa. Yo ni uno ni lo otro. La aparente bonanza económica que supone ser una muchacha estudiada se diluye en la compra de víveres en un supermercado de cadena internacional. Hay quienes tienen gatos en apartamentos. Mi antigua casera me dijo que podía tener uno, pero que lo tuviera encerrado. ¿Encerrado? ¿Un gato puede estar encerrado? No, eso no pasa.

Con mi antigua compañera casi tuvimos uno, pero hacía ruido en el techo de los vecinos del piso de abajo cuando la condenada se escapaba a pasear. Pero esa no era mi gata, era de ella... prestada por la Chera, quien goza ahora del frío chileno.

En fin. A los nueve años casi tuve uno. Mi abuela Catalina, mi hermano  y yo lo llamamos Beto. Era negro y ojos amarillos. La belleza personificada. Pero tuvimos casa chica y se escapó, porque tampoco era nuestro. Beto era un intruso que nos amaba y le gustaba jugar con nosotros. Y un día que decidió dormir conmigo lo sacaron a patadas en la madrugada y jamás volvió. Es que a los gatos no les gusta que los maltraten. Ellos son de la casa y no guardan fidelidad.

Cuando estábamos más grandes, quizá 12 años, adoptamos la gata de la Niña Mary. Era blanca con parches grises. Unos bigotes seductoramente largos, hermosos. Su naricita rosa se metía entre las costillas de uno cuando quería una caricia. Estuvo con nosotros un rato... Digo, llegaba, comía, se quedaba un par de horas y se iba, como algunos hacen con la amante. Porque la gatita no era nuestra tampoco. Un día quisimos darle un baño, salió huyendo despavorida... y tampoco volvió.

Puede inferir, amigo lector, que este es un deseo estúpido y escuálido en comparación con querer un automóvil. Pues yo carro no quiero. Quiero un gato. Puede creer también que es una niñería... pero ¿acaso no lo es también querer el último teléfono de moda?

Ahora, emancipada y con la vida puesta (tengo una cafetera y un horno, también un hombre amable que duerme en la habitación del fondo y me lee antes de dormir), por qué pues no tengo un gato. Es una cuestión dura esta.

Vivo en un segundo piso y no tengo patio.

Tener un gato supone que el modelo económico que por años hemos tenido deje de estrangularnos y nos deje por fin tener una casa con patio. Supone que la cultura vecinal no me mate al animal con matarrata o vidrios revueltos con carne. Supone que pueda dejar una ventana abierta para que el gato entre y salga a sus anchas sin que un día halle la casa saqueada... Supone que los carros no lo hagan alfombra si este quisiese ver a sus vecinos del otro lado...

Tener un gato es complicado.

Tener un gato es tener la vida salvaje en casa... y la crisis habitacional está ahorcándome porque estas ofertas de casas nuevas están espeluznantes. Tener un gato es tener una casa que el gato quiera, porque los gatos son de la casa, no de uno.

¿Que para qué lo quiero? Para ponerle nombres raros, para hablar con él y escribir de él. Para hacer cuentos que giren en torno a su maravillosa personalidad, para ser snob también y ser parte de esa manía de escritores locos por los gatos... para contemplar la maravilla de la vida que camina y salta ventanas... Para que se coma los ratones que no tengo, para tener de qué hablar con la gente que no quiero... Para tener fotos cursis... ¡Qué se yo!

Soy una treintona que sueña cosas imposibles: un lugar propio y así ofrendar una vida aristócrata a un animal noble para que me ame.



lunes, 26 de mayo de 2014

Cadenas

Las historias de emancipación son lindas, esperanzadoras... nos dan fuerza. Voy a recordarles el cuentecito del elefante y la cadena; y ya sabe usted que como no sabe lo fuerte que es se queda ahí y blablablá. Que es cierto, que es terrible. Que también hemos visto fotos de cómo los domestican. Y no es con amabilidad como con el Principito y su Zorro. No, es brutal.

Así algunos sitos. Así algunas gentes.

Quizá lo más relevante de la emancipación es que uno se de cuenta de la cadena y luego, voy a escribirle cartas a mis hijos, amantes y seres para que manden un pastel en el que adentro vaya una lima.

Lo mejor de las cadenas es que son eslabones, sin una pieza no son nada. Lo mejor de la emancipación es que viene de maneras insospechadas. Lo mejor de las cadenas es que puedes hacer ejercicio brincando con ellas y te dan, como las pesas, más fuerza. Lo mejor es que cuando no las tienes y tienes la fuerza que te dejaron... sí, puedes saltar tan alto que puedes tocar la copa de los árboles.

