miércoles, 28 de diciembre de 2016

Caer en falso... ¡A callar todos!


Ya mucha charlatanería hay por ahí y a veces es preferible callar. La época dorada y hermosa del blog ya fue. Kaput. Somos una especie que debería desaparecer. Quizá la cola de un pescado que se halla en el Himalaya. Fo-si-li-za-dos. Ya mucho se dice, ya mucho blablablá.

Lo cierto es que estamos hasta el copete: es intoxicación informativa.

Esto es nada más que narcisismo. Como los columnistas. Gente que cree que tiene algo interesante que decir, o que creen que sus historias son particularmente excepcionales porque su punto de vista es tan novedoso que va a cambiarnos la vida.

Nada. Todo es caer en falso.

Somos en definitiva productos de la inmediatez. Queremos que los blogueros (y también Youtubers) nos digan cosas, que nos procesen la vida, que nos transmitan su sabiduría. Queremos... Hablamos, no paramos, hablamos... NO-PA-RA-MOS.

Estaba leyendo los comentarios a un video de una psicóloga. La chica de gafas supermaquillada que explica obviedades. Eso decían los de los comentarios. No vi los videos porque me dio pereza y en general me quedo viendo videos tontos de gatos porque procrastinar también es parte de esta profesión. A la gente le digo que evalúo tendencias de redes sociales... pero ese ya es otro cuento. La bloguera ahora youtubera se esmera en que seamos felices, en darnos tips, consejillos para la vida plena. Recetas.

Paso 1, paso 2. Somos una sociedad de recetas, de pasos, de...

¿Y para qué estamos leyendo a estos otros? ¿Para qué los vemos? ¿Por qué estamos lanzando tanta información?

Es más, esta columna debería desaparecer. Somos nada, somos un cúmulo de notas aprobatorias y egos dañados. De "me ignoraste el mensaje"... de...

Estamos atiborrados de información que nos inmoviliza. Estamos atados a una silla y tecleamos para salvar el mundo. Somos inmundos... Nunca antes pesó tanto la espiral del silencio. Opinamos si la opinión es favorable... y para qué publicar en contra.

Hartazgo... Somos una isla y en esa isla solo caben mis amigos. Los que me ovacionan, los que me dicen que hoy todo lo hice bien. Me ciegan.

Quisiera ser menos pesimista, pero no puedo. Quizá otro día, hoy no. Hoy quiero mirar la avalancha que se yergue ante mí y poder enfrentarla. Sé que entre la misera, los egos (el mío, el tuyo y el nuestro), entre la palabrería rota hallaré las pepitas, a esos que muestran lo que hay en el fondo del pozo y que esclarecen la vida.

Es fácil caer en falso... y no estaría mal que de vez en cuando nos calláramos... no todo lo que pensamos importa.

jueves, 11 de agosto de 2016

La comunidad

Arte de Sonia Lazo (disponible y en venta
en: https://www.behance.net/sonialalazo)
El frufrú de las faltas apaletonadas resonaba en aquel pasillo que más bien era una gruta. Éramos todas nosotras, las niñas, las chicas... nunca las mujeres. Por aquel entonces llevábamos zapatos negros de tira, chatos del frente. Éramos una comunidad... o no. No, más bien éramos grupúsculos o quizá tribus. Sí, eso, tribus que quieren matarse unas a otras.

¿Por qué nos peleamos las mujeres? ¿Por el macho?

Hace veinte años nos peleábamos por Christian o por Douglas o por Luis "Mandarina". Éramos el plato de botanas de estos muchachos engreídos. Éramos pasabocas... Éramos...

Hace tanto las tetitas eran un asomo. Eran limoncitos que nunca nos gustó mostrar. ¿O sí? Nuestras nalgas eran eso extraño que a los albañiles de la esquina les gustaba mirar, a los cobradores de los buses tocar y a los amigos de nuestros hermanos pellizcar. Ellos, los chicos, nos gritaban cosas. Les decían a nuestros hermanos "cuñados" y nosotras, por dentro, nos engalanábamos... O vomitábamos. Todo en silencio.

