¡Booooom! Caen pedacitos de periódico. Se instaura la felicidad inmediata, estalla la alegría, abrazos de regocijo, gritos en las calles y el cielo coloreado de humo. ¡Slurp! ¡Ahhhh! Chipichipi, tac, tac, tac, chipichipi. Y luego de la algarabía de las fiestas, ¿silencio? Tras la resaca nos sentamos bajo el dedo incólume de Cristóbal Colón, al lado de cuanto desocupado se halle en el graderío del Palacio Nacional en San Salvador. Contemplamos el caos. Ummm… A esta ciudad la gobierna el desastre. Este amanecer tuvo que ser distinto… ¡hip! Todo más bello, ¡hip!, todo mucho más inmaculado, ¡hip! ¿Por qué no lo es? ¿Por qué todo sigue como si nada hubiera pasado? Tan inamovible, todo tan… ¡hip! Charcas shucas, ayayayés atroces, humanos que hacen crack a huesos ajenos, muchachitos sin jajajás cultivados, lágrimas desparramadas en los callejones, tanto ruido y el dinero, ese bling bling que no nos alivia. No nos sana. Quedémonos callados, mirémonos. Damos un poco de lástima, ...