sábado, 30 de octubre de 2010

No, gracias

Por hoy no voy a esconderme detrás de una imagen.
Basta ya de artificios.
Dejaré de lado las metáforas elaboradas, da igual porque no tenés la menor idea de qué canción hablo.
A vos no te importa que me gusten los cuentos, te es indiferente que Serrat me ponga triste y contenta a la vez. Vos de mí no sabés nada. Y eso es porque no hablás conmigo.


Estoy furiosa. Triste también. ¿Por qué tanta ausencia? ¿Por qué olvidamos tan pronto?
A ustedes nunca les veo el rostro: ¿de qué se esconden?

Aquí y ahora, eso es lo que quiero. ¿Es tan difícil que salgás de tu vida cotidiana y te tomés un café conmigo?
¿Qué te hice yo para que te quedés en el encierro?

Estamos lejos, muy lejos, de conocernos.

Extraño el sonido de las risas, extraño mirar a todos lados y ver si allá lejos vislumbro tu rostro. ¿Por qué jamás puedo dejar de ser como aquel zorro del Principito que le brinca el corazón de emoción si prometés que aparecerás a tal hora?

Te quiero aquí y ahora. La vida es aquí y ahora. El encuentro cara a cara dirá Luckmann.
A mí la distancia absurda no me sirve para nada.

A mí los que están lejos nunca me han dejado. Todos ellos siempre se han quedado a mi lado, me han amado.
 ¡Vaya paradoja!
¿Por qué solo ustedes —los que están detrás Atlántico, o los que viven bajo la sierra andina que nos separa o los de la tierra de los tangos— querrían caminar a mi lado?

Solo vos no. Solo ustedes no.
¿Y si estás tan cerca por qué no almorzás conmigo?

No, gracias.
A mí la vida, el amor, el cariño a distancia injustificada y perezosa no me sirve de nada.

Un aquí y ahora es lo único que quiero.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Cardumen

Cuando mi hermano tenía ocho años, le regalaron una pecera. Era grande, de vidrio y traía arena de viva, no de esas piedras artificiales de colores, no. E-ra a-re-na.
Nuestros papás la habían envuelto mal en un papel de regalo azul con Santa Clauses pequeñitos. Había un rótulo en el que decía: "Feliz Navidad te desea Santa Claus". Reconocimos la inconfundible letra de nuestro padre.

Ese día descubrimos que Santa Claus, el de traje rojo, es un fraude.

En la pecera había diez peces. Dos con cola de espada, uno blanco que hacía pareja con un negro; dos que parecían tigres, tres color naranja con cola negra y otros que no recuerdo. La pecera traía algas marinas y de todo, a mí me gustaba jugar a meter la mano y perseguir pececitos. Por eso me gané tremendas regañadas del tío Jorge. Siempre nos ponía en mal.

Uno a uno los pececitos se fueron muriendo porque no los cuidábamos bien. Un día nos quedamos sin ninguno, y mi mamá, al vernos tan mal, nos compró una emocionante pareja de caracoles.

Eran un par de caracoles dorados. Tan amarillos, tan tranquilos, tan distantes, tan... aburidos. La verdad no era emocionante verlos. A veces pegábamos la cara contra el vidrio de la pecera para ver ese su pseudopie. Se deslizaban despacio y sus antenas ni nos percibían.
Todo cambió un día: se les ocurrió procrear.

¿Han visto cientos de caracoles dorados metidos en una sola pecera?
Nosotros tuvimos una así.
De pronto, en el agua empezamos a ver pequeñitos puntos dorados. Iban creciendo más y más, ya se le veía la espiral al costado. Crecieron mucho mucho, hasta que ya no cabían. No recuerdo bien si regalamos algunos o qué, pero era emocionante. En las esquinas se hacía un panal de caracoles.

La pecera volvió a quedar solitaria. No recuerdo bien por qué. Y cuando eso pasó, a mi hermano se le ocurrió una idea.

En un viaje a Atecozol, mi hermano planeó atrapar a todos los peces de río que encontrara en las piscinas. Nosotros los llamamos chimbolos. Yo me bañé, pero él se pasó el día entero atrapando con su camiseta, a manera de red, a cuando animalito nadador se le atravesara. Al final del día llevaba dos bolsas enormes llenas de peces grises, feos todos.

Fue así como mi hermano mayor pobló de nuevo la pecera. Pasaron muchos meses y los pececitos feos seguían ahí, eso hasta que nos descuidamos por completo de limpiar la pecera. La casa ya olía a podrido.
Mamá nos dijo toda la semana que le cambiáramos el agua, que no fuéramos desconsiderados, que eran nuestros animales...
Que iba a tirar los peces si no limpiábamos.
No hicimos caso.