Lo mejor de las cadenas... No. Las cadenas no tienen buena cara, gentes.

Hijos, hijas... pastel de queso y fresa, por favor.

viernes, 9 de mayo de 2014

Homenaje a Don Paco (Francisco Andrés Escobar)

Una tarde, la Kiki y yo nos pusimos a fantasear sobre todo y nada, sobre libros... y se nos ocurrió hacer este video en homenaje a Don Paco porque ya se acercaba su cuarto aniversario. Él fue el motor de una gran generación de periodistas, investigadores, docentes... estudiantes al fin y al cabo. Con él, muchos descubrimos nuestra vocación. Cada sábado nos llenaba con sus Croniquillas y los que vimos Billie Elliot con él quizá jamás olvidemos ese momento luminoso en el que él dijo qué era asumirse, que este oficio (escribir) era hermosamente jodido (lo de jodido lo agregué yo).

Para el video, contactamos a amigos vía correo electrónico, Facebook, Wassap y llamadas telefónicas. Les comentamos nuestro plan y repartimos a Don Paco por Perú, Italia, España, Costa Rica y El Salvador. Todos hicieron lo suyo (hubo camarógrafas de cuatro años, incluso), apartaron un ratito de su vida para darle vida de nuevo al maestro... y en casa armamos "el muñeco".

Gracias, gente, por estar, por compartir, por ser parte de este proyecto.

Don Paco, gracias por todo.
(1942-2010)

Participaron:
Por orden de aparición

Mateo Juárez (El Salvador)
Yazmín Chávez (Perú)
Pks Salin (El Salvador)
Xosé Castro (España)
Óscar Luna (El Salvador)
María del Mar Obando (Costa Rica)
Karen Majano (España)
Amparo Marroquín (El Salvador)
Azucena Mejía (El Salvador)
Fran Arias (El Salvador)
Lore Juárez (El Salvador)
Erika Pimentel (Italia)
Laura Samour (El Salvador)
Kiki Landaverde (El Salvador)
Milton Rodolfo (El Salvador)
Ana Castro y Xosé Castro (España)
Gabriela Oviedo (El Salvador)


PETICIÓN Y OFRENDA


viernes, 4 de abril de 2014

Estoy entregada a un libro

Estoy entregada a un libro. Un libro que duele leer. Entregada a un libro estoy y este día y esta noche nada ni nadie podrá perturbarme. Escucho voces de gentes estúpidas. Entre el barullo hay poca luminosidad. La cotidianidad recupera el valor que tiene: el absurdo. Veo con nuevos ojos las torpezas propias, la estupidez que cometí y no me inmuto. Me inmuto lo suficiente para sanar los errores. Sin embargo, este día estoy entregada a un libro que estaba esperándome.

Es un libro triste y desolador. Es terrible estar sentada en la orilla de la acera y morderse la boca para no llorar. Las gentes pasan y miran que leo. Es una novela, contesto y no digo más. Porque no quiero explicar esto tan íntimo que es leer sobre el dolor ajeno que es mío también. Lo he convertido en mío y nuestro, aquellos que nos deslizamos por las páginas, y coincidimos: esto es tremendo.

Hoy estoy entregada un libro que me hace pensar en la muerte, el dolor y la angustia. No estoy pensando en la cotidianidad absurda. Hoy me he entregado con pasión, como suele estarse ante la belleza entera.

Lo que no tiene nombre* me ha envuelto y no puedo soltarlo.





De Piedad Bonnet, Alfaguara 2013.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Escribir, nuestro oficio (del plagio y blablablá)

Hoy leí a José MaríaTojeira, a Krisma Mancía y una agradabilísima noticia sobre Claudia Hernández (a quien admiro con locura desde que hace unos diez o doce años me la presentó Rafael Menjívar en un librito de cuentos que estará en el estante de La Casa del Escritor en Los Planes de Renderos). El texto de Tojeira me llenó de ánimo, de coraje. Me dije: Vaya, qué bien lo ha dicho, qué fantástico. Cuando llegué al de Krisma Mancía mi corazón se hizo pedazos.

Ella dice: Luego me analizo y me veo 15 años atrás. Me recuerdo, allí en el limbo. Con mis cuadernos repletos de versos en una aula de la universidad. Desesperada y ansiosa por demostrarle al mundo mi talento y sin saber dónde hacerlo. Entoces yo también era y soy esa muchacha del ataché. Me dolió porque yo también he hecho eso. Me dolió porque la plataforma no es perfecta, pero quiere serlo, se esmera y sin confianza en ella no hay nada.

