sábado, 21 de marzo de 2015

Las palabras duelen

Ayer por la tarde invité a mi hermanito a la clase que imparto en una universidad. Se trata de una de esas materias optativas para Ciencias Económicas. Cuando se lo propuse, él me contestó que con gusto, que quería pasar tiempo conmigo y me preguntó si los chicos de la clase lo iban a molestar. Le dije que no y me creyó. Cuando llegamos al salón, le pedí que se sentara al final para que no distrajera la clase. Ese quizá fue un grave error.

 Empecé mi clase sobre estructuras del texto, que la oración temática y esas cosas que importan poco hasta que toca escribir un informe o una carta formal. Hacíamos un ejercicio y yo me paseaba entre la clase y cuando llegué al final del salón me encontré con mi hermanito, de tan solo diez años, y estaba lleno de lágrimas y furia. Me dijo: Ese de ahí adelante me dijo “culero”. 

¿Pero qué pasaba? Me acerqué al estudiante en cuestión y le pregunté en secreto. Naturalmente negó todo. Volví a mi hermano y le dije que quizá se había confundido y sentenció: No, yo no me confundo, me dijo “culero”. Sin saber mucho qué hacer, le pedí a mi hermano que se pasara a otro pupitre más lejano. Más tarde, en otra parte del ejercicio, el muchacho supuesto ofensor se salió del salón. Yo aproveché y les pregunté a las compañeras de él. Naturalmente dijeron que no, que no le había dicho nada al niño. Esto es raro, me dije. 

 Cuando finalizó la clase, el estudiante volvió y mientras los demás despejaban el salón este se me acercó. Que no le había dicho nada al niño y blablablá. Como yo no tenía todos los datos, le dije que solo me aseguraba y etcétera. Cuando este se fue, mi hermanito, que me miraba desde la grada más alta del salón, bajó y me dijo que “Ese bien sabía lo que había hecho y que por eso se había salido a media clase”. Volví a preguntarle todo, le dije que quizá se había confundido. Él sentenció de nuevo: “Yo bien lo oí” y me explicó con claridad: “Le preguntó a sus compañeras que Quién era ese culero, o sea, yo”. 

 Fue ahí cuando todo cobró sentido para mí. Yo no podía procesar que el estudiante le dijera directamente a mi hermanito “Sos un culero”. La oración interrogativa “¿Quién es ese culero?” sí. Ese tipo de preguntas estúpidas sí pueden ser construidas por estas personas a las que yo creo estar inculcando algo.

 ¿Pero qué pasaba por la cabeza de ese muchacho supuestamente un adulto? ¿Acaso no hemos estudiado ya el registro lingüístico y este nos dice que debemos adecuarnos a las circunstancias? ¿Por qué este estudiante decidió ser tan cruel con una persona tan inocente? ¿Cómo voy a decirle yo de nuevo a mi niño que la universidad es algo bueno? ¿Cómo va a creerme de nuevo si yo le había prometido protegerlo? ¿Por qué hacer un comentario tan estúpido y falto de madurez? ¿Acaso ese niño de diez años no se merecía más respeto?

 Desde ese momento la furia ha recorrido mi piel, mi sangre y todo mi ser. Este hecho es inaceptable. Por eso hago esta denuncia pública. Porque todos deberíamos ser más conscientes del poder de las palabras. Todos deberíamos entender que no se puede decir cualquier cosa a lo loco.

 Lo pienso y no entiendo qué pasó. Ese estudiante debería reivindicarse. Él, ese muchacho que no pensó, debería disculparse, debería escribir una disculpa formal, por escrito preferentemente porque es la materia que imparto. Sí, debe disculparse porque el respeto es vital para el crecimiento humano. Porque no se vale dañar a alguien y dejar abierta esa herida. 

 Volver a casa fue difícil ese día. Tuve que hacer toda serie de malabares para que la ofensa de una persona desconocida no calara en el alma de un niño que justo ese día habían escrito en su diario pedagógico: Guarda respeto y es solidario. Se notan sus valores y vive la salesianidad en el centro educativo. 

 Las palabras duelen.

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