martes, 28 de septiembre de 2010

De zambas, mulatas y coyotes

Ojos azules, Toni Morrison
Me he preguntado eso desde muy chica, desde que Alejandra ─mi compañerita rubia del kínder─ me dijo un par de groserías porque yo era morena.
Soy morena.
Y menos mal que siempre he idolatrado a mi padre, ese que tenía cabello afro, porque tal discriminación no dio para más.

En la universidad recibí Historia II en el aula magna VI, la cátedra la llevaba Sajid Herrera. El énfasis en todo ese ciclo fue la colonización. Recuerdo una clase en especial, en la que nos explicó lo de los ladinos y todo aquello que tenía que ver con la revuelta de la sangre.

Años más tarde vuelvo a esas notas, y sigo preguntándome qué de mi rastro genético. Somos una mescolanza, somos una mescolanza... ¿bien mezclada?

Hace más de un año estuve con una comunidad negra en San Martín de Porres y Comas, en Lima. Ahí conocí a Martín, su hermana la cantante, a Manuel y a toda su familia. Comí con ellos en varias ocasiones, conviví con la negritud. También me hice amiga de Marco Esqueche, ese cajonero afroperuano que lucha incesantemente contra la discriminación, ese que me dice negra.
Y eso es lo que me he preguntado siempre.
Me miro al espejo y no puedo negar la lucha de razas, no puedo no pensar que quizá provengo de una violación antigua, que quizá esta melena morocha que me es cotidiana pudo venir de la esclavitud.

El otro día Marco me contaba que preguntarán en las elecciones 2011 de Argentina si se es afrodescendiente. Estaba contento, feliz por el logro. Entonces le dije a manera de broma que también quería que me preguntaran si yo lo era. Marco contestó paternal: "A ti no hay que preguntarte ─me dijo─, se te nota".

¿Se me nota?
Tengo el apellido del que escribió el Quijote, por parte de mi madre, y el otro es igual al nombre de una ciudad en México.
¿Cómo hace uno para seguir un rastro así? ¿Cómo consigo mi árbol genealógico para ver si a lo mejor tengo familia más allá?
¿Se puede vivir solo con la resolución simplista de que una se sabe mestiza? ¿Pueden no importarme mis orígenes?

Al ver a mi abuela Catalina me sé indígena. Al ver a mi madre, me sé mestiza; al recordar a mi padre, me siento mulata.

Cuando la mezcla de razas se vuelve complicada, los nombres de tales combinaciones se vuelcan en morisco (mulato+blanco), coyote (indio+mestizo), salta atrás (que tenga bisabuelo negro), lobo (indio+salta atrás) y demás.

Estando todavía en San Martín, el tío de Manuel, un sesentón divertido que usaba traje ese día, me pidió ver la foto de mi padre para comprobar el parecido entre ellos. Porque si mi padre hubiese llegado a esa edad sería como él.
Miró la foto, sonrió alegre, me dijo:
─¡Si aquí no hay dónde perderse!

Entonces sonreí.

* Imagen: Ojos azules, de Toni Morrison. Un libro espectacular sobre "los sentimientos de la comunidad negra".

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