He ganado los Juegos Florales en varias ocasiones y varios concursos antes. Me atreví por primera vez hace ocho años. El IDHUCA había convocado un concurso y fue jurado Manlio Argueta. Seis jóvenes salimos premiados y Bancaja nos llevó con todo pagado a Valencia, España. La institución creyó en nosotros, en que ese (en mi caso cuento) producto era nuestro. ¿Y si yo hubiera plagiado y me iba a España y volvía y luego se descubría todo? En esa ocasión éramos nosotros y no las letras de otros.

Años más tarde me animé con otros concursos más. Y todos los que concursamos sabemos de la agonía que es estirar un cuento con más descripciones, más diálogos para llegar a las 40, 80 o 100 páginas que solicitan las bases. Rebuscamos archivos antiguos de textos no terminados y los acabamos para ver si así llegamos a la meta. 

Con El Conjuro de Clementina (Premio de dramaturgia infantil 2008) tuve mis alegrías y sufrimientos. Cuando años más tarde lo revisamos en un taller con Berta Hiriart, una dramaturga mexicana, dijo que había una buena semilla, que debía buscar que se desarrollara mucho más y de eso se trata, de que crezca un texto. 

Luego vino Ricky y la gran orquesta (premio de dramaturgia infantil 2009) y hasta ahora es que algunos actores lo están leyendo porque la Dirección de Publicaciones e Impresos sacó una modesta publicación de 500 ejemplares. Un día otra dramaturga nacional me dijo que ese texto no era tan bueno y yo lo escondí. Años más tarde mi pareja, el animador Ricardo Barahona (creador de la animación Cuentos de Cipotes), me dijo que esa obrita era buena, pero como no era de mensaje moral, quizá por eso no era tan popular, que por mis intereses me iba a costar que mi trabajo se notara. Lo sé y lo padezco.

Quizá del cuentario que me siento más orgullosa es Los perros de Barueles (premio de cuento 2010, inédito por supuesto) y también entre los jurados estaba Manlio Argueta (a quien no tengo la dicha de conocer en persona). Dice el acta de premiación que le gustó (para mí eso es mucho). Para eso trabajé bastante. Recuerdo que deseché muchas ideas, que una no se desarrollaba bien (y aún creo que debe eliminarse ese cuento). Solo recuerdo las mañanas de sábado tecleando, y mientras el trabajo no llegaba en el periódico donde trabajaba, también tecleando y haciendo borradores.

Esos son los logros. Pero detrás de eso hay una novela, y no sé cuántos cuentos más que no ganaron. Y en Guatemala tampoco ganaron, y si los reviso, quizá no ganen tampoco. Es decir, para llegar a dejar un trabajo a un Juego Floral hay que sufrir (y gozar también porque sin eso, no se hace nada. Es el placer infinito de crear algo). Se debe parir por lo menos unos tres meses antes. Si uno es meticuloso, seis meses, y tener planes absurdos como: tengo que escribir al menos un cuento hoy. O afirmaciones mentirosas como: si no duerno hoy y el domingo, creo que llego a las cien páginas. Y aguantar críticas como que tu obra de teatro no tiene acción (con argumentos válidos) y corregir, y que te digan que tu cuento es soso (y volver y darle delete), y que... 

Para escribir hay que tener alma, algunos dirán inspiración, pero yo en esa tontería no creo porque a mí jamás me han venido las ideas ni con vino/cerveza/tequila ni yo echada en la hamaca. A mí las ideas me han venido cuando más ocupada estoy, cuando las escribo y al cabo de las semanas me doy cuenta de que son una mierda, y las tiro y las hago de nuevo. Porque para mí las ideas se deben desarrollar. Echarlas a la olla de presión, me dijo una vez don Paco (Francisco Andrés Escobar), mientras cruzaba la esquina del POPS de la UCA.

A todos los que escribimos nos ha costado. Todos los que decidimos que la escritura es nuestra manera de descifrar el mundo y con eso construimos nos han tocado desvelos, madrugones (en mi caso), decir no a salidas, no mirar películas, hay dolores de espalda, duelen las manos y la bicicleta estacionaria se resiente... A los que nos gusta escribir, nos toca leer siete o diez veces más de lo que producimos.

Escribir es un oficio, un trabajo. 

Cuando usted escribía de verdad le pasaba eso... ¿verdad? No, Alberto Rojas, plagiar no es una protesta social. Es un delito. Usted tuvo la dicha y desdicha de ser mediatizado. Hace años eso no pasaba. Para mandar algo a un concurso hay que tener bien puestos los ovarios... lo suyo, Rojas, es otra cosa.

