Ayer tenía las malas intenciones de contar quién era Alberto. Pensaba y pensaba cuando en eso me arrastró la melancolía. Uno se pone a desempolvar recuerdos porque da gusto repetir la vida. Da placer pensar en el si hubiera... ¿Qué tal si Alberto no va a estudiar ese día que fue a estudiar, qué tal si se queda en casa mirando la tele? ¿Y si jamás me hubiera fijado en el mal carácter de ese muchacho, y si de verdad hubiera dejado de saber de él cuando se fue en un jueves? ¿Qué tal si Alberto jamás me hubiera plantado un beso? Guardamos recuerdos y los desempolvamos siempre. Pensaba en Alberto cuando un amigo en el chat me preguntó qué hacía. Le conté y la respuesta varió en una confesión extraña. Él decía: qué mérito puede tener un fulano con quien nada pasó. Yo le expliqué que no lo sabía, porque a esa edad tan absurda poco entendemos qué nos pasa en verdad. -¿Pensabas que estabas enamorada?, me preguntó. Entonces le dije, consciente de que tengo una docena de años más desde que conocí...
Hay multitud de interpretaciones como intérpretes tiene el mundo. El gran intérprete no existe. Ahí van mis distracciones.