miércoles, 30 de junio de 2010

Lengua, te llevamos florida (amén)


En el salón de clase nos decían que no se escribe como se habla. Y entonces vinieron los blogs, el Facebook y similares que le dijeron a esa afirmación: eso decís vos, desacuatializada elitista engañada... que te creés, ¿ah? Ignorante.

De andar aquí y allá rebotando entre una página web y otra, me he topado con fenómeno que más de alguna vez me sacó carcajadas, sonrisas y hasta trompa brava.
Estamos escribiendo más de lo que creemos y sí, escribimos como hablamos. Tendrá sus defensores y detractores, sobre todo los que -como yo- nos ocupamos de salvaguardar el uso correcto del idioma. Aireados y estupefactos, podríamos sacar nuestros abanicos victorianos y decir: ¡qué barbaridad!, esta gente... cómo prostituye el idioma. ¡La grandísima Real Academia salve la lengua!
No diré eso. Ni siquiera abanico tengo. Que la Academia vea a quién salva. A lo que voy es que si ponemos atención da gusto leer (escuchar) cómo se expresan las personas ahora. El Facebook da para mucho.

Pone un sujeto un enlace, digamos de una canción. Rola que le hace clic a medio mundo y ahí surgen las reacciones, generalmente espontáneas.
La gente opina, se distrae, escucha la canción, comenta... hace bromas, y todo en un registro coloquial, como si estuviesen sentados en la sala de una habitación en la que se sienten cómodos.
Dicen sin ceremonialismos que Ozzy es mi tata, que ¡Nah!, no voy ahí, que perate, no, cómo no, o a ver, perame, yo creo que sí.

Lo que más me gusta de todo esto es leer-escuchar a la gente con sus vicios, ademanes y hasta carcajadas. Cómo en la escritura intencional pueden ir las mismas vacilaciones que tenemos cuando hablamos. Esos rasgos tan genuinos de los hablantes y ahora escribidores son una verdadera joya.

Por ahí hay algunos que suelen divertir más. A veces entro a este sitio de Podeti y me gusta esa manera delirante de decir lo que piensa. Así, las escupe como las va pensando (eso quiero creer).

Ahora bien, la lengua siempre se ha transformado. Y lo más maravilloso es que justo ahora es tangible e incluso comprobable cómo las personas hacen uso de ella, cómo codifican y decodifican.
Supongo que los escritores son los que por siglos han registrado el sentir y hablar de un pueblo y su época. Ahora la escritura se va democratizando más, digo yo, porque esta avalancha de blogs sí que nos ha revelado, como dice mi amiga Tortuga, que en verdad todos tenemos algo qué decir y compartir. Ahora todos dicen algo y lo dicen como les da la gana. Eso me encanta.

Estamos ante un gran diario de hablantes, y es fascinante escucharlos decir barbaridades. Quizá nos alejemos un poco del elitismo que siempre ha envuelto a los oficiosos de las letras. La lengua está para usarse, y sí, los límites están y para eso se hacen los diccionarios. Sin embargo, este titán que se llama pueblo hablante está superándonos maravillosamente, digo, a los detractores obsesivos.

Escribimos como hablamos porque nos divierte escucharnos decir tonterías.
Escuchamos lo que leemos. Leemos y nos escuchamos hablar.

No te cuidés, lengua, que te llevamos florida, y hoy sí sobran registros.


* La ñ en imagen la saqué de este sitio.

lunes, 28 de junio de 2010

La mujer orquesta

Aburrir(se) Acepción 6. Sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones. Rae.

Una vez la Maga me dijo que fuera a terapia porque caía bien. Meses después le hice caso y fui porque estaba sufriendo otro ataque de ansiedad. Las múltiples actividades que me gusta llevar (siempre) han hecho que piense de mí misma que soy lo más parecido al hombre orquesta, en mi versión femenina, claro está.
He llevado ese ritmo desde que lo recuerdo. Ritmo de ardilla loca.
Por eso fui a terapia, para que la terapista me dijera: Cálmese.

Cuando era chica, muy chica y aún aprendía a leer, me aburría con frecuencia de las actividades escolares que hacíamos dentro del salón de clase; estas iban de lo emocionante que era jugar con trocitos de madera a hacerse uñas y collares con la plastilina (ahora modelina). Por supuesto fui de las alumnas problemáticas que jamás paraban de hablar, que contestaban honesto y que nunca de los nuncas permanecían sentadas. A mis actitudes vinieron apelativos que recordaban a querubines odiosos y situaciones incómodas: algo así como ángel del farolito y el acostumbrado ¿y que tenés hormigas en el culo?

