martes, 31 de agosto de 2010

Soñar con Alberto

Ayer tenía las malas intenciones de contar quién era Alberto. Pensaba y pensaba cuando en eso me arrastró la melancolía.
Uno se pone a desempolvar recuerdos porque da gusto repetir la vida. Da placer pensar en el si hubiera...

¿Qué tal si Alberto no va a estudiar ese día que fue a estudiar, qué tal si se queda en casa mirando la tele? ¿Y si jamás me hubiera fijado en el mal carácter de ese muchacho, y si de verdad hubiera dejado de saber de él cuando se fue en un jueves?
¿Qué tal si Alberto jamás me hubiera plantado un beso?

Guardamos recuerdos y los desempolvamos siempre.

Pensaba en Alberto cuando un amigo en el chat me preguntó qué hacía. Le conté y la respuesta varió en una confesión extraña. Él decía: qué mérito puede tener un fulano con quien nada pasó.
Yo le expliqué que no lo sabía, porque a esa edad tan absurda poco entendemos qué nos pasa en verdad.
-¿Pensabas que estabas enamorada?, me preguntó.
Entonces le dije, consciente de que tengo una docena de años más desde que conocí a ese chico, que no lo sabía, que probablemente nunca lo supe y que nunca lo sabré porque en esos días mozos solíamos vivir de las fantasías.
Sí, talvez eso: Creía que...
-¿Qué tan real es lo que pasa en verdad o lo que queremos que pase?, le dije.

Deconstruimos nuestros recuerdos y vivimos de las interpretaciones de los otros sin acercarnos a ese mundo. Quizá hubiera sido valioso poder descubrir aquello que no conocía. Así talvez podría decir sin vergüenza a vos te he amado, o no. Aunque a estas alturas nada importa.

Traigo a colación El sueño de Mariana, de Jorge Galán. En el libro hay una reflexión terriblemente profunda porque la tal Mariana vive atrapada a una máquina que la hace soñar con Maslo. Es un sueño programado que la aleja totalmente de las experiencias reales, ella prefiere una vida así: artificial.

El sueño de Mariana aborda el tema de qué tan real es lo que vivimos y lo que soñamos, o lo que creemos que soñamos.
¿Qué tan entrenado tenemos nuestro cerebro para convertir en realidad sus experiencias artificiales? (Como nuestra sociedad feisbuquiana.)

Con un halo de celos mi amigo remata con esta pregunta: ¿hubiera sido el hombre con quien harías tu vida?
Le contesto con un contundente no. Le doy mis razones y le explico mis estándares de calidad. Se queda conforme.

Ahora, ¿qué tal si Alberto no va a clases ese día, qué tal si no lo matan? ¿Cuán grande sería su huella hoy?

No lo sé.
Quizá ni así podría comprobar o refutar si en verdad fue un sueño.

*

jueves, 26 de agosto de 2010

Mr. Bojangles


De la boca de Nina Simone te conocí, Mr. Bojangles.
Dejé que Bob Dylan me explicara eso de que saltabas tan alto y caías como pluma.
Jeff, infinitas gracias por la canción. (Cuántos la han cantado y jamás se aburren. Estate contento, Jeff.)

Mr. Bojangles, ahora contiemplo tu rostro y lo que más me gusta es esa sonrisa eterna. ¡Qué dicha bailar así!
No hay nada más hermoso que tu zapateo, nada más bello que tus arrugas de felicidad.
Date de golpes en la pierna mientras contás la vida, te queda bien divertirte así, Mr. Bojangles.

Pero no llorés por tu perro. Vamos, te consigo uno chiquitito de esos juguetones.
No llorés. No llorés, Mr. Bojangles.

Bailá, por favor, Mr. Bojangles, bailá.

"Please, dance, please, Mr. Bojangles..."

Con Robbie Williams


Con Nina Simone

martes, 24 de agosto de 2010

Telefonear a Dante Alighieri


Cursaba el segundo año de bachillerato (o primero, no sé). El terremoto y la administración del colegio en el que estudié dejaron de lado a la maestra de teatro, a ella y miles de actividades que nos hacían la vida feliz. Ya no entrenos de basquetbol, ya no reuniones del coro, ya no más perder el tiempo en los pasillos por la tarde. Yo andaba deprimida porque hacía meses que no ensayaba para teatro.

