jueves, 18 de agosto de 2011

La cuerda floja

Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Eso es tolerancia.

Inducir, mover, obligar a alguien con razones a creer o hacer algo. Eso se llama persuasión.

Yo no sé qué sea más grave si dejar hacer, dejar pasar o construir muros. Todo o nada... ¿nada?

Me paseo entre ambos lados, como uno de esos especímenes que la Biblia cataloga como tibios (acto seguido "Dios los vomitará"). A usar colonia, ¿no?

Porque si usted se fija bien, uno siempre debe estar en alguno de esos (estúpidos) bandos. ¿Por qué he de elegir un extremo?

Llamadme tibia, por favor. Llamadme apática, porque hay infinidad de bandos a los que espero no afiliarme. Miles de mundos que quisiera no entender. Miles de razones para replantear esos "sí" bestiales, esos "no" falsos.

¿Cómo puede contemplarse realmente el mundo si la otra mitad es condenable?

¡Eh!, tú, haz lo de siempre, te lo suplico: ¡Expúlsame! ¡Yo me niego a jugar tu juego!
Vamos, ¡sigue criando maniqueístas para que se maten entre sí!  (Y-que-no-se-soporten-jamás.)

 Por hoy ha sido suficiente: Me niego a tirar la moneda.


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