martes, 27 de mayo de 2014

Un gato propio

Soy una treintona casi frustrada. Pero mis pesares no son de índole fútil, por ser amable, como si estudié lo que quise o si tengo el trabajo soñado o el marido ideal, como diría Wilde. Tampoco me siento aminorada por ser bajita, morocha y ciega. No, no, no. Dos de esas características fueron en más de una ocasión veneradas (y siguen siendo huella de buen recuerdo). Sí me frustra un poquitín que no terminé el tal inglés en mi adolescencia y ahora estoy retrasada en eso y blablablá. No, mis frustraciones son más profundas. Son casi infantiles.

Jamás he tenido un gato.

En serio. Venero a esas criaturas salvajes, pero nunca he nombrado uno. Y por lo pronto no sé si me llegará a pasar esa felicidad que supone que un gato se me arrime mientras leo sandeces. Sueño con el día en el que llegue a casa y esa cosa peluda haya rasguñado mis sillones, o que dé de maullidos mientras le digo que le compré camarones. Sueño con poder ponerle un nombre snob de algún escritor que me guste.

A los veintitantos mi madre ya tenía parentela y casa. Yo ni uno ni lo otro. La aparente bonanza económica que supone ser una muchacha estudiada se diluye en la compra de víveres en un supermercado de cadena internacional. Hay quienes tienen gatos en apartamentos. Mi antigua casera me dijo que podía tener uno, pero que lo tuviera encerrado. ¿Encerrado? ¿Un gato puede estar encerrado? No, eso no pasa.

Con mi antigua compañera casi tuvimos uno, pero hacía ruido en el techo de los vecinos del piso de abajo cuando la condenada se escapaba a pasear. Pero esa no era mi gata, era de ella... prestada por la Chera, quien goza ahora del frío chileno.

En fin. A los nueve años casi tuve uno. Mi abuela Catalina, mi hermano  y yo lo llamamos Beto. Era negro y ojos amarillos. La belleza personificada. Pero tuvimos casa chica y se escapó, porque tampoco era nuestro. Beto era un intruso que nos amaba y le gustaba jugar con nosotros. Y un día que decidió dormir conmigo lo sacaron a patadas en la madrugada y jamás volvió. Es que a los gatos no les gusta que los maltraten. Ellos son de la casa y no guardan fidelidad.

Cuando estábamos más grandes, quizá 12 años, adoptamos la gata de la Niña Mary. Era blanca con parches grises. Unos bigotes seductoramente largos, hermosos. Su naricita rosa se metía entre las costillas de uno cuando quería una caricia. Estuvo con nosotros un rato... Digo, llegaba, comía, se quedaba un par de horas y se iba, como algunos hacen con la amante. Porque la gatita no era nuestra tampoco. Un día quisimos darle un baño, salió huyendo despavorida... y tampoco volvió.

Puede inferir, amigo lector, que este es un deseo estúpido y escuálido en comparación con querer un automóvil. Pues yo carro no quiero. Quiero un gato. Puede creer también que es una niñería... pero ¿acaso no lo es también querer el último teléfono de moda?

Ahora, emancipada y con la vida puesta (tengo una cafetera y un horno, también un hombre amable que duerme en la habitación del fondo y me lee antes de dormir), por qué pues no tengo un gato. Es una cuestión dura esta.

Vivo en un segundo piso y no tengo patio.

Tener un gato supone que el modelo económico que por años hemos tenido deje de estrangularnos y nos deje por fin tener una casa con patio. Supone que la cultura vecinal no me mate al animal con matarrata o vidrios revueltos con carne. Supone que pueda dejar una ventana abierta para que el gato entre y salga a sus anchas sin que un día halle la casa saqueada... Supone que los carros no lo hagan alfombra si este quisiese ver a sus vecinos del otro lado...

Tener un gato es complicado.

Tener un gato es tener la vida salvaje en casa... y la crisis habitacional está ahorcándome porque estas ofertas de casas nuevas están espeluznantes. Tener un gato es tener una casa que el gato quiera, porque los gatos son de la casa, no de uno.