Aquellos días después del desastre fueron terribles.
Tuvimos que recibir clases en salones prestados de una institución amiga, pero que de todos modos no nos gustaba. Riñas absurdas de colegialas. Nada de qué preocuparse.

Fue entonces que no sé cómo, o en qué anuncio vi que acaban de abrir una institución llamada Asociación Dante Alighieri. Era un programa para estudiar artes escénicas. Para entrar pedían quinientos colones (ahora entro en duda con los datos porque no sé si eso fue a finales de ese año en que nos dolarizaron; año más, año menos, no lo sé). ¡Eran quinientos colones! Ni eso pagaba de mensualidad en mi colegio.

El caso es que con mi entusiasmo desbordante le dije a mi madre que si podíamos preguntar. Me hizo cara de "no" cuando le dije el precio. Así que seguí arrastrando mi depresión leve que se convertía en frustración. A los días me dijo que llamara, que iba a hacer el esfuerzo (benditas las madres). Así que llamé y me explicaron que eran solo quinientos de inscripción, más todo el material que íbamos a usar.
Luego pedí que me explicaran dónde era, me explicaron; y así fue como anoté en mi agenda: en el renglón de arriba: Asociación y el número, y en el renglón de abajo Dante Alighieri más el otro número de la oficina, es que tenían dos contactos.

Nunca pude dar con la asociación esa. O la gente cree que explica muy bien las direcciones o de verdad yo no tengo habilidades espaciales. Para regocijo de mi madre yo hice teatro gratis días más tarde, y todo se solucionó. Fuera frustraciones.

De la asociación Dante solo me queda un recuerdo muy grato:
Una amiga anotó su número de teléfono en mi agenda, y se puso a verla porque era muy bonita. Luego, vio el número y un nombre extraño, y me dice: ¿Tenés el teléfono de Dante Alighieri?

¡Ay, cómo gocé ese día!

Ya hubiera querido yo ser amiga de Dante para que me contara los pormenores de Virgilio y blablablá, y de paso que nos ayudara con una entrevistita en la exposición que hicimos de él para Lenguaje.

Esos momentos quedan para la eternidad.

PD: Por cierto, no sé por qué siempre pintaron a Dante todo bravo, si es de lo más divertido y entretenido.

lunes, 23 de agosto de 2010

Walk

Wordreference.com tiene lo suyo. Define walk así:
walk1 /wɔ:k/ verbo intransitivo
(go by foot) caminar, andar(conj.⇒) (esp Esp);
(in a leisurely way) pasear;
(go along) ‹hills/path› recorrer
(take for walk) ‹dog› pasear, sacar(conj.⇒) a pasear
(accompany)
acompañar.

De todas las acepciones mencionadas las que más me gustan son recorrer y pasear.

Ha de ser este mundo globalizado el que me obligó a decir walk y no caminar, y también es culpa de las películas hollywoodenses chafa que evoque junto a esa palabra un semáforo con un hombrecito verde que le indica a los transeúntes que es hora de cruzarse tal avenida en una ciudad tan enorme como Nueva York.

Caminar no es lo mismo que dirigirse a pie a algún sitio. No, no es lo mismo. Caminar requerirá de una decisión trascendental: elijo por hoy no usar el transporte colectivo y usar mis piernas para llegar a tal sitio.

A mí me gusta caminar. Siempre soñé con vivir más o menos cerca de mi colegio, universidad o trabajo para andar a pie por las calles.

Me gusta caminar porque es un acto egoísta, supremo y lleno de poder.

Si vas a pie no tenés por qué sucumbir a la voluntad del señor busero, el conductor o cualquier contratiempo como el tráfico.
Mi teoría es que el tráfico va a terminar matándonos de puro estrés, de la pura impotencia de no poder solucionarlo, de no poder tirarnos de la buseta y caminar.

