lunes, 18 de abril de 2011

¡Sed libres!

Los bolígrafos y lápices se movían de manera trepidante, bailoteaban en las manos una velocidad comparada tan solo con la agitación que produce querer escribir todo el cuaderno en un hilo de papel justo segundos antes de que inicie un examen final. Escriben. Sí, todos ellos escriben. En esas páginas reina el caos (y se construye la libertad).

Natalie Goldberg ha vuelto a hacer de las suyas en mi salón de clases. Fiel a que su método es lúdico y liberador, sometí a esas indefensas criaturas que se llaman estudiantes a un exorcismo necesario. Se dejaron llevar, confiados en que para algo serviría el ejercicio. Usamos el capítulo uno de Escritura como terapia creativa.

En esas sesiones, nos olvidamos por un momento de la ortodoxia y le dimos paso a eso que Natalie llama Reglas de la práctica de la escritura, esas que, según esta doctísima maestra, también sirven para el sexo. Yo le creo.

Regla número uno: Mantener la mano en movimiento. Eso es, muchachada, para que su mano editora, o sea la que no escribe, no pueda alcanzar a la mano creadora. Que diga todos los disparates que quiera decir… Entre más rápido escriban, tendrán menos tiempo de autocensurarse.

-¡Pero no sé de qué escribir!, me dijo uno.
-Entonces escriba: estoy sentado en un horrendo pupitre y no sé qué escribir… ¡Escriba lo que sea! ¡Pero no pare!

(No pare, no paren… todo está en el movimiento continuo. Sonrisas de los sexópatas.)

Regla número dos: Perder el control: «digan lo que quieran. No se preocupen de que si es correcto, adecuado o apropiado». Que salga todo.

-Y puedo escribir malas palabras…
-Las palabras no son malas, contesté…
-¿groserías?
-Muchachas, ¡digan lo que quieran!
-¡Aaay, y yo que me estaba conteniendo!, aulló una chica.
-Pierdan el control… ¡por favor!

Tres: 3. Ser concretos: «carro no, Cadillac. Fruta no, manzana». Pájaro no, catalnica. Nombres concretos. Sentimientos concretos.

-¿Y si es algo muy feo contra alguien?
-¡Tanto mejor!

Regla número cuatro: No pensar: «generalmente vivimos en el reino de los segundos o terceros pensamientos, pensamientos sobre pensamientos, más que en el reino de los primeros pensamientos, que es la forma auténtica de vislumbrar  algo repentinamente. Aténganse al primer fogonazo.» No piensen. ¡No piensen!

-¿Y si lo que escribo no sirve?
-¡No importa! Escriba, escriba, escriba, escriba… (Siempre sirve, aunque no lo crea) ¡No piense!

Las demás reglas de Natalie explican que luego nos fijemos en la ortografía y gramática, pero he aquí el eje central de una escritura que busca ser liberadora.

¿Que si sirve el ejercicio?

Yo creo que sí. Sin contarles de qué iban los textos tengo la sospecha de que funcionó: las sonrisotas y los rostros de alivio me dan una pista. ¿Varias vidas se han salvado? No lo sé, pero estoy segura de que sí ha sido un balsamito para sus atribuladas vidas.

Ese ejercicio lo hicimos con mi maestro hace ya varios años. Es quizá uno de esos momentos en los que la rabia, la tristeza, la pasión y la euforia se decantaron en una página, es justo la manera en la que muchas veces me he dado cuenta de qué  pasaba en verdad con mi vida.

Escribir y liberarse…  Por cierto, ya que usted está aquí, ¡aprovechemos! ¿Por qué no prueba? Es baratísimo el asunto: una libretita, lápiz y ya. Escribir, no parar, no pensar y ser concreto. ¡Inténtelo! ¡Sea libre!

Las reglas de la práctica de la escritura sirven para escribir y ser libres (y sí, véalas bien porque está la teoría de Natalie: también se aplican al sexo).


viernes, 1 de abril de 2011

Los invisibles


Lázaro Rodríguez Oliva lanza una pregunta que es como un cuchillo bañado en sal que abre llagas. Sus observaciones se desprenden de una afirmación que explica sin pausa pero sin prisa. «Lo que no existe es producido activamente como no existente.» Lázaro parafrasea (y nos presenta, entre otros) a Boaventura De Sousa Santos.