Un día cuando regresábamos del colegio, hallamos la pecera vacía.
Mi hermano se puso fúrico. Tanto trabajo, tanto descuido.

Por mi parte me lamenté mucho. El día siguiente en la mañana, revisé con cuidado las cunetas de las calles para ver si encontraba a alguno de los pececitos de Atecozol. Nada de nada.

En estos días, cuando miro la cuneta en la que, desesperados, viajaron, me pregunto qué fue de ellos, ¿por qué los abandonamos tanto?

Ahora ya no tenemos peceras.

Big Fish: Una gran peliculota de Tim Burton. Formidable. 

martes, 26 de octubre de 2010

Hábitat

Sredni Vashtar
Soy inadaptada.

Dice la Rae: inadaptado, da1. adj. Que no se adapta o aviene a ciertas condiciones o circunstancias. 
Condición contraria, adaptar: 1: Acomodar, ajustar algo a otra cosa. 2 Hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas de aquellas para las que fue construido.
Me quedo con la acepción dos: hacer que Fulanita desempeñe funciones distintas para las que fue construida. 

Por eso digo que soy inadaptada. 

Mi viejo me contaba la historia de que uno viene aquí a este mundo a cumplir con una misión secreta o no secreta, pero sí una misión. O sea que no podés pasar por esta tierra sin hacer algo significativo que deje huella. Y con lo de significativo me refiero a ser feliz, hacer felices a los demás, poner una cubeta de arena, un ladrillo... lo que sea, por insignificante que parezca. 

Ahora bien, uno tiene su función en este mundo; Don Paco lo llamaba asumirse. Desde hace años me ronda eso en la cabeza. ¿Qué es asumirse? 
Solo se me ocurre pensar que cuando escribo, leo, enseño, actúo... es cuando soy profundamente feliz. Es cuando mi alma se siente bien. Aquí es mi sitio, dice ella, toda altanera.

En un texto le conté a Don Paco lo fabuloso que era volver a besar una duela, memorizar parlamentos... jugar a que era villana. Me gusta recordarlo porque luego, en una charla de pasillo que tuvimos, me dijo que, por fin, estaba contando algo. 
Por eso, porque me estoy asumiendo, me niego rotundamente a adaptarme a mi entorno. Ese sitio en el que hay modelos famélicas cada tanto (¡me identifico tanto!), donde hablan del maquillaje de temporada y los tacones suenan como burda sinfonía.
Este no es mi hábitat (y a veces sufro). Yo vengo de un lugar en el que la gente tiene genio perspicaz. Donde se ríen. Donde sí leen el periódico.

Hoy tuve la certeza de que soy una total inadaptada y que me encantan los antihéroes. Almorzábamos con mi amigo O. Luna y  nos rasgábamos las vestiduras porque los chicos estudiantes no encuentran emocionante a Roland Barthes, porque la gente nos ignora cuando hablamos de discursos dominantes, porque nos reímos a carcajadas de chistes tan parcos como "Jamás olvides tu self" .  (Perdónennos tanta presunción.)

Somos así, nos gusta ser así. Raros.

¿Por qué tendría que adaptarme a que lo in sea devenir en sitios tan sin gracia como las discotecas o centros comerciales para que vean mi new dress, mi extreme make up o contarles lo patética y aburrida que es mi vida desde mi BlackBerry (Awww, Ofertas Nine West! Dos dedos arriba. Like)? 

Me niego. Soy la inadaptada que espulga el diccionario, que se pasea en las revistas aburridas (eso no es cierto, miren esta ¡uff!), la que escucha a Nina Simone, la que quiere dedicar Goodnite... pero a nadie le importa... no gusta esa musiquita psudointelectual. 

He decidido no adaptarme a la sociedad que le interesa la producción estilo Ford. Que yo sepa no soy una pieza de una gran maquinaria. Revisé hoy por la mañana, y en mi nuca aún no hay un código de barras. 
No creo que me interese tanto si mi tarea es importante en su sistema. Una cosa es laburar y pagar recibos; otra, vender el alma. 
Por lo pronto, la mía no está a la venta.
Soy inadaptada porque más allá de esos tiempos modernos y cumplir el estándar de producción... lo mío es distinto. 

Amén.



PD: Gracias, O. Luna. Cuentos para inadaptados: Srendi Vashtar y Esmé, ambos de Saki. 
La imagen del gran dios hurón la tomé de este sitio.