miércoles, 4 de junio de 2014

El lector

La estampita ideal de la familia feliz es terminar el día así: papá o mamá le leen a su cría antes de dormir. Si es una familia ultraespecial, uno tiene un abuelito o abuelita que hace esa tarea; entonces uno le guarda gran amor y aprecio a ese ser sexta, septua u octogenario. Sería una vida cómoda y feliz como en esta escena de Fred Savage (Kevin en The Wonder Years) con el fantástico  Peter Falk (el aparentemente distraído teniente Columbo), quien le cuenta una historia llamada The Princess Bride...

Otra lectora entrañable para mí es Winona Ryder. Ella, antes de hacerse escritora, le lee a su tía en Little Woman. A esa película le tengo cariño. No solo porque en quinto grado transcribí el libro gracias a una profesora discípula de Hitler quien nos castigó así por no tener los resúmenes, sino porque yo también quise ser Joe, la escritora (que va más allá de plantarle un apasionado beso a Christian Bale, aunque eso todavía me hace ilusión). Y está El Lector (de Bernhard Schlink), que leí en la universidad y años después vi la película (The Reader). De esa peli, la escena erótica de las pantimedias es más sugerente en el libro porque es la voz de un muchacho casi masturbándose y en el filme no se logra entrar al mundo interno del chico, solo vemos su cara de pasmo. Pero ese es otro tema, ya se dijo antes: libro y filmes tienen lenguajes distintos, y por eso no se pueden comparar.


Lectores, lectores y lectores. Los que leen, los que toman un libro y en voz alta lo leen. En el primer ejemplo, el de Falk, el libro es una herencia de su padre y entonces él se lo regala al nieto, y así hasta completar esa maravilla que debe ser tener un abuelo que se ocupe de regalar libros-tesoro. En el segundo, Ryder goza del aprecio de su tía porque le lee; y en el tercero, que es supremo, el chico cuando ya no es chico graba lo que lee y le manda las cintas a la cárcel a su ex amante. Algo así como un audiobook en tiempos de la postguerra, y la amante, que es la fantástica Kate Winslet, así aprende a leer... En fin, como todo es ficción ideales son, yo no tuve ni abuelito, ni tía a la que leerle y no he llegado a ser cougar para tener a un quinceañero lector...


No tuve nada de nada hasta hace poco. 


Mi lector es amable, paciente y tiene una voz radiofónicamente hermosa. Voz grave, pastosa, que puede emular a un  locutor de los años cuarenta, ser la voz de un gato en una animación hasta ser un boricua aireado. Mi lector tiene muchas voces y la que más me gusta es la suya. Esa que resuena entre la sala, esa que se carcajea con soltura. 


A mi chico le gusta leer. Y lo más fantástico de todo, le gusta leerme antes de dormir. Esta es quizá una de las actividades más gloriosas de esta vida conjunta que construimos. Porque, como le decía a una amiga el otro día, las mujeres solemos ser estúpidas en el sentido que "necesitamos" escuchar que nos aman y lanzamos improperios cuando no nos logran decir esa frase. Mi padre, que fue un hombre maravilloso, no andaba como Romeo diciendo inventos. Pragmático, amor de actos concretos... También se dice te amo cuando van por una al trabajo, cuando pasan comprando en el supermercado y en casa aparecen con dulces, camisetas para dormir o un libro. Fin del regaño.


Decía, mi lector tiene un libro de historias que es mi favorito: Las columnas de Peter Egan. Egan es gracioso, divertido y sabe mucho de autos y motos, y además, cuenta unas historias fantásticas. Anoche, por ejemplo, contaba que con su amigo editor tienen una sociedad no oficial Jaguares Anonimos o algo así. Un grupo de ayuda, de dos miembros, que se dan ánimos mutuos para no comprar Jaguares y restaurarlos. Porque Egan gasta todo lo que tiene en autos y motos. Su esposa, Bárbara, ha de tener una gran paciencia con un hombre que vive, respira y, seguramente cuando muera, seguirá pensando en autos... 

O la vez que Peter lleva a su esposa a un finísimo restaurante y van, creo, en su Lotus Elan (no me voy a acordar del año) recién restaurado y que, con tanto frío allá afuera, encienden la calefacción y oh, oh: empieza a entrar humo al auto. Cenan con un leve perfume a dióxido de carbono. O cuando regresa a traer una moto del tiradero de basura cuando se prometió no llevársela... O cuando... y me he dormido.

Quizá sonemos a cursilería de película, a fotograma hollywoodesco y está bien. Somos nuestra ficción. Tener un lector que vela mi hora de dormir es el cenit de este guion a cuatro manos. 

La vida es historias, escaletas, guiones, borradores y novelas que se reescriben... y alguien tiene que leérnosla.

No hay comentarios: