viernes, 30 de abril de 2010

Felicidad es...

Destapar un paquete que te mandaron desde el sur del sur y que todo lo que esté dentro te enloquezca.

(Gracias, Fritz)

jueves, 29 de abril de 2010

Balance interanual


Fui y vine para honrar a dos patrones.
Llegué temprano a casa y vi tonterías en la tele.
Platiqué con un amor ido y no olvidado.
Recibiré un paquete espléndido porque sí, viene desde el sur.
Los teléfonos no suenan en la madrugada.
Caminé por mis antiguos dominios y respiré lento.
Vi al hermoso tipo cineasta canoso y le grité un ¡qué guapo! desde el otro lado de la calle.
El tipo guapo canoso me dio dos besos y me dijo linda (y me invitó a un taller).
Almorcé con mi madre.
Pagué mis deudas.
Adquirí otra deuda por un chinero que hará feliz a mi vieja.
Me compré un sorbete artesanal de coco.
No vi el sol caer.
Aquí el agua sabe feo.
Cené sola frente a la computadora.
Escuché Giorgia in my mind a todo volumen.
Añoré susurrar un nombre... que no tengo.
Me desesperé otra vez por mi viejo que no está.
Me regalaron un chocolat mint oolong tea.
Leo sin que me chinguen.
Tengo una familia que me espera cuando llego tardísimo...
Y tengo al enano, que no es mi retoño, pero me entrena para que no me den ganas de ser mamá y que lo consienta solo a él.

¿Por qué chingo tanto si así soy feliz?

¡No agarrés llave, loca!

Ah... maldita inconformidad... te aniquilaré...

PD: Miren, miren, esa era la manita de mi viejo (bien lindo. me hacía caso en todas las tonteras que necesitaba.) La hizo de modelo para mostrar la semilla de higuerillo para una entrevista de biodiésel. Tantán.

domingo, 25 de abril de 2010

Sobre cómo partir la col como mamá quiere

Solo el amor medio tonto nos puede volver más idiotas y hacer que hagamos esas "cosas" que por lo general jamás haríamos. Por ejemplo: ni en el estado etílico más avanzado se me habría ocurrido comprometerme a hacer 80 panes de pollo para una fiesta infantil. Lo prometí, y no estaba ebria. Ingenua de mí.

Vamos por pasos.
Hacer ochenta panes de pollo supone 1) tener la plata para comprar el pollo, 2) ir por el pollo, 3) pelar el pollo (sí, pelar, guácala), 4) preguntarle a una madre sabia cómo putas cocinar tanto pollo, 5) regresar al mercado porque olviamos el repollo (la col), 6) dejar cocer el pollo mientras se pulveriza la col... y cebolla, zanahoria. 7) Desmenuzar pollo, 8) revolverlo con el supuesto escabeche... 9) ir por el pan, partirlo, 10) rellenarlo y 11) envolverlo en servilleta... eso multiplicado por ochenta.

Todo quedó muy bien, metí los panes en una cajota, los arreglé y quedaron fantásticos en la fiesta porque todos se comieron un promedio de cuatro, y no sobró nada.

Más tarde, el cuerpo se las cobra y nos recuerda que tan solo somos humanos.

Partir la col requiere esfuerzo medio sobrehumano. Dejarla finita hasta que una madre temática esté a gusto requiere sacrificio de mártir. Lo del pollo fue una aventura también, porque al lado de la cocinada también las hice de mamá sustituta con el enano, que quería agua, bañarse, una galleta, que si me gustan las películas de caballo, que no toqués el pan, que bajale a la tele, que dejá a tus primos en paz, todo eso combinado con las respuestas amables a una visita. Y para rellenar los panes, un plantón de mínimo hora y media (menos mal, primas de visita al rescate y avanzamos más). Al rato le digo a mi mamá: si me echan del trabajo, aunque sea panes puedo vender.
Ella se rió escandalosa. No tenía ni idea de lo que me esperaba.

Las mujercitas de mi generación padecemos de: dolores de cabeza, dolores de muñeca (mausitis), dolorcitos en la espalda por sentarnos mal frente al ordenador, uno que otro doblón por tacones y demás detalles de la vida oficinista.
Jamás hinchazón en las piernas por pasar de pie tantas horas seguidas, jamás esa sensación de que la espalda se parte por todo el esfuerzo físico, jamás la neurosis de cocinar, atender nene y atender visitas... y el calor, no, en la ofi no hay calor.

Al día siguiente mientras iba de viaje para donde mi abuela, miraba por la ventana y me conmiseraba a mí misma porque me dolía la espalda, piernas, muslos, hombros y brazos. Me estaba muriendo.
Un día nada más. Solamente un día.
¿Cuántas mujeres hacen eso mismo todos los días todo el día?
Esas tipas son valiosas, valientes.
Ese es amor del bueno.

*

viernes, 16 de abril de 2010

El coleccionador de cabezas

Si hay algo que amo en esta vida son los cuentos. De todo tipo, me gustan las narraciones y cómo estas crean nuevos mundos o hacen que escapemos de esta realidad.