¿Que para qué lo quiero? Para ponerle nombres raros, para hablar con él y escribir de él. Para hacer cuentos que giren en torno a su maravillosa personalidad, para ser snob también y ser parte de esa manía de escritores locos por los gatos... para contemplar la maravilla de la vida que camina y salta ventanas... Para que se coma los ratones que no tengo, para tener de qué hablar con la gente que no quiero... Para tener fotos cursis... ¡Qué se yo!

Soy una treintona que sueña cosas imposibles: un lugar propio y así ofrendar una vida aristócrata a un animal noble para que me ame.



lunes, 26 de mayo de 2014

Cadenas

Las historias de emancipación son lindas, esperanzadoras... nos dan fuerza. Voy a recordarles el cuentecito del elefante y la cadena; y ya sabe usted que como no sabe lo fuerte que es se queda ahí y blablablá. Que es cierto, que es terrible. Que también hemos visto fotos de cómo los domestican. Y no es con amabilidad como con el Principito y su Zorro. No, es brutal.

Así algunos sitos. Así algunas gentes.

Quizá lo más relevante de la emancipación es que uno se de cuenta de la cadena y luego, voy a escribirle cartas a mis hijos, amantes y seres para que manden un pastel en el que adentro vaya una lima.

Lo mejor de las cadenas es que son eslabones, sin una pieza no son nada. Lo mejor de la emancipación es que viene de maneras insospechadas. Lo mejor de las cadenas es que puedes hacer ejercicio brincando con ellas y te dan, como las pesas, más fuerza. Lo mejor es que cuando no las tienes y tienes la fuerza que te dejaron... sí, puedes saltar tan alto que puedes tocar la copa de los árboles.

Lo mejor de las cadenas... No. Las cadenas no tienen buena cara, gentes.

Hijos, hijas... pastel de queso y fresa, por favor.

viernes, 9 de mayo de 2014

Homenaje a Don Paco (Francisco Andrés Escobar)

Una tarde, la Kiki y yo nos pusimos a fantasear sobre todo y nada, sobre libros... y se nos ocurrió hacer este video en homenaje a Don Paco porque ya se acercaba su cuarto aniversario. Él fue el motor de una gran generación de periodistas, investigadores, docentes... estudiantes al fin y al cabo. Con él, muchos descubrimos nuestra vocación. Cada sábado nos llenaba con sus Croniquillas y los que vimos Billie Elliot con él quizá jamás olvidemos ese momento luminoso en el que él dijo qué era asumirse, que este oficio (escribir) era hermosamente jodido (lo de jodido lo agregué yo).

Para el video, contactamos a amigos vía correo electrónico, Facebook, Wassap y llamadas telefónicas. Les comentamos nuestro plan y repartimos a Don Paco por Perú, Italia, España, Costa Rica y El Salvador. Todos hicieron lo suyo (hubo camarógrafas de cuatro años, incluso), apartaron un ratito de su vida para darle vida de nuevo al maestro... y en casa armamos "el muñeco".

Gracias, gente, por estar, por compartir, por ser parte de este proyecto.

Don Paco, gracias por todo.
(1942-2010)

Participaron:
Por orden de aparición

Mateo Juárez (El Salvador)
Yazmín Chávez (Perú)
Pks Salin (El Salvador)
Xosé Castro (España)
Óscar Luna (El Salvador)
María del Mar Obando (Costa Rica)
Karen Majano (España)
Amparo Marroquín (El Salvador)
Azucena Mejía (El Salvador)
Fran Arias (El Salvador)
Lore Juárez (El Salvador)
Erika Pimentel (Italia)
Laura Samour (El Salvador)
Kiki Landaverde (El Salvador)
Milton Rodolfo (El Salvador)
Ana Castro y Xosé Castro (España)
Gabriela Oviedo (El Salvador)


PETICIÓN Y OFRENDA