miércoles, 14 de diciembre de 2011

Ayer

Toda acción ejecutada antes de escribir este "antes" la llamaré ayer, la llamaré pasado, la llamaré vida ida. Cada instante nos alejamos más del naciemiento e inevitablemente nos dirigimos hacia la muerte. ¡Alegraos!, porque lo que yace entre los dos extremos se llama vida.

Retomo como quien tiene un manojo de flores marchitas las imágenes de todos los ayeres que me gusta recordar pero que no quiero revivir. Cada una me hizo esto que soy. Los gozos con ajenos, las risas con aquellas y los sinsabores de los desplantes, desamores, amarguras y abandonos están en esa palabra: ayer.

Ayer, que estuve enamorada del error, ya fue. Ayer, que creía no superar estos ires y venires, ya se ha ido; y me trajo la sensibilidad de poder reconstruirme las veces que sea necesario.

A mis oídos llegó ese Todos tenemos un pasado, y me regocijo. He hecho las obsenidades y caridades que he querido. He procurado experimentar todos los estados emocionales que me han sido permitidos: odio, amor, humillación, tristeza, angustia, alegría... los he despilfarrado todos.

Por eso, de ayer no me arrepiento, por eso, todos mis ayeres los miro con la carga significativa que ameritan.

Por eso, la plenitud está instalada en mí en este preciso instante en el que este pasado, el presente y el no futuro están en esta página.

Amores idos, adiós. Amistades eternas, adiós. Debilidades, adiós.
Hoy es un buen día.

¡Salud!

viernes, 25 de noviembre de 2011

Llegar a la meta

Hoy, cuando caiga la tarde, hermano mío, recordarás la primera vez que entraste al colegio, la universidad..., cuando dibujabas letras con plastilina, cuando también me enseñaste a contar. Recordarás, chinito, la manía de las profesoras, los gritos de gol en el pasillo de tus amigos.

Que te den un cartón, mi bro, es solo el signo de que llegaste al final de un principio. Vos y yo sabemos, porque vivimos con el ejemplo de nuestro viejo querido, que un título nada es si no te hizo crecer como persona. Es el escalón que nos debe llevar a nuestros más hondos anhelos, es un porqué que nos impulsa a caminar por el camino que nosotros mismos hemos labrado.

En innumerables ocasiones nos hemos caído y corresponden exactamente al número de veces que nos hemos levantado. Este gran triunfo supone un mínimo de tu valía, porque vos sos e irás más lejos. Sos más grande, mi hermano, inmensamente valioso. Este título, chinito, es la evidencia de tu gran esfuerzo, de tu amor por el trabajo, de esa perseverancia tan tuya, tan inquebrantable.

Hoy, hermano mío, cuando caiga la tarde, nuestro padre también tendrá una fiesta. Estoy segura de que estará satisfecho de que ha hecho de vos un hombre que también quiere ser como él (y profetizo que serás más grande). Cuando en tus manos esté ese pedazo de papel, nuestros corazones brincarán de alegría porque contigo también hemos padecido, gozado, soñado y amado.

Al mirar tus manos, hermanito, sabrás que todo lo que has hecho ha estado bien y que incluso los errores te  han llevado a este estado pleno en el que (y me permito compartir) nos sentimos satisfechos con nosotros mismos, con nuestro creador, con la maravillosa familia que nos tocó, esa viejita hermosa que pinta cabellos y que con eso llevó hasta aquí, y ese pedacito de cielo que es el enano, nuestro hermanito.

Amado hermano, allá afuera está el mundo esperándote. Allá están esos chicos que necesitan de vos, de tu paciencia, de tu gran trabajo creativo en traducirles en mundo y hacer de este un sitio más amable para ellos.  Que este cartón se convierta en un avión de papel y que te podás subir en él para que te lleve hasta donde querrás llegar.


PD: Felicidades en tu graduación como ingeniero biomédico (25 de noviembre de 2011)

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cena de jazz-Brujo (por eso desprecié a Calle 13) II

En el capítulo anterior habíamos hablado de las tales pupusas. Total que sacudimos el polvo de nuestros pies (quizá lodo). Suchitoto acababa de sufrir un baño de diluvio. Mirábamos cómo el agua corría, cual monzón, por las calles. Lo que temíamos era que todo el Festival de Jazz se cancelara.

 Mientras el agua se decidía a irse por las cloacas, nos quedamos dando vueltas en el Teatro de las Ruinas. Sin fijarnos mucho en las pinturas, podríamos decir que nada de lo que estaba colgado ahí valía mucho la pena contemplar. Quizá un bodegón bien hecho pero lo demás lo pasamos de largo.

Lo que vale la pena es estar sobre el escenario del teatro de las ruinas. La duela es como debe ser: amplia, con rebote, de madera nada pulida, agreste y con la sensación de que ahí la gente ha perecido en el trabajo. Mientres Mr. B me miraba, salté y probé la duela cuanto pude. Luego de hacer el ridículo, caminamos directo al San Martín.

Nuestro norte estaba un poco atrofiado, así que frente a la Policía  preguntamos de lejos a un agente con cara de maleante dónde estaba el parque, y en eso, de la nada, salió un lugareño y nos dijo: Vamos, yo voy para allá... Con algo de pena seguimos al individuo, quien nos empezó a contar y contar historias (raras), pero como ya lo hemos dicho, que no nos gusta mucho la sociabilidad descontrolada, le dimos las gracias por la dirección y salimos hechos unos bólidos en acción de huida. Ninguno de los dos quería adoptar al extraño y platicar con él toda la noche. Somos malvados.

En el parque, sobre la rotonda, estaba el escenario dispuesto. La primer banda en entrar fue Sonajazz. Batería, guitarra, bajo, pianos y con el agregado de flauta transversal, que lo vuelve diferente, como dirán algunos: más dulce. Tocaron un par de estándares y temas propios; y gracias a ellos volví a escuchar Blue Bossa luego de un par de años. Salvo afinados entre canción y canción, estuvieron bien. Cerraron con una canción propia llamada Merliot City, que hace alegoría a una ciudad de ese nombre, aunque, como yo viví largo rato en ese lugar, no sé si los sonidos cosmopolitas que la banda usó son los mejores para describirla. Porque si hicieran una película con ciudad Merliot de fondo y con Merliot City de banda sonora... ummm no sé, ¿puede un sitio de clase media sonar a ciudad industrializada? En fin. Por último, que no es un demérito sino un adjetivo, Mr. B y yo insisitimos en que la batería de la banda sonaba muy a The Doors, mucha caja profunda, no era tan jazzero, pero igual, para nosotros funcionó bien.



Los segundos en subirse fueron Brujo. A estos ya los tengo más medidos porque los he visto en numerosas ocasiones, con todos los músicos habidos y por haber. Para ilustrar el caso rememoro las palabras de aquel maestro de música con el que comparto cervezas de vez en vez: "Es que los músicos somos un poco promiscuos... tocamos con medio mundo". Y es cierto. Pero de entre todo el desorden musical, Brujo se es fiel a sí mismo.

En mi opinión, Brujo tiene la enorme ventaja de servirse de la diversidad y la maestría de la que sus elementos hacen gala. Saxofón, bajo, guitarra, batería (esta vez mucho más jazzera que la anterior, basada más en ritmos africanos que en rocanroleros, como diría Mr. B), y el piano que nos deslizan desde Miles Davis hasta el mismísimo Brujo... Lo de esta vez fue distinto, invitaron a una solista que cantó de lo más bien. Como emulando a Rosalia de Souza, aunque quizá su detractor era ella misma, porque su dulcísima voz era en ocasiones monótona, casi no había juego en sus registros, pero de todos modos nos gustó y le aplaudimos.

Lo de este concierto fue muy superior en calidad. Lo que verán es un festival del año pasado en Santa Tecla, pero no está de más para que conozcan a la banda:


Luego de Brujo (que ya sumaba dos horas de jazz), y como ya el cuerpo merecía levantarse de la banca de cemento que habíamos vuelto cómoda a fuerza de forrarla con las toallas del hostal en el que nos quedamos, dimos una vuelta.

El siguiente que se subió no tenía nada que ver con jazz, pero no molestó. Lo de ellos (Proyécto acústico y Las tres ramas del árbol) era más experimental. Uno con guitarras delirantes y oscuras, el otro, más guapacho, a lo latin jazz, o eso creemos. Nosotros nos perdimos en la noche, y mientras caminábamos, las calles se cubrían de swing.

(Por todo esto no fui a lo de Calle 13. De música urbana no entiendo mucho y no me apetece ser versada en el asunto. Aunque sí me parece memorable el acto y precisamente por eso le agradezco a Virginia, ya que me hubiera encantado mirar cómo en el estadio le caían botellazos al ministro de Educación y a su séquito de políticos que creen que el circo es suficiente para que el pueblo vote por ellos. De lo que deben darse cuenta los políticos es de que no deben andar carnavaleando en lugar de hacer buenos programas de nación... aunque el cumbión pone alegre a cualquiera, pero eso no quita el hambre y no da trabajo, salvo a las estrellitas invitadas.)

Para despedirme les dejo algo de jazz a lo latino.



PD: lo que el jazz nacional nos debe son más solitas mujeres. Dejo acá un par de mis favoritas: Melody Gardot y Esperanza Spalding (además de las clásicas, ya sabrán ustedes).




lunes, 21 de noviembre de 2011

Cena de jazz-Brujo (por eso desprecié a Calle 13) I

Esta entrada no sería nada sin el detonante de miss Virginia Lemus y su Boliqueso belicoso, que he leído con tanto estusiasmo esta mañana y tarde, como quien tiene dos buenos tiempos de comida.

Resulta que miss Lemus se fue el sábado a ver Calle 13 en el extrañamente ilustre estadio Flor Blanca (me rehúso a llamarlo como un futbolista bolo que solamente tuvo un par de temporadas buenas en el Cádiz). Yo, por qué he de ocultarlo, ni siquiera contemplé ir a ese asunto. Primero, porque ya tenía compromiso (viajecito al Festival de Jazz); segundo, porque las aglomeraciones entusiastas pseudoizquierdistas me dan pánico (de aburrimiento); tercero, porque la mejor canción que tienen no la iban a cantar porque les faltaba Rubén Blades y sí, también lo admitiré, porque a mí esa música semiurbana con pretenciones de ser una revuelta de los de abajo no me parece honesta.