Y luego vino el sexo, vino ser puta, ser regalada, ser mojigata y pendeja... ¿Acaso nada está bien?

-Hola, mi amor, ¿una cerveza?

Y vino luego quitarle el padre a los hijos a la otra, a mi amiga, mi hermana, mi colega. Vino el desatino, vinieron esas ganas locas de ser la mujer más mujer porque tenemos tetas y culo durísimos a punta de gym para tongonearnos. Y vos nos sos suficiente para él. Somos...

¿Y si de pronto nos quisiéramos? ¿Y si de pronto dejáramos a la otra en paz, tranquila?

¿Y si advirtiéramos que el otro solo quiere meterse entre nuestras piernas? ¿Y si pudiéramos decirle a ella, a ella... a esa nena que no caiga, que se cuide?

¿Y si cuando tengamos un nene le dijéramos: Yo también fui una niña, como ella, y no, no está bien tocarle las nalgas?

Y si...

Nadie nos enseñó que debíamos querernos. Nadie nunca nos dijo que debíamos amarnos. Ni en ese colegio católico que pregona el amor. En cambio, me enseñaron, nos enseñaron, que la muchachita pálida que todo lo hacía bien era la perfecta. Nos enseñaron a odiarla y por eso nosotras, las putas, tontas y bestias, nunca la quisimos.

Nadie nos mostró cómo se hace una comunidad. Nadie. ¿Cómo se construye una?

Hoy, tan tarde, estoy aprendiendo, estoy atando nudos que me unen de vientre a vientre con otras. Con esas que entienden que para crecer hay que amar, escuchar.

Tarde estoy comprendiendo que ella lo que quiere es competir. Que sus bromas sobre mi vida es que no le gusto como estoy. ¿Por qué tengo que justificar mis cambios? ¿Por qué no te alegras por mi vida llevadera? ¿Por qué tanta mezquindad?

He hecho eso también. He sido cruel. También me han odiado. No, jamás seré una mujer de voluntad firme y determinada, no, yo siempre seré la histérica que se queja. Una vieja enojada y amargada. Eso dicen ellos de mí... y ellas también. No. Yo no soy eso. Soy una mujer que tiene clara la idea de hacia dónde quiere que vaya su camino. Soy ese torbellino que mi padre amó, que mi madre forjó y que mis hermanos aman y entienden. Soy esas palabras de vocales abiertas y atronadoras que mis amigas pronuncian con tesón.

Sin embargo, ellos y otras ellas nos quieren en islas. Les conviene.

Pero no. Hay un camino diferente. Y en esa vereda encuentro a las que ahora son mis hermanas, las que son cómplices, las que sin miedo me dicen mis errores, las que me permiten crecer.

¿Y si de pronto descubriéramos el poder que podemos ejercer si tan solo nos amásemos?

Una comunidad... hay que construir una comunidad.

viernes, 17 de junio de 2016

Los bigotes

Enano, nuestro papá olía a pino silvestre y agua de mar. Olía a papeles y tinta de lapicero, olía también a ese olorcito que deja el aire acondicionado en las camisas rayadas de los oficinistas y olía también a carcajada abierta.

Tengo que decirte, enano, que era un gran padre. Que lo es, desde donde está, desde ese sitio en el que imagino que tu mente viaja cuando quiere recordar sus abrazos. Te quiso y mucho. Nos amó. Pero amó como aman los hombres de verdad, esos que no dejan pasar berrinches y que sueltan el abrazo largo y cálido cuando asoma la desilusión o el abatimiento.

La vida es así y no siempre podemos elegir el modo en el que se conducirá. En cambio, voy a darte eso que me dio a mí, porque es tuyo también. Es tuyo desde la médula que con cada fracaso haya detrás de tus orejas un bigote que te susurra que está bien equivocarse porque ya sabés qué no hacer, que entonces busqués otro camino.

