jueves, 25 de febrero de 2010

Mediterráneo

Mojé mis pies en sus aguas mansas.
Salté tres veces sobre sus pacientes olas para atraer la suerte. Bailé con los ibéricos. Y por siete noches con sus mañanas fue mío y cantó para mí.
Estuve con vos, Mediterráneo, y gracias por las buenas historias.

PD: Es de madrugada, y no sale aún el sol. Buena hora para escuchar a Serrat, con Mediterráneo.

lunes, 22 de febrero de 2010

Misterio resuelto

Domingo. Llegamos temprano a casa de los abuelos. En la entrada de la calle hay un conacaste que bien tiene unos 80 años, y si hablara y escuchara le preguntaría si de verdad los reos llevaban bolas de hierro con grilletes en los tobillos mientras construían la calle que partió la cordillera del Bálsamo y que conduce a Santa Ana. Hoy el conacaste está verde, con hojas chiquititas que al caer hacen una alfombra sobre el polvo suelto.
La parada de buses se llama tubos, y eso es porque justo al lado hay una fábrica de inmensos tubos de concreto para las aguas lluvias. Más allá, en una hondonada, había una laguna tóxica en la que crecían ninfas moradas. Hoy no hay ninfas floreando, solo bordan el estanque seco unas vacas flacuchas que soportan el sol mañanero.
En la primera de las casas venden plantas en un camión pequeño, y un perro aguacatero (sin raza y callejero) nos persigue con su cola de chilillo, da amigables latigazos a cambio de que seamos dulces con él.
Más allá, en la iglesia evangélica están de fiesta. Todas las mujeres tortilleras ya han ido al molino, han amasado y ahora poblan los comales con minúsculas lunas que luego llenarán con frijoles y queso. El almuerzo será gratuito.

Al llegar a casa apartamos la reja de madera que está por caerse, saludamos fraternal a la familia, a la jefa de todos los Pineda, a los primos, los amigos, bisnietas y demás. La amabilidad campesina hace que nos instalemos bajo un árbol de marañón japonés, sobre los cabellos fuscia que hay en el piso, ya pronto nos darán de desayunar.

Mi tía Yolanda sonríe y se ve hermosa, pone un mantel. Nos lleva desayuno a mi madre, mi hermano y a mí, y me pregunta si quiero huevos revueltos. Le suplico que por favor, y que seré paciente. Con su paso ágil se va a la cocina y al cabo de unos diez minutos vuelve con la cacerola en la mano y los sirve. Los pruebo y me saben a gloria.
Saben a mi infancia, saben a mi viejo cocinando para mí a las once de la noche, saben a almuerzo de sábados lánguidos propicios para ir a la ferretería, a cena fácil, a desayuno apresurado, a acuerdos comunes entre mi viejo y yo... otra vez a cenas a solas con mi hombre favorito en todo el mundo. Sí, saben a gloria.

Le cuento el detalle a mi tía Yolanda, la que más quiero por llamarme del mismo modo que mi viejo, y le digo que solo le faltaron los puntitos negros sobre aquella masa amarillenta.
La tía Yolanda se queda pensando un momento y agradece el cumplido por el desayuno, al cabo de un instante se explaya.

-A tu papá le quedaban así porque de seguro hacía los huevos con margarina y no con aceite, porque la margarina se quema más rápido que el aceite.

Mi madre interrumpe explicando que ella también los hace así, pero no le quedan igual. Aclara que siempre está pendiente.

-Ahí está el detalle -dice mi tía-, de seguro tu papá se distraía un tanto y sin querer se le pasaba la margarina, siempre, y luego dejaba ir los huevos.

Sus variantes van en la explicación de un aceite de alto rendimiento, y uno de menos, que la manteca se quema menos, que las papas fritas de las ferias se cocinan con tal y tal, y así.

De lo que mi tía no se dio cuenta es que reveló un gran misterio. Mi viejo, con las mil y un ocupaciones, con los mil y un trámites, siempre olvidaba que estaba cocinando, y quemaba la margarina, y me servía esos huevos revueltos así, poblados de puntitos negros que no eran más que carbono. Mi viejo podía no ser un gran chef, pero jamás iba a dejarme morir de hambre y más si mis ayunos laborales llegaban hasta las once de la noche.

Cuando caiga la tarde y el conacaste sea un mounstro gigante de mil brazos, iré a prepararme unos huevos así, dejando quemar un poco la margarina, como para recordar un tantito a mi viejo.

*

viernes, 19 de febrero de 2010

Misantropía nada más

Ustedes saben que amo buscar en los diccionarios, así que la palabra de hoy es mosántropo, y dice así: misántropo, pa.(Del gr. μισάνθρωπος). 1. Persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano.