Con la decisión tomada, vi con algo parecido a un puchero de "Ayyy, qué gente más cirquera" los esfuerzos de medio mundo por comprar frijoles y arroz en las multinacionales o tienditas de niñas Maries bajo la sombrilla de "Miren qué generosos somos".

Ese contexto fue propicio para que nosotros, Mr. B. y yo, nos fuéramos a Suchitoto, porque lo que íbamos a degustar era jazz. (Lo sabemos, somos snob.)

¿Por qué dejar de lado mi marginalidad por un espectáculo de masas? Jamás.
Mr. B.condujo hasta Sichitoto y entre pláticas de por qué todos los políticos están usando estrategias tipo Wil Salgado para comprar los votos de sus electores (show de populismo, parques bicentenarios que se llaman los Pericos, aperturas de parques que nadie usa en las fuentes Bethoven y el desprecio de Norman Q. por restaurar el barrio de la San Luis, falta de listeza de ese maitro) nos sumergimos en la calle que nos lleva a San Martín.

Cuando llegamos, lo que se ve de ese sitio no solo es la perdición, sino su potencial de ser criadero de malandrines: ¿porque quién no va a estar mal en sociedad viviendo en total hacinemiento, pobreza y demás factores?

Dejamos San Martín y tomamos la calle que está llena de curvas y caballos amarrados en la ladera. A Suchitoto lo recordamos porque de entre tanta calaña es un pueblo en el que uno puede ir y caminar. También lo recordamos por los festivales culturales y realmente es el pegue. Ahora añado una variante que mi amiga Virginia tocó: "No importa el estrato social ni la ideología, a un salvadoreño póngale cumbia y ya se lo echó a la bolsa". Es cierto, a lo que Mr. B y yo íbamos no era un espectáculo de masas, porque el jazz, mi estimado lector, no es algo que a medio mundo le gusta y esto lo digo con un puchero, no como una victoria clasista. Y como no era cumbión, había poquísima gente.

Es una lástima total que hasta en la música la cosa sea segregante. A mí también me desprecian porque no tengo apego a esas cuestiones populares (ya les dije que la gente nos dice snob, pero cómo no, también comemos frijoles en sopa con cuajada).

El asunto es que dentro de ese festival pasaron varias cosas inusuales. Cuando llegamos al pueblo y el diluvio nos atacó, entramos a la oficina de turismo, que sorpresivamente estaba abierta. Con Mr. B hemos ido a infinidad de pueblos y ¡Oh, sorpresa!, las oficinas turísticas siempre de los siempres están cerradas. Y luego los funcionarios se preguntan por qué diablos el sector turismo no despunta. ¡Eh, doños, revisen sus planillas!

En la oficina, la señora que nos atendió (porque sí nos atendió) fue sonriente y nos resolvió la vida. Nos dio mapas, nos avisó qué hoteles estaban disponibles y hasta nos explicó cómo los lancheros del Suchitlán explotan al turista y cómo no se han organizado para dar un buen paseo (lo comprobamos, no soltamos los $20 por la vuelta). Nos dio el numerito del hotelito y tarán: ¡ya teníamos reservación!

¡Epaaaa! ¡Una oficina del gobierno que trabaja! ¡Eso es espectacular! Hay cambio, nos dijimos. Pero no todo es miel en hojuelas.

Antes del espectáculo, fuimos a comer pupusas y eso fue culpa mía. Mr. B, muy atento, sugirió pizza, pero mi necio paladar quería pupusas, así que en los portales, esquina contigua a Casa de la Abuela, nos metimos quizá en la pupusería más terrible de todo el mundo.

El servicio es comparable a la amabilidad que tienen los cobradores del microbús de la 42 y no exageramos.
Nos sentamos, y luego de que las meseras-pupuseras nos ignoraran como si no fuésemos a pagarles, consiguimos, con grititos y señales infantiles, que nos hicieran caso. Las tipas eran groseras que hasta te hacían sentir como un cipotío regañado.
Pedimos: dos de frijol con queso y dos revueltas y una de queso, de tomar chocolate y Coca. Pedido a Chica 1. Que no hay Coca, ni modo, la Pepsi chafa. Minutos más tarde: Chica1, ¿qué dijo que iba a tomar? Coca y chocolate. (y esta no tiene en sus manos una libretita... ¡que la use!)
Segundos después: Chica 2: ¿qué les sirvo?: chocolate y (...), Mr. que ya estaba bien incómodo, ¡PEPSI! La muchacha salió corriendo. Luego la Chica 1 volvió con un chocolate y un café en lugar de la Pepsi de Mr. B. Él le dijo: yo pedí un gaseosa... Pero es que no me dijo, respondió la Chica 1, la misma a la que le habíamos dicho varias veces que trajera la maldita Pepsi porque no había Coca. Luego la Chica 2 regresó con la Pepsi y luego de eso medio llegaba y nos ignoraba de a galán.
Luego, una familia grande, de esas que joden y son ruidosas, se movía para un lado y el otro con la mesa de al lado. Como resultado las pupusas no estaban del todo mal hasta que pedimos la cuenta: Dice la Chica 1: mire, y cuántas se comieron. Yo, que no tengo paciencia para las ineptitudes, le dije entre una carcajada grosera que yo ¡no sabía ni cuántas me había hartado (le dije comido, no soy tan grosera), que le fuera a preguntar a la otra!

Fin del cuento, si va a Suchi, jamás coma en ese sitio.

Luego de eso, agarramos camino y nos fuimos al parque San Martín para el Festival de Jazz.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Altares, santos y catástrofes

Debo confesar que me he librado de innumerables catástrofes a fuerza de capitalizar desastres ajenos. A fuerza, también, de rendir culto a ciertos humanos.

Sobre los altares que he construido en mi vida, que he desmontado en mis contables mudanzas y que he vuelto a erigir, siempre pongo una página con las frases de tal o cual fulano, vivo o muerto, para que me recuerde dónde está el norte.

Las buenas brújulas no las venden en ningún sitio. Debe una tener un golpe de suerte tremendo para que en medio de toda esta turbulenta vida un ser humano con sentido común entrenado tenga la misericordia de decirte:  «Por ahí no, que se desbarranca y se mata».

 ¡Ah!, pero no todo acaba ahí, quizá algo más trascendental (y eficaz) que la buena brújula es ejecutar un verbo con tal precisión que dé miedo. Es-cu-char. (Porque sin eso, nada pasa.)

Me atrevo a confesar que el pánico al precipicio me ha obligado a detenerme en medio de los torbellinos en los que suelo meterme y que justamente ese miedo (desmedido) es el que me dice: si sigues corriendo, te destrompás. Entonces, como a mí el dolor no me gusta, pues me paro en seco.

Los altares en mi vida son maestros sabios, también son amigos nobles, son también mujeres débiles con heridas abiertas, son madres enajenadas, son padres muertos vueltos santos. Amigas con la vida hecha jirones. Amigos descorazonados. Historias tristes (desastrosas) que he hecho mías para no repetirlas jamás.

Entre mi biblioteca de santerías y mantras tengo frases memorables que me han librado del caos. Frases tan humanas que en el plano del amor, el estudio, la vida, el dinero y el placer han hecho de mi vida algo menos desastroso de lo que pudo ser.

Dejo algunas que en más de una ocasión me salvaron y otras tantas que me hicieron feliz:

Siga su vocación (porque si no, ¿para qué vivir?)

Lea, lea, lea. Lea la escuela (y allá iba yo a leer a los rusos.)

Escriba como si su vida dependiera de ello (cuando siento que me muero, escribo)

No te compliqués, hacé lo que a vos te guste (y acabé escribiendo y no siendo contadora pública)

Dejá a ese hijueputa (lo dejé y fui feliz)

Esa es de peligro, mejor sé amable (y la infeliz esa no me hizo daño)

Pensá primero lo que vas a decir (después que conté hasta cien, me mordí la lengua, todo estuvo mejor: ¿arreglaré el mundo peleando por tonterías?)

Contá bien (y ya sabrán ustedes, los chillidos ni se asoman)

Fijate que sea atento (Porque ¿para qué quiere una un sujeto que sea chofer, semental, macho y todo lo que se quiera menos un humano?)

Vos gozátelo. (¡salud y buen provecho!)

Escribí en listas todo lo que tenés, querés y deseás hacer. (así cumplo, amo y me place hacer mis actividades)

No tengás miedo (porque ese te paraliza, mejor preparate para el desastre.)

La cortesía es la norma más fácil de socialización humana (y así uno consigue todo lo que quiere porque hablarle mal a las secres es correr peligro)


En el trabajo es mejor que te digan zocada que puta.  (Esa es ley, ¡ah, pueblerino continente!)


No se mate por los que no quieren aprender, mejor viva para quienes sí quieren.


No sufra.


¿Para qué les vas a hablar si no tenés nada qué decirles? (eso es ir contra la hipocresía)


Si alguna le gustó, agárrela, que son para regalar. 


PD: Gracias a toda esa gente maravillosa que deja que su brillantez se desparrame por nuestros caminos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Retraídos, distraídos, abstraídos... (marginados)

Llámennos distraídos por favor, porque así nos sentiremos menos culpables de ser como somos. Aunque, para que quede claro, nos gusta ser así. A veces imaginamos que la gente cree que a propósito no somos así, que quizá algo estuvo mal allá cuando íbamos a preescolar, que quizá algo nos traumó siendo nosotros chicos.

Pero no. A propósito elegimos ser un poco... (¿hay alguna palabra amable para decirlo?, no, quizá no), sí, eso, marginados. Porque ser marginado viene de estar al margen, del lado opuesto en el que se supone ocurre la acción principal. Sin embargo, no me van a negar que lo de las acciones primerizas también es subjetivo, relativo. Hacemos lo nuestro lejos de donde los demás hacen lo suyo: no nos gustan los hacinamientos.

