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Mostrando las entradas etiquetadas como familia

Cartas de desencanto del sabio niño

Escribe inflexible y claro sobre lo que duele Ernest Hemingway Hoy vi de nuevo sus ojos llorosos. Vi cómo gritaba. Vi cómo maldecía tu aparición. Y lo sé, sé que no sentía esa amargura que reflejaba su ceño fruncido y su naricita enrojecida por las lágrimas. Sé que sus palabras de furia eran momentáneas y sé que en su corazón la bondad y la belleza son su fuente inagotable. Lo que no puedo olvidar fue cómo rodaban sus lágrimas y le mojaban la capa de superhéroe que una vez más le desgarraste. ¿Por qué luchar contra la fantasía? ¿Qué necesidad hay de cortarle sus alas? Tus quejidos y amargura lo envolvieron esa tarde. ¿Qué del encanto de las fantasías? Una vez más tus palabras crueles y sin explicación cayeron como una nube cargada con plomo y asfixiaron a los que ahí había. La bruma que soltaste se llevó las risas que ese día ese niño había sembrado. ¿Por qué? ¿Cuánto del desencanto se queda para siempre? ¿Cuánto de las palabras sombrías y las reglas sin razón se a...

Las palabras duelen

Ayer por la tarde invité a mi hermanito a la clase que imparto en una universidad. Se trata de una de esas materias optativas para Ciencias Económicas. Cuando se lo propuse, él me contestó que con gusto, que quería pasar tiempo conmigo y me preguntó si los chicos de la clase lo iban a molestar. Le dije que no y me creyó. Cuando llegamos al salón, le pedí que se sentara al final para que no distrajera la clase. Ese quizá fue un grave error.  Empecé mi clase sobre estructuras del texto, que la oración temática y esas cosas que importan poco hasta que toca escribir un informe o una carta formal. Hacíamos un ejercicio y yo me paseaba entre la clase y cuando llegué al final del salón me encontré con mi hermanito, de tan solo diez años, y estaba lleno de lágrimas y furia. Me dijo: Ese de ahí adelante me dijo “culero”.  ¿Pero qué pasaba? Me acerqué al estudiante en cuestión y le pregunté en secreto. Naturalmente negó todo. Volví a mi hermano y le dije que quizá se había confundid...

Y usted... ¿cuándo? (Mi embarazo)

Mi embarazo no duró (ni durará) nueve meses. En realidad ha durado ya 21 años. Porque cuando yo tenía 10 años mi tía  ― que solo me llevaba cinco años, o sea ella tenía quince ―  quedó embarazada. Pero mi embarazo no es el de la acepción 2 de la RAE . Mi embarazo es el del significado 1: impedimento, dificultad, obstáculo. Durante varios días me han preguntado que ¿cuándo? voy a traer un bastardo el mundo. ¡Un bastardo? Sí, porque la lengua sigue siendo cruel y sigue llamando así a los hijos de las uniones no matrimoniales. Y si la lógica no me falla, aquí hay bastardía que cae como diluvio. He consultado de nuevo la entrada de mi amiga Loyda Salazar en la que dice que dice: " Si tuviera un dólar por cada vez que alguien me pregunta por qué no tengo hijos aún, probablemente ya tendría ahorrado para pagarme la estadía en el hospital más caro de El Salvador el día del nacimiento de mi primogénito." Hay una presión social increíble para que las mujeres que tenemos pareja es...

Corbatas

Para mis hermanos Mi papá olía a colonia de mar. Olía a betún de zapatos y a papeles de oficina. Mi papá olía a risas de pasillos, a carcajadas en la cocineta (y los regaños del teléfono él los volvía espuma). Mi papá olía a guitarrones antiguos. Mi papá olía a números. A canción compuesta en una máquina comía papel de rollito. Mi papá olía a sumas, restas y balances positivos. Mi tata olía a historias ajenas, olía a lágrimas y alegría. Olía a compañerismo y buena conversa. Él olía a talco, olía a grasa de bicicleta, olía a mentol de deportistas, olía a camisa planchada, olía a libros viajeros que hacían amigos. Olía a grito de gol desbocado. El muchacho que fue mi padre olía a rosas amarillas, a bambú y devoción por la amada. Nuestro padre olía a preocupación contenida, a libertad constructora... En mi memoria sigue estando la barra toallera llenísima de corbatas. Azules, rayadas, de puntos, sólidas, con textura, de muñequitos... Esas corbatas que escogíamos ju...

