miércoles, 29 de diciembre de 2010

Coloquio para la domesticación (o Las listas de fin de año)

Antes de empezar con la lista, es imperativo tener una conversación seria con nuestra pereza, inconstancia y débil voluntad. ¡Cuánto servilismo! ¡Cuánto nos han arrastrado! ¿No estamos hartos? Es demasiado. Es insoportable. Hemos sido sus esclavos, ¡es hora de emanciparnos!

¿De qué sirven los buenos propósitos sin disciplina para ejecutarlos sino para engañarnos a nosotros mismos y creer que podemos cambiar? ¿Para qué esforzarnos en desechar tan buenos y deliciosos malos hábitos? ¿Por qué perder la comodidad si se vive tan bien con ella? ¿Para superarnos? Si no estamos dispuestos a sacrificarnos, ¿para qué tanta algarabía con las listas de buenos propósitos en el nuevo año?

La pereza se desliza entre nuestro letargo, lo prolonga a su antojo y nos amarra a la cama esos quince minutos más por las mañanas. (Y así vamos perdiendo la vida.) ¡Ay, inconstancia! Tan fácil es darte cobijo. Porque es más cómodo no perseverar y solo cumplir  si nos da la gana… ¡Cuánta fuerza de voluntad!

¿Quién corre contra sí mismo para clavarse una espada? ¿Quién de nosotros traiciona su propia palabra? ¿Quién olvida su honor? Todos. Todos alguna vez lo hemos hecho. Nos es natural. ¡Cómo nos traicionamos! Volvemos jirones nuestras propias promesas.

¡Liberémonos! ¿Alguien se pronuncia? ¿Vamos a seguir ante tal dominación y perderemos todo aquello que podemos lograr? Por ahí alguno dijo «sí», pero luego lo exorcizaremos. Los demás se supone que gritemos con vehemencia: «¡No! ¡No nos dejaremos dominar!».

 «¡Eh!, tú, pereza, nos has gobernado por años, pero ahora será tu perdición. Reconocemos que bajo tus hechizos estuvimos prisioneros. ¡Cuánto gusto te dimos! ¡De cuánto nos privamos por tu causa!

»Y dirá uno: “Me levantaré por las mañanas y sudaré la gota gorda para perder estas setecientas libras de más que tengo, y no solo eso… Por fin leeré un libro completo”. Otro agregará: “¡No dejaré de ir a mis clases… ¡Y no vas a impedírmelo!”  Ya lo sabemos: somos ambiciosos, creés que pedimos demasiado, ¡pero no!

»Y vos, inconstancia, vas a someterte a nuestra voluntad porque así lo hemos decidido. No seremos más una veleta. “Terminaré mi curso de cocina, y si me intoxico… ¡No voy a frustrarme!”, dirá una. Y gritará otro: “¡Verás que no es una promesa más! Sí iré al gimnasio”.

»Voluntad, voluntad… ¡Serví de algo, por piedad! Sé fuerte, sé incorruptible, sé como Sansón cuando le creció de nuevo la melena… No te hagás la damisela ahora que necesitamos que seás de plomo. ¡Soportá las flaquezas!

»A ustedes tres, traidoras, vamos a someterlas a una dieta de faquir para que aprendan a ser fuertes, laboriosas, constantes y disciplinadas. Las someteremos, con infinita paciencia, a torturas inimaginables como la puntualidad, proactividad, ejercicio, mesura y disciplina miliciana. ¡Ya no más antojos!  Sabemos que protestarán, somos conocedores de sus artimañas de seducción, sin embargo, sobreviviremos. ¡Sobreviviremos!
»La decisión está tomada. Ustedes tres ya nada tienen que hacer más que obedecer.»

Sobre la mesa hay una libreta de papel amarillo en la que pronto escribiremos nuestros más hondos anhelos. (La lista de propósitos del año venidero.) Estamos esperanzados, es una época propicia para soñar e hilvanar promesas. Y ante este ritual necesario, los vicios cultivados cooperarán.

Dominaremos primero nuestros bajos instintos antes de redactar listitas entusiastas. Sin una buena base de acción, pérdida de tiempo es soñar, porque los sueños son para realizarlos. De lo contrario, son delirios y fantasías.
Trabajo constante y sueños elevados. Antes de desparramar frustración, disciplina. Porque vamos más allá de la prueba y error, porque no sucumbimos ante la derrota.

El fin de ciclo se acerca: ya es hora de domesticarnos.


*Publicado también en ContrACultura.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Placer

«Adoro los placeres sencillos; son el último refugio de los hombres complicados.»
La frase de Oscar Wilde resuena y estalla. Resuena y estalla.
Y la sencillez consiste en: 
mirartocarbesarcaminaracariciarjugarfornicarsaborearlameresperarregalarfantasearpensartrastocarseducirdescifrardescubrircortejar... crearescribirmordercantarcomersaltar...