Por los siglos de los siglos amén hemos cargado con el mote de ser retraídos. Veámoslo bien:
Retraído:  1. adj. Que gusta de la soledad. 2. adj. Poco comunicativo, corto, tímido. 3. adj. Se decía de la persona refugiada en lugar sagrado o de asilo. 


Y sí: nos gusta estar solitos porque en la soledad a uno se le ocurren cosas distintas, porque con tanto ruido no se puede pensar, porque el ruido supone gritos y malos entendidos, porque a nosotros no nos gusta complicarnos la vida. Porque en la soledad se piensa mejor.


Quisiéramos un poco de comprensión, no les vamos a exigir mucho. Tan solo queremos ser nosotros. ¿Qué hay de malo en que nos guste la soledad? ¿Qué hay de raro en que un día nos quedemos callados sin decir nada? ¿Qué hacemos mal si nos quedamos lejos de donde están todos? ¿Para qué estar en medio del alboroto si el ruido es vacío?


Nos declaramos abstraídos. Nos declaramos retraídos. Nos declaramos marginados por opción. 


Gracias por llamar.


(Close your eyes and listen, by Piazzolla-Mulligan)





lunes, 31 de octubre de 2011

Silencio

Me gustan las palabras mías, las que son para mí, las que nadie más escucha, las que nadie más lee.

Me gusta que en días no comunes, como hoy, me digan mi nombre sin que nadie más se fije en cómo pronuncias las palabras. Me gusta usar ese nuestro código, con nuestras historias ya idas que nos han dejado aquí, tan lejos y tan cerca.

Para ti, ustedes también, tengo una puerta abierta. Lamento anunciarles que la entrada es estrecha. Quizá les incomode un poco que en este pasadizo no quepan maletas, máscaras, artilugios...
Para eso la dejé abierta tan solo un poco, para que solo tu infinita alma pase por ahí, para que el ruido de la calle no nos turbe. Porque los días me gusta vivirlos de a poco.

He decidido tomarme estos días de silencio para mirar con tranquilidad. No quiero que el torbellino me atrape, no quiero que los gritos desaforados me arranquen este gusto que tengo por las palabras honestas. Quiero que esta soledad vaya poblándose de palabras amables, de sonrisas mías, de abrazos con brazos.

¿Por qué he de seguir el torbellino? ¿Por qué he de entregarme a las palabras vacías de gentes que día con día reconozco menos quiénes son?

Perdóname, perdónenme, si mi silencio perturba. Es que mis días los quiero vivir sin gritos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Por un año más...

No me avergüenza confesar que cuando inicia octubre un sentimiento infantil se apodera de mí. Me gusta pensar, secretamente, en las fechas que sobran y faltan para que me llegue la hora de nacer de nuevo.  He conocido personas a las que parece no importarle la fecha de su nacimiento, o que nos hacen creer que es una fecha más.

Yo honestamente me remito al sentimiento primitivo de querer salir, de entrar al mundo, esa acción tan bestial que compartimos con las plantas, las bacterias, bacilos y todo ente vivo. Ese es el sentimiento que se apodera de mí: quiero hacer vida.

Porque nacer supone entrar a un estado de desprotección, porque siempre ha sido así: estábamos mejor cuando nos cobijaban allá adentro, y muchos pensadores han dicho lo mismo de la muerte, se está mejor cuando uno se ha ido.

Así que como no hay remedio, yo me alegro de nacer de nuevo. (Aunque en un país tan convulso como el mío acumular días ya es toda una proeza.)
Me pongo contenta porque me tocó nacer en una fecha pagana, porque nací en lunes, porque el día que elegí para nacer dejé trabajar a mi vieja todo el día y cuando me aventuré a venir al mundo lo hice rápido.

Ese impulso por la vida, por no poder dejar de hacer actividades y no soportar el ocio vegetal hacen que en estos días me ponga contenta.

Cuando pienso en eso solo me dan ganas de agarrar la agenda y llamar a mucha gente....

-¿Hola, Claudia? (...) ¿Qué vas a hacer este sábado?
-¿Hola, Mar? ¿Me pagás con una cena juntas?
-¿Cómo vas, Alejo? ¿Y si parlamos con unas cervecitas?

Vamos a ver gente. He dicho.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Diario de viajes rurales (1)

Hacía un par de semanas que había terminado un proyecto donde fui a sustituir a otra persona. Como verán, hallé el sitio con una dinámica ya iniciada. Conquistar a los colonos de esa clase no fue fácil, pero al final todo fue mejorando de a poco. Así que cuando me dijeron que si podía ir a otro sitio a impartir un curso básico de medios de comunicación, al otro lado del país, pues dije que sí.

La ventaja que teníamos en aquel entonces era que nos llevaba el transporte de una entidad nacional, así que todo bien. Nos presentábamos en las oficinas a cierta hora de la madrugada y ya nos íbamos. Pero justo el día que iniciaba el proyecto una pereza descomunal y la tacañería se apoderaron de mí. Fue así como decidí llamar al motorista para preguntarle que si podía recogerme a medio camino.

Me preocupé de preguntarle a don Carlos, porque así se llamaba el conductor, que en qué sitio podía parar y a qué hora. Hizo cálculos y me dijo que a las seis y quince de la mañana estuviera lista. Cuando dijo eso, respiré con tanto alivio porque imaginaba a mis demás compañeros de viaje en las oficinas parados en rueda y con el frío tremendo de esa hora. Me sentí un tanto incómoda con el trato más o menos exclusivo que acaba de conseguir aunque luego valoré las ventajas: ¡Eran cuarenta minutos más! ¡Veinte más para dormir! Hasta planeé desayunar. Me alegraba que no pagaría taxi y que tenía veinte minutotes más para dormitar.

Hice todo cuanto pude para prepararme y lo hice de la manera más lenta que me era posible, algo muy difícil tratándose de mí. ¿Ya les dije que en mi otra vida quizá fui ardilla? Ese es otro tema, pero a lo nuestro. Me bañé con precisión, me cambié con serenidad, desayuné con paciencia. Con todo eso, aún me sobraba tiempo, así que prendí la tele y me puse a ver uno de esos programas de animales. Era sobre las abejas o algo así. Cuando el reloj de la sala ya amenazaba con cinco minutos para las seis de la mañana, tomé mi maleta y salí de casa.

En términos estándares, desde donde vivía hasta la calle donde iban a recogerme no podría tardar más de cinco o siete minutos. Me confíe. Crucé la calle porque yo lo que iba a tomar era un bus, un taxi... ¡jamás! ¿Por qué habría de gastar tanto en una distancia tan corta?

Pero aquí es justo cuando la idealización de la vida se coteja con la (maldita, a veces) realidad. Cuando estaba del otro lado de la calle, vi cómo la soledad se expandía. No tardará, me dije. Pero el bus no aparecía. Miré la hora en mi teléfono móvil, uno de esos aparatos desfasados que parece una tortuga bebé azul, y ya estaba en el límite de la hora. Si este autobús se tardaba, llegaría tarde. Y claro, no está en mí hacer esperar a la gente.

Para mi fortuna, el bus apareció. Era una de esas unidades de 1970, estaba pintada de rojo y en la ventana tenía calcomanías gigantes de estrella y en el rótulo de enfrente decía Carmencita. Me subí con la certeza de que a esa hora no había tráfico y de que llegaría bien. Casi nunca llego tarde, me decía, y lo repetía como mantra.

Con lo que no contaba era que el bus, ante la ausencia de clientes, se aparcó en la esquina de la peluquería. ¡No!, ¡no lo podía creer! ¿Qué le pasaba a este busero? ¿Cómo se le ocurría quedarse aplastado ahí, sin hacer nada? Entonces recordé un rótulo que había visto en otras unidades: El motorista no es responsable de sus llegadas tarde, levántese temprano. Con eso ahí, ¿podía yo reclamar algo? Me supuse que no.

Tardamos siete laaargos minutos en esa esquina en la que nadie, pero nadie, se subió al bus. A todo eso yo ya estaba que mis dientes no podían más con la ansiedad. Era un desastre total. Sin embargo, cuando arrancó, era todo un bólido. En cuestión de tres minutos ya estaba yo donde tenía que estar, al menos al otro lado de la calle porque debía cruzar un puente peatonal que está sobre la carretera Panamericana.

Subí las gradas con toda la velocidad que los zapatos formales de plataforma me lo permitían, es que no se puede ir fachoso a esos sitios, ustedes saben: ¡qué dirá la gente! Con toda la incomodidad del mundo, atravesé el puente, bajé las gradas y con la respiración entrecortada llegué hasta donde debía estar. Mi reloj marcaba las seis y veinte de la mañana.

Miré la calle y todo parecía normal. Me senté en una grada a esperar porque no podían haberse ido sin mí. Los motoristas de ese lugar siempre preguntaban si faltaba alguien y daban los cinco minutos de gracia. Seis y veintidós. Nada. Seis y venticuatro. Cuando la hora llegó a las seis y veintiséis me dije: Llamaré. Están tardando demasiado.

Tomé el teléfono y en medio de la calle llamé a don Carlos. Dijo un Aló lleno de ruido y música. Le dije mi nombre y le comenté que ya estaba en el sitio. No había ni terminado de decir eso cuando él me dijo: ¡Ay, niña Lore, ya vamos por Lourdes! ¡Eso quedaba a unos diecisiete kilómetros de donde yo estaba!

Grité un Cóooomo tan fuera de mí que me costaba reconocerme en ese chillido. De golpe le dije un Gracias lo más normal que pude, digo, lo menos escandaloso posible, digo... Era totalmente humillante lo que me pasaba. ¡Qué desgracia! ¡Y todavía vi las abejitas! ¡Malditas abejitas! Ahora mi desayuno era la daga que me atravesaba. ¡Qué tonta había sido!

Me sentí tan abatida que mi corazón, ese músculo indómito, empezó a exasperarse. Golpeaba con fuerza. Me cortaba la respiración. ¿Qué haría? Jamás había llegado tarde a un primer día de trabajo en ningún sitio. Yo siempre tan mesurada, yo tan controlando esas primeras veces, tan ensayando rutas y arreglando todo con antelación... ¡Yo tan boba esta vez! ¡Qué desgracia la mía!

