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¡Ponete a escribir!

¡Escribe inflexible y claro sobre lo que duele!, Ernest Heminway


En esta época de fórmulas de éxito de cinco pasos que son pura basura, he recibido el consejo que necesitaba del lugar más insospechado. Un dibujito de ánime me dijo ayer que me pusiera a escribir. Digo, es la traducción del grito que la da nombre a la película Look back: continúa dibujando (de Kiyotaka Oshiyama, 2024). (Vayan a verla, está preciosa).

Tras varios años en este oficio, encargos de proyectos divinos y otros atroces, con una pandemia de por medio, pues había perdido el rumbo. Sí, porque yo no creo para nada en la inspiración, sino en la transpiración. Sin embargo, ni eso había hecho que saliera de este aparente letargo. No estoy diciendo que haya salido, pero estoy haciendo mucho al respecto. (Me desvío, ¡por Dios! Si yo misma evaluara este texto me bajaría dos puntos por incoherencia... Pero qué más da.)

Escribir es un acto físico, mental y emocional. Estuve en un proyecto hermoso, pero descorazonador. Jamás me había equivocado tanto con una propuesta, jamás me habían bateado tanto ideas que creía buenas y no es que no esté acostumbrada. Solo los escribientes nóveles se ofenden con un no o un no funciona (mi soberbia y yo ya estuvimos ahí, créanme). Sin embargo, la orfandad, la distancia y el desamor creativo empezaron a sentirse. Mucho de lo que la pandemia nos hizo sigue aquí. Díganme, ¿ven con la misma frecuencia a sus amigos? ¿Siguen yendo a sitios estimulantes? ¿Hay eventos que nos rompan la cabeza? ¿Estás leyendo cosas interesantes, Lore?, me preguntó mi querido amigo Jorge. 

Arrastro mucho de eso y muchas personas vitales de mi vida creativa se movieron, tomaron otros empleos y yo, que soy muy nómada, me sentí en el desierto sin camello ni tienda. He tardado mucho tiempo en ponerle palabras a esta sensación de abismo, de estar en la nada y no producir nada. No generar un cuento, un sketch, una canción maltrecha o un diálogo interesante me estaba torturando. 

¿Que qué me estaba pasado? No tengo idea, pero me he puesto a la tarea de acabar con esta (¿maldita?) racha. Estoy leyendo mucho mucho (ojalá todo lo que quisiera) y estoy yendo al cine con ilusión infantil. Además, estoy tomando unas clases espectaculares de canto y eso, gentes, me está devolviendo muchas ilusiones. Estoy alimentando esta vasija y estoy dejando que se fermente algo. No sé qué, pero estoy echando mucho a ese gran vacío. 

Anoche, mientras veía esa película a la que casi nadie entró, una niña de 10 años (edad a la que también empecé a escribir mis tonterías), tras ver en el periódico escolar lo buena que era otra estudiante se sintió celosa e hizo lo que todas deberíamos hacer cuando asoma el desierto. ¡Ponte a dibujar!, le gritó un libro que se compró en la librería. Libretas y más libretas con ejercicios de dibujo se apilaron en la mesa (libretas como las mías con ideas inconexas).

Ahora estoy yo, con mis años de oficio y esa escena me ha tocado profundo. Y sí, ya llevo varios meses en mi propio rescate. Mi niña de 10 años me grita sin piedad y pudor: ¡Escribe! ¡Escribe ya, lo que sea! ¡Escribe con la urgencia que sentiste cuando te rompieron el corazón! ¡Escribe con el dolor de haberlo perdido todo! ¡Escribe tu desgracia! ¡Escribe de tus alegrías! ¡Escribe con la ilusión de soñarlo todo! ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe!

He roto la maldición, chicas.

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