lunes, 5 de septiembre de 2011

La virtud de quejarse

La otra noche aceptamos con triunfo (mi cómplice y yo) que somos unos quejistas. Pero permítame aclarar el asunto, estimado lector, porque como ya he dicho: interpretaciones hay en el mundo como intérpretes tiene este. Así que mejor no nos confundamos.

Cuando hablo de queja no me refiero a ese chillido infantil, ni a esa usual jerigonza de pubertad, mucho menos a llantos femeninos o a golpes (estúpidos) masculinos. No, nada de eso. Lo nuestro va más allá del simple hecho de exponer un dolor o algún resentimiento, como mal dice la RAE. Quizá el significado que más nos guste es el de mostrar abiertamente nuestra disconformidad contra algo (y a veces contra alguien).

Quejas de agenda: vamos en la calle y nos quejamos de que en la capital están arreglando los parques y los están dejando peor de lo que estaban (ahí va nuestro dinero desperdiciado, hecho: no votaremos por ese infeliz). Mes cívico: ¡qué manía de recordar todas esas costumbres campechanas que a esta gente jamás le gustó tener!: música de banda que parece de funeral, vestidos típicos que parecen una versión colorida de los victorianos (y que por cierto ya no usan), gallardetes y globos que solo nos hacen recordar las fiestas quinceañeras.

Otra cosa: miren cuántas casas-edificios a los que les instalan una pantalla de vidrio para que parezcan "bonitos", de caché, peseudomodernistas. Viéndolos bien solo hacen el ridículo porque son una versión terrible, decaída y falsa de un remoto New York. A nosotros nos vienen mejor las casitas coloniales, al fin y al cabo somos fruto de un colonialismo español.

Otras más: hasta ahora no ha habido nada decente que ver en el cine (¿Transformers o los Pitufos?). Por cierto: qué terrible que en todos los pueblos (por más enanos que sean) el símbolo de civilización sea poner un Pollo Campero. Es una lástima, porque cuando eso pasa todos los sitios van pareciéndose unos a otros y van perdiendo su ínfima singularidad.

Así vamos por la vida, mirando los defectos nuestros y ajenos. Les presento mi argumento:

Me gusta quejarme porque así armo una querella contra lo cotidiano, porque no me gusta aceptar todo como hecho, porque me gusta preguntarme cómo pudo surgir semejante barbaridad, porque en la queja reside también cierta acción que me permite mirar de verdad, porque puedo no pasar de largo ante una realidad que no comprendo, que interpreto de algún modo.

Quejarse es más bien una actitud de poca conformidad ante la vida. Porque sí nos gustan muchas cosas, pero... claro que la vida puede ser mejor. ¿Por qué estar conformes con lo que se tiene cuando hay potencial para ir más allá? Aunque cuidado, también nos percatamos de no caer en el desencanto de que todo es horrible. Porque la vida es sencilla y hay cosas espléndidas en ella.

Aunque quejarse por quejarse tampoco es una profesión que yo aconseje seguir. Quizá uno de los componentes básicos para quejarse es comprenderse inútil en algún sentido, quizá incapaz de poder arreglar algo. O quizá lo mejor sea volverse salvavidas: o sea, tomar una acción. Componer todo como quien dice, porque quejarse sin proponer algo también es vacío. Ya los moralistas nos dirán por ahí que esas son críticas destructivas, entonces mejor no.

 Admito que hay niveles de queja, porque cuando nos quejamos de cierto edificio, digamos el Viduc de Santa Tecla (esa masa mostrencona de cemento pintado de amarillo huevo en la que han instalado fierros que pretenden ser una valla moderna que en realidad parece jaula de monos y que como cúspide tiene una apoteósica corona de espinas razor), no nos queda más que llenarnos de regocijo al ver algo tan terrible, tan... tan portentoso y grotesco...  Cuando es así, respiramos con satisfacción y decimos con franqueza: ¡Qué horrible es!

He ahí la queja.

1 comentario:

VIKTOR VIKTOROVICH dijo...

¡Muy bien dicho, mi querida Lorena Augusta! Quejarse todo un arte y un placer, sin duda... Lástima que hoy en día, mientras ejercés tu derecho a quejarte, siempre sale algún imbécil propositivo con la manida frase de que "también hay que proponer soluciones". Yo francamente no entiendo a estos sujetos con complejo mesiánico que pretenden arreglar el mundo y, de paso, han establecido la tendencia absurda de que no tenés derecho a la queja si, inmediatamente después, no mencionás alguna idea genial para componer las cosas.

Pero, en fin, ¿qué le vamos a hacer? Hoy por hoy, la mara ya no disfruta los placeres más elementales y se complica la vida de la manera más monstruosa.