Ahora debía hallar la manera de transitar casi cien kilómetros. No me esperaba que el motorista fuera tan profesional que esperar dos minutos significara esperar literalmente dos minutos ¡e irse! ¡Esto era realmente una crisis! ¿Qué hacer, maldita sea, qué hacer?

¿Cómo diablos iba a irme?

 Caminé, eso hice, caminé. Y cuando miré hacia atrás: allá lejos estaba mi dignidad.




(continuará)

martes, 6 de septiembre de 2011

Quiero ser políticamente correcta

Quiero ser políticamente correcta para jamás quejarme de las desventuras que este oficio me ha traído. No diré jamás que es una alegría tremenda dejar de ver rostros pasmosos, en blanco, berreadores de palabras vacías.

Jamás les diré mi descubrimiento: al ser humano le gusta ser premiado sin tanto esfuerzo, o: al ser humano le gusta ser premiado sin ningún esfuerzo. Pero no, no, no, dirá otra persona, es que no están acostumbrados y yo, por mi parte, no diré que están acomodados.

Lástima que el conocimiento y las habilidades no vienen en pastillas, porque si fuera así ¿tendríamos adictos? Yo creo que no, porque eso implicaría trabajar y ya lo dijimos: aquí, ustedes bien lo saben, a nadie le gusta sudar.

Seré políticamente correcta y no diré que la holgazanería es una plaga.

Amén.

lunes, 5 de septiembre de 2011

La virtud de quejarse

La otra noche aceptamos con triunfo (mi cómplice y yo) que somos unos quejistas. Pero permítame aclarar el asunto, estimado lector, porque como ya he dicho: interpretaciones hay en el mundo como intérpretes tiene este. Así que mejor no nos confundamos.

Cuando hablo de queja no me refiero a ese chillido infantil, ni a esa usual jerigonza de pubertad, mucho menos a llantos femeninos o a golpes (estúpidos) masculinos. No, nada de eso. Lo nuestro va más allá del simple hecho de exponer un dolor o algún resentimiento, como mal dice la RAE. Quizá el significado que más nos guste es el de mostrar abiertamente nuestra disconformidad contra algo (y a veces contra alguien).

Quejas de agenda: vamos en la calle y nos quejamos de que en la capital están arreglando los parques y los están dejando peor de lo que estaban (ahí va nuestro dinero desperdiciado, hecho: no votaremos por ese infeliz). Mes cívico: ¡qué manía de recordar todas esas costumbres campechanas que a esta gente jamás le gustó tener!: música de banda que parece de funeral, vestidos típicos que parecen una versión colorida de los victorianos (y que por cierto ya no usan), gallardetes y globos que solo nos hacen recordar las fiestas quinceañeras.

Otra cosa: miren cuántas casas-edificios a los que les instalan una pantalla de vidrio para que parezcan "bonitos", de caché, peseudomodernistas. Viéndolos bien solo hacen el ridículo porque son una versión terrible, decaída y falsa de un remoto New York. A nosotros nos vienen mejor las casitas coloniales, al fin y al cabo somos fruto de un colonialismo español.

Otras más: hasta ahora no ha habido nada decente que ver en el cine (¿Transformers o los Pitufos?). Por cierto: qué terrible que en todos los pueblos (por más enanos que sean) el símbolo de civilización sea poner un Pollo Campero. Es una lástima, porque cuando eso pasa todos los sitios van pareciéndose unos a otros y van perdiendo su ínfima singularidad.

Así vamos por la vida, mirando los defectos nuestros y ajenos. Les presento mi argumento:

Me gusta quejarme porque así armo una querella contra lo cotidiano, porque no me gusta aceptar todo como hecho, porque me gusta preguntarme cómo pudo surgir semejante barbaridad, porque en la queja reside también cierta acción que me permite mirar de verdad, porque puedo no pasar de largo ante una realidad que no comprendo, que interpreto de algún modo.

Quejarse es más bien una actitud de poca conformidad ante la vida. Porque sí nos gustan muchas cosas, pero... claro que la vida puede ser mejor. ¿Por qué estar conformes con lo que se tiene cuando hay potencial para ir más allá? Aunque cuidado, también nos percatamos de no caer en el desencanto de que todo es horrible. Porque la vida es sencilla y hay cosas espléndidas en ella.

Aunque quejarse por quejarse tampoco es una profesión que yo aconseje seguir. Quizá uno de los componentes básicos para quejarse es comprenderse inútil en algún sentido, quizá incapaz de poder arreglar algo. O quizá lo mejor sea volverse salvavidas: o sea, tomar una acción. Componer todo como quien dice, porque quejarse sin proponer algo también es vacío. Ya los moralistas nos dirán por ahí que esas son críticas destructivas, entonces mejor no.

 Admito que hay niveles de queja, porque cuando nos quejamos de cierto edificio, digamos el Viduc de Santa Tecla (esa masa mostrencona de cemento pintado de amarillo huevo en la que han instalado fierros que pretenden ser una valla moderna que en realidad parece jaula de monos y que como cúspide tiene una apoteósica corona de espinas razor), no nos queda más que llenarnos de regocijo al ver algo tan terrible, tan... tan portentoso y grotesco...  Cuando es así, respiramos con satisfacción y decimos con franqueza: ¡Qué horrible es!

He ahí la queja.

viernes, 26 de agosto de 2011

El texto urbano

Un comentario sobre semiología y espacios urbanos
  
De las palabras de Roland Barthes me fío para decir una vez más que la ciudad es un texto. Un texto que como ciudadanos leemos a diario, vivimos de él y con él. La ciudad es un poema que, según este autor, puede hacernos cantar. ¿Pero cómo se lee ese texto? ¿Qué nos dice?
Para leerlo con propiedad hace falta no solo ser arquitecto, sino biógrafo, historiador, urbanista, semiólogo y muchas cosas más, como bien diría Barthes. Porque la semiología, esa ciencia que estudia los signos, también se ocupa de desentrañar qué significa para los ciudadanos ese espacio del que se apropian.
Es innegable esa experiencia diaria que tenemos de vivir la ciudad. ¿Pero qué hace que ese sitio en el que estamos sea esa amalgama de signos que nos hablan, gritan y susurran? ¿Qué nos hacen sentir?
Partimos de un entorno en el que se agolpan imágenes, objetos, seres, edificios, calles y todo es susceptible a lectura. Así, por ejemplo, un hombre en traje me dice algo de su estatus, o un automóvil nuevo o viejo me da una idea de la personalidad del poseedor. ¿Cuánto más nos dicen las calles? ¿Qué nos dicen a gritos las estructuras, los edificios? ¿Qué leemos?
Los lugares son habitados por el humano, dirá este estudioso de los signos, y cada sitio tiene su ritmo. «En toda ciudad, a partir de momento en es verdaderamente habitada por el hombre y hecha por él, existe ese ritmo fundamental de la significación» (Barthes, 1997, pág 206).  ¿Qué significados hallamos en la ciudad que construimos? ¿Qué mensajes transmitimos?
Urbanistas, arquitectos y el humano en general son forjadores de signos, de señales, de ese lenguaje urbano que nos dice algo de ese entorno. Pero, ¿esas construcciones y lecturas dicen algo de los valores sociales, morales o ideológicos de sus habitantes?
La construcción de signos en el entorno va más allá, no es una estructura sencilla como el de las letras del alfabeto; sino que son sistemas más complejos y sutiles.
Atreverse a leer los signos del mundo requiere salir de cierta inocencia sobre cómo construimos el entorno: partimos de que el mundo significa. ¿Qué tanto puede incidir una propuesta arquitectónica de la que sus habitantes no pueden apropiarse? Porque la vida tiene un aquí, un sitio en el que germina. ¿Acaso no tenemos en nuestra memoria sitios entrañables o lugares tan vitales que nos han hecho lo que somos? Esas propuestas de espacio inciden en cómo la gente hace su vida, en sí, su cultura.
Por ahora, dirá Barthes, esta significación se convierte en la manera de pensar del mundo moderno. Esa modernidad que para Jesús Martín Barbero va homogenizándose. Ciudades y espacios  que son copias de otras culturas, de otra vida.  ¿Bajo qué mirada proponemos?  ¿Por qué copiar modelos si nuestra ciudadanía es tan distinta? La ciudad y sus espacios son públicos, son el pueblo. ¿O son acaso sumatoria de intereses privados, de visiones egoístas? (Martín Barbero, 1996, pág 49)
Sobre esa modernidad, Richard Sennet, autor de Carne y Piedra (1997), sostiene que hemos llegado a esa privación sensorial sobre los espacios que se van diseñado. La sensación antiséptica, sin rasgo humano, va proliferándose más y más. ¿Nuestros espacios son tan alejados de sus usuarios que es difícil hacer una vida ahí? ¿Qué tanto dicen estos sitios sobre nuestra humanidad? ¿Nos parecemos a ellos?
Crear un espacio es también crear un sistema, un sistema de signos que leemos. Cada parte de ese entorno significa algo para alguien. Los usos que la gente le da, la significación que le otorgan al espacio es la vida que este adquiere. Un entorno es tan parecido a sus usuarios, se llena de su personalidad.
¿Pensamos la ciudad y sus espacios públicos de acuerdo a sus lectores?   
La ciudad es un texto. Sus oficinas nos elijen. Sus calles nos gritan. Sus centros de comercio nos seducen y sacian nuestras pasiones y necesidades. La ciudad es un discurso: ¿qué dice nuestro entorno sobre nosotros mismos?


Bibliografía:
Barthes, R. (1997). La aventura semiológica. Barcelona: Editorial Paidós
 Martín Barbero, J. (1996). Pensar la ciudad. Bogotá: Tercer Mundo.
Sennet, R. (1994). Carne y piedra. Madrid: Editorial Alianza.

jueves, 18 de agosto de 2011

La cuerda floja

Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Eso es tolerancia.

Inducir, mover, obligar a alguien con razones a creer o hacer algo. Eso se llama persuasión.

Yo no sé qué sea más grave si dejar hacer, dejar pasar o construir muros. Todo o nada... ¿nada?

