martes, 11 de mayo de 2010

El taller con Don Paco


Sobrevivir a una clase de don Paco era una tarea titánica. Daba golpes de ternura y flechazos vivificadores con sus palabras exactas. Para salir bien librado nunca fue suficiente ser bueno, era necesario ser obrero.

Escribir bien lleva mucho trabajo, chicos, nos decía. Y tenía razón. Esa era la ley del maestro: escribir es 10% inspiración y 90% transpiración. Este es un oficio de muchísimo esfuerzo, muchachos.

En su ejercicio de diagnóstico dijo que escribieramos lo que nos viniera en gana, y yo redacté sobre cuando salíamos en bicicleta con mi padre. Entregué orgullosa mi hoja. Estaba feliz, en mis aguas. A la semana siguiente… ¡Oh, no! En la página se dibujaba un menos cero punto seis. Es decir, yo le debía seis centésimas para tener cero. Era un desastre total.

Pero Don Paco no lo dejó así. Nos metió la historia del gato Solovino, que nos dio ternura. En la clase vimos Billie Elliot para entender qué era eso de la vocación. Llenamos manuales enteros de ortografía, y los que queríamos mejorar, llegábamos media hora antes de la clase para aprender de hipérbatos y puntuación dura. No solo explicaba cómo leer a Virgina Woolf o lo imperativo de pasar por la escuela rusa; no, también enseñaba a vivir.

Don Paco sembró en mí la ansiedad de querer ser escritora, de querer contar la vida como en los libros… y también en los escenarios. Me sabía una actriz que quería escribir.

Con los años lo busqué para que fuera mi termómetro en cuanto a la escritura. Me avergonzaba terriblemente ponerlo a leer textos míos, pero yo quería saber si iba creciendo. La primera vez que hice un cuento era sobre cómo se caía la estatua de San Judas Tadeo. Me dijo: no publique todavía, le falta carpinterear. Trabaje, trabaje, decía.

No creo en las musas porque llevo bien grabado en la retina que las musas deben encontrarme trabajando. Si acaso llega una buena historia a mi vida y no tengo las herramientas, ¡desgraciada de mí!

En el último año lo visité con frecuencia. Me sentía un poco abusadora, pero es que de verdad quería que leyera mis textos. Era el catalizador por excelencia para mí. Insistí e insití, y cuando nos veíamos platicábamos largo y tendido.

Su oficina siempre estuvo abierta. Hablaba de su alumno que hoy era el gran poeta. Conversaba de su muchachada que ahora dirigía periódicos. De cierto chico radicado en México que le compró una crónica. Decía que Costa Rica era un buen lugar para estudiar arte dramático. Hablábamos mucho de teatro, de cómo él y su amigo montaron Mi hijo el bachiller, sus ensayos exhaustivos; y me dijo que en su viaje de diciembre a Costa Rica iba a traerme un libro con el monólogo de Antes del desayuno, ese que me daría luces sobre cómo montar una escena.

A mí don Paco me compuso la vida. Mi padre se fue muy pronto y siempre lo echaré de menos para que me diga que no debo tener miedo. Ese día que vi a don Paco había sido terrible porque yo no sabía dónde estaba el norte.

Don Paco dijo que no me desesperara, porque mi trabajo era una cosa humilde que en unos años iba a dar fruto, que echara todo al saco. Trabaje, Lorena, trabaje; y verá que en unos años saldrán maravillas.

Eso hago, don Paco, eso hago: echar al saco.

Para escribir este texto acudí a la columna Croniquillas que tengo en mi pared: Nadita de nada, esa que comienza con “No hay nada más funesto que intentar escribir, cuando a uno no se le vienen buenas ideas…” También usé un folleto de Nathalie Goldberg que nos dio en clase. Se resume más o menos así: Las reglas de la práctica de la escritura también sirven para el sexo: 1. Se debe mantener la mano en movimiento, 2. Hay que perder el control, 3. No pensar, y 4. Ser concreto. Don Paco añadía: luego hay que corregir.

Ahora voy a repasar este texto, a dejarlo reposar; y “luego a puntuar inflexible y laxo” para que esta frase tan tuya, Paco, se vea hermosa.

Agarraste maleta para donde el Colocho, maestro de maestros, y pues muchas gracias, hombre, de verdad, muchas gracias.


Aquí hay una lista de varios de sus textos publicados en un periódico de por acá:
Carta a un amigo dilecto
La dama oscura
A la guanaca o a la gringa

PD: Escribí sabiéndome pecadora. Saqué un texto muy mío, sin nada de humildad porque me siento feliz de haberlo conocido, de que haya dicho mi nombre. No son ínfulas. Eso pasó y fui feliz. Así como fue conmigo... fue con todos, con todos. Yo no era nadie especial, en lo absoluto, simplemente él te hacía sentir que eras también maravilloso.
Foto tomada del sitio oficial en feisbuc: Homenaje a Don Paco

3 comentarios:

ERiCk*/ dijo...

Me encanto! Pocas personas conocemos ese lado tan humano y paternal que tenia Don Paquito cuando uno le abria su corazon, y el empezaba a abrirnos el suyo...

Gustavo Monge dijo...

wow!

Atenea dijo...

Me encantó Lore, simplemente me encantó, porque él era así, como un papá y maestro a la vez!