Ahora me voy a leer con deleite la nota de Hernández, porque da gusto leer algo de una persona que trabaja.

miércoles, 8 de enero de 2014

Nos han dicho locos

Me han dicho loca. También a mi amiga que tiene varios libros, que investiga y que tiene en su hoja de vida varias ponencias internacionales. Le han dicho loca a la mujer que acaba de editar un diccionario con palabras hermosas de mi país. Le han dicho loco a un hombre que escribe sobre filosofía, educación y cómo se entiende eso. Me han dicho loca porque admiro a todos los que acabo de mencionar.

Lo del mote me arrancó una rabieta, pero luego se disipó cuando pensé: ¿pero por qué nos dicen locos? ¿Por qué a los de esa oficina nos llaman así? Entonces vuelvo a mi amiga -la que tiene varios libros- y a sus insistentes comentarios: la gente cree que solo  pasás sentada, que no hacés nada. Es que investigar/leer/escribir/corregir es una tarea ingrata, requiere sus horas nalga, sus horas cabeza, sus horas de ignorar todo para construir conocimiento o una nueva opinión.

Esta mañana nos dijeron locos y fue una persona que no debería ignorar la tarea que tenemos. Quizá no ha terminado de entender. Quizá sus musas se van con el vino siempre. Quizá nos considera poca cosa a los que leemos y nos preguntamos cosas.

Hoy nos dijeron locos y me da un placer infinito pertenecer a la marginalidad porque así lo he elegido. No nos andamos por las calles con fantasías efímeras de creatividad y creación. Somos pragmáticos, nos gustan las pruebas, nos gusta leer y nos divertimos al encontrar hallazgos.

Cada día me doy cuenta de mi lugar y no está ahí, con ellos, con los que nos llaman locos.

Los locos nos quedamos con nuestros temas (y que ojalá nos publiquen en revistas científicas internacionales, y que nuestros libros los lean otros locos también. Porque la creatividad no es hacer colochos en el aire, nada más... ni tirar pintura a lo bestia...)

La ignorancia nos llamó locos esta mañana. A otra cosa, mariposa.

miércoles, 1 de enero de 2014

Nuevo año: un saludo necesariamente pesimista

No voy a decir nada inspirador sobre el año nuevo. No voy a desearles un feliz 2014. No voy a bajar santos ni profetas para que me den un buen augurio. No pensaré en Nostradamus. No les diré que les deseo buenos deseos. Tampoco haré una lista lacrimógena sobre las cosas lindas del 2013.

Lo que voy a decirles es que empieza un nuevo ciclo y van a perdonarme la rudeza, pero el fracaso o el éxito no siempre tiene que ver con el contexto. Si yo les deseo feliz 2014 los imposibilito a ustedes de ejercer sus decisiones felices o infelices en ese lapso. Si yo le pido a alguna deidad que no haga difícil ni a ustedes ni a mí este año pues simplemente nos anulo. Y ya saben ustedes qué es el libre albedrío. Hijo, amigo, tío, compañera, colega, crea en lo que usted quiera, pero que no nos sirva de pretexto para la irresponsabilidad.

Yo lo que realmente les deseo para este año es que tengan paciencia. Si van a trabajar, trabajen. Si van a escribir, escriban y corrijan, pidan que del infinito les caiga un buen editor y les diga sus verdades. Que el demonio del orgullo que llevamos dentro no sea tan hijo de puta y nos deje respirar cuando nos digan que el trabajo está flojo. Que la soberbia no nos deje ciegos. Que la pereza no nos deje terminar un buen texto.

Con la gente... ese es otro cuento. Que la paciencia crezca en nosotros como hongo en lluvia e invada todo lo que somos para que los prepotentes, mala gente e imbéciles con los que nos topamos a diario no nos dejen sus residuos. Que no seamos nosotros, por la piedad de la biblioteca de Borges, los mala gente, prepotentes e imbéciles. Y si lo fuimos, poder reivindicarnos a tiempo.

Yo pido sobre todo cultivar las fuerzas necesarias para sortear chambres*de pasillos y comentarios estúpidos. Que la inteligencia emocional nos permita ser gente con los mala gente (yo lo único que quiero es poder escribir feliz mientras ignoro al mundo con unos audífonos Sony que me compraré ya en un ratito).

No, el año nuevo no cambia a la gente. Es uno el que en estas vacaciones tiene que agarrar fuerzas para que la hijueputez ajena y propia no llegue tan lejos. Para que uno no sea esa persona canalla. Para ser honesto cuando se pueda y ducho* cuando haya que serlo.

Los deseos son pensamientos de un quizá. Que esas posibilidades (esos terminados en ía) se conviertan mejor en verbos activos y gerundios formidables.

Vamos de nuevo: al toro, por los cuernos.



*Chambre: habladurías
Ducho: diestro, bueno en algo.