En el marco del taller de Políticas culturales: investigación e innovación para el desarrollo, auspiciado por el Centro Cultural de España en El Salvador, Lázaro Rodríguez Oliva se esfuerza en mostrarnos que las afirmaciones de De Sousa no son ideas etéreas. Él procura que comprendamos que de alguna manera somos (querrámoslo o no) «invisibilizadores del otro».

Entre una mareada de temas y discusiones que le compete una plataforma más amplia y de diálogo, traigo a cuenta esa cubetada de preguntas hirientes: ¿cuándo producimos ausencias? ¿Cómo yo desde mi individualidad anulo al otro? ¿Qué hay detrás de esa ausencia que produzco de manera ignorante o intencional?

Lázaro afirma que sí, hay culturas hegemónicas; que sí, hay políticas culturales involucradas. En específico con el ejercicio y visto desde ese micromundo (es decir, preguntándonos a nosotros mismos), puede resultar chocante darnos cuenta de que alguna vez pregonamos inclusión y participación pero no, no somos tan incluyentes como creíamos ser.

Puestos en situación: ¿quiénes son invisibles para nosotros? (en camaradería lo traducimos en: quiénes nos resultan insoportables, y si nos ponemos extremistas y honestos: ¿a quiénes odiamos?).

Hicimos el ejercicio con unos amigos, bajo anonimato e intimidad, y sacamos algunas conclusiones poco honorables que compartimos con ustedes para dar fe de que hay algunas personas que quisiéramos ignorar y que de hecho lo hacemos (para mal del mundo).

Con la respuesta se supone que veamos qué discursos hegemónicos perviven en nosotros, esos que se desdoblan en prácticas culturales tan «naturales» (e inhumanas) como no saludar a tal en la calle por alguna razón más o menos justificable, eso según nosotros.

Pensemos. Sí, pensemos en aquellos que están ahí y que queremos ¿anular? 
Las listas pueden ser largas y ridículamente específicas. Agárrense.

«No nos gustan los gringos por creerse americanos y americanos somos todos, ignorantes. Detestamos a los que se creen más que los demás, como cierto país argentino. ¡Ay! Odiamos con fervor a los que creen que viven en países de primer mundo y creen que los demás estamos en países subdesarrollados…

 »Detestamos a los que escuchan música pop, a todos los buseros que nos obligan a escuchar reguetón, detestamos terriblemente a los fanáticos del Barca-Madrid. No soportamos ni en broma a las mujeres que viven para arreglarse, verse chic y andar en tacones, odiamos a los niños que no dicen buenos días, a los vigilantes por preguntones y a sus novias, las tortilleras, aborrecemos a los fanáticos religiosos porque con su cantadera no nos dejan pensar, odiamos a los roqueros porque se visten de negro, a los fanáticos de los carros y el tuning (y ellos nos odian porque somos pseudosnob). Vemos mal a los vendedores de la calle porque hacen desorden, nos parece penoso que algunos no aprecien las artes. Detestamos a los que se ríen nerviosos en el teatro, a los que no van al teatro…

»Detestamos a los que viven para chismorrear sobre las estrellas de Hollywood, odiamos Hollywood, y a los vecinos que ven Quién quiere ser millonario cuando el premio no es un millón. No nos gustan las rubias ni los metrosexuales… ni los que parecen indígenas. No entendemos a los gay… Ni a los que no leen… Odiamos a los que leen demasiado porque nos dan envidia… a los oficinitas porque tienen mejor trabajo que nosotros… a los que triunfan… No soportamos ¡a nadie!»

Con tanto odio desparramado, valdría la pena repensar en De Sousa, ¿qué hay detrás de tanta invisibilización? ¿Acaso no son (somos) seres humanos? ¿No tenemos los mismos derechos?

Ciudadanos del mundo, quizá, pero de un mundo en el que los coetáneos no nos reconocemos porque somos diferentes. ¡Porque ellos son diferentes! ¡Y claro que todos somos diferentes! (¿Eso no es un valor agregado?) Porque si así invisibilizamos a algunos, ¿qué hacemos cuando nosotros somos los anulados?

¿Por qué nosotros, que creíamos ser almas beatas, somos en realidad así de bestiales? Nosotros también somos los otros y lo que para nosotros es certero, para otros es transgresión. Somos los otros, somos los otros, y para muchos tampoco existimos.

Lázaro Rodríguez Oliva va directo a la yugular: «Sí, es muy difícil, pero nuestro fin debe encaminarse a no ser parte del engranaje cultural que reproduce la exclusión».

Le pasamos la papa, haga su lista.