Lo que tengo es una palabra espeluznante en boca de un profesor mendigo. Tengo su desdén y lo pisoteo cada vez que puedo (ahora que soy malvada también). Tengo un péinate. Tengo una libreta llena de consignas del buen vestir y dudas sobre si la higiene personal es algo que me interesa. Lo que tengo es una caja plástica con ganchos, coletas, diademas y cintas que odio usar. Es que me duele la cabeza, les digo. Ellos no me escuchan.
Tengo el recuerdo de una niña a la que la cola de lado se le ve espléndida. Y su fleco, divino fleco, causante de mis envidias. Tengo conmigo técnicas de alisado y peinado. Tengo también la habilidad bien cosechada de estirar los rizos. Tengo en un cajoncito el alma frágil de la adolescente que está buscándose y no se halla.
Tengo un cabello que me costó amar. Tengo contradicciones que me duele sortear. Tengo un esperanzador You can touch my hair que me alienta. Y vuelve a mí esto: tengo sangre por la que corre el nombre de mi padre y que se despliega en mi cabello que me hace esto que soy. Tengo el afro de un hombre que me pedía que eligiera sus corbatas.
Tengo una maraña de cabello que me hace esto que soy. Tengo reflexiones de identidad. Tengo cientos de maneras de acogerme a la felicidad, a la tenacidad... Tengo mil perdones para mí misma, miles de maneras de sobreponerme al fracaso, al desamor, al desaliento, al arrepentimiento.
Tengo rituales (de paso, afirmación...) y en cada uno de ellos la sacerdotisa es mi madre. He vuelto a hacerlo, caen cabellos y mi madre se ríe de placer en cada chas chas. Ella ha vuelto a hacerlo: en cada ritual su tijera, esa que también corta dedos, pasa por mi melena y me devuelve el norte.
Ahora lo que tengo es el camino despejado y la cabeza liviana.
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