(Tantos verbos.)

martes, 14 de diciembre de 2010

Charanga

Hace un par de días hallé al Charanga.
Yo estaba con mis tíos en el mercado y ahí llegó él.

(Hay encuentros casuales que parten la vida. Y sin tanta algarabía ese fue uno de esos.)

Conocí al Charanga hace quizá veinte años. Era un muchacho flacucho de facciones niponas, dientes largos y brazos kilométricos. Aparecía en cada fiesta, en cada Navidad y cada vez que los tíos lejanos se dejaban descolgar del norte. (Era yo una mocosa por aquel entonces.)

A mi familia le gusta la fiesta, le gusta llenar de gente su casa y Charanga era uno de esos hijos adoptados. Mi familia es cuna de futboleros empedernidos y Charanga jugaba de delantero y volante. Su posición era vital, era buen goleador.

Cuando el Charanga me saludó no pude hacer más que sonreírle porque yo sabía que en mi rostro él encontraba a aquel que fue su amigo, su compinche... al Tavares (o sea mi viejo).

Platicamos un rato y luego se fue. Y tras de su espalda recordé cómo en aquellos días todo era fácil y distinto... eso hermoso de ser niña.
 Recordé cuando mi viejo jugaba fútbol con todos sus primos a las 4 de la mañana del 25 de diciembre... Y los gritos de gol... Cuando se sentaban todos los hombres en el patio y destusaban elotes, cuando  hacían fogatas... cuando...

"La memoria tiene vida propia", me dijo un amigo que toca la conga y los timbales.
Y yo tan solo espero que este cajón mío siga sacando esas pepitas que me hacen sonreír en silencio. Que no se muera nada en el olvido, por favor.

PD: Por cierto, ese día supe, veinte años más tarde, que Charanga tiene un nombre... sí, no solo se llama Charanga: se llama Rafael.

lunes, 13 de diciembre de 2010

¡Feliz viernes negro!

Precios de locura. Alístese: el viernes negro ha llegado. ¿No le suena? Pero si estamos tan globalizados, ¿cómo es posible que aún no tengamos nuestra fiesta de viernes negro?

Comerciantes, están atrasados. Eso se llama no ser proactivo, falta de creatividad (de esa plagiadora e imitadora de barbarie, de esa importada).

Allá en el norte gringo se aprovecha bien el cuarto viernes de noviembre para comprar todo lo que siempre hemos deseado. Quedó muy bien la fecha, es el día después de Dar Gracias. Exijamos nuestro derecho: también queremos un viernes negro.

Lo primordial para festejar un buen viernes negro es atender las ofertas con obediencia, así que saque todo su dinero disponible (tarjetas incluidas), luego súbase a su carro y corra contrarreloj para llegar a los centros comerciales.

Ya le conté, las ofertas son de locura. No es un invento. Hemos soñado todo el año con 60% de descuento, con promociones al dos por uno, el segundo artículo regalado. Es nuestro sueño hecho realidad: pagar hasta enero y cero prima. ¡Que su familia pague en Estados Unidos! ¿Acaso no es tentador?

De ahora en adelante denomínese como el Cazaofertas. Sí, un justiciero que busca arrebatarle a los usureros ese beneficio llamado «ganancia». Nosotros también nos merecemos una tajadita.

Al fin y al cabo, esta época es para hacernos felices. ¿No?

Pasos para ser un buen Cazaofertas:

Uno: este viernes pida permiso en el trabajo para poder estar desde las seis de la mañana en los centros comerciales. Que nadie se lleve «eso» que usted ha estado deseando tanto. «Al que madruga…»

Dos: Si no quiere salir, pida todo por internet. El plástico aguanta con todo.  (Aunque también es emocionante pasearse entre los escaparates, así compra algo que no esperaba: ¡abrace la espontaneidad!)

Tres: ¿Que topará las tarjetas? ¡No se preocupe! Ya viene el aguinaldo y el bono. ¿El colegio de los niños? ¡Relájese! Solo guarde un poquito de la segunda quincena de diciembre… Pero por favor, no sacrifique los «cuetes», son el alma de la fiesta. (Compre de los de a metro o las ametralladoras de colores: nos encantan porque nos recuerdan a las bombas de los ochenta.)

Cuatro: Muestre su amor con regalos (absurdos): su esposa siempre ha querido un vestidito de diseñador. Regáleselo. No sea tacaño. Lo más importante es verse espectacular.

