miércoles, 7 de septiembre de 2011

Diario de viajes rurales (1)

Hacía un par de semanas que había terminado un proyecto donde fui a sustituir a otra persona. Como verán, hallé el sitio con una dinámica ya iniciada. Conquistar a los colonos de esa clase no fue fácil, pero al final todo fue mejorando de a poco. Así que cuando me dijeron que si podía ir a otro sitio a impartir un curso básico de medios de comunicación, al otro lado del país, pues dije que sí.

La ventaja que teníamos en aquel entonces era que nos llevaba el transporte de una entidad nacional, así que todo bien. Nos presentábamos en las oficinas a cierta hora de la madrugada y ya nos íbamos. Pero justo el día que iniciaba el proyecto una pereza descomunal y la tacañería se apoderaron de mí. Fue así como decidí llamar al motorista para preguntarle que si podía recogerme a medio camino.

Me preocupé de preguntarle a don Carlos, porque así se llamaba el conductor, que en qué sitio podía parar y a qué hora. Hizo cálculos y me dijo que a las seis y quince de la mañana estuviera lista. Cuando dijo eso, respiré con tanto alivio porque imaginaba a mis demás compañeros de viaje en las oficinas parados en rueda y con el frío tremendo de esa hora. Me sentí un tanto incómoda con el trato más o menos exclusivo que acaba de conseguir aunque luego valoré las ventajas: ¡Eran cuarenta minutos más! ¡Veinte más para dormir! Hasta planeé desayunar. Me alegraba que no pagaría taxi y que tenía veinte minutotes más para dormitar.

Hice todo cuanto pude para prepararme y lo hice de la manera más lenta que me era posible, algo muy difícil tratándose de mí. ¿Ya les dije que en mi otra vida quizá fui ardilla? Ese es otro tema, pero a lo nuestro. Me bañé con precisión, me cambié con serenidad, desayuné con paciencia. Con todo eso, aún me sobraba tiempo, así que prendí la tele y me puse a ver uno de esos programas de animales. Era sobre las abejas o algo así. Cuando el reloj de la sala ya amenazaba con cinco minutos para las seis de la mañana, tomé mi maleta y salí de casa.

En términos estándares, desde donde vivía hasta la calle donde iban a recogerme no podría tardar más de cinco o siete minutos. Me confíe. Crucé la calle porque yo lo que iba a tomar era un bus, un taxi... ¡jamás! ¿Por qué habría de gastar tanto en una distancia tan corta?

Pero aquí es justo cuando la idealización de la vida se coteja con la (maldita, a veces) realidad. Cuando estaba del otro lado de la calle, vi cómo la soledad se expandía. No tardará, me dije. Pero el bus no aparecía. Miré la hora en mi teléfono móvil, uno de esos aparatos desfasados que parece una tortuga bebé azul, y ya estaba en el límite de la hora. Si este autobús se tardaba, llegaría tarde. Y claro, no está en mí hacer esperar a la gente.

Para mi fortuna, el bus apareció. Era una de esas unidades de 1970, estaba pintada de rojo y en la ventana tenía calcomanías gigantes de estrella y en el rótulo de enfrente decía Carmencita. Me subí con la certeza de que a esa hora no había tráfico y de que llegaría bien. Casi nunca llego tarde, me decía, y lo repetía como mantra.

Con lo que no contaba era que el bus, ante la ausencia de clientes, se aparcó en la esquina de la peluquería. ¡No!, ¡no lo podía creer! ¿Qué le pasaba a este busero? ¿Cómo se le ocurría quedarse aplastado ahí, sin hacer nada? Entonces recordé un rótulo que había visto en otras unidades: El motorista no es responsable de sus llegadas tarde, levántese temprano. Con eso ahí, ¿podía yo reclamar algo? Me supuse que no.

Tardamos siete laaargos minutos en esa esquina en la que nadie, pero nadie, se subió al bus. A todo eso yo ya estaba que mis dientes no podían más con la ansiedad. Era un desastre total. Sin embargo, cuando arrancó, era todo un bólido. En cuestión de tres minutos ya estaba yo donde tenía que estar, al menos al otro lado de la calle porque debía cruzar un puente peatonal que está sobre la carretera Panamericana.

Subí las gradas con toda la velocidad que los zapatos formales de plataforma me lo permitían, es que no se puede ir fachoso a esos sitios, ustedes saben: ¡qué dirá la gente! Con toda la incomodidad del mundo, atravesé el puente, bajé las gradas y con la respiración entrecortada llegué hasta donde debía estar. Mi reloj marcaba las seis y veinte de la mañana.

Miré la calle y todo parecía normal. Me senté en una grada a esperar porque no podían haberse ido sin mí. Los motoristas de ese lugar siempre preguntaban si faltaba alguien y daban los cinco minutos de gracia. Seis y veintidós. Nada. Seis y venticuatro. Cuando la hora llegó a las seis y veintiséis me dije: Llamaré. Están tardando demasiado.

Tomé el teléfono y en medio de la calle llamé a don Carlos. Dijo un Aló lleno de ruido y música. Le dije mi nombre y le comenté que ya estaba en el sitio. No había ni terminado de decir eso cuando él me dijo: ¡Ay, niña Lore, ya vamos por Lourdes! ¡Eso quedaba a unos diecisiete kilómetros de donde yo estaba!

Grité un Cóooomo tan fuera de mí que me costaba reconocerme en ese chillido. De golpe le dije un Gracias lo más normal que pude, digo, lo menos escandaloso posible, digo... Era totalmente humillante lo que me pasaba. ¡Qué desgracia! ¡Y todavía vi las abejitas! ¡Malditas abejitas! Ahora mi desayuno era la daga que me atravesaba. ¡Qué tonta había sido!

