martes, 23 de noviembre de 2010

¡Griten, multitudes!

Imaginemos una calle en la que transitan gentes presurosas. Es la peatonal del Centro Histórico de San Salvador. Por cada gente que camina ─imaginemos─ sale un hilito de la cabeza que se eleva hasta el más allá, más acá, donde usted quiera. Fíjese bien, los hilos se entrelazan mientras la gente sigue caminando, corriendo. Cada hilachada se tropieza con otra y otra que halla a su paso: forman una red. Ahora saquemos una lupa, acerquémonos. Esa red está alimentada por palabras, suspiros, imágenes, canciones, recuerdos, gritos, silencios.
No, no nos distraigamos: ¿acaso no es fantástica toda esa amalgama?

Las redes sujetan, atrapan, contienen. Nos sujetan a los otros. Los tejidos serán más o menos densos, más largos, con más entramado, con sus trucos, con pasajes secretos, quizá otros sean oscuros y otros más luminosos. Entrelazados todos.

Somos eso, una incontenible red de sentido. Caótico. Brutal. Hay multitud de interpretaciones como intérpretes tiene el mundo, dijo Charles Peirce en su semiosis infinita. Todos tenemos diversas interpretaciones de la realidad. ¿Se anima a explorarlas?

La Real Academia define “diversidad” como una “variedad, desemejanza, diferencia”; también agrega: “abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas”. Dis-tin-to. Esa es la clave: que sean distintos tejidos. Como los hilos que imaginamos cuando vimos ese mar de gente.
¿Qué tendría de espectacular un mundo parco y uniforme? ¿Cuál es el mérito de crear patrones? Todos tenemos un hilito por ahí, eso que queremos decir. Nuestra opinión.

Los que escribimos amamos las bibliotecas y librerías, supongo que es una ley natural. A veces, el vértigo nos atrapa ─con tanto libro bonito y sus títulos espectaculares─ y tenemos la sensación de que ya no hay qué decir, que no vale la pena escribir ni un “mu” más.

¿Para qué molestarnos en alimentar el mundo con palabrerías si ya todo está echado, ahora más que nunca, con tanta red social, con tanto tuiteo? Era de la información le llaman. ¿Acaso vale la pena compartir nuestras palabras?, me pregunto frente a esos tremendos libros con empastado grueso, frente a los clásicos, frente a tanto best seller (y tanto blog también).

“Ya para qué ─contestan algunos─, mírennos, somos los dueños de los estantes. Estamos en el escaparate. No hay más que decir.” Y les creemos. Esa sombra nos cobija, nos calla. “Deje de escribir, hablar, gritar y berrear. Todo está dicho. Recuerde: ‘Y todos fueron felices para siempre’. Finito.” ¿Será cierto?

No, no, no. Esto no se acaba. Permítanme disentir. No todo está dicho, señores y damas que llenan los estantes, escaparates, periódicos y páginas web. Falta nuestra interpretación.

Sí, los mortales dejaremos la comodidad. Llenos de placer y júbilo, nos molestaremos (para ser incómodos) en contar nuestra parte. Sí, nuestra manera de ver el mundo. “Escriban su versión”, nos dijo Berta Hiriart, una dramaturga mexicana que hace unas semanas vino a enseñarnos qué era eso de construir relatos. “Narremos nuestras historias”, sentenció.

Detalles vitales de bolsillo: escuchar (y tolerar). Yo tolero, usted tolera, ellos toleran y nosotros toleramos. Querámoslo o no, si hablamos, los demás también pueden hacerlo y no siempre nos agradan sus palabras. Según la RAE, Tolerar: “Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.

Hablemos y escuchémonos. Si nos callamos, el mundo solo se sostiene por las redes de aquellos que sí sueltan palabra. Nada está dicho en su totalidad. Falta nuestra versión. Porque el que grita en el desierto, aunque nadie lo escuche, pues sí gritó.

Desde la coronilla de nuestras cabezas emerge un hilo. ¿Usted lo ve? Vamos, fíjese bien… ¡Ahí está! ¿Platicamos?


*Publicado por primera vez en ContrACultura, en aquí.

Para amar en Latinoamérica

La gran desventaja (o maldición) de que una como mujer quiera tener un novio, amante, marido, esposo e incluso amigo en Latinoamérica es precisamente eso, que también sea latinoamericano.

El otro día tuve una discusión extraña con un familiar (demasiado) cercano. Hablábamos de que a un primo por fin lo habían contratado, que tendría mejores prestaciones y blablablá. Le pagarán a la semana y eso es bueno porque tiene una nena, me dice el Fulano. Yo contesté que como ahora estaban mejor económicamente lo mejor era que se proyectaran y se fueran (Ella, el primo y la nena) a vivir solos, que la tal tía los sobreprotegía demasiado. Todos los que estaban ahí corearon con un "Sí, que vivan solos".

Pero como no me quedé callada, luego añadí que ahora Ella podía hacer el esfuerzo de retomar sus estudios o hacer un turno de enfermería por la mañana. Porque Ella me dijo una vez que no quería dejar lo de la enfermería. El coro se quedó callado. Y luego gritaron:

-¡Cómo es posible que descuide a la niña!

