viernes, 28 de mayo de 2010

Hoy elegimos equivocarnos


Obrar desacertadamente. Errar. Equívoco. No cumplir con lo que se debe. Drae.

Trabajo como correctora de estilo en un periódico. Mi maestro lo llamó un trabajo humilde. Supongo que es así, que tenía razón. Trabajo con lo que me enseñó mi viejo cuando corregía mis álbumes de Ciencias Naturales (cuando puso la h en zanaoria) y con los manuales que llené en el colegio y en la universidad. Y leer, leer, sobre todo amar leer.

Este es un trabajo en el que todos se pueden equivocar menos nosotros: los correctores. Nos pagan para no equivocarnos. Nosotros, los correctores de estilo, limpiamos el ripio de los redactores. Como quien pule pisos.

Procuramos ver la lógica y estética. Somos unos degenerados que no soportamos los errores de ortografía en los rótulos de la calle, odiamos que la gente diga pienso de que... porque ese de es un error gravísimo que se llama dequeísmo. Lo más fatal para nosotros es una coma entre el sujeto y el predicado. Eso es matar una frase.

Detestamos irremediablemente que los que escriben no entrecomillen la cita de un personaje; peor aún, que olviden escribir quién lo dijo. Siempre decimos voy a verificarlo porque es la clave de nuestro trabajo: no dar nada por sentado. Somos obreros fieles de las palabras, las amamos y respetamos.

Nosotros, los correctores de estilo, conocemos los vicios recurrentes de quienes corregimos. Sabemos quién escribe con el simple hecho de ver un por que separado cuando debería ir unido: ese porque explicativo.

A veces, este trabajo humilde no es tan humilde como dice ser. Somos sabedores de los talones de Aquiles de cuanta humanidad se presenta ante nosotros en forma de texto. Nuestro gran pecado puede ser la soberbia.

Nos gusta regodearnos de tener mejores soluciones lingüísticas en tal noticia, nos reímos también de los errores garrafales o la falta de coherencia. Peor aun, miramos el nombre de quien escribe y ya de por sí nos persignamos de puro terror o respiramos de alivio. Decimos hay quienes tienen problemas mentales como chiste privado para reconfortarnos. Quizá tal fulano no estructuró con tino su noticia... o tuvo poco tiempo, aunque luego de leer la nota nos duela la cabeza, y nos lamentemos de haber perdido bastantes neuronas descifrando.

La contraparte infeliz es que nadie mira nuestros nombres, nadie sabe quiénes somos, y más de alguno nos mira con desprecio porque cree que aspiramos a ser redactores y que estamos en este sitio porque ni modo. Quizá, puede ser. No descartamos posibilidades. Quizá elegimos ser anónimos. Talvez nos guste leer alocadamente. No lo sé.

Algunos berrean fuerte si cambiamos una frase, sin mirar el antes del makeup extreme que hacemos. Sin ver que a ratos un texto necesita de esa cirugía mayor. Pero hay quienes no tienen remedio, hay que decirlo.

Tu trabajo se nota cuando no lo hacés, me dijo una vez un jefe antiguo. Eso es así. Nosotros no podemos equivocarnos porque
nadie protesta cuando salvamos una frase o dudamos de un dato y felizmente lo dejamos correcto. Ahí el cuento es maravilloso. Ahora bien, cuando se nos va la mirada o nos cansamos de leer, o el café deja de hacer efecto y se nos va un
errorcillo... ¡Sálvese quien pueda! Arde Troya.

Pero están los que nos agradecen, aquellos reporteros con quienes nos encanta trabajar, los que nos toman como su mano derecha para que ni una gallada (error) se vaya. Trabajar así da gusto. Nos sentimos felices ser sus guardaespaldas porque nos miman con sus explicaciones pacientes cuando no entendemos algo. Siempre dudamos, y ellos saben que ese es nuestro trabajo.

Por eso me siento culpable cuando me equivoco, por no ser perfecta. Algunos pueden salvarse el pellejo con una Fe de errata, pero nosotros no. Tenemos que aguantarnos la calamidad de que así se publicó, en titular de cuarto de página con una letra enorme: construído en lugar de construido, sin tilde, como debería.

Somos los correctores de estilo y no elegimos equivocarnos. Aunque de vez en cuando dan ganas de no mirar y dejar ir ese posisión patético o aquella tan celebrada frase de según explicaron las tortugas, esa con la que nos reímos tanto, para que los redactores lo piensen dos veces, para que tengan cuidado y no nos miren solo como los que limpian.

Si una tilde faltó, puede ser que nuestra mirada esté cansada... o quizá solo sea esa rebeldía que llevamos dentro, como para recordarles a los escritores que podemos equivocarnos a pesar de que nos pagan para no equivocarnos, para decirles: ustedes no son perfectos y nosotros tampoco.

lunes, 24 de mayo de 2010

Yo me asumo

Asumir.(Del lat. assumĕre).
1. tr. Atraer a sí, tomar para sí.

2. tr. Hacerse cargo, responsabilizarse de algo, aceptarlo.

3. tr. Adquirir, tomar una forma mayor.


Una vez escuché al maestro Don Paco decir que a tal chico le faltaba asumirse. Pensé que era una de esas frases al aire. Pensé que tal chico era distraído o que no le interesaba mucho la clase. Pero no, Don Paco se refería a otra cosa.