Un gato propio

Soy una treintona casi frustrada. Pero mis pesares no son de índole fútil, por ser amable, como si estudié lo que quise o si tengo el trabajo soñado o el marido ideal, como diría Wilde. Tampoco me siento aminorada por ser bajita, morocha y ciega. No, no, no. Dos de esas características fueron en más de una ocasión veneradas (y siguen siendo huella de buen recuerdo). Sí me frustra un poquitín que no terminé el tal inglés en mi adolescencia y ahora estoy retrasada en eso y blablablá. No, mis frustraciones son más profundas. Son casi infantiles. Jamás he tenido un gato. En serio. Venero a esas criaturas salvajes, pero nunca he nombrado uno. Y por lo pronto no sé si me llegará a pasar esa felicidad que supone que un gato se me arrime mientras leo sandeces. Sueño con el día en el que llegue a casa y esa cosa peluda haya rasguñado mis sillones, o que dé de maullidos mientras le digo que le compré camarones. Sueño con poder ponerle un nombre snob de algún escritor que me guste. A los ve...

Irse y volver

Empecé a irme cuando un día le dije a mi papá que quería estudiar noséqué y que iba a ser en el extranjero. No me fui. Él respiró con alivio. Me fui varias veces a visitar gente a otros sitios porque tenía una necesidad de estar allá, lejos. Me fui a Armenia, me fui a Cojutepeque, me fui Santa Ana, me fui a Chalatenango, me fui a Honduras, Guatemala... Perú. Siempre quería estar allá, haciendo todo lo que acá no se podía hacer. El visitante y el balcón.  Me fui también cuando entré a estudiar en esa universidad en la que hace más de veinte años los militares mataron a sus mentores, sus guías, sus sacerdotes. Y me fui bien lejos porque empecé a hallarme a mí misma, porque entendí, digo yo, muchas cosas. Había gente como yo, había una vida que jamás (ni ahora) quise que se acabara. Cuando me fui esa vez había muchos conmigo. Y siguen ahí porque irse para ellos también era necesario. Teníamos que crecer, dijeron nuestros maestros. Nosotros les creímos. Años más tarde cada qui...

¡Estas son mis viejas!

Lore (arte: Mateo Juárez, 6 años) La mami por ser la mami; la Cata y la sopa de res, la niñaManda, sus gritos y la tienda, la ñaOli con su niño tierno, la ñaMary y su gato que adoptamos, la ñaEstelita y sus tortillas pa´el almuerzo, la Catalita otra vez con su sangre agria y sus cuentos grotescos, la mamaGiña y su encanto de ser alcahueta, la tía Yoly, la tía Sandra, la Sonia, la Fátima y su hermana. La Ale Montenegro y su puta discriminación porque yo era morenita, la Gaby y sus ojos verdes, la Memo y sus maquetas, la Yami y sus revistas en inglés, la Sofi y su vocecita ronca, la Patty y sus infinitas palabras alegres. La Julita, la Emi y su risa fácil... La Conni con sus gritos y chabacanerías. La Chiyo y la Alba, que me llevaron a sus casas y me dieron de comer. La señora que me contestaba cuando le llamaba a mi papi, la Ivonne y su bici que jamás fue a traer a mi casa, las oficinistas que me llevaron de paseo.La señoras de la peluquería de mi mamá que nunca creyeron que yo ...

Casémonos, pues

1 Ahí en un chorrito de la Hacienda lo conocí. Es que yo a él nunca lo había visto. Como a mi mamá no le gustaba ir a cortar a ese lado casi siempre nos íbamos allá abajo, por El Limón. Allá los surcos eran bien bonitos, largos, pero los de por acá no, a mi mamá eso no le gustaba. Pues esa vez no habíamos conseguido donde siempre, entonces nos fuimos para allá. Era el más tranquilo de todos. Es que ese montón de babosos sí que eran locos. Pero Adán no, él era bien serio. 2 Casi siempre nos hallábamos en el bus. Era la época en la que yo iba a la Academia Marlene. Ahí me enseñaron Cosmetología. La niña Marlene era bien seria, no le gustaba que anduviéramos de novias. Entonces yo después de ahí me encontraba con tu papá y nos regresábamos. Él esperaba que yo me fuera en mi bus, y ya después se iba él. 3 Pues un día íbamos para Atecozol, creo yo. Estábamos con tu papá en el desvío (a Sonsonate), y en eso que aparece mi mamá. Ajá tal por cual, me dijo. Y rapidito me llevó para l...