Me paseo entre ambos lados, como uno de esos especímenes que la Biblia cataloga como tibios (acto seguido "Dios los vomitará"). A usar colonia, ¿no?

Porque si usted se fija bien, uno siempre debe estar en alguno de esos (estúpidos) bandos. ¿Por qué he de elegir un extremo?

Llamadme tibia, por favor. Llamadme apática, porque hay infinidad de bandos a los que espero no afiliarme. Miles de mundos que quisiera no entender. Miles de razones para replantear esos "sí" bestiales, esos "no" falsos.

¿Cómo puede contemplarse realmente el mundo si la otra mitad es condenable?

¡Eh!, tú, haz lo de siempre, te lo suplico: ¡Expúlsame! ¡Yo me niego a jugar tu juego!
Vamos, ¡sigue criando maniqueístas para que se maten entre sí!  (Y-que-no-se-soporten-jamás.)

 Por hoy ha sido suficiente: Me niego a tirar la moneda.


lunes, 8 de agosto de 2011

Breve tratado poco elocuente sobre el frenesí

Delirio, furia, perturbación del ánimo.

Episodio: luxurĭa.

Que el deseo (tontuelo aniquilador) no nos arranque la poca lucidez que nos queda.

Amén.

viernes, 29 de julio de 2011

El esfuerzo (según ellos)

La chica volvió con las manos vacías. Con su cabello lacio, negro y peinado a raya lateral ladeó la cabeza y me dijo que no había hallado nada en la biblioteca. La miré con no sé qué incredulidad y osadía (porque ella era infinitamente más alta que yo) y le dije que era ¡Imposible! que volviera sin algo. Vaya, yo sé que no es la biblioteca del Congreso, ni de España, Inglaterra... ¡Pero algo hay! 
Es que no hallé nada, me volvió a decir entre jadeos de cansancio por haber atravesado un campo terroso bajo el sol mañanero y, de ribete, tropical.
Es que no puede entrar sin libros, le repetí. Entonces, ella, vencida, dijo que volvería. Que si cambiaba de tema (para escribir). Pues claro, le contesté. Sea práctica. Arrastró lo que quedaba de ella, bajó dos pisos, atravesó el parqueo, las gradas, otro pasillo... 


Sí, escribir también es cansado y eso lo comprobó la chica porque volvió con tres enormes libros que seguramente pesaban... no sé, como tres ladrillos de barro rojo, o dos ladrillos saltex, o viga pequeña de madera maciza... o un banco de dibujo... 


Porque según ellos (y otros más innombrables a los que voy a ver de vez en cuando) todo sale de la cabeza. Claro, según ellos, la inspiración está ahí aletargada... porque según ellos, hay un soplo (mundano) que nos dicta las palabrerías torpes que a veces nos salen de... de cualquier otro sitio que no es el alma porque ahí quién sabe qué hay. Aunque dicen las señoras que rezan en mi cuadra que del alma salen solo cosas buenas. Quién sabe, hasta ahora no he visto nada maravilloso que solo haya sido escrito por el alma (entiéndase sin entrenamiento).


La desestimación del esfuerzo en la generación de tareas tan básicas como escribir una opinión (de cualquier tontería que uno pregunte) sí que puede catalogarse como pandemia. Plaga, sí, eso. ¡La octava plaga mundial! No, ya sé. Es un defecto expandido que se hereda por aprendizaje. Porque a holgazanear también se aprende. Si no, miren cuánta gente sufre una metamorfosis cuando entra al gobierno: a. G.*: trabajaba y se quedaba hasta después del timbre para entregar todo; d. G: entra tarde y en una semana hace lo que podría hacer en un día. 


Si hay algo imperante en esta sociedad es la estimación desmedida al talento no cultivado. Aquí se tiene la idea errónea que lo producido con mayor esfuerzo no es auténtico. ¡Pero vamos! 


Ah, claro, ahora entendemos por qué todo está como está.


Esperar a que las palabras salgan solitas (inspirarse), no leer ni papa, no buscar más allá de Wikipedia, no hacer los ejercicios, ofenderse porque se les pregunta directamente, decirles que lo que dicen no dice nada, que lo que escriben no dice nada...
 ¡Se traumatizan! ¡No se valora su esfuerzo. (Y yo me digo: ¿cuál?) ¡Ay, es un atentado a la autoestima!
¿Y mi autoestima? ¿Quién me defiende de tantos textos horrorosos? ¡Nadie! Por qué felicitar esas participaciones vagas y sin sentido. Por qué... qué se yo. Me abruman mis quejas.


Por eso hoy devolví a todos los chicos de la clase a la biblioteca. No dejé pasar a nadie sin sus libros. (Y algunos sinvergüenza jamás habían ido a una biblioteca.) Porque si hay algo que me es insoportable es ver a un chico que no se esfuerza. 


Se me ocurría, en un mundo idílico, que si yo tuviera algún amigo en el Ministerio de Ingeniería Genética le diría que propusiera una ley y acto seguido su aplicación. El presidente, como es mi sueño, sería más o menos listo, entonces diría que sí, porque así garantizaría lo único vendible en este sitio (la gente). He ahí el resumen:


Delito: no esforzarse
Pena: asignación de nueva tarea biológica


Y el presidente diría algo así:  
Señores ingenieros genéticos: Instalen a todo neonato un dispositivo que, cuando ese humano ya formado deje de aprender, empiece a negarse y sus ideas se fosilicen, haga implosión para que quede solo polvo apropiado para usos agrícolas.
Luego de eso, porque el discurso también será transmitido en directo, todo el mundo... ¿aplaudiría? ¿O ellos mismos se tirarían de la Puerta del Diablo?


En fin, he ahí mis sueños de escritorio. (Después dicen que algunos tenemos ideas violentas. Cortesías, créanme, cortesías.) Por cierto, las musas no existen.


PD: (Y si usted tiene una... Bueh, tráigamela para platicar con ella y preguntarle que dónde se emborracha tanto porque no se nota que trabaje.)


*a. G.-d. G: antes y después del Gobierno.

jueves, 21 de julio de 2011

Delirios y confesiones (ajá, más)

Yo sé que el título del blog es medio pretencioso. Sí, ya sé que la gente lo mira y dice: "Bueno, y esta de dónde sacó esto... o ¿de cuál fuma?" El nombre no me lo saqué de la manga, eso lo vi en una clase que se llamaba Semiótica de la Cultura. Esa materia era algo así como la antesala al nirvana. Entender sobre lo que se supone que uno entendía y los significados y blablablá. Una maravilla total.

A mí, honestamente, lo que más me gustaba de esa clase era la sensación de autodescubrimiento permanente. En particular una teoría que fue para mí abrumante y sí, excitante. Porque una también se puede excitar con teorías, no crean que somos tan mundanas que solo nos alimentamos de cuerpos... en movimiento. En fin, lo de la semiosis infinita de Charles Pierce se resume en la leyendita del blog: hay interpretaciones como intérpretes tiene el mundo. Lo que pretendía, o pretendo, depende de mi ánimo, es juntar las distracciones que tengo sobre el mundo, lo que me molesta, lo que odio, lo que me aburre y a veces sobre lo que me gusta. Así nació este blog.

Mentira. Nació porque yo tenía un blog que se llamaba El gato y la ventana, o algo así. Antes tuve uno que se llamó El paseo del gato. Una lástima total cerrarlo porque, ahora que lo veo en retrospectiva, tenía un nombre bien bonito. Con esos blogs, la gente en los pasillos empezó a decirme que si yo era gato que qué miraba en la ventana y babosadas así. Bromas insípidas, pero los dejé estar. Total, qué puede hacer uno con la gente. El perfil de esos sitios era de confesiones personales, anecdotario y así; a mí particularmente me aburría. ¿Qué vida puede ser tan interesante que uno la retransmita en un blog? ¿Qué más competencia que TVy Novelas? Así que como me aburrí, abrí este que se supone que me gusta más porque digo algo sobre lo que pienso.

No está en mi naturaleza aburrirme, me da pánico esa sensación de no tener nada qué hacer. Ya hablamos un día del ocio. Entonces, vi mi pobre blog ahí tirado, sin alimentarlo y me dije: Bueh, esto está para decir las tonterías que me gusta decir, así que... ¡aquí estoy!

La semiosis infinita es, sin nada de humildad, una ventana a distracciones mundanas. Sí, es medio esnob el título, pero qué más da. De todos modos ahí anda un montón de gente deciendo tontera y media, qué pierde o gana el mundo si no digo nada. No sé si gana, pero al menos yo, tengo un sitio dónde distraerme.
Hedonismo nada más.

jueves, 23 de junio de 2011

Miedos: ceguera

Siempre he tenido miedo de quedarme ciega. Me da miedo porque soy torpe por naturaleza, porque ante mí todo lo que parece estar quieto en la repisa se inclina, cae y me golpea. Me da miedo porque, cuando por fin sea ciega, todos esos botes de especias y tazas de té caerán con más frecuencia, rebotarán en el suelo y soltarán esquirlas.

Me da miedo quedarme ciega porque dejo las cosas en lugares distintos, porque aún soy incapaz de guardar mi cepillo de dientes donde debe estar. En numerosas ocasiones lo he encontrado en la tetera de porcelana donde guardo las plumas y lápices. Y ese no es un buen lugar, ni higiénico, para dejar ese instrumento de limpieza. ¿Qué vida más triste y miserable tendré si ni siquiera puedo hallar un maldito cepillo?

Me da miedo quedarme ciega porque amo ver televisión y películas. Porque los grandes filmes tienen secuencias en las que no hay diálogos y uno debe estar pendiente de la cada fotograma para develar qué rayos pasa.

No mirar, no contemplar las imágenes, quizá sea el castigo más grande (y cruel) que la vida puede otorgar. No atrapar la vida con los ojos ha de ser el infierno.
Lo que más me aterraría de quedarme ciega sería esa maldita incertidumbre de no saber dónde estoy. Esa sensación de abandono, de que el mundo ahí afuera es inabarcable. O quizá lo peor sea tener que confiar en esa gente que ni siquiera sabe quién es ni para dónde va (que no es garantía de que uno lo sepa).