Mentira, yo no odio al mundo y menos a la gente, solo no me gusta que me hablen mucho, que se pasen de la raya y crean que me interesan los problemas de los que ya hablamos como cien mil veces y que cuando viene la sugerencia nada hacen.
No, no, no odio a la gente. Ni siquiera tengo un carácter tétrico. Ya quisiera, pero no, soy demasiado alegre para mi gusto.

Quizá por hoy, esta semana, este mes, o incluso hasta este año... solo quiero recibir buenas noticias, y que por una sola vez no me tomen como terapeuta.

No hace falta que me mimen, solo quiero no tener que cuidar a nadie.
¿Egoísmo? No, no, para nada. Se llama inutilidad (y no es mía). Por ahora yo soy una máquina que arrasa.

Soy una maquinita que construye.

*

domingo, 14 de febrero de 2010

¡Cantá, pibe!

Más allá de las congas café caramelo y una batería viajera blanca, tan pequeña que da risa y parece que es para un chiquillo, está un piano Roland plateado. El hombre de treintaitrés años y camisa negra se adueña del micrófono y también del teclado. Saluda gracioso, con su voz potente y oscura, algo carrasposa -no debió ensayar el repertorio de nuevo esa misma tarde-, se dirije a una audiencia que lo ha esperado hora y media.

Como quien pierde una estrella, de Alejandro Fernández, es el banderillazo. El hombre de treintaitrés años se llama Mauro y se auxilia de su hermano mayor, Fito. Cantan a una voz. Luego viene Guerra y Quisiera ser un pez, otro invitado entra al dúo. Le siguen boleros, Ingrata, Me importas tú y demás.
Entonces emerge Roberto Carlos con Cama y mesa. Y me mata.

Mauro pide que el guitarrista sentado en la mesa de madera que está al frente le ayude en la interpretación. Un argentino con aire de Camilo Sesto y más parecido a Roberto Carlos que el mismo Roberto Carlos se para a su lado.

Carraspeo en "Quiero ser tu canción desde principio a fin, quiero rozarme en tus labios y ser tu carmín". Luego entra la voz brillante del argentino y seduce con "yo quiero ser el sol que entra y da sobre tu cama, despertarte poco a poco, hacerte sonreír". En el coro grita el auditorio "el hombre que sabe querer se apasiona por una mujer..." Mientras tanto, la piba seguía en la mesa y miraba a su argentino. Hermoso él ahí, cantando(le) también en portugués.

El pibe canta entregado, como solo puede hacerlo el músico que siente cada nota. La piba sonríe maravillosa, atronizada en la certeza de que él sí era su hombre que la sabía querer.

En el aire permanece "este amor que alimenta a mi fantasía,
es mi sueño, es mi fiesta, es mi alegría...", y antes de terminar la canción el argentino vuelve a la mesa, se sienta junto a su dama, la atornilla en un abrazo y le planta un beso muy cerca de la oreja derecha.

Cuando termina la pieza, Mauro agradece infinitamente al guitarrista y todos le aplaudimos emocionados. Es el día de los enamorados y todos estamos reunidos con ese pretexto.

Le digo a mi amigo César, que bebe ron mezclado con Coca-cola: "Quiero uno de esos para mí".
Le da risa mi petición y solo me sirve más licor.


PD: Ahí les dejo.

jueves, 11 de febrero de 2010

Empapelada

Seguro un día de estos todos los papeles me caen encima y bien muero bajo los escombros.

Vuelvo más rato, compermisito.

jueves, 4 de febrero de 2010

Somebody to love (o el que se deje)



Find me somebody to love
Can anybody find me somebody to love?

lunes, 1 de febrero de 2010

Felicidad

Estoy acostada sobre la duela, sobre la duela en la que me convertí en incontables seres inmortales.

Amorosa pongo mi mejilla, permenezco ahí dos segundos. Es delicioso pensar que también es mía. Esta es la duela de un escenario sobre el que he bailado, gritado, llorado y en el que sencillamente he sido feliz.

Más allá la Maru le indica a los chicos que recuerden la coreografía. Los miro, están felices. Sube la música. Sigo tirada sobre la duela y las vibraciones de cómo bailan los muchachos llegan hasta donde estoy. Las chicas regordetas se dejan seducir y su veintena de libras de más no les impide ser exquisitas femme fatal. Es magia. Lo sé.

Hoy no siento ningún resentimiento porque no miro el escenario con dejo de olvido o vejez; lo miro como el más hermoso de todos mis cómplices: llamándome siempre, seduciéndome rabioso.

Contiemplo mi vida ida, contiemplo mis debilidades descubiertas en ese espacio mágico; respiro la oscuridad de sus recovecos y ese aire me sienta bien. Lo que fui está ahí, sobre la duela en la que he llorado, gritado y amado.

La miro bien y es hora de irme, y ella sabe que volveré. Yo le digo que sí, que la extraño, que ya me hace falta que me mime.

Andate tranquila -me dice-. Vas a volver.

*