Son tuyas, mi enano precioso, estas palabras, estas palabras que con nuestro hermano mayor nos han forjado: usted conmigo enójese, pero lo yo amo... y no me haga berrinches... regáleme una sonrisita...

Ay, enano, ese Regáleme una sonrisita era para desarmarte. Porque uno sabía que la estaba regando, porque sabías que eso de enfurruñarse no te iba a lleva a nada, porque era mejor que él, el que había ido y había regresado tres veces, era mejor que te ayudara.

Tu papá, Mateo, fue amado por mucha, mucha gente. Tu papá era alegre y platicador, era sensato y respetuoso. Jamás y nunca desvalorizó algo que a mí me importaba o que a tu hermano quisiese. Y sí, no siempre estaba de acuerdo, pero se quedaba calladito y esperaba a ver cómo su crianza daba fruto.

Tu papá me enseñó matemáticas y se las enseñó a tu hermano, así como él te las enseña hoy. Tu papá nos levantaba a las 4 o 5 de la madrugada porque teníamos que estudiar, se sentaba con nosotros a hacer la tarea, así como lo hace la mamá. Iba con nosotros a la ferretería y nos hacía maquetas, nos ayudaba con los carteles y dibujaba letras preciosas... como a veces hago yo con vos.

Enano, a nosotros nuestro papá se nos escapa de las manos y las palabras, porque lo que decimos y hacemos también es él. Porque en el rostro de esa mujer hermosa que está con vos en casa, el de la mamá, también es mi viejo, tu viejo, porque ella es un canal hacia él. Ella también hizo a ese hombre fuerte y noble que extrañamos. Ella, la mamá, lo condujo siempre hacia nosotros...

A todos nos hace falta y me parece tremendo que no recordés todo el amor que te dio. Eras un bebé. Ahora sos un niño grande... sos mi adolescente mutante. Tu papá te amó a plenitud, como solo aman los hombres de verdad, con la ilusión de empezar de nuevo luego de terminar dos veces. Con la mirada hacia el horizonte... de querer hacerlo bien (de nuevo), de trabajar por que todo esté bien para vos.

Cuando te mirés en el espejo fijate bien. Mirá con calma, vas a ver que tu viejo asoma en esos grandes y preciosos ojos que tenés que son como los de él. Vas a ver que de tu boca salen palabras amables, como las de tu viejo... Vas a a ver un bigote y recordá... recordá cómo te hacía cosquillas al cuello, en la barriga. Rercordá ese bigote cantándote... arrullándote. Recordá ese bigote ya entrado en canas diciendo tu nombre... engalanándose con su tercer hijo... Recordá, enano, recordá... Esa cosquilla en tu pancita... ese bigote precioso... es tu viejo amándote.



sábado, 2 de abril de 2016

Eléctrico, melódico y fantástico: Monsieur Periné



Monsieur Periné en Scenarium /
Foto tomada de elsalvador.com, de: Menly Cortez
No sé ni con qué disco fue que por fin dejamos de reproducir Caja de Música de Monsieur Periné. Es que estábamos entre lo eléctrico y lo fantástico, entre lo melódico y lo catártico… y casi llegamos a lo estrambótico. Desde el concierto teníamos fiebre, que en el auto, que en la oficina (y bailábamos en la alfombra azul entre los cuatro escritorios) y, ¡oh, sí!, en casa, mientras mi chas-chas-chas arrojaba pedacitos de papa a ritmo swing.

Fuimos al concierto de esta banda colombiana el pasado 26 de febrero. Se presentaron en Scenarium, Multiplaza, un sitio relativamente nuevo que solo hace eso: presenta conciertos. Los Periné son unos treintañeros originarios de Colombia y que en su carrera ya tienen bien ganado un Grammy Anglo.  Los conocí porque el Flaco (mi flaco) me pasó un video que vio en TVX. ¡Oh, son realmente buenos!, me dije. Además, tenían un video de lo más genial (Suin Romanticón), ese en el que van todos tocando, bebiendo, jugando a las cartas en un camión.  Luego estaba su versión de Sabor a mí que cantábamos a todo pulmón cuando íbamos en carretera a cualquier sitio de Oriente del país. En serio, estos chicos nos gustaban.

