miércoles, 27 de octubre de 2010

Cardumen

Cuando mi hermano tenía ocho años, le regalaron una pecera. Era grande, de vidrio y traía arena de viva, no de esas piedras artificiales de colores, no. E-ra a-re-na.
Nuestros papás la habían envuelto mal en un papel de regalo azul con Santa Clauses pequeñitos. Había un rótulo en el que decía: "Feliz Navidad te desea Santa Claus". Reconocimos la inconfundible letra de nuestro padre.

Ese día descubrimos que Santa Claus, el de traje rojo, es un fraude.

En la pecera había diez peces. Dos con cola de espada, uno blanco que hacía pareja con un negro; dos que parecían tigres, tres color naranja con cola negra y otros que no recuerdo. La pecera traía algas marinas y de todo, a mí me gustaba jugar a meter la mano y perseguir pececitos. Por eso me gané tremendas regañadas del tío Jorge. Siempre nos ponía en mal.

Uno a uno los pececitos se fueron muriendo porque no los cuidábamos bien. Un día nos quedamos sin ninguno, y mi mamá, al vernos tan mal, nos compró una emocionante pareja de caracoles.

Eran un par de caracoles dorados. Tan amarillos, tan tranquilos, tan distantes, tan... aburidos. La verdad no era emocionante verlos. A veces pegábamos la cara contra el vidrio de la pecera para ver ese su pseudopie. Se deslizaban despacio y sus antenas ni nos percibían.
Todo cambió un día: se les ocurrió procrear.

¿Han visto cientos de caracoles dorados metidos en una sola pecera?
Nosotros tuvimos una así.
De pronto, en el agua empezamos a ver pequeñitos puntos dorados. Iban creciendo más y más, ya se le veía la espiral al costado. Crecieron mucho mucho, hasta que ya no cabían. No recuerdo bien si regalamos algunos o qué, pero era emocionante. En las esquinas se hacía un panal de caracoles.

La pecera volvió a quedar solitaria. No recuerdo bien por qué. Y cuando eso pasó, a mi hermano se le ocurrió una idea.

En un viaje a Atecozol, mi hermano planeó atrapar a todos los peces de río que encontrara en las piscinas. Nosotros los llamamos chimbolos. Yo me bañé, pero él se pasó el día entero atrapando con su camiseta, a manera de red, a cuando animalito nadador se le atravesara. Al final del día llevaba dos bolsas enormes llenas de peces grises, feos todos.

Fue así como mi hermano mayor pobló de nuevo la pecera. Pasaron muchos meses y los pececitos feos seguían ahí, eso hasta que nos descuidamos por completo de limpiar la pecera. La casa ya olía a podrido.
Mamá nos dijo toda la semana que le cambiáramos el agua, que no fuéramos desconsiderados, que eran nuestros animales...
Que iba a tirar los peces si no limpiábamos.
No hicimos caso.

Un día cuando regresábamos del colegio, hallamos la pecera vacía.
Mi hermano se puso fúrico. Tanto trabajo, tanto descuido.

Por mi parte me lamenté mucho. El día siguiente en la mañana, revisé con cuidado las cunetas de las calles para ver si encontraba a alguno de los pececitos de Atecozol. Nada de nada.

En estos días, cuando miro la cuneta en la que, desesperados, viajaron, me pregunto qué fue de ellos, ¿por qué los abandonamos tanto?

Ahora ya no tenemos peceras.

Big Fish: Una gran peliculota de Tim Burton. Formidable. 

1 comentario:

Dennistzn dijo...

Bueno, este caso de la pérdida de los peces feos... puede ser una parábola de la vida amorosa mi amiga... jajajaja no me hagas caso, ando depre.