-Solo es un turno -contesté-. En la tarde que cuide a la niña...

-No, porque eso depende de lo que decida el primo...

-O sea que ella no puede...

-Es que eso es cuestión de pareja -me dijeron-, y si el primo le dice: cuidame a la niña hasta los cinco años, Ella va a tener que hacerlo...

 Luego me quedé callada, con la rabia por dentro porque con el Fulano no se puede razonar. Grita, y a mí así no me gustan los contrincantes.

Un par de minutos más tarde, como espada lancé un comentario contra la madre de Fulano y le dije a ella:

-Menos mal que usted nunca pensó así, si no, Fulano no estuviera donde está... ¡Huy! Hubiera terminado en una escuela pública si solo se queda usted a esperar el sueldito de su esposo...

Ella se quedó pasmada.

La madre de Fulano es trabajólica, de esas que no se dejan, que siempre aportó plata y que ser madre jamás le impidió trabajar en lo suyo. Llevaba las dos cosas como quería... Y ahora, paradójicamente, era parte de ese nefasto coro que me insultaba y que me decía que lo que yo pensaba era por ser "digna", como si eso fuera causa de vergüenza.

La discusión terminó como suelen terminar las discusiones importantes: en nada.

Dentro mío quedó un ardor terrible. Jamás pensé que uno de los de mi parentela iba a ser un cavernícola. Jamás me sentí tan cerca de la infelicidad. Me quedé muy decepcionada de que mis filiales legitimaran un sistema tan dañino para las mujeres.

¿Qué tendrá esta tierra que pueda ser tan terrible que aplaste tanto a los seres que la aman?

Quisiera pensar en que esa manera falocéntrica de ver el mundo está cambiando, que los que más estudian valoran lo que las mujeres queremos, que sí, probablemente querramos tener hijos pero que no es suficiente. Que sí, que nos gusta atender a los que amamos, pero que no somos sus esclavas. Que sí, que podemos protegernos solas, pero que también nos gusta que nos cuiden.

¿Para amar en Latinoamérica las mujercitas tan solo tenemos que obedecer? Y si es así, ¿la felicidad está hecha?

Amo Latinoamérica por extraña, por pasional.
Lo que no amo de ella son sus hombres abanderados por el machismo. (Por suerte no son todos, pero ¿dónde diablos están esos hombres buenos?)
Me duele que sea así, me duele tanto que sus mentes sigan apocadas, inertes. Obedecen los animales... con suerte, ¿pero nosotras?

Ahora lo que tengo es un miedo terrible, muy terrible, de ese que inmoviliza porque si este Fulano dijo lo que dijo con gritos como para callarme y aniquilarme... Si ese, familiar mío, me trató con desprecio y menospreció mis ideas...
¿Cómo serán los otros?


PD: A veces urge un contraargumento, que alguien grite, por favor.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Abrazos biónicos

Así como vamos, quizá sería conveniente que tomemos ideas de Los Jetson (Los Supersónicos), la casa del futuro que hizo la Warner Bros allá por los sesenta (con sus robotitos y todo) y que de verdad hagamos realidad lo que inventó Leonard en The Big Bang Theory (pobre de su papá): que se multipliquen las máquinas de abrazos porque nosotros (los conectados) poco tiempo tenemos para eso.

(¡Huy!, eso me recuerda al cuento de Asimov: el hombre bicentenario y claro, la película con Robin Williams, a Wall-e, y también Cortocircuito 1 y 2.)

Quédense con Björk: All is full of love

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Vidas espectaculares

En la tele vi que en el Viejo Oeste ─sí, el de 1800 con caballos, vaqueros y forajidos─ que entre sus aparatos tecnológicos había un camarín* especial, muy parecido a un cajón, en el que desde una mirilla se podía observar algo así como una película.
Lo colocaban en las cantinas y se pagaba por ver el espectáculo. El documental de D. Channel asegura que los vaqueros veían mujeres desnudas. Yo les creo.
Voyeurismo nada más. Sano. Sano voyeurismo.

Algo similar nos está pasando, pero quizá de una manera menos elegante. Menos de diva.

Somos nosotros mismos los productores de las laminitas que están al final de la mirilla. Nadie nos pidió que estuviéramos ahí. Na-die (salvo los llamados casos raros). Fuimos nosotros los lanzados.

¿Nos sobreestimamos demasiado?
¿Nuestras vidas son tan espectaculares que deben ser observadas, estudiadas?  ¿Es acaso menester publicar a los cuatro vientos cuál es nuestro estado actual? ¿Cuál es nuestro público? ¿Tenemos público? ¿Acaso ameritamos a que nos vean desde una mirilla? ¿Somos tan fantásticos? ¿A quién le importamos? ¿Deberían ser contadas nuestras historias por más parcas que sean?

No lo sé. No lo sé.

Cierra telón. A comprar otro tíquet.


*Retroalimentación: un amigo (del alma) me dijo que probablemente ese camarín era el zootropo, investigué y eso me llevó al quinetoscopio, el precursor del proyector cinematográfico. En la nota me refiero al quinetoscopio, ¡qué bueno es conocer gente que sabe mucho mucho!