Así es como respondo a la vida. No puedo quedarme quieta y aunque esté quieta, siempre estoy haciendo mil cosas. Bueno, mil no, lo que se dice mil, pues no, pero bastantitas.

De menos chica pero no jovencita estuve en la iglesia, el equipo de básquetbol (no se rían de mí, malvados), fui a ver si hacía atletismo, clases de guitarra que no prosperaron, clases de canto y blablablá. De todo, una ensaladota.
Cuando fui universitaria se repitió: coro, teatro, escribir, leer, trabajar con los maestros, la vida social y en fin.

Multitareas: eso soy. Y ya sé que el que mucho abarca poco aprieta, pero ahí voy.
El caso es que hoy, justamente hoy, luego de que la semana pasada fue espantosa, llena de trabajo y textos, y más proyectos, y un sábado con cien mil actividades...
Hoy nada. Traje un libro y solo leí dos páginas. Ni vi videos, ni hice tantos correos electrónicos, ni armé folletos.
Hoy era la nada.

Y me entró esa gana loca de querer suicidarme (metafóricamente) porque no soportaba que podía hacer cien mil cosas y no estaba haciendo nada de nada. Ni hablar tendido con la gente en la red, pues. Casi todos estaban ocupados, deshabilitados o enfermos, menos yo.
Un fastidio total. Tedio.

No soporto aburrirme. No soporto tener solo una cosa qué hacer.

Señora terapeuta: ¡no voy a calmarme! Sería como si el colibrí de pronto no volara tan rápido. Seguro que cae con paro cardíaco.

No soporto no tener estímulos para por lo menos divagar un rato. Esta lluvia me tiene loca y harta.
Y escribí para no aburrirme más, para sacarme este maldito mal humor.

My funny Valentine

Sutil. Melancólica. Delirante.
La voz de Chet Baker se contornea como una muchachita traviesa que se sabe mujer. Lame cuellos ásperos, repta y abraza. Chet es un dandy sentado en una silla, está solo con su trompeta mientras mira hacia el horizonte que no queda lejos, sino ahí, a un costado. Se sabe seductor.
Suduce Baker, y no es el único.

jueves, 24 de junio de 2010

Paraísos

He escuchado cómo muchos me advirtieron ya de que donde estoy también es un infierno. Quiero pensar que lo es, para no quedarme acá, para no acomodarme.

Lo mío son las tablas, las aulas y las calles.
Pronto. Pronto.

martes, 22 de junio de 2010

Los hombres hermosos

Me gustan los hombres hermosos, esos que con sus palabras cercanas o lejanas me hacen sonrojar. Soñar.
El primero en la lista es mi padre. Por su bigotón, por su buen gusto por Santana y Queen, porque me acariciaba la melena fiera.
A él le sigue Don Paco, a quien amé por sus palabras exactas. Por ser maestro. Por decirme que siempre debía trabajar más y más.

La semana pasada José Saramago se fue en una sonrisa.
Cuando Saramago vino al país fui a verlo al hotel ese, luego de una larga cola él firmó mi edición nuevecita de Portugal. Me puse detrás de él para conseguir una foto. Nada de poses, a él no le importó. Pero a mí sí. Lo conocí poco, pero me hizo bien.

Ahora se va Monsiváis. A quien casi desconozco y que por la columna de Miguel Huezo-Mixco quiero conocer más. Me intriga.

Los tres últimos eligieron ser incinerados y que sus cenizas fueran esparcidas en Costa Rica, Lanzarote y el Zócalo. Quizá en un acto voluntario de humildad y anonimato, para que lo que nos quedamos un rato más no vayamos a erigirles altares y monumentos. Talvez para que sepamos que andan por ahí, que quizá también los respiremos, para volverse parte de la vida...

A algunos de mis hombres se los llevó la violencia (y uno solo pudo dejarme beso seco). Y muchos, para variar, no me amaron.

Los hombres buenos se construyen. Los hombres hermosos de mi vida se van de a poco. (Quizá deba agregar otros nombres a esta lista. No lo sé.)

Pero pasa algo triste. Hay tan pocos a los que se les pueda amar así, tan profundamente, tan sin exigencias.

Me gustan los hombres que son hombres. Que hacen lo suyo y aman tremendamente la vida.
Me gusta que me enseñen canciones, que me muestren un poco la vida.

La gran mayoría de los hombres que amo ya no está aquí, y tan solo empiezo a sentirme huérfana, viuda... triste. Sola.

*

lunes, 14 de junio de 2010

Mudanzas


Me contaba mi papá que cuando compró la casa en la que crecí hizo cola toda la noche para poder tomar un número que le permitiera tener una entrevista. La tuvo, y cuando le preguntaron que cuál casa quería no le dio vueltas. "Puede elegir entre la 6 y la 18", le dijeron. "Deme la 6 ,pues".