Lo del concierto fue una gozadera tras otra. Cartas a Felice nos dejó con las energías bien puestas luego de cantar Barato (oh, cómo amo esa canción desde su versión original porque el video fue grabado en la finca donde creció mi viejo). Luego aparecieron los Periné. Ya saben, hay drama y nos gusta. Primero los músicos, entradas casi épicas y luego toda la marabunta desgalillada porque apareció Catalina. Sí, bueno, yo también grité.  La primera canción fue Nuestra canción. ¡Madre mía! ¿Puedes enamorarte en un par de minutos? Pues con esa rola la Cata (si me permitís, querida) nos enloqueció a todos. Vamos, me explico. Cata nos electrizó, porque un buen vocalista es una conexión entre la banda y el público. Es una cuestión de energía, de comunicación. Así que nosotros estábamos conectadísimos, teníamos todos los de platea una relación con todos esos chicos que hacían maravillas con sus instrumentos. El asombro, la energía, cantar al unísono… eso desde hacía mucho no me pasaba ni a mí ni al Flaco.





Como ya éramos uno solo ahí dentro, lo demás fue pura fiesta. Pasa que no en todos los conciertos uno puede tener una experiencia tan intensa. Una compenetración tan buena y aunque no conocíamos algunas canciones, en un par de estrofas ya las cantabas… era mágico.  Otra cosa que me fascinó (y vamos que los de esta generación no nos asombramos por mucho, vemos tanto en internet, consumimos trillones de datos de tonterías y cosas buenas que estamos ya con una coracita…), decía que otra cosa que nos gustó mucho fue la coreografía de todo. Esto es un show, no son chicos que vienen a hacer canciones. No, es un show. Música, imagen, vestuario y coreografía, todo bien planificado y ensayado. En tal canción hay un efecto de luz y hacían tal cosa… y así. Era como ver una obra de teatro: de tanto ensayarlo es ya un juego, y cuando los actores juegan, el público también puede jugar.

Toda esa parafernalia técnica, visual y de comunicación no verbal solo respalda lo obvio: son unos grandes músicos. (Ya van a aparecer un par de snobs diciendo tonterías, en fin.) Hablo como espectadora, como oyente. Nos movíamos entre el jazz, el bolero, el swing… y nos valía madres la definición del género porque no estábamos ahí para hacer crítica musical, estábamos para sentir y gozar. Porque la música, la buena música, hace eso: conmueve, duele, enardece y hace que refresques recuerdos. Ahora estábamos tejiendo con los Periné otros recuerdos. Con el Flaco estábamos ahí abrazaditos en las canciones lentas como Viejos amores, saltábamos en las frenéticas como Tu M’as Promis (y esta fue de verdad genial) y sentíamos las rolas místicas como Mi libertad.

Los Periné hacen gala de ser latinos.  La Cata llevaba una preciosa falda amarilla y los chicos iban con sus trajes de colores. Pero la latinidad va más allá de que nos gusten los colores. Los dolores nuestros son de identidad, son de matanzas, son de negación a nosotros mismos… porque asumirse latino es estar en la constante pregunta de: cuáles son los caminos que recorrieron mis ancestros y hacia dónde voy luego de tanta ruptura, dolor y barbarie.

Mi libertad proclama que El dolor existe / y con amor lo voy a curar. Eso han hecho los Periné. Además de ser una buena banda y dar conciertos fabulosos, están tejiendo nuevos lenguajes, porque hay maneras de decir quiénes somos, porque somos esa amalgama de colores, sonidos, gustos y sueños. Como su música llegamos a lo magnético, lo fantástico. Nos movimos entre lo místico y lo eléctrico. Son estos unos buenos embajadores.