Caminar es lujo en mi país.
Jamás disfrutaremos de esos los paseos al estilo inglés, esos de las películas cursis a lo Jane Austen. Pasear. Deleitarse del panorama, y luego tomar el té. Caminar y descansar.

Pasear es un lujo porque aquí no tenemos chance de hacer flirteos en bosques, ni de sentarnos en banquitas, mucho menos hacer picnic. (Pregúntele a La Gran Vía y a Grupo Roble qué hicieron con nuestros bosques.)

Mi tía no camina. Ella está obligada a tomar dos autobuses para llegar a su trabajo porque desafortunadamente vive lejos, muy lejos. Más allá de la pedrera en la cordillera del Bálsamo, sobre esa calle que se supone construyeron los reos (atados a una bola de metal, como en los muñequitos de la Metro Golden Mayer). Ella y muchos más gastan sus centavos en ir y venir en bus. Una lástima total.

Caminar no siempre es una opción.
¡Qué terrible es perder tanto poder!
¡Qué brutal es no poder ejercer la voluntad!

Por eso, ahora que puedo, aprovecho caminar. Sí, tomo un bus que me deje a la mitad del camino, pero la otra mitad es mía y solo mía.

Me gusta recorrer las calles porque elijo mi ritmo, conozco atajos y no me alejo de la realidad.
Vivo la ciudad porque no cierro mi ventanilla para evitar que unos chiquillos malabaristas con limones me pidan una peseta gringa.

Camino porque así saludo a la señora que vende el periódico, el que vende pupusas e insulto a uno que otro jornalero, panadero u oficinista que me diga algún piropo estúpido.

Me gusta caminar porque siento, en cada arriate o jardín que hallo, la tierra ahí debajo. Camino con chancletas, que es lo mejor de todo. Mal para la estética, bien para el alma.
Camino porque este trabajo me obliga a estar sentada, porque así veo despacito cómo el cielo se colorea de naranjas, porque me gusta escuchar los pericos.

Camino para hacer efectivos mis tres dólares de vialidad anual.

Andar a pie es una manera prepotente de confirmarme que no necesito un carro, y que puedo no comprármelo todavía, es para decirme que las calles son mías porque las uso.

Me gusta caminar porque es egoísta, voluntarioso y, sobre todo, porque no me gusta esperar a nadie.

PD: Ahora imaginen caminar con doña Nina Simone, mientras suena esta:

miércoles, 18 de agosto de 2010

Aquí corrió...

En mi país tenemos un dicho que reza así: Es mejor decir aquí corrió que aquí murió. Han de saber, amigos, que mi patria es violenta, mucho con demasiado como dicen las gentes. Pero el dicho, en mi opinión, no tiene nada que ver con la muerte en sí misma.

"Aquí corrió..." solemos usarlo para defender nuestra aparente cobardía. Aparente, sí, sí, sí, muy aparente. Digo eso porque no siempre cuando uno huye es por temor. Digamos que echar mano de la prudencia no está mal, nada mal.
Estaba con mi amiga Anna el otro día en un café y le digo: vos seguís instintos, ¿verdad? (y asintió victoriosa) Yo también, le dije. Y así fue como decidimos replegarnos y buscar en otro lado porque no siempre las buenas sonrisas son las que nos convienen.

Yo los invito a que si de casualidad tal fulano o fulana les da de ese miedito raro, o desconfianza, o está medio inseguro... ¡huyan! O si tal proyecto no va, no camina, ¡que se mude! Errantes seremos.

Aquí corrimos porque es mejor caminar y hacer nuevo rumbo que quedarse y morir en un intento ya de por sí fallido.

Así como dice nuestro ya ¡oh, sabio Gustavo Cerati!: ¡De qué desastre me salvé!

lunes, 16 de agosto de 2010

Vicios mayores

«Poco importa lo que yo u otros puedan decir. Lo esencial que he de realizar, si no es mutilado, destruido o defectuoso en el breve tiempo que aún me queda, es absorber en mí todo cuando se ha hecho, convertirlo en una parte de mí mismo y aceptarlo sin protestas, ni resistencias, ni temores. El mayor de los vicios es la ligereza. Todo lo que llega hasta la conciencia es justo.»

