Antes de empezar con la lista, es imperativo tener una conversación seria con nuestra pereza, inconstancia y débil voluntad. ¡Cuánto servilismo! ¡Cuánto nos han arrastrado! ¿No estamos hartos? Es demasiado. Es insoportable. Hemos sido sus esclavos, ¡es hora de emanciparnos! ¿De qué sirven los buenos propósitos sin disciplina para ejecutarlos sino para engañarnos a nosotros mismos y creer que podemos cambiar? ¿Para qué esforzarnos en desechar tan buenos y deliciosos malos hábitos? ¿Por qué perder la comodidad si se vive tan bien con ella? ¿Para superarnos? Si no estamos dispuestos a sacrificarnos, ¿para qué tanta algarabía con las listas de buenos propósitos en el nuevo año? La pereza se desliza entre nuestro letargo, lo prolonga a su antojo y nos amarra a la cama esos quince minutos más por las mañanas. (Y así vamos perdiendo la vida.) ¡Ay, inconstancia! Tan fácil es darte cobijo. Porque es más cómodo no perseverar y solo cumplir si nos da la gana… ¡Cuánta fuerza de voluntad! ...
Hay multitud de interpretaciones como intérpretes tiene el mundo. El gran intérprete no existe. Ahí van mis distracciones.