He tardado, pero aquí estoy.

Hoy me hago cargo de mí, de mis pasiones, mis deseos, mis esperanzas, mis desaciertos, mis malas decisiones, mi manía por no equivocarme, mis desvelos desperdiciados, las palabras robadas, de mis historias... las de hoy y las que haré.

¡A la mierda con todo!
No pido disculpas.
Solo me asumo.

martes, 11 de mayo de 2010

El taller con Don Paco


Sobrevivir a una clase de don Paco era una tarea titánica. Daba golpes de ternura y flechazos vivificadores con sus palabras exactas. Para salir bien librado nunca fue suficiente ser bueno, era necesario ser obrero.

Escribir bien lleva mucho trabajo, chicos, nos decía. Y tenía razón. Esa era la ley del maestro: escribir es 10% inspiración y 90% transpiración. Este es un oficio de muchísimo esfuerzo, muchachos.

En su ejercicio de diagnóstico dijo que escribieramos lo que nos viniera en gana, y yo redacté sobre cuando salíamos en bicicleta con mi padre. Entregué orgullosa mi hoja. Estaba feliz, en mis aguas. A la semana siguiente… ¡Oh, no! En la página se dibujaba un menos cero punto seis. Es decir, yo le debía seis centésimas para tener cero. Era un desastre total.

Pero Don Paco no lo dejó así. Nos metió la historia del gato Solovino, que nos dio ternura. En la clase vimos Billie Elliot para entender qué era eso de la vocación. Llenamos manuales enteros de ortografía, y los que queríamos mejorar, llegábamos media hora antes de la clase para aprender de hipérbatos y puntuación dura. No solo explicaba cómo leer a Virgina Woolf o lo imperativo de pasar por la escuela rusa; no, también enseñaba a vivir.

Don Paco sembró en mí la ansiedad de querer ser escritora, de querer contar la vida como en los libros… y también en los escenarios. Me sabía una actriz que quería escribir.

Con los años lo busqué para que fuera mi termómetro en cuanto a la escritura. Me avergonzaba terriblemente ponerlo a leer textos míos, pero yo quería saber si iba creciendo. La primera vez que hice un cuento era sobre cómo se caía la estatua de San Judas Tadeo. Me dijo: no publique todavía, le falta carpinterear. Trabaje, trabaje, decía.

No creo en las musas porque llevo bien grabado en la retina que las musas deben encontrarme trabajando. Si acaso llega una buena historia a mi vida y no tengo las herramientas, ¡desgraciada de mí!

En el último año lo visité con frecuencia. Me sentía un poco abusadora, pero es que de verdad quería que leyera mis textos. Era el catalizador por excelencia para mí. Insistí e insití, y cuando nos veíamos platicábamos largo y tendido.

Su oficina siempre estuvo abierta. Hablaba de su alumno que hoy era el gran poeta. Conversaba de su muchachada que ahora dirigía periódicos. De cierto chico radicado en México que le compró una crónica. Decía que Costa Rica era un buen lugar para estudiar arte dramático. Hablábamos mucho de teatro, de cómo él y su amigo montaron Mi hijo el bachiller, sus ensayos exhaustivos; y me dijo que en su viaje de diciembre a Costa Rica iba a traerme un libro con el monólogo de Antes del desayuno, ese que me daría luces sobre cómo montar una escena.

A mí don Paco me compuso la vida. Mi padre se fue muy pronto y siempre lo echaré de menos para que me diga que no debo tener miedo. Ese día que vi a don Paco había sido terrible porque yo no sabía dónde estaba el norte.

Don Paco dijo que no me desesperara, porque mi trabajo era una cosa humilde que en unos años iba a dar fruto, que echara todo al saco. Trabaje, Lorena, trabaje; y verá que en unos años saldrán maravillas.

Eso hago, don Paco, eso hago: echar al saco.

Para escribir este texto acudí a la columna Croniquillas que tengo en mi pared: Nadita de nada, esa que comienza con “No hay nada más funesto que intentar escribir, cuando a uno no se le vienen buenas ideas…” También usé un folleto de Nathalie Goldberg que nos dio en clase. Se resume más o menos así: Las reglas de la práctica de la escritura también sirven para el sexo: 1. Se debe mantener la mano en movimiento, 2. Hay que perder el control, 3. No pensar, y 4. Ser concreto. Don Paco añadía: luego hay que corregir.

Ahora voy a repasar este texto, a dejarlo reposar; y “luego a puntuar inflexible y laxo” para que esta frase tan tuya, Paco, se vea hermosa.

Agarraste maleta para donde el Colocho, maestro de maestros, y pues muchas gracias, hombre, de verdad, muchas gracias.


Aquí hay una lista de varios de sus textos publicados en un periódico de por acá:
Carta a un amigo dilecto
La dama oscura
A la guanaca o a la gringa

PD: Escribí sabiéndome pecadora. Saqué un texto muy mío, sin nada de humildad porque me siento feliz de haberlo conocido, de que haya dicho mi nombre. No son ínfulas. Eso pasó y fui feliz. Así como fue conmigo... fue con todos, con todos. Yo no era nadie especial, en lo absoluto, simplemente él te hacía sentir que eras también maravilloso.
Foto tomada del sitio oficial en feisbuc: Homenaje a Don Paco