Cinco: Consiéntase: señora, usted siempre quiso otro plasma para ver la novela y las películas. ¡Ahora es cuando! ¿Que se resquebraja la unidad familiar? (¡Esto es una familia?) Vamos, seamos realistas: ¿qué hay mejor que contemplar estupefactas TVyNovelas o una película en formato 3D? Eso es la felicidad.

Seis: A las niñas, muñecas; a los niños, videojuegos de guerra. No hay dónde perderse. Que vayan practicando desde ya para lo que serán útiles en la vida.

Siete: Usted necesita (anhela) un teléfono con redes sociales y una laptop con supercámara web. Imagínese, así podrá saludar a todos los vecinos de su cuadra sin tener que salir de su casa. ¡Es espectacular!

Y por último, jamás se deje llamar  «consumista». Explíqueles que son las nuevas necesidades. Antes todo era aburrido y nos consolábamos comiendo juntos una cena porque era lo que había. Ahora no, la diversión no espera, la entretención tampoco. Además, ha trabajado tanto… ¡Cómo no consentirse!

Es víspera de… ¿Navidad? Pero nosotros ya no la celebramos, es que verán, ha pasado un poco de moda. ¿Que quién nace? No lo recordamos, solo sabemos que Santa Claus baja por las chimeneas de este país tropical. Perdonen nuestra distracción, es que están sonando las ofertas… ¡Tengan un feliz Viernes Negro!



PD: Había olvidado contarles de esta publicación. Salió el miércoles 24 de noviembre de 2010, o sea, dos días antes de la fiesta. Ustedes gocen... en aquí.


viernes, 10 de diciembre de 2010

Memento

Memento.
(Del lat. memento, acuérdate)


Hay instantes que duran tan poco en el tiempo que por ello los volvemos eternos en la memoria.

Y la memoria es una vieja loca de dientes chuecos que revuelve las cestas en las que está eso que llamamos recuerdos... ¿Qué busca? (Ni ella lo sabe.)
Al final de los días terminaremos siendo todo aquello extraño que creímos ser y que quizá no fuimos.
Yo por eso voto por la fantasía y la inventiva.

Total. Mis fantasías son mías.


PD: Aquí está el tráiler de Memento (cómo está contada es fenomenal). 

jueves, 9 de diciembre de 2010

Juguemos

Juguemos a que es Navidad y que de verdad es una época feliz en la que todo lo que deseamos puede cumplirse. Juguemos a que la imaginación va ligada, intríseca, a la acción y que por un instante somos tan poderosos que podemos construir sobre arena y nuestro castillo no se caerá.
Creamos. Creamos. Solo así se puede jugar.

Juguemos a que los chicos reciben en este fin de año muñecas, salas de té y bebés plásticos qué alimentar. Juguemos a que les dan de comer, a que les sirven sopas imaginarias en sus tazas amarillentas. Juguemos a que los chicos se preocupan porque el bebé llorón de verdad llora, y que el juguete, con su mecanismo inteligente, hasta que uno le da palmaditas o lo cambia deja de gritar. Porque luego de eso ningún muchacho será huidizo, no quedará un solo chico cobarde.

Juguemos a que las chicas recibimos legos, que nos regalan carros y pistas de competencia. Si las chicas recibiéramos legos en lugar de muñecas, quizá, y lo pienso como una ilusión sin sustento, dejaríamos de ver con total normalidad que un treinta y tanto por ciento de las madres de este país sean chiquillas menores de veinte años. (Con las pistas, aprenderíamos eso de la competencia sana.)

Juguemos a que nos regalan un set de carpintero para construir mucho más que hogares desbaratados en los que el único pilar es esa misma muchacha recién parida que a puros tropezones va saliendo de esos baches.

Sí, juguemos al minilaboratorio. Comprobaríamos con fundamentos teóricos que ciertos componentes (y gentes) no se mezclan, cotejaríamos las distintas reacciones de los especímenes estudiados y quizá así doblegaríamos esa sensación ilusoria de que los príncipes y princesas existen. Reflexionaríamos… quiero creer.

¡Sí! ¡Vamos bien!

Juguemos a que a los chicos les regalan diarios con llave de corazón incluida. Juguemos a que escriben aquello que sienten, que ese sitio (libro) les sirve como una fuga a sus tristezas, rabias y frustraciones, y que luego de escribir un par de líneas se emborrachan de perplejidad y finalmente se asumen como felices. Y así no tirarían portazos (y más).

Juguemos en esta Navidad a que podemos caminar en las calles y que no miramos a nuestros iguales con desdén. Juguemos a ser simpáticos. Juguemos a que por hoy no competimos por ser mejores que el otro. Juguemos a que no nos asusta el otro.

Juguemos escondelero también, porque la sensación de ser encontrado es la más maravillosa. Juguemos a que buscamos al otro y vemos, de lejitos y escondidos, cómo nos busca también. Juguemos a que contar hasta cien es tan solo una manera de avisar que el tiempo es vida… ¡Y vamos a comérnosla!