Estábamos en clase con la muchachada e hicimos un ejercicio. Leímos entre otros a Koestler, con El Verdugo, luego los chicos imaginaron otra historia con uno de los personajes del cuento y esto fue lo que pasó:


El coleccionador de cabezas

Por: Ae Ri Lee*

Un verdugo coleccionador de cabezas llamado Wang Lun vivía en el reino del octavo emperador de la dinastía Fu. Era un verdugo popular y rompecorazones.
Wang Lun tenía una rara ambición: cortar todas las cabezas posibles y llenar 230,456 estantes.
Su entrenamiento era de las ocho horas hasta que cayera el sol, y nadie podía pasar a saludarlo porque quedaría sin cabeza.



* Estudiante de primer año de Artes Aplicadas

sábado, 10 de abril de 2010

Urbanidad

Cuando mi hermano tenía ocho años e iba a segundo grado tenía un libro que se titulaba "Urbanidad". Ligero, con ilustraciones del estilo de libro de texto de estudios sociales, rojo, y letras redondas y grandes.
A los siete años leí "Urbanidad", y desde entonces supe que había que llevar pañuelo, decir por favor y gracias, ceder asientos a los ancianos en los buses y, sobre todo, contestar mensajes y llamadas con un: ¿puedo ayudarte? o lamento no poder ir, pero muchas gracias.

Los hombres deberían leer y memorizar en último apartado.
Hombres: por la región sobrepoblada de cien mil mujeres antojadizas de la calle... ¡¡DEVUELVAN LAS LLAMADAS!!

Sigo sin entender por qué cuando una les llama e invita dicen sí, que avisarán, pero no avisan. La vida es simple. Yo soy práctica.

A mí si me dan ganas de salir con alguien llamo. Y si no quiero salir con alguien, pues no llamo o digo que no puedo o no quiero ir, y no voy. Simple.
La vida sería mucho más maravillosa si no pasáramos pensando en que van a confirmar una salida. No.
No siempre que les llamamos es que estamos necesitadas de una relación enfermiza dependiente o lo que a ustedes se les pase por la mente. No.

Si les llamamos y les interesa salir, pues no sean idiotas y salgan con nosotras. Si no les interesa, pues no sean idiotas y vayan por obligación, digan no, y no nos jodan el rato. Y ustedes, no solo llamen cuando les apetece fornicar.

Si ustedes dicen no, plácidamente nosotras repasaremos la agenda de nuestro móvil y llamaremos a alguien más. Simple. No creemos que alguno de ustedes en particular sea el ombligo del mundo. ¡Pero por la grandísima Patagonia, contesten aunque sea con un mu!

Yo propongo que vivamos en paz, que salgamos a tomarnos unos roncitos o una cerveza, pero no me hagan esperar que timbre el aparato este... seamos por lo menos civilizados.

(Y yo a vos, flaquito, en puta te vuelvo a llamar.)

sábado, 3 de abril de 2010

Carta personal a un pez

Querido Pez:
Desde la última vez que platicamos me ha quedado revoloteando la cabeza. Eso de la sabiduría es cosa grande. Sabés, pienso en tu madre, en lo fenomenal que ha sido, en lo inmortal que es. También pienso en mi viejo, vos sabés, de ahí para acá todo se ha puesto un poco escabroso, sin embargo, también es emocionante.

Quizá ambos pensemos que no estamos haciendo mucho, talvez quisiéramos ver grandes nuestros nombres, quizá quisiéramos hojas de vida formidables e impresionarnos nosotros mismos de lo fantástico que nos ha ido. Sepamos, querido Pez, que somos ambiciosos, eso que ni qué.

El otro día iba para la biblioteca cuando me encontré a Don Paco, me dijo con su cara sonriente que esa mañana había pensado en mí, pero que en vez de camisa amarilla llevaba una verde... Yo no sé, quizá lo invoqué o algo así. Y ese día sí necesitaba un Norte, y se apareció.
El caso es que platicamos y platicamos, en realidad él habló y yo solo asentí nerviosa. Dijo que siguiera(mos) trabajando, que echara(mos) todo al saco, que de unos años en adelante todo eso iba a servir. Que no nos desesperáramos por la premura.

Ahora te lo digo yo, como mensaje (celestial) del maestro: viejo, vos seguí echándole al saco, que o se llena o se llena. Luego va a devengar, vas a ver.

Insisto, cuando mi viejo se fue al otro mundo el día del funeral no cabía la gente. Teníamos repleto todo el edificio, otros cientos más nos acompañaron al cementerio. ¿Y sabés qué fue lo más maravilloso? La gente fue porque lo amaba, de todos modos mi viejo logró lo que quería, ser inmortal. (Es que tenía la costumbre de hacer un amigo diario.)

Cuando me muera, quiero que mucha gente vaya a despedirme. Sería grandioso.

Eso hagamos, viejo, hagamos lo nuestro, lo que nos gusta... Vamos despacito sin desgarrarnos en el viaje.

Y por supuesto, seamos inmortales.

Un abrazo