Poco he escrito sobre mi madre, una sombra que ni yo misma reconozco en mí misma, pero está. Siempre está. De esa sombra no me pavoneo, si no que vivo; y más aunténticamente de la que huyo. Mamá es peinadora, pero antes de ser peinadora fue infinidad de cosas. Cosas que no dice, que poco cuenta, que da gusto oír, como hoy. Luego de una sopa cargada y tortilla despenicada en ella (como comen los pericos dirán los snob), mi madré contó que trabajó en las tabacaleras, que bajaba de una loma y llegaba hasta la casa del señor que tenía los terrenos llenos de plantas de tabaco. Mi madre siempre dijo que fumar era malo. Condenó terriblemente el pasado de un primogénito fumador, hoy es un nuevo hijo -como dicen en los retiros espirituales-, y yo siempre le creí que era dañino. No fumo por elección. Me sobran los expendios. Soy fumadora pasiva; odio que el cabello me huela a cigarrillo, y más aún detesto terriblemente que mi ropa quede infestada a tabaco. Sin embargo amo a los fumadores, tan re...