lunes, 1 de febrero de 2010

Felicidad

Estoy acostada sobre la duela, sobre la duela en la que me convertí en incontables seres inmortales.

Amorosa pongo mi mejilla, permenezco ahí dos segundos. Es delicioso pensar que también es mía. Esta es la duela de un escenario sobre el que he bailado, gritado, llorado y en el que sencillamente he sido feliz.

Más allá la Maru le indica a los chicos que recuerden la coreografía. Los miro, están felices. Sube la música. Sigo tirada sobre la duela y las vibraciones de cómo bailan los muchachos llegan hasta donde estoy. Las chicas regordetas se dejan seducir y su veintena de libras de más no les impide ser exquisitas femme fatal. Es magia. Lo sé.

Hoy no siento ningún resentimiento porque no miro el escenario con dejo de olvido o vejez; lo miro como el más hermoso de todos mis cómplices: llamándome siempre, seduciéndome rabioso.

Contiemplo mi vida ida, contiemplo mis debilidades descubiertas en ese espacio mágico; respiro la oscuridad de sus recovecos y ese aire me sienta bien. Lo que fui está ahí, sobre la duela en la que he llorado, gritado y amado.

La miro bien y es hora de irme, y ella sabe que volveré. Yo le digo que sí, que la extraño, que ya me hace falta que me mime.

Andate tranquila -me dice-. Vas a volver.

*

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