Pero lo más horrendo debe ser vivir la vida fútil. Vivir sin historias. Vivir sin libros. No leer, no saber de otros mundos y otras gentes debe ser el más infame de los castigos. Ha de ser la venganza suprema de vivir condenados una absurda vida aburrida. Porque no hay nada más hipócrita que creer que se tiene una vida interesante...

No, no.
Las vidas interesantes están ahí dentro de las tapas. Por si me quedo ciega un día de estos, he de buscarme un hermoso Lazarillo. Por si me quedo ciega un día de estos, quizá mejor me convierta en cantante para que suenen las monedas.

domingo, 1 de mayo de 2011

Fetiches

(Fetiche(Del fr. fétiche). 1. m. Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos. )

Los objetos y su uso son los que, a menudo, legitiman nuestras acciones y las acciones son una extensión (¿verídica?) de quienes somos.

Demostrar el uso experimentado de tal o cual juguete denota la personalidad de (digamos) algunas personas. Así, el basquetbolista deberá demostrar su pericia para que el balón entre en la cesta. El instalador eléctrico, con su cinturón lleno de herramientas, usa los objetos con tal maestría para que al conectar la cafetera no corramos el riesgo de morir electrocutados. Denominamos a las gentes y sus oficios dependiendo de la actividad que ejecuten. El bombero es que que con una bomba apaga el fuego y blablablá.

Ahora que el ejemplo en cuestión ha sido explicado con claridad, paso el siguiente asunto. El juego, la escena, la farsa.

Los objetos son vitales en la farsa, son un elemento identitario. Una de las soluciones teatrales para indicarle al público (sin explicárselo de una manera tan mediocre como suelen hacer los novelones mexicanos, colombianos y demás) es dotar al personaje de un objeto que lo identifique. Por estereotipo sabemos que la camarera lleva un plumero, que un hombre honorable y de alcurnia usa una pipa o un bastón (en innumerables obras clásicas), sabemos que el malhechor lleva una pistola o similares.

Los aceptamos como reales porque nos gusta que nos mientan, nos encanta estar sometidos a la mentira. Ahora bien, paso al asunto a cuestionar.

Las redes sociales, ese escaparate de cárnicos en el que ya nos inscribimos, dan el chance de mostrar sin demostrar de lo que somos capaces. Las ventanas se plagan ahora de fotografías con humanos que muestran sus objetos (de deseo) que los convierten en otros seres.

¿Se convierte uno en fotógrafo con solo autofotografiarse en un espejo para que vean cómo nos agazapamos tras el lente y cuando mostramos las fotos son como las de cualquier mortal?
¿Se es escritor con tan solo mostrar(nos) en actitudes literarias, léase leyendo un libro?
¿Se convierte uno en actor con tan solo mostrar la foto en la que por veintiúnica vez nos subimos al escenario?
¿Qué de nuestras bocas detrás de los micrófonos y a la salida de la bocinas solo se escuchan berreos?
¿Se es modelo con solo fingir que se posa (y al ver la fotografía una piensa: esta chica no mostró emoción ni nada, ¿estará muerta?)?
¿Se es músico con solo tocar las partituras de lacuerda.net?
¿Se es como Lance Armstrong con solo mostrar una bicicleta?

Pero no todos los objetos tienen el mismo valor. No he visto aún a nadie modelando con una piedra de moler, ni al lado de su comal para echar tortillas, ni tras la escoba con la que limpian la cuneta, ni tras el lavadero, ni tras la piocha...

Nos gusta la fanfarronería, por eso nos construimos tras los objetos contundentes. Cámaras, trajes de baile, plumas, libros, películas, periódicos, instrumentos musicales... libretas, carros...

Sigámonos fotografiando tras los objetos, tras las poses, total, nos gusta esta palestra porque, como en el teatro, todos nos sabemos farsantes (y nos encanta).


La imagen de las herramientas es de vectorizados.com.

lunes, 18 de abril de 2011

¡Sed libres!

Los bolígrafos y lápices se movían de manera trepidante, bailoteaban en las manos una velocidad comparada tan solo con la agitación que produce querer escribir todo el cuaderno en un hilo de papel justo segundos antes de que inicie un examen final. Escriben. Sí, todos ellos escriben. En esas páginas reina el caos (y se construye la libertad).

Natalie Goldberg ha vuelto a hacer de las suyas en mi salón de clases. Fiel a que su método es lúdico y liberador, sometí a esas indefensas criaturas que se llaman estudiantes a un exorcismo necesario. Se dejaron llevar, confiados en que para algo serviría el ejercicio. Usamos el capítulo uno de Escritura como terapia creativa.

En esas sesiones, nos olvidamos por un momento de la ortodoxia y le dimos paso a eso que Natalie llama Reglas de la práctica de la escritura, esas que, según esta doctísima maestra, también sirven para el sexo. Yo le creo.

Regla número uno: Mantener la mano en movimiento. Eso es, muchachada, para que su mano editora, o sea la que no escribe, no pueda alcanzar a la mano creadora. Que diga todos los disparates que quiera decir… Entre más rápido escriban, tendrán menos tiempo de autocensurarse.

-¡Pero no sé de qué escribir!, me dijo uno.
-Entonces escriba: estoy sentado en un horrendo pupitre y no sé qué escribir… ¡Escriba lo que sea! ¡Pero no pare!

(No pare, no paren… todo está en el movimiento continuo. Sonrisas de los sexópatas.)

Regla número dos: Perder el control: «digan lo que quieran. No se preocupen de que si es correcto, adecuado o apropiado». Que salga todo.

-Y puedo escribir malas palabras…
-Las palabras no son malas, contesté…
-¿groserías?
-Muchachas, ¡digan lo que quieran!
-¡Aaay, y yo que me estaba conteniendo!, aulló una chica.
-Pierdan el control… ¡por favor!

Tres: 3. Ser concretos: «carro no, Cadillac. Fruta no, manzana». Pájaro no, catalnica. Nombres concretos. Sentimientos concretos.

-¿Y si es algo muy feo contra alguien?
-¡Tanto mejor!

Regla número cuatro: No pensar: «generalmente vivimos en el reino de los segundos o terceros pensamientos, pensamientos sobre pensamientos, más que en el reino de los primeros pensamientos, que es la forma auténtica de vislumbrar  algo repentinamente. Aténganse al primer fogonazo.» No piensen. ¡No piensen!

-¿Y si lo que escribo no sirve?
-¡No importa! Escriba, escriba, escriba, escriba… (Siempre sirve, aunque no lo crea) ¡No piense!

Las demás reglas de Natalie explican que luego nos fijemos en la ortografía y gramática, pero he aquí el eje central de una escritura que busca ser liberadora.

¿Que si sirve el ejercicio?

Yo creo que sí. Sin contarles de qué iban los textos tengo la sospecha de que funcionó: las sonrisotas y los rostros de alivio me dan una pista. ¿Varias vidas se han salvado? No lo sé, pero estoy segura de que sí ha sido un balsamito para sus atribuladas vidas.

Ese ejercicio lo hicimos con mi maestro hace ya varios años. Es quizá uno de esos momentos en los que la rabia, la tristeza, la pasión y la euforia se decantaron en una página, es justo la manera en la que muchas veces me he dado cuenta de qué  pasaba en verdad con mi vida.

Escribir y liberarse…  Por cierto, ya que usted está aquí, ¡aprovechemos! ¿Por qué no prueba? Es baratísimo el asunto: una libretita, lápiz y ya. Escribir, no parar, no pensar y ser concreto. ¡Inténtelo! ¡Sea libre!

Las reglas de la práctica de la escritura sirven para escribir y ser libres (y sí, véalas bien porque está la teoría de Natalie: también se aplican al sexo).


viernes, 1 de abril de 2011

Los invisibles


Lázaro Rodríguez Oliva lanza una pregunta que es como un cuchillo bañado en sal que abre llagas. Sus observaciones se desprenden de una afirmación que explica sin pausa pero sin prisa. «Lo que no existe es producido activamente como no existente.» Lázaro parafrasea (y nos presenta, entre otros) a Boaventura De Sousa Santos.

En el marco del taller de Políticas culturales: investigación e innovación para el desarrollo, auspiciado por el Centro Cultural de España en El Salvador, Lázaro Rodríguez Oliva se esfuerza en mostrarnos que las afirmaciones de De Sousa no son ideas etéreas. Él procura que comprendamos que de alguna manera somos (querrámoslo o no) «invisibilizadores del otro».

Entre una mareada de temas y discusiones que le compete una plataforma más amplia y de diálogo, traigo a cuenta esa cubetada de preguntas hirientes: ¿cuándo producimos ausencias? ¿Cómo yo desde mi individualidad anulo al otro? ¿Qué hay detrás de esa ausencia que produzco de manera ignorante o intencional?

Lázaro afirma que sí, hay culturas hegemónicas; que sí, hay políticas culturales involucradas. En específico con el ejercicio y visto desde ese micromundo (es decir, preguntándonos a nosotros mismos), puede resultar chocante darnos cuenta de que alguna vez pregonamos inclusión y participación pero no, no somos tan incluyentes como creíamos ser.

Puestos en situación: ¿quiénes son invisibles para nosotros? (en camaradería lo traducimos en: quiénes nos resultan insoportables, y si nos ponemos extremistas y honestos: ¿a quiénes odiamos?).

Hicimos el ejercicio con unos amigos, bajo anonimato e intimidad, y sacamos algunas conclusiones poco honorables que compartimos con ustedes para dar fe de que hay algunas personas que quisiéramos ignorar y que de hecho lo hacemos (para mal del mundo).

Con la respuesta se supone que veamos qué discursos hegemónicos perviven en nosotros, esos que se desdoblan en prácticas culturales tan «naturales» (e inhumanas) como no saludar a tal en la calle por alguna razón más o menos justificable, eso según nosotros.

Pensemos. Sí, pensemos en aquellos que están ahí y que queremos ¿anular? 
Las listas pueden ser largas y ridículamente específicas. Agárrense.

