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Mostrando entradas de diciembre, 2010

Coloquio para la domesticación (o Las listas de fin de año)

Antes de empezar con la lista, es imperativo tener una conversación seria con nuestra pereza, inconstancia y débil voluntad. ¡Cuánto servilismo! ¡Cuánto nos han arrastrado! ¿No estamos hartos? Es demasiado. Es insoportable. Hemos sido sus esclavos, ¡es hora de emanciparnos!
¿De qué sirven los buenos propósitos sin disciplina para ejecutarlos sino para engañarnos a nosotros mismos y creer que podemos cambiar? ¿Para qué esforzarnos en desechar tan buenos y deliciosos malos hábitos? ¿Por qué perder la comodidad si se vive tan bien con ella? ¿Para superarnos? Si no estamos dispuestos a sacrificarnos, ¿para qué tanta algarabía con las listas de buenos propósitos en el nuevo año?
La pereza se desliza entre nuestro letargo, lo prolonga a su antojo y nos amarra a la cama esos quince minutos más por las mañanas. (Y así vamos perdiendo la vida.) ¡Ay, inconstancia! Tan fácil es darte cobijo. Porque es más cómodo no perseverar y solo cumplirsi nos da la gana… ¡Cuánta fuerza de voluntad!
¿Quién corr…

Placer

«Adoro los placeres sencillos; son el último refugio de los hombres complicados.»
La frase de Oscar Wilde resuena y estalla. Resuena y estalla.
Y la sencillez consiste en: 
mirartocarbesarcaminaracariciarjugarfornicarsaborearlameresperarregalarfantasearpensartrastocarseducirdescifrardescubrircortejar... crearescribirmordercantarcomersaltar...


(Tantos verbos.)

Charanga

Hace un par de días hallé al Charanga.
Yo estaba con mis tíos en el mercado y ahí llegó él.

(Hay encuentros casuales que parten la vida. Y sin tanta algarabía ese fue uno de esos.)

Conocí al Charanga hace quizá veinte años. Era un muchacho flacucho de facciones niponas, dientes largos y brazos kilométricos. Aparecía en cada fiesta, en cada Navidad y cada vez que los tíos lejanos se dejaban descolgar del norte. (Era yo una mocosa por aquel entonces.)

A mi familia le gusta la fiesta, le gusta llenar de gente su casa y Charanga era uno de esos hijos adoptados. Mi familia es cuna de futboleros empedernidos y Charanga jugaba de delantero y volante. Su posición era vital, era buen goleador.

Cuando el Charanga me saludó no pude hacer más que sonreírle porque yo sabía que en mi rostro él encontraba a aquel que fue su amigo, su compinche... al Tavares (o sea mi viejo).

Platicamos un rato y luego se fue. Y tras de su espalda recordé cómo en aquellos días todo era fácil y distinto... eso hermoso…

¡Feliz viernes negro!

Precios de locura. Alístese: el viernes negro ha llegado. ¿No le suena? Pero si estamos tan globalizados, ¿cómo es posible que aún no tengamos nuestra fiesta de viernes negro?
Comerciantes, están atrasados. Eso se llama no ser proactivo, falta de creatividad (de esa plagiadora e imitadora de barbarie, de esa importada).
Allá en el norte gringo se aprovecha bien el cuarto viernes de noviembre para comprar todo lo que siempre hemos deseado. Quedó muy bien la fecha, es el día después de Dar Gracias. Exijamos nuestro derecho: también queremos un viernes negro.
Lo primordial para festejar un buen viernes negro es atender las ofertas con obediencia, así que saque todo su dinero disponible (tarjetas incluidas), luego súbase a su carro y corra contrarreloj para llegar a los centros comerciales.
Ya le conté, las ofertas son de locura. No es un invento. Hemos soñado todo el año con 60% de descuento, con promociones al dos por uno, el segundo artículo regalado. Es nuestro sueño hecho realidad: pagar…

Memento

Memento. (Dellat.memento, acuérdate)

Hay instantes que duran tan poco en el tiempo que por ello los volvemos eternos en la memoria.

Y la memoria es una vieja loca de dientes chuecos que revuelve las cestas en las que está eso que llamamos recuerdos... ¿Qué busca? (Ni ella lo sabe.)
Al final de los días terminaremos siendo todo aquello extraño que creímos ser y que quizá no fuimos.
Yo por eso voto por la fantasía y la inventiva.

Total. Mis fantasías son mías.


PD: Aquí está el tráiler de Memento (cómo está contada es fenomenal).

Juguemos

Juguemos a que es Navidad y que de verdad es una época feliz en la que todo lo que deseamos puede cumplirse. Juguemos a que la imaginación va ligada, intríseca, a la acción y que por un instante somos tan poderosos que podemos construir sobre arena y nuestro castillo no se caerá. Creamos. Creamos. Solo así se puede jugar.
Juguemos a que los chicos reciben en este fin de año muñecas, salas de té y bebés plásticos qué alimentar. Juguemos a que les dan de comer, a que les sirven sopas imaginarias en sus tazas amarillentas. Juguemos a que los chicos se preocupan porque el bebé llorón de verdad llora, y que el juguete, con su mecanismo inteligente, hasta que uno le da palmaditas o lo cambia deja de gritar. Porque luego de eso ningún muchacho será huidizo, no quedará un solo chico cobarde.
Juguemos a que las chicas recibimos legos, que nos regalan carros y pistas de competencia. Si las chicas recibiéramos legos en lugar de muñecas, quizá, y lo pienso como una ilusión sin sustento, dejaríamos …

El temor del peatón

Levanto altísimo mi mano. La suspendo firme, como quien saluda a una horda de Hitleres. Quizá temor, quizá desafío. Tal vez una presunción de la segunda impulsada con una buena dosis de supervivencia. Los otros permanecen guarecidos dentro de esa gran maquinaria que más bien es una bestia que se enfurece y gruñe si no le imprimo premura a mis pasos. Estoy a salvo, por fin estoy del otro lado de la acera.
Soy peatón y por eso le temo a los buseros por buseros, le temo a los motociclistas por intrépidos, le temo a lo panelitos que reparten mercancía por presurosos e inestables, le temo a los oficinistas amargaditos porque con su seño fruncido me han gritado ¡Quitate!, le temo a las chicas oficinistas que van maquillándose en el retrovisor porque… ¡Es obvio! ¡Cómo se distraen!  Le temo por sobre todo a los señores coasteros porque emulan a las bestias.
Numerosas veces, a manera de cobrador de bus, he golpeado autos que van de retroceso de manera intempestiva en los parqueos y aceras porque…