Juguemos a que la vida no es más que un rato y que dura tanto como dure este juego. Juguemos a que, como un chico llamado Horacio, tan solo nos satisfacen cosas tan sencillas como el  bullicio de una guitarra y que la gente nos sonríe porque es un placer infinito romper el silencio.

Por favor, juguemos a que todas las mañanas nos levantamos y somos todo aquello que hemos querido ser. Juguemos a que nos satisface la vida.

Juguemos, porque jugar es la acción absoluta de que se hace “algo con alegría y con el solo fin de entretenerse” (según la RAE). Juguemos porque jugar es “retozar” en eso que creemos y nos hace felices. (El juego contribuye al desarrollo, dicen los psicólogos.)

Juguemos otra vez, como antes, como si la vida se nos fuera en esa alegría de crear mundos. Creámonos que por hoy podemos jugar a que jugamos.


Publicado también en: Contracultura

jueves, 2 de diciembre de 2010

El temor del peatón

Levanto altísimo mi mano. La suspendo firme, como quien saluda a una horda de Hitleres. Quizá temor, quizá desafío. Tal vez una presunción de la segunda impulsada con una buena dosis de supervivencia. Los otros permanecen guarecidos dentro de esa gran maquinaria que más bien es una bestia que se enfurece y gruñe si no le imprimo premura a mis pasos. Estoy a salvo, por fin estoy del otro lado de la acera.

Soy peatón y por eso le temo a los buseros por buseros, le temo a los motociclistas por intrépidos, le temo a lo panelitos que reparten mercancía por presurosos e inestables, le temo a los oficinistas amargaditos porque con su seño fruncido me han gritado ¡Quitate!, le temo a las chicas oficinistas que van maquillándose en el retrovisor porque… ¡Es obvio! ¡Cómo se distraen!  Le temo por sobre todo a los señores coasteros porque emulan a las bestias.

Numerosas veces, a manera de cobrador de bus, he golpeado autos que van de retroceso de manera intempestiva en los parqueos y aceras porque no se fijan, solo conducen. Y levanto la mano, que la vean bien. Desde hace algún tiempo hago eso: levantar mi mano. Una señal de furia victoriosa, según mi parecer, para indicarles que se detengan: ¡Voy a pasar!

Le pregunto a una recién ex peatón y amiga que ¿por qué tanto arrebato? ¿Por qué nunca nos ceden el paso? ¿Por qué si nos ven venir en lugar de parar para que pasemos aceleran? ¿Por qué siempre tenemos que correr para atravesar las calles? ¿Por qué no ponen la vía cuando van a cruzar? ¿Por qué debemos encaramarnos en las pasarelas? (Le digo que las pasarelas solo instauran más ese poder, la idea de que las calles solo le pertenecen a los conductores.)

Ella me contesta que no lo sabe, pero me aclara: “En el manual del conductor dice que el peatón está por sobre muchas normas”. ¿Será cierto?

El artículo 93 del reglamento del conductor de SERTRACEN reza: “El peatón que transite por las vías públicas tendrá en todo momento el derecho de paso, debiendo en todo caso atender estrictamente lo indicado por la señalización vial para su seguridad”. ¡Nah!, no les creo.

Pero, en teoría, el Reglamento me refuta: ¡Cómo no! Fíjese bien en los artículos 94, 95, 96, 97,112, 131, 138, 165, y antes de todo eso verifique qué es una acera: “Parte elevada sobre el nivel de las calles o avenidas y están destinadas exclusivamente para los peatones”. ¿Y por qué en todos lados hay carros parqueados ahí que nos obligan a caminar en el asfaltado?, le pregunto al Reglamento. Me ignora.

Soy analfabeta en eso de conducir, me rijo por el sentido común de que todos debemos andar con cuidado, y me respalda el artículo 165: “En todo instante es obligatorio para los conductores guiar sus vehículos con toda clase de precauciones, con el fin de evitar atropellos a los peatones o colisión con otros vehículos”.

No, no y no. Yo no veo eso en las calles. El temor de un peatón es que nos atropelle un vehículo, que salgamos en la mañana y que de manera abruta se nos acabe la vida porque alguien más se levantó tarde o sufre de frustración, o lo dejó su pareja… o lo que sea y es su excusa para ir como loco por las calles.

Caminar en un país como este es una proeza. Comprá carro, me dicen, y no te quejés… Pero yo prefiero caminar, aunque sea peligroso. Porque sigo teniendo miedo, y mucho.
Pero no me rendiré: seguiré saludando Hitleres.


Publicado primero en ContrACultura, en aquí. Y la foto la tomé de acá.