Oscar Wilde, De profundis.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Erratas

Este trabajo a veces da para reírse. Ya lo hemos dicho, nos pagan para no equivocarnos, ahora bien, ¿a los redactores les pagan para decir tonterías?
No me vean mal y no piensen que es prepotencia, miren nomás:

«Aprovechen las ventajas de lavar su ropa en lavadoras que lavan y cuidan sus prendas por su innovador sistema de lavado

Le cuento a mi amiga Marie y me dice: «Es mejor lavar en lavadoras que lavan, porque algunas lavadoras planchan, ¿verdad?»

(Y después quieren que uno los tome en serio.)

Así la vida, en fin.

lunes, 9 de agosto de 2010

Trotamundos (o patechucho)


Aquí en mi país tenemos una manera divertida de decir eso mismo: patechucho, que es una contracción de pata de chucho. O sea, pata de perro, pero si decimos pata de perro no es tan chabacán, así que me quedo con patechucho. Es bonito, y más si uno imagina a un perro pulguiento, apestocillo y callejero. De esos que salen a veces en las portadas de los libros de Coetzee. Huesudos y viejos de tanto andar, como este, por cierto, el libro es fenomenal.

Mi madre siempre me dijo así, que yo era una gran pata de chucho. Eso significa que me gusta andar aplanando calles, caminar, explorar nuevos mundos.
Mi familia siempre fue así, no tener carro jamás nos detuvo. Mi hermano y yo nos pegábamos a mi papá como garrapatas y nos íbamos al estadio, FENADESAL (una estación de tren con cancha, lotería y un gimnasio abandonado), o a la casa de la abuela, o hacer bicicleta de montaña, o paseábamos hasta aquel balenario con un sapo esculpido en piedra.
La culpa la tienen mis padres, a quienes siempre les gustó vacilar (la 4).

Cuando estuve adolescente me hice amiga de las chicas del colegio que vivían en los departamentos lejanos a la capital, que es donde crecí; aunque vivo más allacito, en las faldas del volcán. Me iba por semanas hasta esas tierras lejanas.

Viajes familiares. Viajes con amigos.
Decía mi viejo: total, ya tenés mayoría de edad.

Lo que más me gusta de irme a otro sitio es caminar en las calles. No soy turista de museos y esas (maravillosas) tonteras. A mí lo que me gusta es callejear. Me gustan los mercados, me gusta regatear por un par de guineos (bananas pues). Comer asquerosidades inimaginables y luego enamorarme de los platillos que venden en puestos o carretones (siempre se ven fatal, pero luego saben bien).

Calle, casas, otras costumbres.

En realidad lo que más me gusta de ir a otros sitios es la gente. Los lugares son siempre bonitos o feos, depende de cómo se mire. Pero la gente... es un gran tesoro. (Es que no se me da lo paisajista.)

Con los años voy acumulando sellitos en el pasaporte. He ido a algunos sitios luego de grandes esfuerzos económicos, otros vinieron por premios (y mucho trabajo) y otros simplemente llegaron a mí.

En cada viaje he acumulado nombres en mis libretas, comidas en parques, cafés milenarios, meriendas a orillas de una vía del tren o frente al mar. Sin embargo, en todos esas comidas lo que más recuerdo es lo bien que me la pasé con esa persona que estuvo conmigo.
Como el tipo de boina que en el primer saludo me invitó a un tradicional chocolatito limeño, como la chica nicaragüense que, también sin conocerme, me dejó estar en su casa y comer del mismo plato palomitas de maíz.

Por eso me gusta ser pata de chucho, para andar corriendo de aquí para allá, para poder ser amigable (y menear la cola) y que alguien se apiade de mí, de mi callejerosidad. Me gusta probar que en el mundo hay gente buena, que te invita a un pisco, chocolate o una cervecita Imperial.

Me gusta patechuchear.

Yo patechucheo
Tú patechucheas/vos patechuchueás
Nosotros patechucheamos
Ellos patechuchean...

¡Serás un gran patechuchuador?

Solo decime, ¿¡donde nos vemos!?


PD: imagen cortesía de Desfile de mascotas.