«No nos gustan los gringos por creerse americanos y americanos somos todos, ignorantes. Detestamos a los que se creen más que los demás, como cierto país argentino. ¡Ay! Odiamos con fervor a los que creen que viven en países de primer mundo y creen que los demás estamos en países subdesarrollados…

 »Detestamos a los que escuchan música pop, a todos los buseros que nos obligan a escuchar reguetón, detestamos terriblemente a los fanáticos del Barca-Madrid. No soportamos ni en broma a las mujeres que viven para arreglarse, verse chic y andar en tacones, odiamos a los niños que no dicen buenos días, a los vigilantes por preguntones y a sus novias, las tortilleras, aborrecemos a los fanáticos religiosos porque con su cantadera no nos dejan pensar, odiamos a los roqueros porque se visten de negro, a los fanáticos de los carros y el tuning (y ellos nos odian porque somos pseudosnob). Vemos mal a los vendedores de la calle porque hacen desorden, nos parece penoso que algunos no aprecien las artes. Detestamos a los que se ríen nerviosos en el teatro, a los que no van al teatro…

»Detestamos a los que viven para chismorrear sobre las estrellas de Hollywood, odiamos Hollywood, y a los vecinos que ven Quién quiere ser millonario cuando el premio no es un millón. No nos gustan las rubias ni los metrosexuales… ni los que parecen indígenas. No entendemos a los gay… Ni a los que no leen… Odiamos a los que leen demasiado porque nos dan envidia… a los oficinitas porque tienen mejor trabajo que nosotros… a los que triunfan… No soportamos ¡a nadie!»

Con tanto odio desparramado, valdría la pena repensar en De Sousa, ¿qué hay detrás de tanta invisibilización? ¿Acaso no son (somos) seres humanos? ¿No tenemos los mismos derechos?

Ciudadanos del mundo, quizá, pero de un mundo en el que los coetáneos no nos reconocemos porque somos diferentes. ¡Porque ellos son diferentes! ¡Y claro que todos somos diferentes! (¿Eso no es un valor agregado?) Porque si así invisibilizamos a algunos, ¿qué hacemos cuando nosotros somos los anulados?

¿Por qué nosotros, que creíamos ser almas beatas, somos en realidad así de bestiales? Nosotros también somos los otros y lo que para nosotros es certero, para otros es transgresión. Somos los otros, somos los otros, y para muchos tampoco existimos.

Lázaro Rodríguez Oliva va directo a la yugular: «Sí, es muy difícil, pero nuestro fin debe encaminarse a no ser parte del engranaje cultural que reproduce la exclusión».

Le pasamos la papa, haga su lista.

domingo, 20 de marzo de 2011

Para amar los ritos

Este mundo se pone cada vez más extraño. Que la gente se presente en nuestras vidas como por generación espontánea raya en lo normal. Conocemos sus nombres y lo que han construido de sí mismos a través de un muro, ese muro que con más frecuencia tiende a parecerse al muro de los lamentos. Y si bien no colocamos pepelitos en tus intersticios, sí publicamos lo que sea para que esos que se llaman nuestros amigos se den cuenta de tal lamento.

Así, se va instaurando esta costumbre insana de enterarnos de todo aquello que no queremos conocer pero que por "novedad" nos enteramos. Estar pendiente de alguien ahora es fijarse en cuanta declaración egoísta surja en ese muro. Y sí, me refiero a ese dispositivo de "f" blanca en fondo azul que tanto bien nos ha hecho. Porque creámoslo o no, es una maravilla. Pero como solemos hacer... nos excedemos y usamos la herramienta hasta que nos hartamos.

Así, con el contexto en la palestra, vale la pena de vez en cuando volver a los ritos, esa manera mágica y antigua de comunicarnos. Porque nos costó mucho volvernos civilizados, porque nunca ha sido fácil leer al otro.
Deberíamos extrañar la comunicación inmediata. Deberíamos hartarnos de los datos diferidos si bien puede quedar uno con alguien e ir sencillamente a caminar al parque.

Después de dos noches en las que con un amigo derrochamos palabras, historias y canciones, eso luego de ir al teatro a ver "Marx ha vuelto" y escuchar "Al otro lado del mar", con el agravante de cenar comida taiwanesa (prueben el fresco de arroz con maní, la noche anterior fue comida china), tengo la certeza de que los rituales siempre serán necesarios. Porque ni cien mil palabras escritas compensan ese minuto en el que nos reímos del mismo chiste.

E insisto: la vida es aquí y ahora.
(¿Dónde nos vemos hoy?)

miércoles, 2 de marzo de 2011

El mundillo circense


Hablemos claro, subirse a un escenario es amar hacer el ridículo. Es, fundamentalmente, amar el exhibicionismo. Que voy a superar con gracia cada trauma anclado en mi memoria, quizá. Pero en el fondo los artistas tenemos esa manía loca de mostrarnos, porque nos gusta mostrarnos.

Subirse al escenario es enfrentarse al terror. Es ser una bruja en Salem; es, también, si le gusta lo cristiano, crucificarse. Defiende uno verdades ajenas, mentiras, sobre todo mentiras que volvemos verdaderas.

Exagerado... sí. Malpensante, imperativo que lo sea. Por eso los escenarios son elevados, porque son ese altar desde el que nos alimentamos de odas, chiflidos e insultos. Porque sea como sea, los escenarios son para que quienes estemos arriba seamos vistos o mal vistos. Deseados, sobre todo deseados.

La palestra de las bajas pasiones quizá. Un altar es un altar, y más si desde el cielo caen cenitales que ennoblecen nuestro espíritu.

Uno se hace escritor o docente, pero hay oficios que pasan sobre el intelecto, lo atraviesan, y son justamente esos con los que nacemos porque son nuestra fuerza vital (como cuando uno se da cuenta de que la vida reside ahí, en el sexo, tóquese el vientre mientras paladea «sexo»).

Para bien o para mal, me sé actriz. No sé si buena, no sé si disciplinada. No es cuestión de asumirse, porque más allá de una decisión es una necesidad. Sin ese mundo de creación, que un amigo entrañable llama mundillo circense, la vida (mi vida) no sería igual. Por eso me sé actriz, porque amo el ridículo y mucho más la desvergüenza.

(Y ahora que este maldito sistema me consume, me muero.)

*La crucifixión: Jesús+Cristo: Carlos Recinos; Magdalena (ÑaMagda): su servidora, Lorena Saavedra. Momentos de ocio y juegos en escena mientras rodábamos un video. 

viernes, 25 de febrero de 2011

Empiruetarse con Halfon

Me gusta Eduardo Halfon. Para leerlo, quizá haya que ser un poco hedonista. Que uno tome un avión para buscar a un pianista que quiere ser gitano es el colmo del placer. Un delirio así ha de ser tan mágico como encerrar a cinco jazzistas en un bar lleno de humo y esperar a ver qué pasa… o qué no pasa.

Eduardo Halfon es guatemalteco, nació allá por 1971 y después de dejar una carrera de ingeniería se metió en esto de las letras. Entre sus últimos trabajos están Clases de hebreo (2008), Clases de dibujo (2009), El boxeador polaco (2008), Morirse un poco (2009) y La pirueta (2010), preciosamente editado por Pre-textos luego de que ganó el XIV Premio de Novela Corta «José María de Pedrera» en el 2009.

La Pirueta inicia con el conflicto bien puesto: «¿Por qué quieres encontrarlo, Dudú?» Y Eduardo empieza a preguntárselo también. Quizá lo movió la ausencia del amigo, quizá lo sedujo la historia de ese tal Milan Rakić que se cansó de ser un músico y quiso volverse artista, pero gitano, quizá en realidad es una aventura egoísta… quién sabe.

Así, sin saber por qué, Halfon nos lleva a un viaje musical (y es obligatorio tener un buscador de música para saborearlo de verdad). Con Liszt en YouTube, me deslizo a un violento Thelonious Monk. Luego a un Saban Bajaramovic, y es vital escucharlos porque Milan Rakić puede vivir sin Liszt, pero no sin Saban (y quizá esté ahí la clave de su desaparición).

Milan, antes de desaparecer y aparecer a través de postales, conversa con Eduardo sobre Epistrophy de Monk (elitismo que no molesta). Hablan de que quizá ese título es una palabra botánica, que significa no sé qué, y Milan sentencia: «No quiere decir nada. El muy hijo de puta se la inventó». Más tarde afirma: «Existen cosas que no tienen ningún significado y que igualmente son bellas». Talvez así haya que leer La Pirueta, como un paseo al que no sabemos por qué vamos pero que de todos modos es placentero.

El protagonista de La Pirueta es multicultural y obliga a que en la lejanía (Belgrado y otros sitios insólitos como Gardo) alguien se fije en un nombre tan extraño como Guatemala. Muchos de sus otros personajes le dan por fin una mirada a este pedazo de continente perdido que es Centroamérica. Porque no, señores del otro lado del mundo, C.A. no es México. Aunque no todos comprenden. Le dice uno por ejemplo: «Una vez me acosté con una chica de Ecuador, que es casi como decir Guatemala, ¿no?»

Eduardo Halfon, porque el protagonista se llama igual que el escritor (gran trampa, ¿eh?), dibuja a los gitanos, a los marginados, los que tienen su código de vida, esa otra vida que vamos develando con este viaje y a través de los cuentos que Milan le escribe a Halfon en las postales.

El crítico Ernesto Calabuig recomienda no leer la novela en clave realista. Por ejemplo, en el libro, la novia de Halfon dibuja sus orgasmos en un cuaderno color almendra. Calabuig reprende que eso de la «memoria vaginal» no es una imagen bien lograda. Aunque… ¿acaso no ha gritado ya y hasta tiene sus monólogos?

El balance de orgasmos (o ausencia) se antoja para una propuesta de vida. ¡Desahógate, memoria vaginal! ¿No sería interesante ver el rendimiento de tal o cual a través de grafiquitas? Algo para entender, digo yo. Lamento disentir con Calabuig, pero sí, como dice por ahí Laura Restrepo: «La vida transcurre hacia atrás, como la memoria». Somos lo que recordamos; entonces, habría que darle un chance a esa memoria vaginal, al fin y al cabo ahí reside la vida, el dolor y el placer. (Aplausos para Halfon.)