He vivido ahí toda mi vida. Vi los cambios que le hicieron, el pedazo del frente que le alargaron, las ventanas grandes. No recuerdo el jardín que sí tuvimos, y lo que sí recuerdo es cuando hicieron unas gradas empinadas que daban a un plafón en el que tendían la ropa para que el sol la secara.

Cuando tenía 16 años lo único que quería era tener 26 para poder irme y vivir yo sola. Ahora que los tengo, dudo si debo o no irme de esa casa por la que mi viejo se desveló esa noche, en la que mi familia vive y malvive. Esa en la que sobrevivo sin él. (Déjenme, es que soy fatalista y exagerada, con el agravante de idolatrar a mi papá.)
No me alcanza la plata que gano para mudarme sola, eso es seguro. Y no me voy porque creo que aún me falta un cachito para estar lista. Ya casi, ya casi.

Lo que sí me pasó es que justamente después de varios años trabajando en el mismo sitio, y más o menos en el mismo escritorio, pues me mandaron a otro departamento. Básicamente es un cambio de escritorio nada más.

En este escritorio leí tantas cosas, escribí otro montón, hablé por chat con tanta gente, lo hice mío porque lo decoré con todos mis carteles de obras de teatro, Depp, Dalton, poemas y gatos, lo llené de gatos. Y hoy lo metí todo en un fólder para ponerlo en otro sitio que espero sea también amigable.

Sin embargo, con el cambio viene toda esa vida que había dejado de lado para convertirme en el pilar que mi viejo dijo que fuera. Yo no sé si quiero seguir siendo un pilar o si tan solo quiero convertirme en una de esas tiendas ligeritas de campaña. No lo sé.

Lo que sí sé es que este nuevo chance, insignificante para algunos, es fenomenal para mí. A mí mi trabajo me gusta y no me quejo, pero hace años que mis éxitos los cosecho fuera de estas paredes. Crecer aquí dentro es otro pisto (negocio). Triunfo cuando termino un cuento, cuando vuelvo a las tablas, cuando un proyecto va en marcha... eso es vivir para mí.

Hacía años que mi hora de salida del trabajo no coincidía con la puesta del sol, con esa hora que me gusta tanto. Ahora está abierta esta maravillosa ventana. Y cuando el primer día en mi otro escritorio llegue y pueda irme sin que la noche me atosigue, volveré a sonreír como antes.

Quizá tome clases de jazz, quizá vuelvan las tertulias en el Café del Arco, o volver al ensayo de una obra, y tal vez hoy sí se monte... Empiezo a soñar y eso me hace feliz, muy feliz.


PD: Siempre he sido de equipaje ligero.
Dividí mi inventario en 1) Papeles (tapiz) 2) Juguetes, y 3) artilugios innecesarios pero bonitos:
1) Carteles varios y postales, tres páginas con poemas y dos fotos.
2) Cuatro arañas plásticas (dos caminan con cuerda) y dos gatos enojados de plástico (de esos que vienen en bolsitas de granja).
3) Un lapicero con un mago verde arriba y una rosa verde. Los diccionarios y libros no son míos, así que no cuentan.

lunes, 7 de junio de 2010

Yoga

Le dije a mi madre en el almuerzo que me había inscrito a un grupo de yoga. Me miró censurante. Me miró con resentimiento.

-Es que esas culturas orientales... -dijo mientras trababa la mandíbula.

Ese gesto es suficiente para mostrar su desaprobación total.

-Es para hacer ejercicio -le dije, mientras le explicaba que se trabajaba con tensión y blablablá.

Luego condené en secreto su falta de tacto. ¿Por qué no preguntó qué rayos era eso del yoga? La ignorancia es bruta, me dije.

Y me sentí terrible.

Ella me repetía: "es que esas culturas orientales..."
Yo seguía mirando su rostro censurador, intolerante.

Es tan solo yoga me repetí a mí misma, ¿y qué diablos pensará de mí mi madre si le cuento todo lo demás que hago, todo eso en lo que creo y ella no cree, todo lo que tolero y ella no soporta?
¿Cómo explicarle que la vida no es las cuatro paredes en las que vive, ni asentir ceremoniosamente ante un cura más perdido que una cabra en un monte? ¿Algún día mi madre podrá tolerar esto en lo que me he convertido, esto que soy y que ella no aprueba?
Ella no sabe quién soy. Y yo no voy a explicárselo.

No me queda más que amarla.

jueves, 3 de junio de 2010

Cartas


Cuando vengás a mí, quien quiera que seás, solo te pido lo mínimo: no huyás. Hace rato que no hago maratones y para que sepás, por ahora cultivo la paciencia.

PD: Esa viuda negra...