Me sentí tan abatida que mi corazón, ese músculo indómito, empezó a exasperarse. Golpeaba con fuerza. Me cortaba la respiración. ¿Qué haría? Jamás había llegado tarde a un primer día de trabajo en ningún sitio. Yo siempre tan mesurada, yo tan controlando esas primeras veces, tan ensayando rutas y arreglando todo con antelación... ¡Yo tan boba esta vez! ¡Qué desgracia la mía!

Ahora debía hallar la manera de transitar casi cien kilómetros. No me esperaba que el motorista fuera tan profesional que esperar dos minutos significara esperar literalmente dos minutos ¡e irse! ¡Esto era realmente una crisis! ¿Qué hacer, maldita sea, qué hacer?

¿Cómo diablos iba a irme?

 Caminé, eso hice, caminé. Y cuando miré hacia atrás: allá lejos estaba mi dignidad.




(continuará)

martes, 6 de septiembre de 2011

Quiero ser políticamente correcta

Quiero ser políticamente correcta para jamás quejarme de las desventuras que este oficio me ha traído. No diré jamás que es una alegría tremenda dejar de ver rostros pasmosos, en blanco, berreadores de palabras vacías.

Jamás les diré mi descubrimiento: al ser humano le gusta ser premiado sin tanto esfuerzo, o: al ser humano le gusta ser premiado sin ningún esfuerzo. Pero no, no, no, dirá otra persona, es que no están acostumbrados y yo, por mi parte, no diré que están acomodados.

Lástima que el conocimiento y las habilidades no vienen en pastillas, porque si fuera así ¿tendríamos adictos? Yo creo que no, porque eso implicaría trabajar y ya lo dijimos: aquí, ustedes bien lo saben, a nadie le gusta sudar.

Seré políticamente correcta y no diré que la holgazanería es una plaga.

Amén.

lunes, 5 de septiembre de 2011

La virtud de quejarse

La otra noche aceptamos con triunfo (mi cómplice y yo) que somos unos quejistas. Pero permítame aclarar el asunto, estimado lector, porque como ya he dicho: interpretaciones hay en el mundo como intérpretes tiene este. Así que mejor no nos confundamos.

Cuando hablo de queja no me refiero a ese chillido infantil, ni a esa usual jerigonza de pubertad, mucho menos a llantos femeninos o a golpes (estúpidos) masculinos. No, nada de eso. Lo nuestro va más allá del simple hecho de exponer un dolor o algún resentimiento, como mal dice la RAE. Quizá el significado que más nos guste es el de mostrar abiertamente nuestra disconformidad contra algo (y a veces contra alguien).

Quejas de agenda: vamos en la calle y nos quejamos de que en la capital están arreglando los parques y los están dejando peor de lo que estaban (ahí va nuestro dinero desperdiciado, hecho: no votaremos por ese infeliz). Mes cívico: ¡qué manía de recordar todas esas costumbres campechanas que a esta gente jamás le gustó tener!: música de banda que parece de funeral, vestidos típicos que parecen una versión colorida de los victorianos (y que por cierto ya no usan), gallardetes y globos que solo nos hacen recordar las fiestas quinceañeras.

Otra cosa: miren cuántas casas-edificios a los que les instalan una pantalla de vidrio para que parezcan "bonitos", de caché, peseudomodernistas. Viéndolos bien solo hacen el ridículo porque son una versión terrible, decaída y falsa de un remoto New York. A nosotros nos vienen mejor las casitas coloniales, al fin y al cabo somos fruto de un colonialismo español.

Otras más: hasta ahora no ha habido nada decente que ver en el cine (¿Transformers o los Pitufos?). Por cierto: qué terrible que en todos los pueblos (por más enanos que sean) el símbolo de civilización sea poner un Pollo Campero. Es una lástima, porque cuando eso pasa todos los sitios van pareciéndose unos a otros y van perdiendo su ínfima singularidad.

Así vamos por la vida, mirando los defectos nuestros y ajenos. Les presento mi argumento:

Me gusta quejarme porque así armo una querella contra lo cotidiano, porque no me gusta aceptar todo como hecho, porque me gusta preguntarme cómo pudo surgir semejante barbaridad, porque en la queja reside también cierta acción que me permite mirar de verdad, porque puedo no pasar de largo ante una realidad que no comprendo, que interpreto de algún modo.

Quejarse es más bien una actitud de poca conformidad ante la vida. Porque sí nos gustan muchas cosas, pero... claro que la vida puede ser mejor. ¿Por qué estar conformes con lo que se tiene cuando hay potencial para ir más allá? Aunque cuidado, también nos percatamos de no caer en el desencanto de que todo es horrible. Porque la vida es sencilla y hay cosas espléndidas en ella.

Aunque quejarse por quejarse tampoco es una profesión que yo aconseje seguir. Quizá uno de los componentes básicos para quejarse es comprenderse inútil en algún sentido, quizá incapaz de poder arreglar algo. O quizá lo mejor sea volverse salvavidas: o sea, tomar una acción. Componer todo como quien dice, porque quejarse sin proponer algo también es vacío. Ya los moralistas nos dirán por ahí que esas son críticas destructivas, entonces mejor no.

 Admito que hay niveles de queja, porque cuando nos quejamos de cierto edificio, digamos el Viduc de Santa Tecla (esa masa mostrencona de cemento pintado de amarillo huevo en la que han instalado fierros que pretenden ser una valla moderna que en realidad parece jaula de monos y que como cúspide tiene una apoteósica corona de espinas razor), no nos queda más que llenarnos de regocijo al ver algo tan terrible, tan... tan portentoso y grotesco...  Cuando es así, respiramos con satisfacción y decimos con franqueza: ¡Qué horrible es!

He ahí la queja.