Cerca del final, Halfon se halla con un pasado ajeno que lo hace suyo. En un bar, unos chicos neonazis le dan asco, y quiero creer que es porque le recuerdan el tatuaje del número de su abuelo polaco (ajá, Auschwitz). De él habla en El boxeador polaco y las últimas noticias están en su cuento Los ocasos.

Música, gente indecente, postales, libros y sexo. De eso y más trata La Pirueta. Sobre las pasiones. Pa-sio-nes. Sobre la diferencia brutal que hace Milan Rakić entre tocar una pieza de piano de manera automática y tocarla cuando está lloviendo.

martes, 22 de febrero de 2011

Consejos grotescos

En la tele salen unas doñas demasiado viejas para ser señoritas y demasiado aporcelanadas para ser momias. Han de estar en su etapa de encurtido, como conservándose para verse mejor o saber mejor... iugg. Claro, no es saber de sapiencia, porque el despilfarro de sabiduría de las doñas en la pantalla es tal que lo invita a una a apagar el televisor y mejor ponerse a llorar.

A lo que voy: Están las mujeres esas con su cara de muñecas rusas con depresión y me dicen, nos dicen, que por favor seamos tolerantes. Y ¡plup!, ahí aparece en la parte de abajo de la pantalla el tema del día: Tolerancia y armonía.

Entonces la señora con aretes de vedette me dice que tolerar es respetar y aceptar las situaciones como son. Que es muy difícil porque vaya... todos somos distintos. Sí, bien en esa parte. Pero luego agrega que somos las mujeres las que debemos hacer nuestra parte porque nos corresponde la armonía...
¿Que nos corresponde qué...? «La armonía», me repite. Ah, vaya, le digo.

«Sí, sí, querida amiga, nosotras las mujeres somos las que debemos mantener en armonía nuestro hogar, sonríele a tu enemiga (no, bueno, no dijo enemiga porque eso hubiera sido emocionante, y ese programa no lo es). En nuestro corazón (sí, eso dijo) debe estar tan lleno de amor que debemos disculpar las faltas ajenas aunque esas nos dañen (¿una y otra vez?). Si algo de enojo nos embarga, respiremos y digamos: todo está bien. Esto no me quitará mi paz.»

Yo me digo: ¿Qué es eso de la armonía? Idilios y absurdidades. Es de seguro de esas palabras raras que lo único que hacen es frustrarnos porque no alcanzamos ese clímax en la vida.

(Por cierto, me acordé de alguien, y se los cuento aunque no tenga nada que ver con el tema de tolerancia de la tele. Se trata de una chica que conozco que es tan pero tan cute que da miedo y depresión. A ella siempre me la imagino con su esposo en cuestión y que cuando él se vaya en blanco enésima vez sin ella ni dar un pío de gozo, ella lo verá con paciencia de madre y le dirá: «Sí, mi amorcito, me encantó». Y le sonreirá. Sí, ella es tolerante. Ella es armónica.)

Tolerancia: Que te griten... respire. Que te metan mano... respire. Que le meta mano a la otra... respire. Que por qué es usted tan apática... respire. No se margine, venga y celebremos y riámonos (de bromas estúpidas)... respire.

Porque si una dice que no es una maleducada; porque si no, es rebelde, porque si no... una es puta y machorra. No. no. ¿Tolerar qué? Hay casos de casos, y por supuesto el tema que nos ocupa tiene que ver con el ámbito sexual y conductual, que no es poca cosa, dicho sea de paso.

Diez, veinte, cuarenta... mil. Habría que preguntarle a las que colgaron sostenes en la fábrica hasta cuánto contaron.

Claro, seamos tolerantes me dije yo.

Yo respiro y bien seguido, pero todo tiene un límite. Y no, señoras encurtidas de la tele, aquí a todo mundo le toca poner su parte de «armonía». Que a las mujeres nos toca, dice... ¿Armonía a costa de quién?

No, no. Hay gente y situaciones que es mejor pegar el grito para que paren, no vaya a convertirse una en globo aerostático.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Espejismos

Hoy un hombre muy joven me dijo que me extrañó.

Qué va... era un muchacho muy hombre el que me dijo que me echaba de menos...

No, no.

Hoy, un chico muy niño que un día de estos se hará hombre me dijo que había notado mi ausencia.
A su nota, escrita en página de cuaderno, le faltaban varias tildes. Pero no importa. No importa.

El niño muy hombre dejó en mi escritorio un chocolate.

lunes, 14 de febrero de 2011

Adanowsky para regalo

Ya que estamos en el despilfarro de ideas grotescas y serviles en función de que supuestamente no muere el amor de corazones fuscia y promociones al 2×1, hace bien recibir correos electrónicos masivos (por suscripción) en los que incluyen esos regalos a la medida, de esos que ni al más sorprendente enamorado se le hubiera ocurrido. Y sí, tan poco confiamos.

Para mí y otros miles más, de parte de El Volcán: Amor sin fin, de Adanowsky.

Deprimámonos, por favor.

viernes, 11 de febrero de 2011

Perros

Voy a curarme como lo hacen los perros, lamiéndome las heridas. Voy a hincharme de alegría y que mi cuerpo lo grite (cual cola). Voy a revolcarme tantas veces hasta hallar ese punto exacto en el que, luego de dar mil vueltas sobre mí misma, se está a gusto. Feliz. Voy a volverme como un perro para olvidar por fin que me has hecho daño.

jueves, 10 de febrero de 2011

Fugaz

Nahomy Dayanara tiene las calcetas sucias y los zapatos llenos de polvo. Las mejillas amelocotonadas no ocultan sus ojeras de herencia, tiene lunares aquí y allá, y en su cola de caballo lleva un hule celeste que amarra su indómito cabello castaño.

Nahomy se sienta como se sientan las muchachas mayores, con una pierna cruzada sobre la otra y con el pie colgante en punta. Va en un asiento desvencijado del bus y se agarra fuerte con una mano mientras la otra descansa en su regazo, sobre esa falda cuadriculada.

La lonchera de Colas y Bigotes grita su nombre con tinta azul. La oculta de a poco, como si la elección de ese artículo le diera vergüenza ahora y no antes, cuando quizá emocionada la abrazó contra su pecho. A su lado va un hombre.

No, no. No es un hombre aún. Es un muchacho fornido, pero aún no es un hombre si de complejidades hablamos. Nahomy lo mira de cuando en cuando (¿se sonríe?), y mueve una de sus manos más allá, cerca de él, cuando el bus hace curvas.

En las paradas, Nahomy se yergue, estira su cuello y ladea la cabeza en señal de «soy interesante, mírame». A veces mueve el pie colgante como reloj de péndulo. Sonrisitas aquí y allá, ¿se siente exquisita?

Nahomy va sentada junto a un muchacho mucho mayor que ella, y ha de ser una gloria pensar en que quizá él se fije en la belleza de una niña de colegio, en que de pronto le pregunte su nombre y se pongan a platicar. Ha de ser un sueño que quizá algún día lo vuelva a ver y él la invite a un licuado de fresa. Ha de ser una gloria…, pero nada pasa, como siempre. Por eso las fantasías son fantasías.

Sin ella preverlo, el hombre se levanta. Quizá él dijo «con permiso», y Nahomy, quien ha ido en la parte de afuera del asiento, se gira con lentitud y deja pasar al tipo. No se desesperanza ni nada, tan solo se queda girada y contempla cómo ese ser viril a quien casi le toca la mano se aleja. Se va. Los ojos de ella se mueven de arriba hacia abajo, estudiándolo. No lo deja ir del todo, espera que se baje, y mira el rumbo que él toma en la calle.

Ahora Nahomy Dayanara está huérfana, y se ha quedado tan sola como solo puede estar sola una niña de once o doce cuando un amor fugaz se va. ¡Qué dicha soñar con un tipo extraño! ¿Cuántas fantasías caben en veinte minutos de viaje? ¿Puede Nahomy darse el lujo de tener amores platónicos?

Idilio, ¿dónde te has ido todo este tiempo? ¡Qué de las niñas que aún sueñan! ¡Qué de las fantasías efímeras! ¡Qué de escribir nombres en libretas y cuadernos! ¿Dónde están esos sueños infantiles?

Nahomy se queda silente. Desde el otro lado del bus una mujer de camisa negra escotada dice su nombre: «Shhht, Nahomy, pasate para acá». La niña no hace caso. La mujer lleva en brazos un niño dormido de unos cinco años, es joven, quizá demasiado (¿la parió a los quince?), y le grita de nuevo a media voz su nombre. Es su madre y la reprende por no escuchar.

Ahora Nahomy quizá caiga en la cuenta de que no, no iba sola; que no, en este país no se le pude hablar a los extraños; no, qué es eso de andar fantaseando con muchachitos guapos que se sientan con una en el bus; que no, no se puede ser inocente.

Los datos solo revelan nuestras costumbres y a veces malos giros: treinta y tanto por ciento de las madres de este país tiene menos de 20 años.

¡Qué espanto no poder soñar!

lunes, 7 de febrero de 2011

Trabajólica

La palabra «trabajólica» es un adjetivo que acompaña a mi nombre, quizá atributo poderoso. Y cada tanto se va sustantivando con fuerza. Me aplasta. Lo alimento de tareas y agendas, de listas interminables y sus respectivos tachones cuando tal o cual actividad se ha cumplido.

Ante la incapacidad de poder vivir para el ocio (créanme que lo intento), voy entregándome a los placeres que me supone ejecutar nuevos proyectos. Sin poder librarme de ese empleo que paga mis recibos, abrazo esas actividades mínimas y vitales que me recuerdan que no solo de plata vivo yo, porque en la pirámide de Maslow estoy en la cima de las necesidades: atorrealización se llama.(Ahora que lo pienso me siento tan esnob al superponer mis sueños.)

Ante la ansiedad me tomo una infusión doble de manzanilla. Ante los retos no me queda más que domesticarme, disciplinarme e inyectarme cobalamina.

jueves, 3 de febrero de 2011

¿Y el día siguiente qué?




Porque antes de preguntarnos qué hacer con el resto de la vida... ¿qué hacemos con tanto kilometraje acumulado?